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jueves, 22 de diciembre de 2011

LA SENDA DEL OSO



Las campanas de la torre de la iglesia repicaban de forma rápida e insistente. Todos los moradores de la pequeña aldea asturiana situada en un valle montañoso salieron de inmediato a la calle.

Aún no había amanecido y el cielo estaba cubierto de una espesa niebla, la humedad se calaba en las piedras de las casas, lo que hacía que estas rezumasen agua que se precipitaba al suelo lentamente resbalando por los muros en forma de gotas diminutas; a cualquier visitante extraño y ajeno al lugar, le hubiese dado la impresión de que los muros lloraban; pero aquellos aldeanos curtidos y acostumbrados a aquel clima sólo prestaban  atención al sonido de las campanas.

Algo había pasado, en aquellos tiempos lejanos, ese sonido metálico era la única forma que tenían de alertar a la población cuando ocurría algo extraordinario.

Los aldeanos hacían corrillos y murmuraban, mientras se dirigían a la iglesia, el lugar de reunión, allí les informarían de lo que había pasado.

En la puerta les aguardaba el cura que intentaba consolar a una mujer anciana y encorvada que lloraba amargamente junto a él. Todos la conocían, era Xica, la esposa de Mingo, el pastor.

Y es que según iba creciendo la aldea, los vecinos se fueron dedicando a otros quehaceres más productivos; muchos de dedicaban a la productiva agricultura, mientras otros habían buscado aumentar su medio de vida en el trabajo artesanal. Ahora cuidar de sus animales se les hacía demasiado trabajoso; así que pensaron que lo mejor sería juntar los rebaños y pagar a una persona para que se los cuidase. El alcalde cedió la cabaña de la colina y los terrenos para hacer los rediles, y los vecinos pagarían todos los meses diez monedas de cobre a quien se hiciese cargo del ganado.

Rápidamente Mingo y su mujer se prestaron voluntarios, la cabaña era amplia y cómoda y a ambos les gustaba la soledad, ya que no eran demasiado sociables. A eso tendrían que añadir que los pastos les quedarían mucho más cerca que viviendo en la aldea, los animales tendrían un buen lugar para su encierro y los vecinos estarían tranquilos y felices sin soportar los molestos mugidos y balidos, ni su mal olor; sobre todo del olor desagradable que despedían las ovejas. El pacto se cerró con éxito, y todos quedaron contentos.

Bien, es cierto que ahora era más fácil que algún animal muriese a causa del ataque de algún animal salvaje, en la soledad del campo era más fácil que los lobos se arriesgasen a hacer alguna incursión en el redil, sobre todo en invierno; también pasaba en la aldea, aunque allí era más difícil ya que el lobo huía por instinto de los grupos humanos, tenía que ser un invierno muy crudo para que se arriesgasen a bajar a la población. Pero tampoco esto les quitaba el sueño, los estragos no eran muy grandes, un día una vaca… días después un par de ovejas… o alguna cabra. Era pérdidas que se podían asumir fácilmente.

Pero aquel día cuando oyeron las campanas y vieron llorar a Xica de forma desconsolada, presintieron que algo grave había sucedido. Los murmullos cesaron y todas las miradas se concentraron en el párroco.

Con los hipidos de la mujer como música de fondo, el cura comenzó a explicarles los motivos de los tañidos a aquella hora temprana.

— Os tengo que comunicar una mala noticia, Xica me acaba de decir que esta madrugada todos los animales del rebaño han aparecido muertos.

— ¿Pero todos? ¿No ha quedado ni una cabeza? —preguntó asombrado el alcalde.

— Todos, no ha quedado vivo ni un solo animal del rebaño.

Aquello era muy grave, para una aldea de sus características era primordial contar con animales que les diesen carne, leche y lana; que ahora ellos se dedicasen a otras tareas no significaba que la ganadería continuase siendo uno de sus principales medios de subsistencia.

Se miraron unos a otros boquiabiertos y alelados.

— Eso no han sido los lobos —estalló una voz—. No, cierto que alguno puede bajar de forma esporádica y atacar al ganado, pero no de esa forma. Ahora tienen comida suficiente arriba no se expondrían a descender hasta el redil, estas bestias no matan por matar, sólo lo hacen para comer. Sería muy extraño que un par o tres lobos despistados hayan podido matar a un rebaño tan numeroso —comentó uno de los hombres más ancianos.

Extrañados y acusando todavía el golpe recibido, toda la aldea en pleno decidió subir hacia el hogar de los pastores y comprobar con sus propios ojos aquella tragedia. Allí se confirmaron sus sospechas, aquello no había sido obra de los lobos ni de ningún otro animal salvaje, de hecho, los animales no aparecían con mordeduras, ni desgarros en sus carnes, yertos en el suelo permanecían intactos, como si durmiesen apaciblemente.

— Esto ha sido obra de la xana —exclamó uno de los vecinos—. Ella lanzó un maleficio contra nuestro ganado, estoy seguro. Esa mujer nos odia.

— Si se le puede llamar mujer a esa especie de engendro del demonio, dicen que hecha mal de ojo a quien mira de frente, y hay quien afirma haberla escuchado hablar con los animales, dicen que ella conoce todos sus lenguajes, y que ellos la entienden —dijo un rapazuelo con un estremecimiento.

— Sí, es una bruja, si creo que hasta a mi marido le ha echado una maldición,  ¡mirad, mirad! En que estado se encuentra —dijo Xica abriendo la puerta de su vivienda y dejando paso a alguno de los curiosos.

Efectivamente, Mingo estaba en un estado lamentable, permanecía sentado en la mesa de madera, como alelado, los ojos miraban al frente sin expresión ninguna, como si estuviesen muertos, no reconocía nada ni a nadie, con las manos se sujetaba la cabeza como si está fuese a salir disparada de su cuello; su mujer aseguraba que no se había movido nada, que estaba en la misma posición que cuando le había dejado hacía un rato, el único movimiento de aquel cuerpo inmóvil era el subir y bajar de su pecho al ritmo de su respiración.

Algunas mujeres que, en estas tesituras, las hembras son mucho más lanzadas e incluso más violentas que los varones, alentaban a sus hombres para que fuesen todos a la choza de la xana; tenían que hacerle pagar caro aquella tropelía.

— ¡Qué sois, hombres o gallinas! Vergüenza debería daros estar aquí como atontados, hay que ir a buscar a la bruja y terminar con ella, ¿Cómo vamos a alimentar a nuestros hijos este invierno? —gritaban las más atrevidas, mientras las que callaban, murmuraban por lo bajo coreando a las que hacían estos comentarios.

— Un poco de calma vecinos —intentaba mediar el alcalde— no todo se ha perdido, las pieles se pueden utilizar, los animales están intactos, y la comida; y nadie sabe a ciencia cierta si esta mujer ha tenido la culpa, no nos aventuremos a buscar un chivo expiatorio antes de tiempo.

— ¡Ni loca! Jamás se me ocurriría vestir a mis hijos con la tela que diesen las pieles de estos animales, a saber que clase de sortilegios habrá hecho ese ser infernal —comentó una de las que más gritaba.

— Ha sido ella, estoy segura.

Una mujer menuda con la piel cetrina y arrugada, vestida con un sayón negro que la cubría desde el cuello hasta los pies y con la cabeza cubierta con una toca gris de la que salían algunos pobres mechones de pelo sucio y canoso, se abrió paso entre los presentes hasta que se situó frente al alcalde increpándole con una voz dura como el granito; sus ojos destilaban tal odio que el hombre no pudo evitar dar un par de pasos atrás. Era Patru, la mujer que había ejercido de partera durante toda su vida, la que había asistido todos los nacimientos de la aldea desde tiempos inmemoriales, la más anciana del lugar.

— ¿Es que ya no te acuerdas del odio que nos tiene? ¿No recuerdas que juró vengarse de nosotros cuando colgamos en medio de la plaza al ladrón de su marido? En el momento que aquel malnacido daba los últimos estertores y se balanceaba en la cuerda, antes de que ella abandonase la aldea para siempre. ¿No dijo que pagaríamos las consecuencias de aquel acto cobarde? ¿No nos acusó vilmente de culpar a un inocente?

— Tiene razón la Patru —gritó un hombre joven— yo era un niño aún, pero recuerdo aquella mañana como si fuese hoy mismo. Dicen que durante el   camino a su destierro se encontró al Diablo e hizo un pacto con él, y este le concedió poderes.

— Sí —gritó otra mujer— todo el mundo sabe que hace lo que quiere con esos potingues que prepara, lo mismo puede sanar que matar. ¡¡Es una xana!! Acabemos con ella antes de que ella termine con nosotros.

El alcalde no pudo hacer nada más, sabía que sus palabras caerían en saco roto, era tan imposible calmar a una turba violenta  con sed de venganza, como intentar parar la lluvia o sosegar los vientos. Pero decidió ir con ellos, era su deber y sería la única manera de intentar, aunque fuera a última hora, calmar la situación y evitar otra muerte injusta. Porque la memoria de la gente era frágil, muy frágil, todos tendían a recordar lo que querían recordar. Sí, el recordaba mejor que nadie el día que colgaron a Recaréu, el que hasta ese momento había sido el honrado herrero del pueblo, y también recordaba algo que ahora todos parecían haber olvidado. Algún tiempo después del linchamiento se había probado que aquel pobre desgraciado era inocente.

Armados con todo lo que pillaron a mano, piedras, palos, cuchillos, tijeras, hoces...  Marcharon decididos hasta la choza de la xana, una cabaña minúscula en la parte más profunda del bosque. Encontraron a la mujer arrodillada inmersa en el cuidado de su pequeño huertecillo.

Al ver a la turba sedienta de sangre se levantó, aunque su rostro estaba pálido y velado por la sombra del miedo, mantuvo la calma.

— ¿Qué queréis de mí? —preguntó con voz fuerte y segura.

— Venimos a que pagues tu culpa, bruja. Sabemos que has matado a nuestros animales y lo pagarás caro —gritó Patru.

— Yo no he hecho nada a vuestros animales, pero sé que no me creeréis, igual que no creísteis a mi marido cuando él juraba y perjuraba que era inocente. ¿Venís a matarme? Sí, lo veo en vuestras caras, veo esa sed de sangre en vuestros ojos. Veo ese rictus de locura que envenena los corazones y nubla la vista.

— Vamos a ver, intentemos calmarnos, esta mujer dice ser inocente y nadie sabe con exactitud si es culpable o no. Démosla una oportunidad de defenderse, no volvamos a cometer el mismo error. Patru me culpó hace un momento de no recordar ciertas cosas, y, sí, las recuerdo tan bien como ella, incluso diría que mejor; Recaréu era inocente ¿no pesaría en vuestras conciencias cometer el mismo error? —preguntó el alcalde.

Todos bajaron la cabeza, el hombre suspiró, parecía que por fin les había hecho entrar en razón, la laxitud de los brazos que portaban las armas parecía demostrar que el buen juicio comenzaba a salpicarles.

— ¡Yo digo que es culpable! ¿Os vais a dejar engañar por esta bruja y por el charlatán del alcalde? —la voz de Patru restalló de nuevo en el silencio con un resentimiento ponzoñoso.

— Es cierto, ha sido ella —coreó la pastora— ella mató a los animales, y además ha embrujado a mi marido ¿No le habéis visto en el estado en el que se encuentra? No habla, no se mueve, no reacciona. Esta bruja le ha lanzado un conjuro.

Los ánimos volvieron a caldear el ambiente con más virulencia que antes, el corro que rodeaba a la xana se iba cerrando a su alrededor. La mujer se preparó para recibir el primer golpe o la primera cuchillada.

Nadie se dio cuenta que tras la espesura de los árboles había surgido una sombra parda, esta se filtró por entre las filas de los aldeanos y no se hizo patente hasta que se plantó delante de la mujer acorralada. Todos se quedaron petrificados cuando la sombra se materializó convertida en la figura de un enorme oso pardo.

El terror se dibujó en todos los rostros, hasta los más aguerridos dieron varios pasos hacia atrás, ni siquiera se atrevieron a salir corriendo, temían que aquella bestia les atacase si hacían cualquier movimiento un poco brusco. Hacía muchos años que no se veían osos por la zona, la caza indiscriminada para obtener sus pieles había hecho que muchos fuesen exterminados y otros huyeran en busca de otras tierras menos amenazadoras para su especie.

La xana se situó junto a la enorme figura, estaba tranquila, tenía un don especial para los animales y sabía que no podía temer nada de aquel oso que había aparecido cuando más necesitaba ayuda. Entonces aprovechando el temor que despertaba la bestia, comenzó a hablar.

— Soy inocente y hay dos personas que lo saben —entonces su rostro se dirigió a la mujer del pastor, y mirándola fijamente a los ojos, siguió hablando—  Yo os avisé a tu marido y a ti hace días. Os dije que el lugar donde llevabais a pastar el ganado era peligroso. ¿No os advertí de que por allí había abundancia de hierbas venenosas? ¿No os sugerí que era mejor que fueseis al otro lado del monte, junto al enebral? Y vosotros, ¿qué hicisteis? Reíros de mí, mofaros de mi buena voluntad, llamarme bruja, y amenazarme con apalearme si seguía metiéndome en vuestros asuntos. Sabíais que conozco las plantas, pero vuestra ignorancia, vuestra intransigencia y sobre todo vuestra superchería os hizo rechazar mi consejo. Nadie concede crédito a una bruja, una xana que sólo sabe lanzar maleficios y desearos el mal. Bien, pues aquí tenéis el mal, y de la mano de la gente de vuestra confianza.

— ¿Es eso cierto? —rugió el alcalde mirando con dureza a Xica.

La mujer estalló en violentos sollozos.

— Sí, es cierto, ella nos alertó del peligro de esas hierbas, pero Mingo no le hizo caso, ¿quién se iba a fiar de las palabras de una bruja? ¿Lo hubieseis hecho vosotros?

Todos se miraron avergonzados, nadie puedo increpar a la mujer porque sabían que tenía razón, en la misma situación, todos habrían hecho lo mismo.

— ¿Os dais cuenta ahora de que el mal está en vosotros mismos? No hacen falta ni brujas, ni xanas, ni ningún ser etéreo para que los sortilegios se cumplan, porque el veneno está en vuestras ruines almas. Y tú Patru, ¿No has podido olvidar todavía tu rencor? ¿Aún me odias por lo que intentó hacerme tu miserable hijo? Jamás pudiste perdonar que Recaréu llegase a tiempo para librarme de la violación a la que me iba a someter el fruto de tus entrañas. Y mi marido pagó cara la victoria de aquel combate igualado. Tú y tu pérfida lengua le pusieron la soga en el cuello cuando lanzaste tus falsas acusaciones sobre él.

Poco a poco, el corrillo se fue deshaciendo, todos se fueron marchando pausadamente y en silencio, con las cabezas gachas, sabiendo que las últimas palabras de la xana eran verdad. Ellos mismos eran los causantes de sus desgracias. Patru se desvaneció al escuchar las palabras de la xana, dos de las mujeres tuvieron que sujetarla y muy despacio llevarla de regreso a su casa.

— Lo siento mujer… perdón Dela, hacía tantos años que no pronunciaba tu nombre que casi se me había olvidado —murmuró el alcalde— te pido disculpas en nombre de toda la aldea.

— Ve con Dios, eres un buen hombre, gracias por haber intentado poner cordura en esas duras y resentidas cabezas —contestó Dela.

En la puerta de la choza ya sólo quedaban dos figuras, la xana y el oso que permanecía a su lado. La mujer le acarició una zarpa.

— Gracias amigo, no sé de donde has salido, pero si no hubieses acudido a ayudarme mis días habrían terminado hoy.

Al mirar los ojos del animal la mujer dio un respingo. Dos hermosos ojos de color miel la contemplaban a través de la piel de la bestia, unos ojos que le eran tremendamente familiares.

— Recaréu ¿eres tú?

— Sí, Dela, soy yo, antes de morir juré que te cuidaría, que jamás dejaría que te pasase nada malo aunque tuviese que atravesar las barreras del otro mundo. Doy gracias porque, al menos, por unos momentos he vuelto a tenerte junto a mí, pero debo irme, el tiempo se acaba y tú ya no me necesitas.

— No te vayas, te he echado tanto de menos, quédate conmigo Recaréu, te amo, no hay día desde hace siete años que no llore tu ausencia.

— Lo sé, mi vida, pero no puede ser, debo irme, mi misión ya se ha cumplido.

— ¿Dónde irás?

— ¿Ves esa senda que se abre entre las montañas? Ese será mi camino.

— Pues si no te puedes quedar, llévame contigo, cada día es más duro vivir sin ti.

— No puedo, eso no depende de mí, tú aún tienes muchas cosas que hacer aquí. Lo sé, desde ahí arriba se ven muchas cosas. Dela, harás cosas muy buenas, así que tu presencia aquí todavía  es vital. Pero te prometo que cuando llegue el momento seré yo mismo quien venga a buscarte y juntos, atravesaremos esa hermosa senda, la senda del oso, ese camino secreto que sólo ellos conocen; el sendero por donde hace muchos años ellos también huyeron de la intransigencia y la maldad de los hombres.

FIN

lunes, 31 de octubre de 2011

NOCHE DE TERROR


Hola amigos, esta noche todos sabemos que es una noche especial. La fiesta de nuestros antepasados celtas, el Samhain, que ha evolucionado en la historia para convertirse en el Halloween anglosajón que, cada día, cobra más fuerza en nuestra cultura.

Hoy es la noche de las brujas, de los muertos, de los fantasmas, de los monstruos, de las calabazas, del truco o trato, de las golosinas y las chuches para los más pequeños… Pero también es la noche del miedo, donde en muchos lugares aún se conserva la tradición de reunirse un grupo de amigos y contar historias estremecedoras. Y eso precisamente es lo que han propuesto mis amigos de Paraíso4, que han convertido su página web en un cómodo salón, donde esta noche a partir de las 0:30 horas y hasta las 23:30, irán surgiendo de entre la niebla y las sombras de un eclipse, historias de terror.



domingo, 30 de octubre de 2011

LA NOCHE DE LA CALABAZA


Jamás olvidaré la noche de aquel 31 de octubre de 1874. Íbamos camino de Dublín. Hacía cinco meses que nuestro padre había abandonado la aldea. La plaga en la cosecha de la patata de aquel año, nos había sumido en lo más parecido a la pobreza. Por fin, después de un tiempo llamando a todas las puertas, había conseguido un trabajo en la capital. Aquello le permitió ahorrar lo suficiente para buscar un alojamiento sencillo pero digno y nos mandó llamar. Vendimos nuestra vieja casa, las pocas tierras que poseíamos, los muebles grandes que no podíamos llevar con nosotros por el tamaño y con el dinero obtenido, no mucho —la situación era difícil para todos—, con nuestro carro casi vacío de enseres, pero lleno de ilusión por el reencuentro tan esperado; emprendimos nuestro viaje.

En la primera etapa de nuestro itinerario, no pretendíamos hacer muchas millas. El objetivo era llegar a la Posada del Escocés, un lugar limpio y cómodo, —que papá nos recomendaba en su carta—. Allí, según nos decía, una familia honrada podría pasar la noche sin ningún reparo por un módico precio. Pero una cosa es lo que pensamos los mortales y otras las que Dios dispone. En nuestro caso, los planes no salieron cómo deseábamos.

Los hados nos fueron adversos y la suerte nos dio la espalda. Al intentar cruzar el desfiladero camino del río; Boris, nuestro caballo, se rompió una pata. El carro salió despedido y con él lo poco que aún conservábamos de nuestra vida anterior, la ropa, la vajilla de loza herencia de la abuela... Todo rodó por aquel terraplén. La inmensa mayoría hecho mil pedazos y lo que llegaba intacto a las agitadas aguas, terminaba o hundiéndose o arrastrado por el furioso torrente que se había visto incrementar su caudal debido a las fuertes lluvias del mes de octubre.

No pudimos hacer nada, y aparte de ver como perdíamos nuestras pocas pertenecías aún nos quedó lo peor. Boris estaba mal, no nos quedó otra que ver con ojos consternados como mamá, con el rostro anegado en llanto, tuvo que acabar con su vida de un balazo en la cabeza.

No quedaba otro remedio, nos dijo. Incluso tuvimos que dar gracias de que mamá llevase el revolver colgado del cinto, al igual que el dinero. Si no el sufrimiento del animal hubiese sido horrible.

Mi madre era una mujer fuerte y decidida, rápidamente se recompuso, se secó las lágrimas y dio gracias porque todos estábamos bien. Afortunadamente en ese tramo del camino todos íbamos a pie. Tras llevar horas sentados en el carro y dejándonos bambolear por él,  necesitábamos andar un poco para estirar las piernas.

Caía ya la noche cuando sucios y fatigados entramos en una inhóspita aldea. Todo estaba a oscuras, nadie ni nada se cruzó en nuestro camino. Las puertas y ventanas cerradas a cal y canto no dejaban escapar ni el más mínimo hilo de luz de una vela o quinqué.

Llamamos a varias puertas, los tres implorábamos elevando nuestras voces lo más posible que nos abriesen la puerta, que éramos una familia honrada y que no les haríamos ningún daño, si fuese menester incluso podríamos darles alguna moneda a cambio de un plato de sopa caliente y un jergón donde poder pasar la noche.

Todo fue en vano, aquel pueblo parecía desierto. Algo parecía empezar a alojarse en mi interior, una sensación nueva y extraña ¿angustia?, ¿desazón?, ¿abatimiento?... ¿miedo?

Poco a poco y arrastrando los pies fuimos saliendo de aquel poblado oscuro y vacío. Al final del pueblo encontramos una cabaña abandonada. La puerta casi no se tenía en pie, el tejado tenía huecos abiertos entre sus tejas y algunos de los cristales de las dos ventanas de la pared principal estaban rotos. Pero nos dio igual, debíamos parar en algún sitio, nosotros estábamos agotados y mamá, con el rostro desencajado, estaba exhausta. Su avanzado embarazo —ya estaba en el séptimo mes de gestación— y las fatigas y las emociones de la jornada, comenzaban a pasarle la factura.

Dentro había dos jergones desvencijados. Entre Pól y yo preparamos el más grande como pudimos. Allí podría descansar mamá, y luego Sinead y ella dormirían el resto de la noche. Pól y yo dormiríamos en el otro más pequeño.

Fuera encontramos restos de ramas de árboles que prendimos en la derruida chimenea. Mientras Sinead —nuestra hermana mayor— buscaba algún utensilio de cocina para hacer al menos un poco de sopa. Afortunadamente en la bolsa que portaba ella llevábamos alguna provisión, jamón seco, pan, algunos ajos y algunas patatas y hortalizas. Con aquello podríamos tomar algo caliente para cenar.

El cansancio hizo el resto. Al poco tiempo y con los estómagos calientes el pequeño Pól y yo caímos rendidos en el duro colchón.


Un grito angustioso mezclado con el aullido del viento me sobresaltó a medianoche. Antes de sentir el primer zarandeo ya había despertado. A mi lado mirándome con cara asustada, mientras sacudía al pequeño Pól, Sinead nos apremiaba:  

— ¡Mamá está mal! ¡Creo… que el bebé va a nacer!

Cuando Pól se espabiló del todo los tres nos miramos, éramos tres niños asustados en medio de la noche en un lugar solitario y desconocido. Sinead sólo tenía catorce años, yo doce y Pól nueve. Los tres no sabíamos que hacer. Sinead intentó reponerse cuando escuchó que nuestra madre volvió a gritar.


— ¡Corred, avisad a alguien, necesitamos ayuda! ¡Mamá necesita auxilio!

Mi hermano y yo salimos de la cabaña como alma que lleva el diablo. Aporreamos todas las puertas, pero aquel pueblo parecía muerto, nadie atendía nuestra llamada. Sólo una anciana se atrevió a contestarnos a través de la rendija de su ventana.

— ¡Largo de aquí niños!, ¿no sabéis que noche es hoy? Es la noche del muerto. Sí, hace muchos años, una epidemia de tifus terminó con gran parte de la población. Echaron la culpa de la tragedia a O’Neill, el médico, y llevados por la furia, en una noche como esta, le mataron cruelmente. Su fantasma en forma de una gran calavera vuelve cada año para vengarse de sus asesinos y de sus descendientes. Nadie sale de sus casas si quiere permanecer vivo.

— Pero señora tenga caridad, mi madre va a tener un niño, estamos solos y necesitamos ayuda…

La mujer no me dejó terminar. Ni la conmovieron nuestras lágrimas.


— ¡Largaos de aquí! ¡Niños, niños… niños nacen todos los días, pero el fantasma sale hoy a cobrarse sus víctimas.

Cegados por el miedo corrimos sin dirección alejándonos de la aldea, cuando paramos jadeantes para respirar nos dimos cuenta que estábamos junto a las tapias del cementerio.


- ¡Alana! ¡Una enorme calavera! ¡Mira! ¡Entre esos arbustos nos está mirando! ¡Es el fantasma que nos ha dicho la vieja bruja que viene a por nosotros! —chilló Pól temblando de una forma descontrolada.

Me detuve, y ciertamente muy cerca de nosotros, vi un bulto enorme y blanquecino a la luz de la luna. Mi hermano tenía razón, parecía una calavera, dos boquetes eran las cuencas de sus ojos y de su boca sólo quedaba una hendidura horizontal de aspecto tenebroso. La luz de la luna llena reflejada en aquel lugar lo hacía más siniestro aún.

Pero algo me atemorizó más que la visión de aquel ser terrible. De entre las sombras de la tapia surgió una sombra. Una figura alta, vestida de negro de pies a cabeza, con el rostro totalmente cubierto por un enorme sombrero se dirigía a mi asustado hermano:”¡Mocoso insolente! ¡Calla de una vez! Con tus gritos perturbas la tranquilidad de este lugar. ¿No ves que lo que te ha asustado es una calabaza?”

Mi espíritu rebelde se sobrepuso al miedo, además la rabia y la impotencia quitaron el temor de mis ojos y vi claramente que la figura era una inocente y vieja calabaza, cuya cáscara, estaba ajada por el paso del tiempo. Esta tranquilidad me dio valor para encararme después a aquel extraño.

— ¿Quién es usted para tratar así a mi hermano? Es pequeño y está asustado —le increpé.

— ¿Quiénes sois vosotros para escandalizar en este lugar de paz? —contestó el siniestro personaje.

En ese momento recordé los gritos de mi madre y el cansancio, el miedo y las emociones encontradas hicieron que mis nervios explotasen.

— Estamos buscando ayuda, mi madre va a tener un niño y nadie en este maldito lugar nos socorre —dije entre sollozos.

Aquel desconocido se apiadó de nosotros, nos acompañó a la cabaña y atendió a mi madre. Fue un parto complicado y prematuro, pero aquel hombre salvó la vida de ambos. 

Por fin, con las primeras luces del alba, el llanto del bebé rompió la quietud de aquel lugar sin vida.


Nuestro salvador una vez cumplida su misión y tras dar a Sinead algunas pautas a seguir para atender los primeros días a mamá y al recién nacido, sin decir nada más, se marchó. Aprovechando que Sinead y Pól estaban arrobados con nuestro hermano recién nacido, salí corriendo tras él. 

— Gracias Mr O’Neill —dije sonriendo, cuando le alcancé. Mi cabeza no había dejado de pensar durante toda aquella noche ¿Quién sino un médico podía haber salvado aquella complicada situación?

Levantó levemente la cabeza y lo único que pude ver de su rostro oculto por el sombrero —del que no se había desprendido en todo ese tiempo— fue el hueso descarnado de su mandíbula inferior y su boca totalmente mellada devolviéndome la sonrisa.

Sin decir nada continuó su camino y desapareció de mi vista. Unas horas más tarde, cuando el sol comenzaba a estar en toda su plenitud, ganando terreno a la oscuridad y a las sombras, salí a buscar agua. En la puerta me encontré una enorme calabaza con tres hendiduras que simulaban una cara sonriente.


Ha pasado mucho tiempo de aquello. Mis padres ya son ancianos y nosotros adultos con nuestras propias familias, pero cada 31 de octubre nos reunimos todos y hacemos una cena familiar. No hay año que no nos toque amenizar la velada de los más pequeños con nuestra aventura. Pól siempre recuerda esos momentos como la anécdota de “La noche de la calabaza“. Yo la recuerdo de otra manera, nunca pude olvidar la sonrisa de Mr O’Neill. Para mí aquella noche fue mucho más importante, fue una noche especial y mágica donde la muerte y la vida se dieron la mano.

FIN

domingo, 19 de junio de 2011

JUICIO DEL AGUA I - Enora



I

ENORA


Rennes (Bretaña) 1231

El sol comenzaba a abrirse paso a través del horizonte de aquel caluroso y seco verano, las gentes de aquella ciudad, una de las más importantes del ducado de Bretaña, no había visto caer una gota de agua desde la pasada primavera. Aún así tenían suerte, los meses de abril y mayo fueron mucho más lluviosos que años anteriores, y tendrían agua suficiente para todo el verano por la gran cantidad de pozos que sembraban la ciudad.

A pesar de lo temprana de la hora, una multitud se concentraba alrededor de lo que las gentes conocían como el “Pozo del juicio”, hacía muchos años que no eran testigos de algo así, la curiosidad se reflejaba en todos los rostros. Allí apiñados y mezclados, se podían encontrar representantes de todos las clases sociales de la población, desde el más próspero comerciante, al pilluelo más humilde.

En un estrado bellamente engalanado, estaban presentes los más altos estamentos: el prelado, el capitán del castillo, las damas de la corte y a la cabeza del importante cortejo, Deneza, la condesa de Rennes, la joven y hermosa esposa de Erwan, el señor de todas aquellas tierras, y que en ausencia de su esposo presidía los actos oficiales.

Un clamor se levantó entre el populacho.

— ¡Ahí viene!, ¡ahí está la bruja!, ¡a la hoguera con ella! —rugían.

Efectivamente por el camino de tierra se acercaba un carro semejante a una jaula flanqueado por los guardias del castillo. Cerraban la comitiva unos frailes  dominicos. En el interior se hallaba el cuerpo desmadejado de una mujer vestida con una túnica blanca.

— ¡Miradla! Ya lo creo que es una bruja, ¿no veis? Tiene los ojos huidizos  —comentaba una comadre.

— Y además están desencajados, y ese aspecto, ese rostro es el de una poseída, esa mirada como de ida; da pavor mirarla —comentaba una segunda.

— Pues a mí me da pena, no sé, yo conocí a esa muchacha antes de que entrase a servir en el castillo de los condes. Mi hija estuvo muy enferma hace tres años, el cirujano no me supo dar razón de su mal. Entonces me acordé de la curandera, esa que se hacía llamar “La Gacela”; esa que se paseaba por las ferias vendiendo ensalmos y cocimientos para curar todo tipo de males. Ésa que tenía la cabaña allí en la espesura del Bosque de los Ciervos. Y allí, encontré sola a la muchacha, ni siquiera me acordaba que “La Gacela” tenía una hija. Por lo visto, la mujer había muerto hacía pocos meses y esa pobre criatura estaba sola en el mundo. Pero la verdad es que algo tuvo que heredar de su madre, ya que me dio el remedio, y mi hija ya veis como está; a día de hoy es una criatura hermosa y sana —les contó una tercera.

— Eres muy atrevida mujer, no sé como pudiste poner la vida de tu hija en manos de semejante engendro. Tampoco entiendo como al final terminó atendiendo a la familia del conde. Seguro que esa bruja les dominó con sus artes. Cada vez que me acuerdo que nuestro señor, junto con su familia, tuvo tal peligro dentro de su morada, se me ponen los pelos de punta —dijo un hombre seboso, que de vez en cuando echaba un trago del odre de vino que llevaba al hombro.

— A mí no me hizo mal ninguno, al contrario, devolvió la salud a mi hija buen hombre, así que no tengo motivo para desearle ningún mal. Y a vosotras, comadres, os aconsejaría que no afirmaseis algo que aún no sabemos. No os fiéis de su aspecto, la pobre habrá sido sometida a tortura ¿no sabéis como las gastan en las mazmorras de la Inquisición?, yo sí, mi cuñado estuvo trabajando de carcelero una temporada y el pobre no había noche que no se despertase con pesadillas. Siendo más cómodo ese trabajo, no dudó en dejarlo en cuanto le salió el de tintorero, y ya sabéis que andar entre tintes es muy duro. No puedo dejar de sentir piedad por ella, además es tan joven y era tan hermosa, ¿a qué clase de tormento la habrán sometido? —se preguntó la mujer.

El carro de la prisionera se iba acercando al pozo. Allí la esperaban varias figuras vestidas de negro y en el centro, un monje con hábito blanco que se había convertido en la pesadilla de la muchacha durante los últimos días —que, tal y como había vaticinado la comadre, había sido victima del martirio más brutal— Dos guardias  abrieron la jaula y la ayudaron a salir. Uno de los hombres de negro, el de mayor edad, comenzó a hablar:

“Yo Loic de Brent, Juez de esta villa, en presencia de su excelencia la Condesa Deneza de Rennes, y del Inquisidor General, el padre Mazhe de Borgoña, hago constar que la acusada, la joven conocida simplemente por Enora, al carecer de apellido conocido, hija de la curandera conocida como “La Gacela”; y ante la negativa a firmar la confesión que se le exige, va a ser sometida al “juicio del agua”. La acusada será atada a una cuerda y arrojada al pozo, si se hunde será absuelta; pero si flotase en el agua, la joven conocida como Enora será acusada de brujería y por lo tanto, morirá en la hoguera —ya que como es conocido, todo ser humano que haya caído en garras del Maligno tiene la facultad de flotar en el agua— Que Dios Nuestro Señor nos bendiga a todos. Alguacil, proceda a atar la cuerda a la cintura de la rea.”

El alguacil se acercó a una Enora perdida, sin expresión, sin alma —dirían algunos — aquellos salvajes se habían ocupado a conciencia de arrancársela lentamente. Los que estaban más cerca pudieron contemplar con horror que los huesos de los brazos de la muchacha estaban fuera de su sitio. Sospecharon que las piernas también habrían sufrido lo suyo, pero el castigo había sido menor, seguramente en previsión de la prueba que tenía que pasar ahora. La acusada tenía al menos que poder tenerse en pie, aunque fuese a duras penas.

El hombre ató una cuerda a la cintura de la joven y luego entre dos guardias, la ayudaron a subir al brocal del pozo para luego empujarla al interior.

Un hombre que rozaba la ancianidad, contemplaba la escena con horror mal contenido. Marven, el mayordomo del conde, no podía sujetar el temblor de sus manos. Su mirada como una pelota de ping pong, iba desde la escena sobrecogedora, a la condesa sentada a poca distancia, mientras el dolor y el sentimiento del deber incumplido se apoderaba de él.

La voz del juez volvió a sonar tan solemne como anteriormente:

“Yo, Loic de Brent certifico que el cuerpo de la joven conocida como Enora se ha hundido en el agua. Alguacil, proceda a sacarla inmediatamente del pozo”

Los asistentes estaban sobrecogidos, los que hacía sólo unos minutos la vituperaban y estaban dispuestos a arrastrarla a la hoguera, ahora estaban conmocionados, algunas mujeres apartaban el rostro, otras lloraban en silencio y las más, rompieron en sollozos. La condesa permanecía impasible, pero los que la conocían bien sabían que tras la imagen pétrea de su hermoso rostro y su cuerpo inmóvil latía un intenso sentimiento.

Las figuras de negro y el fraile se situaron alrededor del cuerpo de la muchacha, no se sentía ni la respiración del gentío que se agolpaba en torno al pozo. En este caso fue la voz del inquisidor la que se dejó oír:

“Demasiado tarde,  la acusada ha muerto. Yo, Mazhe de Borgoña, Inquisidor General del reino, doy fe de que, tras pasar la prueba del agua, la muchacha no era bruja, por lo tanto su cuerpo podrá ser enterrado en sagrado." 

Marven rompió en sollozos: “Perdóname Enora, no supe protegerte. Que mal hizo mi señor en encomendar tu protección a este pobre viejo que no supo ver a tiempo la maldad que estaba tejiéndose a tu alrededor. Si hubiese sido más rápido al escribir… si el mensajero hubiese volado más que galopado… si mi carta hubiese llegado a antes a su destino… mi señor habría venido a tiempo de evitar esta tragedia.”

En el suelo retumbaron los cascos de unos caballos, un grupo de jinetes se acercaban al pozo, la muchedumbre les iba abriendo paso, frente al grupo de hombres y un poco más adelantado destacaba la figura de un joven moreno, alto y espigado que cabalgaba sobre un hermoso caballo negro. El conde Erwan de Rennes saltó del corcel en pleno galope y separando con furia al juez, al inquisidor y al resto de la compañía, se arrojó al lado de Enora. Abrazando el cuerpo inerte de la muchacha brotó de su garganta un grito inhumano:

— ¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOO!!