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domingo, 19 de junio de 2011

JUICIO DEL AGUA I - Enora



I

ENORA


Rennes (Bretaña) 1231

El sol comenzaba a abrirse paso a través del horizonte de aquel caluroso y seco verano, las gentes de aquella ciudad, una de las más importantes del ducado de Bretaña, no había visto caer una gota de agua desde la pasada primavera. Aún así tenían suerte, los meses de abril y mayo fueron mucho más lluviosos que años anteriores, y tendrían agua suficiente para todo el verano por la gran cantidad de pozos que sembraban la ciudad.

A pesar de lo temprana de la hora, una multitud se concentraba alrededor de lo que las gentes conocían como el “Pozo del juicio”, hacía muchos años que no eran testigos de algo así, la curiosidad se reflejaba en todos los rostros. Allí apiñados y mezclados, se podían encontrar representantes de todos las clases sociales de la población, desde el más próspero comerciante, al pilluelo más humilde.

En un estrado bellamente engalanado, estaban presentes los más altos estamentos: el prelado, el capitán del castillo, las damas de la corte y a la cabeza del importante cortejo, Deneza, la condesa de Rennes, la joven y hermosa esposa de Erwan, el señor de todas aquellas tierras, y que en ausencia de su esposo presidía los actos oficiales.

Un clamor se levantó entre el populacho.

— ¡Ahí viene!, ¡ahí está la bruja!, ¡a la hoguera con ella! —rugían.

Efectivamente por el camino de tierra se acercaba un carro semejante a una jaula flanqueado por los guardias del castillo. Cerraban la comitiva unos frailes  dominicos. En el interior se hallaba el cuerpo desmadejado de una mujer vestida con una túnica blanca.

— ¡Miradla! Ya lo creo que es una bruja, ¿no veis? Tiene los ojos huidizos  —comentaba una comadre.

— Y además están desencajados, y ese aspecto, ese rostro es el de una poseída, esa mirada como de ida; da pavor mirarla —comentaba una segunda.

— Pues a mí me da pena, no sé, yo conocí a esa muchacha antes de que entrase a servir en el castillo de los condes. Mi hija estuvo muy enferma hace tres años, el cirujano no me supo dar razón de su mal. Entonces me acordé de la curandera, esa que se hacía llamar “La Gacela”; esa que se paseaba por las ferias vendiendo ensalmos y cocimientos para curar todo tipo de males. Ésa que tenía la cabaña allí en la espesura del Bosque de los Ciervos. Y allí, encontré sola a la muchacha, ni siquiera me acordaba que “La Gacela” tenía una hija. Por lo visto, la mujer había muerto hacía pocos meses y esa pobre criatura estaba sola en el mundo. Pero la verdad es que algo tuvo que heredar de su madre, ya que me dio el remedio, y mi hija ya veis como está; a día de hoy es una criatura hermosa y sana —les contó una tercera.

— Eres muy atrevida mujer, no sé como pudiste poner la vida de tu hija en manos de semejante engendro. Tampoco entiendo como al final terminó atendiendo a la familia del conde. Seguro que esa bruja les dominó con sus artes. Cada vez que me acuerdo que nuestro señor, junto con su familia, tuvo tal peligro dentro de su morada, se me ponen los pelos de punta —dijo un hombre seboso, que de vez en cuando echaba un trago del odre de vino que llevaba al hombro.

— A mí no me hizo mal ninguno, al contrario, devolvió la salud a mi hija buen hombre, así que no tengo motivo para desearle ningún mal. Y a vosotras, comadres, os aconsejaría que no afirmaseis algo que aún no sabemos. No os fiéis de su aspecto, la pobre habrá sido sometida a tortura ¿no sabéis como las gastan en las mazmorras de la Inquisición?, yo sí, mi cuñado estuvo trabajando de carcelero una temporada y el pobre no había noche que no se despertase con pesadillas. Siendo más cómodo ese trabajo, no dudó en dejarlo en cuanto le salió el de tintorero, y ya sabéis que andar entre tintes es muy duro. No puedo dejar de sentir piedad por ella, además es tan joven y era tan hermosa, ¿a qué clase de tormento la habrán sometido? —se preguntó la mujer.

El carro de la prisionera se iba acercando al pozo. Allí la esperaban varias figuras vestidas de negro y en el centro, un monje con hábito blanco que se había convertido en la pesadilla de la muchacha durante los últimos días —que, tal y como había vaticinado la comadre, había sido victima del martirio más brutal— Dos guardias  abrieron la jaula y la ayudaron a salir. Uno de los hombres de negro, el de mayor edad, comenzó a hablar:

“Yo Loic de Brent, Juez de esta villa, en presencia de su excelencia la Condesa Deneza de Rennes, y del Inquisidor General, el padre Mazhe de Borgoña, hago constar que la acusada, la joven conocida simplemente por Enora, al carecer de apellido conocido, hija de la curandera conocida como “La Gacela”; y ante la negativa a firmar la confesión que se le exige, va a ser sometida al “juicio del agua”. La acusada será atada a una cuerda y arrojada al pozo, si se hunde será absuelta; pero si flotase en el agua, la joven conocida como Enora será acusada de brujería y por lo tanto, morirá en la hoguera —ya que como es conocido, todo ser humano que haya caído en garras del Maligno tiene la facultad de flotar en el agua— Que Dios Nuestro Señor nos bendiga a todos. Alguacil, proceda a atar la cuerda a la cintura de la rea.”

El alguacil se acercó a una Enora perdida, sin expresión, sin alma —dirían algunos — aquellos salvajes se habían ocupado a conciencia de arrancársela lentamente. Los que estaban más cerca pudieron contemplar con horror que los huesos de los brazos de la muchacha estaban fuera de su sitio. Sospecharon que las piernas también habrían sufrido lo suyo, pero el castigo había sido menor, seguramente en previsión de la prueba que tenía que pasar ahora. La acusada tenía al menos que poder tenerse en pie, aunque fuese a duras penas.

El hombre ató una cuerda a la cintura de la joven y luego entre dos guardias, la ayudaron a subir al brocal del pozo para luego empujarla al interior.

Un hombre que rozaba la ancianidad, contemplaba la escena con horror mal contenido. Marven, el mayordomo del conde, no podía sujetar el temblor de sus manos. Su mirada como una pelota de ping pong, iba desde la escena sobrecogedora, a la condesa sentada a poca distancia, mientras el dolor y el sentimiento del deber incumplido se apoderaba de él.

La voz del juez volvió a sonar tan solemne como anteriormente:

“Yo, Loic de Brent certifico que el cuerpo de la joven conocida como Enora se ha hundido en el agua. Alguacil, proceda a sacarla inmediatamente del pozo”

Los asistentes estaban sobrecogidos, los que hacía sólo unos minutos la vituperaban y estaban dispuestos a arrastrarla a la hoguera, ahora estaban conmocionados, algunas mujeres apartaban el rostro, otras lloraban en silencio y las más, rompieron en sollozos. La condesa permanecía impasible, pero los que la conocían bien sabían que tras la imagen pétrea de su hermoso rostro y su cuerpo inmóvil latía un intenso sentimiento.

Las figuras de negro y el fraile se situaron alrededor del cuerpo de la muchacha, no se sentía ni la respiración del gentío que se agolpaba en torno al pozo. En este caso fue la voz del inquisidor la que se dejó oír:

“Demasiado tarde,  la acusada ha muerto. Yo, Mazhe de Borgoña, Inquisidor General del reino, doy fe de que, tras pasar la prueba del agua, la muchacha no era bruja, por lo tanto su cuerpo podrá ser enterrado en sagrado." 

Marven rompió en sollozos: “Perdóname Enora, no supe protegerte. Que mal hizo mi señor en encomendar tu protección a este pobre viejo que no supo ver a tiempo la maldad que estaba tejiéndose a tu alrededor. Si hubiese sido más rápido al escribir… si el mensajero hubiese volado más que galopado… si mi carta hubiese llegado a antes a su destino… mi señor habría venido a tiempo de evitar esta tragedia.”

En el suelo retumbaron los cascos de unos caballos, un grupo de jinetes se acercaban al pozo, la muchedumbre les iba abriendo paso, frente al grupo de hombres y un poco más adelantado destacaba la figura de un joven moreno, alto y espigado que cabalgaba sobre un hermoso caballo negro. El conde Erwan de Rennes saltó del corcel en pleno galope y separando con furia al juez, al inquisidor y al resto de la compañía, se arrojó al lado de Enora. Abrazando el cuerpo inerte de la muchacha brotó de su garganta un grito inhumano:

— ¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOO!!

domingo, 8 de mayo de 2011

PANTERA NEGRA (Primera parte)

El silencio se podía cortar, a pesar de la afluencia de público que se apiñaba en aquel espacio reducido, todo estaba en calma. Una calma aparente y relativa. La tensión se podía respirar en el ambiente cerrado. Pero si el oído humano fuese capaz de detectar los pensamientos, aquella sala de juzgado hubiese parecido más bien una plaza de mercado en hora punta; ya que los allí congregados podrían permanecer con los labios sellados, pero sus mentes eran totalmente libres para divagar, meditar, preguntar, contestar… sobre esa duda que a todos les corroía por dentro.

No era de extrañar, aquel proceso había sido uno de los más largos y controvertidos de los últimos tiempos, y la presión mediática que habían soportado tanto el juez, como los abogados y los miembros del jurado, había sido aplastante. La implicada en aquel terrible suceso que había conmocionado los cimientos de la sociedad, pertenecía a una de las familias más reconocidas y de antiguo linaje del país. A pesar de eso, siempre se habían mantenido ajenos al mundillo del famoseo, apartándose de los escándalos que podrían haber suscitado la persecución de la prensa amarilla. Su vida había sido totalmente discreta, alejando así rumores, y  con ellos todos los peligros que conllevan la existencia opulenta de millonarios y poderosos. Por eso, cuando la rica heredera Cosette Lemoine fue detenida, y posteriormente acusada del asesinato de su padre, la noticia saltó a primera plana de todos los medios de comunicación, que a su vez, arrastraron a las masas.

Hacía días que el juicio había quedado visto para sentencia. El jurado había dado su veredicto. Sí, no había duda que la rea era culpable, pero había en todo aquello un gran atenuante, que junto con la posición de la acusada, tendría su peso en la sentencia. Una sentencia que no tardaría en pronunciarse. Ese era el motivo de aquel silencio, ese era el motivo de que nadie se permitiese el más mínimo murmullo. Todos concentraban su mirada en la pequeña puerta que daría paso al juez y con él su veredicto. Eran conscientes que ese paso ya no podría demorarse mucho.

Y efectivamente, la puerta no tardó en abrirse, el silencio se convirtió en un suspiro acompasado de varios pechos a la vez. La figura enjuta, alta y enfundada en su toga negra se hizo presente. Con paso firme, el juez Treville se dirigió a su estrado y una vez allí se sentó. Sus ojos pequeños, protegidos por unas enormes y espesas cejas grises, se clavaron —más que posarse— en el lugar que ocupaba Cosette Lemoine. Así permaneció unos minutos, que a todos les parecieron horas.


Al fin, su ronca voz surgió de su cavernosa garganta. La voz crónica, era secuela de una difteria padecida en su niñez… una voz que añadía más dramatismo si cabe a todas las sentencias que había dictado en su larga vida profesional.

— Póngase en pie la acusada —la pausa obligada que servía  más para dilatar la curiosidad de los presentes, que para dar tiempo a la acusada a levantarse de su asiento. Al fin y al cabo, el juez Treville era de los que opinaban que la sala de un juzgado era mucho más parecido a un escenario teatral de lo que muchos sospechaban. Todos eran actores que sabían representar a la perfección su papel, desde él mismo, hasta defensores, fiscales, jurados, acusados, incluso los meros espectadores, llegaban en muchos momentos a convertirse en los perfectos extras de aquel guión, con final real y no ficticio.

— Cosette Lemoine, ha sido usted juzgada y acusada de la muerte de su padre —siguió hablando pausadamente la voz cavernosa— No obstante, la justicia no puede acusarla en todo su rigor, debido a un atenuante que ningún tribunal puede pasar por alto, su estado de enajenación mental. Los psicólogos que han estudiado su caso durante todo este tiempo han sido claros, contundentes y unánimes. Su salud mental es extrema y de difícil curación, de hecho, ninguno de los profesionales consultados ha sabido dar de forma exacta con el origen de su mal, ya que no está encuadrado en ninguna de las enfermedades mentales conocidas, por lo que pasará el resto de su vida, en la clínica de uno de los más prestigiosos psicólogos del país. Toda una eminencia en tratar trastornos extraños como el suyo. Allí tendrá todos los cuidados necesarios, si no, para su completa cura, al menos para su mejoría.  Sé, porque me he leído minuciosamente todos los informes de los expertos, que me entiende perfectamente señorita Lemoine, ya que su estado no altera en ningún caso ni su inteligencia, ni la percepción de la realidad que la envuelve.

Cosette Lemoine, vestida también de negro riguroso, había permanecido aquel tiempo erguida junto a su abogado. Pasando ya desde hacía años la cuarentena, aún conservaba gran parte de su belleza. Morena, alta y esbelta, jamás había protagonizado ningún escándalo, a pesar de tener el tiempo y el dinero necesarios para ello. No se la habían conocido noviazgos, sus escasas salidas siempre eran en compañía de amistades antiguas y tan discretas como ella. Su vida la había dedicado siempre a su padre, precisamente la víctima del caso, el objeto de su crimen.

Maurice Lemoine, heredero de un inmensa fortuna y propietario de varias industrias farmacéuticas, había llegado a la respetable edad de 88 años, pero su salud no era envidiable ni mucho menos, llevaba muchos años atado a una silla de ruedas y hacía siete que había perdido la totalidad de su visión. Fanático de la lectura, su deterioro físico no había paliado su agudeza mental. Su hija le servía de ojos, la rutina de la casa terminaba cada noche en la biblioteca donde padre e hija se encerraban después de cenar, y Cosette le leía párrafos de alguno de sus libros favoritos, que luego ambos comentaban. 

En esa intimidad, es donde surgió la tragedia. Habían pasado ya dos largos años desde el triste suceso. Cosette, sin ninguna razón, había atacado a su padre, sus largos dedos rodearon el frágil y delgado cuello del anciano provocándole la muerte por estrangulamiento. Pero lo que había causado mayor estupefacción fue su posterior ensañamiento con el cadáver al que laceró cara y cuello con sus fuertes uñas.

Cuando a la mañana siguiente, los criados se percataron de que sus señores no habían dormido en sus camas y que la puerta de la biblioteca permanecía  cerrada con llave, supieron que algo extraño había ocurrido. El mayordomo abrió inmediatamente la puerta con la llave maestra y contemplaron la escena irreal, al principio con sorpresa, y más tarde, con horror no exento de un amago de náusea.

El anciano en su silla de ruedas sin vida, con el rostro y el cuello cubierto de arañazos profundos y sangre. La señorita tendida en el suelo y sin sentido.

La policía científica lo tuvo muy fácil desde el principio. Puerta cerrada, cristalera de acceso al jardín también cerrada e intacta, ningún cristal roto, o cerradura forzada que indicase la entrada de nadie ajeno a la casa. No objetos robados, no ensañamiento con mobiliario, ninguna huella dactilar que no fuese la de los dueños de la casa o los criados. Y la prueba más contundente, entre las uñas de la mujer había restos de piel del anciano. Todo estaba claro, Cosette Lemoine había cometido un parricidio horrible, llegando al ensañamiento contra un anciano que no podía defenderse.

En la práctica todo fue más difícil, Cosette, que en un principio se mostró llorosa, pero manteniendo en todo momento la serenidad, fue poco a poco derrumbándose en episodios de amnesia, desmayos con pérdidas de sentido, delirios… Una serie de anomalías para la que los médicos no tenían explicación. La señorita Lemoine era una mujer completamente sana físicamente, ninguna patología física podía corresponderse con aquellos síntomas. 

A petición de su abogado, fueron consultados competentes  psicólogos y psiquiatras. Sin embargo, el estado de Cosette empeoraba paulatinamente. Ahora sufría también pesadillas, y en algunos casos su comportamiento podía rozar la violencia, que ejercía contra ella misma. Las cuidadoras, vigilaban constantemente que no tuviese a su alcance instrumentos punzantes, cinturones, bufandas, chales y demás objetos con los que pudiera dañarse seriamente.

Sus sueños eran siempre los mismos, se despertaba a medianoche sudorosa, llorando y pidiendo a gritos que encontrasen y matasen a la pantera. En los momentos de tranquilidad y lucidez, cuando aprovechaban para interrogarla, ella insistía que a su padre le había matado una enorme pantera negra que   había penetrado en la habitación, lanzándose contra el inválido provocándole las heridas con sus garras. No sabía explicar como ni de donde había salido aquella bestia, pero ella la había visto con sus propios ojos, hasta que no pudo más y cayó al suelo sin sentido. Seguramente eso fue lo que la salvó, el permanecer totalmente inmóvil en el suelo. Cuando los policías comentaban que las heridas no habían sido la causa de la muerte, que su padre había sido estrangulado y que eso era imposible que lo hubiese hecho ningún animal, Cosette volvía a caer en el mutismo total, para volver a la misma cantinela al día siguiente, y al otro… y al otro.

Todos: investigadores, abogados, médicos y jurado estuvieron de acuerdo, Cosette Lemoine, en algún momento de su vida había perdido la razón y aquello la llevó a cometer aquel asesinato sin justificación posible.

Continuará...

domingo, 27 de marzo de 2011

EL DRAGÓN DE PLATA (Primera parte)


La oscuridad de la noche iba ganando lentamente terreno a las luces vespertinas. Mila miró su reloj de pulsera, ya sólo le quedaba media hora para terminar su turno.

Llevaba tan sólo tres meses trabajando en aquella residencia de ancianos, era la cuidadora más joven y también la más entusiasta, la más alegre, y como no, debida a su poca experiencia, la más ingenua. No obstante, disfrutaba de su trabajo, le gustaba cuidar de aquellas personas ancianas, que en alguna ocasión por soledad -muchos no tenían a nadie en el mundo- otras por dejadez de sus familias, habían terminado allí.

Un sentimiento de pena y solidaridad hacia esas personas indefensas le hacía volcarse en ellos, siempre atenta a la menor necesidad que pudiesen tener. Pero la mayor virtud de Mila era que sabía escucharles. Disfrutaba con las historias que le narraban, se extasiaba con sus pasadas glorias… o, en muchas ocasiones, de sus pasadas miserias.

Cada cuidadora tenía a siete ancianos a su cargo, Mila les quería a todos por igual, pero no podía negar que sentía una especial inclinación por la señora Lee, la más veterana de la residencia. Llegó en un taxi una mañana fría y oscura de invierno hacía quince años, completamente sola, pero cargada de un voluminoso equipaje cargado de trastos y recuerdos. Esta mujer de rasgos orientales y modales exquisitos se hizo notar desde el primer momento. Siempre discreta, callada y aún -a pesar de sus muchos años, nadie sabía cuantos con exactitud- hermosa; jamás reveló nada de su vida pasada. Esto despertó la imaginación de sus compañeros de alojamiento. Unos decían que había sido una famosa espía durante la II Guerra Mundial… otros aseguraban que había sido una prostituta de lujo, para más tarde dirigir un burdel exclusivo para la alta sociedad londinense: “La fantasía es libre y vuela como el viento” -solía contestar ella con una sonrisa a algún atrevido que osaba preguntar sobre la verdad de esas historias.

Los últimos dos años la salud de la señora Lee empeoró debido a una osteoporosis, ella que hasta ese momento podía valerse bien por sí misma, se vio convertida en poco tiempo en una inválida. Ni una queja brotaba de sus labios, lo único que rogaba era que la sacasen una hora diaria en la silla de ruedas a pasear por el jardín, hiciese frío o calor, necesitaba sentir el calor del sol en su rostro, el contacto del aire en su piel, el olor a tierra mojada los días de lluvia.

Mila adoraba a aquella mujer educada y que a pesar de verse impedida daba tan poco trabajo. A la muchacha le gustaba pasar a su habitación antes de marcharse y darle las buenas noches. Aquella tarde la anciana no quiso dar su paseo habitual y estaba más agitada que de costumbre:

- Buenas noches hija, ¿ya te marchas?

- Si señora Lee me quedan unos pocos minutos. La encuentro un poco fatigada ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llame al médico?

- Estoy bien cielo, un poco más cansada que de costumbre, pero estoy bien. Hoy esperaba tu saludo de buenas noches de forma muy especial, quería hacerte un regalo… un pequeño agradecimiento por lo bien que te has portado conmigo durante todo este tiempo.

- Muchas gracias, pero sabe que no puedo aceptarlo. Mi obligación es atenderles, es mi trabajo y ya cobro un sueldo por ello. Además lo hago muy gustosa y me siento afortunada, en estos tiempos que corren pocos tienen la suerte de trabajar en lo que les gusta, como es mi caso.

- Ya lo sé querida, sé que lo que haces lo haces por vocación, pero siento la necesidad de hacerte un pequeño obsequio, por favor, no lo rechaces -la anciana, con mucha dificultad, consiguió abrir el primer cajón de su mesilla y de él extrajo una pequeña bolsa de terciopelo verde atada con un cordoncillo dorado que tendió con su mano huesuda y temblorosa hacia Mila.

La muchacha tomó el pequeño objeto contemplándolo confusa, sin saber que hacer, el dilema moral era demasiado fuerte. Por un lado la desagradaba aceptar un regalo, ella solamente cumplía con su obligación. Por otro lado, no aceptar significaría hacer un desprecio a aquella mujer poco corriente, lo más cercano a toda una dama que Mila había conocido en su vida y por quien sentía un gran cariño, lo último que desearía sería apenarla.

- Señora Lee, muchas gracias, aceptaré su regalo, jamás me perdonaría que se disgustase conmigo ni que llegase a pensar que quiero hacerla un desprecio.

- Ábrelo y dime si te gusta -apremió la anciana.

La chica hizo lo que le indicaba la mujer. La bolsita contenía un precioso anillo de plata maciza, ninguna piedra le adornaba -la pequeña joya tampoco lo necesitaba- la sortija ya era lo suficientemente llamativa para no necesitar ningún tipo de adorno adicional. La mano de un experto orfebre había dado forma a un dragón perfectamente dibujado.

- Póntelo y veamos si te queda bien -dijo la señora Lee- ¡Perfecto! En el anular te queda un poco grande, pero en ese te queda perfecto, justo a tu medida. Y, ¿sabes que es justo ahí donde debe llevarse esta sortija? En el dedo corazón de la mano izquierda.

Ambas mujeres pasaron algunos minutos en silencio, Mila miraba embobada aquel anillo, era precioso de verdad. La voz grave y queda, de la señora Lee rompió el silencio de nuevo:

Continuará...