Bienvenidos a este rincón donde compartir pequeñas historias.
Mostrando entradas con la etiqueta juicio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta juicio. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de septiembre de 2011

EXPERIMENTO MALDITO (Primera parte)


— ¡Llámame!, no te olvides. Si no resuelves pronto mi asunto, ¡te juro que me las pagarás! No intentes jugar conmigo, puedo joderte la vida, lo sabes.

En aquella ocasión a la joven morena de rostro hermoso y ojos enormes y brillantes, no le hizo falta exhibir sus rotundas y bien formadas curvas, para que todas las miradas masculinas se posasen en ella.

Tenía más rabia acumulada en su cuerpo de la que su hígado podía digerir, y eso hizo que el tono de su voz se elevase mucho más de lo que hubiese deseado cuando se dirigió a su acompañante, un hombre de mediana edad, bajo, delgado, de pelo ralo y lentes muy gruesas. Un personaje completamente anodino que sólo era la sombra de aquel bellezón que le acompañaba, y en el que todas las miradas se posaban a su paso.

— ¡No vuelvas a amenazarme, Eliza! ¡Espero que no se te vuelva a ocurrir medirte conmigo! —A diferencia de la muchacha, el hombre habló casi en un murmullo, se quitó las gafas y de sus ojos minúsculos brotó un brillo frío y cortante que, en cierta forma, apagaba la sonrisa distendida que asomaba a su boca— Mañana te espero a las ocho de la tarde en mi casa, creo que ya tendré preparada la documentación que necesitas, ¿ves?, yo soy un hombre de palabra, no era necesario armar un escándalo. 



— Lo siento Marc, estoy tan angustiada por la situación que está viviendo mi país que me pueden los nervios y cómo al principio eras reacio a socorrerme… yo creí que te habías arrepentido y me negarías la ayuda… pero no era mi intención… jamás pensé utilizar mi información para… para…

— ¿Chantajearme? —la interrumpió, ahora los dos hablaban casi en susurros.

— De verdad que lo lamento Marc, debí tener fe en ti, y no dejarme arrastrar por la desesperación. Las noticias que llegan desde Alemania son cada vez peores, y la situación para los judíos se va haciendo más insostenible… temo por mi hermano, aún es un niño, pero esos bárbaros no tienen compasión de nada ni de nadie, no veo la hora de tenerlo aquí a salvo conmigo… y hoy te notaba de nuevo tan frío, que he tenido la impresión de que me dabas largas, te prometo que no volveré a dudar de ti. —La voz de la muchacha reflejaba algo más intenso que el miedo.

— No te preocupes querida, no temas, déjalo en mis manos, todo saldrá bien. —Con un gesto, Marc llamó al camarero y pagó la consumición— Querida, hoy no te acompañaré, me quedo aquí un rato; estoy esperando a alguien.

— De acuerdo Marc, entonces… ¿mañana puedo ir a tu casa?, no, no vuelvo a recelar de ti, pero siempre eres muy estricto en lo de nuestras citas, nunca accedes a que nos veamos otro día que no sean los jueves. De verdad que no quiero importunarte. Puedo esperar unos días más, no me gustaría crearte algún conflicto.

— Tranquila mi vida, mañana estará todo solucionado, no podría esperar una semana más, de una vez por todas conseguirás lo que tanto ansías. Aunque hayas tenido dudas, yo estoy tan interesado como tú en que todo se resuelva lo antes posible. Sé que no serás plenamente feliz hasta que tengas a tu hermano contigo. Quiero que te convenzas de una vez por todas de que lo único que deseo es tu felicidad. Hoy descansa, mi amor. —Marc tomó la mano de la joven y la besó delicadamente.

Eliza se puso de pie luciendo sus espléndidas formas imbuidas en un precioso traje ceñido de color dorado.

—  Aún no te he dado las gracias por este precioso regalo, con este hermoso vestido me siento toda una dama, eres un caballero Marc, siento haber sido tan brusca hace un rato.

Eliza se deslizó despacio y con elegancia hacía la puerta rompiendo a su paso el espeso humo que llenaba aquel tugurio del Soho londinense que solían frecuentar, atrayendo todas las miradas masculinas a su paso.

El hombre encendió un cigarrillo y se recostó en la silla, aspiró con deleite el humo y luego lo soltó lentamente por la nariz. En su mirada no quedaban rastros de aquella frialdad de hacía unos minutos cuando la muchacha osó encararse con él. Ahora su rostro reflejaba una enorme satisfacción. Sí, Eliza no pasaría nunca desapercibida. Su plan comenzaba a funcionar.


************


— Pónganse en pie la acusada. —El rostro grave del juez no presagiaba nada bueno— Eliza Rossenthal, este tribunal la declara culpable de asesinato, los cargos por los que ha  sido juzgada han sido de tal gravedad que le ha sido la pena capital. La sentencia será ejecutada en el plazo de un mes. Dios se apiade de su alma.


Eliza al escuchar las palabras firmes y serenas del juez se vino abajo, la posibilidad de que ocurriese aquello era abrumadora, según se había desarrollado la vista era lo esperado; pero nadie está preparado para conocer la fecha exacta de cuando va a morir. La joven creyó derrumbarse, los dos policías que la flanqueaban tuvieron que sujetarla temiendo que sufriese un desmayo. Pasados los primeros segundos de tensión, la muchacha se rehízo, tras aquellos dos años de agonía lo único que le quedaba era su dignidad.

Había adelgazado y poco quedaba de aquella belleza lozana de antaño. Sus ojos se habían empequeñecido tras unas profundas y negras sombras que hacían más recónditas sus pupilas.

Llevaba todo ese tiempo preguntándose en qué punto había comenzado su pesadilla, cuando había empezado el declive de aquella muchacha —profesora de música— que cuatro años antes, portando una vieja maleta medio vacía de equipaje, pero repleta de ilusión, había conseguido abandonar su país, el lugar donde nació y donde solo le aguardaba un futuro incierto. Dónde había quedado esa desafiante Eliza dispuesta a forjarse un futuro para ella y su hermano, lejos de aquel infierno en el que se estaba convirtiendo su patria.  

No sabía si todo había comenzado el día que rendida a la falta de trabajo y al hambre, había terminado en una esquina de Whitechapel vendiendo lo único que le quedaba, su cuerpo. O quizá, firmó su sentencia cuando aquel  hombre  se había fijado en ella retirándola de la calle, y haciéndola concebir de nuevo la esperanza de conseguir sus sueños. No la importó que fuese un tipo raro, taciturno, reservado, al que sólo podía ver un día a la semana. La rutina era siempre la misa, todos los jueves, asistían a un espectáculo, cenaban en un restaurante pequeño y acogedor del West End y se tomaban un par de copas en ese antro del Soho —que ella despreciaba, la recordaba demasiado su sórdida vida anterior, pero a Marc parecía gustarle— para terminar pasando la noche en su enorme caserón solitario ya que ese era el día libre del servicio y salir a hurtadillas cómo si fuese una ladrona antes del amanecer. Lo único que contaba es que la trababa bien, le daba dinero para sus gastos, le pagaba un  sencillo apartamento en un barrio modesto donde estaba rodeada de gente humilde pero trabajadora y honrada; pero lo mejor de todo es que tras las primeras reticencias  había prometido ayudarla a traer a su hermano a Londres.

Todo había dado un giro inesperado la noche que su curiosidad la llevó al despacho. Marc dormía profundamente y ella permanecía insomne. Nunca había soportado estar en la cama sin poder dormir. Un impulso reflejo la  llevó a abrir aquella puerta y a hurgar en su escritorio. El sobre estaba a la vista y el matasellos de Alemania fue el cebo perfecto, abrirle y leer el contenido de la carta fue todo rodado… lo que leyó la dejó fría como el hielo. "¿Eliza?" La voz de Marc al otro lado de la puerta entornada la sacó de su estado de shock, rápidamente y gracias a sus dedos ágiles dejó la carta dentro del sobre intentando dejar todo como estaba.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó una vez dentro del despacho.

— Nada, no podía dormir y pensé que a lo mejor si comenzaba a leer un libro me entraría sueño, creí que esta era la biblioteca… tienes una casa tan grande…

Él no dijo nada más y ella respiró aliviada, pero a partir de ese momento sé dio cuenta de que Marc comenzó a dar largas y a poner poner excusas para retrasar el viaje de su hermano… que sí faltaba algún documento… que si el visado… al fin y al cabo la situación en Alemania estaba cambiando y si anteriormente los nazis permitían e incluso fomentaban el éxodo de lo que ellos consideraban su peor lacra, ahora se mostraba reacios a dejar salir a los judíos de su territorio. Era mucho más difícil conseguir su propósito, argumentaba él.

Eliza conocía de sobra la situación y pensar que aquello se debía a algún plan malévolo de esos dementes la consumía. ¿Qué tramarían aquellos demonios, si antes la máxima aspiración nazi era que todos los judíos abandonasen su territorio y verse libres al fin de ellos,  por qué ahora ponían tantas trabas? Preguntas de ese tipo se clavaban continuamente en su alma y los nervios se desataron.

Pero sobre todas las cosas, la fina intuición que siempre la había caracterizado la llevaba a la misma conclusión. Eliza era consciente que el detonante de aquella horrible situación que estaba viviendo se había desencadenado la misma noche que había amenazado a Marc, se había descubierto. Si en algún momento le había engañado fingiendo que no había visto nada comprometedor, había sido tan estúpida que de un plumazo lo había echado todo a perder por no haber guardado la debida compostura y la sangre fría necesaria.  Aún así, era incapaz de comprender con claridad todos los hechos que se desencadenaron   posteriormente, algo se le escapaba y no era consciente de cómo había terminado en aquel tribunal escuchando la sentencia que en breve pondría fin a su vida.

Continuará...

domingo, 8 de mayo de 2011

PANTERA NEGRA (Primera parte)

El silencio se podía cortar, a pesar de la afluencia de público que se apiñaba en aquel espacio reducido, todo estaba en calma. Una calma aparente y relativa. La tensión se podía respirar en el ambiente cerrado. Pero si el oído humano fuese capaz de detectar los pensamientos, aquella sala de juzgado hubiese parecido más bien una plaza de mercado en hora punta; ya que los allí congregados podrían permanecer con los labios sellados, pero sus mentes eran totalmente libres para divagar, meditar, preguntar, contestar… sobre esa duda que a todos les corroía por dentro.

No era de extrañar, aquel proceso había sido uno de los más largos y controvertidos de los últimos tiempos, y la presión mediática que habían soportado tanto el juez, como los abogados y los miembros del jurado, había sido aplastante. La implicada en aquel terrible suceso que había conmocionado los cimientos de la sociedad, pertenecía a una de las familias más reconocidas y de antiguo linaje del país. A pesar de eso, siempre se habían mantenido ajenos al mundillo del famoseo, apartándose de los escándalos que podrían haber suscitado la persecución de la prensa amarilla. Su vida había sido totalmente discreta, alejando así rumores, y  con ellos todos los peligros que conllevan la existencia opulenta de millonarios y poderosos. Por eso, cuando la rica heredera Cosette Lemoine fue detenida, y posteriormente acusada del asesinato de su padre, la noticia saltó a primera plana de todos los medios de comunicación, que a su vez, arrastraron a las masas.

Hacía días que el juicio había quedado visto para sentencia. El jurado había dado su veredicto. Sí, no había duda que la rea era culpable, pero había en todo aquello un gran atenuante, que junto con la posición de la acusada, tendría su peso en la sentencia. Una sentencia que no tardaría en pronunciarse. Ese era el motivo de aquel silencio, ese era el motivo de que nadie se permitiese el más mínimo murmullo. Todos concentraban su mirada en la pequeña puerta que daría paso al juez y con él su veredicto. Eran conscientes que ese paso ya no podría demorarse mucho.

Y efectivamente, la puerta no tardó en abrirse, el silencio se convirtió en un suspiro acompasado de varios pechos a la vez. La figura enjuta, alta y enfundada en su toga negra se hizo presente. Con paso firme, el juez Treville se dirigió a su estrado y una vez allí se sentó. Sus ojos pequeños, protegidos por unas enormes y espesas cejas grises, se clavaron —más que posarse— en el lugar que ocupaba Cosette Lemoine. Así permaneció unos minutos, que a todos les parecieron horas.


Al fin, su ronca voz surgió de su cavernosa garganta. La voz crónica, era secuela de una difteria padecida en su niñez… una voz que añadía más dramatismo si cabe a todas las sentencias que había dictado en su larga vida profesional.

— Póngase en pie la acusada —la pausa obligada que servía  más para dilatar la curiosidad de los presentes, que para dar tiempo a la acusada a levantarse de su asiento. Al fin y al cabo, el juez Treville era de los que opinaban que la sala de un juzgado era mucho más parecido a un escenario teatral de lo que muchos sospechaban. Todos eran actores que sabían representar a la perfección su papel, desde él mismo, hasta defensores, fiscales, jurados, acusados, incluso los meros espectadores, llegaban en muchos momentos a convertirse en los perfectos extras de aquel guión, con final real y no ficticio.

— Cosette Lemoine, ha sido usted juzgada y acusada de la muerte de su padre —siguió hablando pausadamente la voz cavernosa— No obstante, la justicia no puede acusarla en todo su rigor, debido a un atenuante que ningún tribunal puede pasar por alto, su estado de enajenación mental. Los psicólogos que han estudiado su caso durante todo este tiempo han sido claros, contundentes y unánimes. Su salud mental es extrema y de difícil curación, de hecho, ninguno de los profesionales consultados ha sabido dar de forma exacta con el origen de su mal, ya que no está encuadrado en ninguna de las enfermedades mentales conocidas, por lo que pasará el resto de su vida, en la clínica de uno de los más prestigiosos psicólogos del país. Toda una eminencia en tratar trastornos extraños como el suyo. Allí tendrá todos los cuidados necesarios, si no, para su completa cura, al menos para su mejoría.  Sé, porque me he leído minuciosamente todos los informes de los expertos, que me entiende perfectamente señorita Lemoine, ya que su estado no altera en ningún caso ni su inteligencia, ni la percepción de la realidad que la envuelve.

Cosette Lemoine, vestida también de negro riguroso, había permanecido aquel tiempo erguida junto a su abogado. Pasando ya desde hacía años la cuarentena, aún conservaba gran parte de su belleza. Morena, alta y esbelta, jamás había protagonizado ningún escándalo, a pesar de tener el tiempo y el dinero necesarios para ello. No se la habían conocido noviazgos, sus escasas salidas siempre eran en compañía de amistades antiguas y tan discretas como ella. Su vida la había dedicado siempre a su padre, precisamente la víctima del caso, el objeto de su crimen.

Maurice Lemoine, heredero de un inmensa fortuna y propietario de varias industrias farmacéuticas, había llegado a la respetable edad de 88 años, pero su salud no era envidiable ni mucho menos, llevaba muchos años atado a una silla de ruedas y hacía siete que había perdido la totalidad de su visión. Fanático de la lectura, su deterioro físico no había paliado su agudeza mental. Su hija le servía de ojos, la rutina de la casa terminaba cada noche en la biblioteca donde padre e hija se encerraban después de cenar, y Cosette le leía párrafos de alguno de sus libros favoritos, que luego ambos comentaban. 

En esa intimidad, es donde surgió la tragedia. Habían pasado ya dos largos años desde el triste suceso. Cosette, sin ninguna razón, había atacado a su padre, sus largos dedos rodearon el frágil y delgado cuello del anciano provocándole la muerte por estrangulamiento. Pero lo que había causado mayor estupefacción fue su posterior ensañamiento con el cadáver al que laceró cara y cuello con sus fuertes uñas.

Cuando a la mañana siguiente, los criados se percataron de que sus señores no habían dormido en sus camas y que la puerta de la biblioteca permanecía  cerrada con llave, supieron que algo extraño había ocurrido. El mayordomo abrió inmediatamente la puerta con la llave maestra y contemplaron la escena irreal, al principio con sorpresa, y más tarde, con horror no exento de un amago de náusea.

El anciano en su silla de ruedas sin vida, con el rostro y el cuello cubierto de arañazos profundos y sangre. La señorita tendida en el suelo y sin sentido.

La policía científica lo tuvo muy fácil desde el principio. Puerta cerrada, cristalera de acceso al jardín también cerrada e intacta, ningún cristal roto, o cerradura forzada que indicase la entrada de nadie ajeno a la casa. No objetos robados, no ensañamiento con mobiliario, ninguna huella dactilar que no fuese la de los dueños de la casa o los criados. Y la prueba más contundente, entre las uñas de la mujer había restos de piel del anciano. Todo estaba claro, Cosette Lemoine había cometido un parricidio horrible, llegando al ensañamiento contra un anciano que no podía defenderse.

En la práctica todo fue más difícil, Cosette, que en un principio se mostró llorosa, pero manteniendo en todo momento la serenidad, fue poco a poco derrumbándose en episodios de amnesia, desmayos con pérdidas de sentido, delirios… Una serie de anomalías para la que los médicos no tenían explicación. La señorita Lemoine era una mujer completamente sana físicamente, ninguna patología física podía corresponderse con aquellos síntomas. 

A petición de su abogado, fueron consultados competentes  psicólogos y psiquiatras. Sin embargo, el estado de Cosette empeoraba paulatinamente. Ahora sufría también pesadillas, y en algunos casos su comportamiento podía rozar la violencia, que ejercía contra ella misma. Las cuidadoras, vigilaban constantemente que no tuviese a su alcance instrumentos punzantes, cinturones, bufandas, chales y demás objetos con los que pudiera dañarse seriamente.

Sus sueños eran siempre los mismos, se despertaba a medianoche sudorosa, llorando y pidiendo a gritos que encontrasen y matasen a la pantera. En los momentos de tranquilidad y lucidez, cuando aprovechaban para interrogarla, ella insistía que a su padre le había matado una enorme pantera negra que   había penetrado en la habitación, lanzándose contra el inválido provocándole las heridas con sus garras. No sabía explicar como ni de donde había salido aquella bestia, pero ella la había visto con sus propios ojos, hasta que no pudo más y cayó al suelo sin sentido. Seguramente eso fue lo que la salvó, el permanecer totalmente inmóvil en el suelo. Cuando los policías comentaban que las heridas no habían sido la causa de la muerte, que su padre había sido estrangulado y que eso era imposible que lo hubiese hecho ningún animal, Cosette volvía a caer en el mutismo total, para volver a la misma cantinela al día siguiente, y al otro… y al otro.

Todos: investigadores, abogados, médicos y jurado estuvieron de acuerdo, Cosette Lemoine, en algún momento de su vida había perdido la razón y aquello la llevó a cometer aquel asesinato sin justificación posible.

Continuará...