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domingo, 21 de agosto de 2011

REALIDAD SOÑADA


Otra noche más perdida entre tus brazos, sintiendo tú cálida respiración sobre mi rígida envoltura. Tus labios susurrando palabras que acarician y despiertan mis sentidos. Tus manos dibujando cada recoveco de mi cuerpo, manos acogedoras que intentan modelar una epidermis fría como el hielo.

Y como cada mañana mi despertar vacío, no puedo ver tu cara porque desapareces con la claridad del día. Sólo las sábanas revueltas son mudos testigos de nuestro desatino.

No quiero abrir los ojos a la realidad, sabiendo que me aguarda otro gélido día esperando tu regreso. Soñando con volver a sentir el roce de tu piel, anhelando notar él húmedo calor del volcán de tu aliento, que algún día conseguirá derretir esta dura capa que me envuelve. Y lograr ensamblar esa banda sonora de rumores sofocados,  componiendo ese Acto I de nuestra melodía particular; esa sinfonía inmortal, sin principio ni final, que provoque la explosión del éxtasis que logrará dinamitar ese trozo de piedra inanimada que forma mi cuerpo, y me dote de un alma enamorada que al fin pueda depositar mi amor en ti dándome vida.

FIN

domingo, 31 de julio de 2011

EL DESVÁN DE LOS TRASTOS


Hace tiempo leí en algún sitio aunque no puedo recordar donde —o quizá no lo leí, simplemente fue producto de mi imaginación o de algún pensamiento o sueño inconsciente, y por ello quiero atribuirlo a alguien anónimo— que en cada lugar habitamos o visitamos durante largas temporadas dejamos un pedazo de nuestra vida.

En mi supina ignorancia siempre pensé que eso era una soberana tontería, la vida se vive, no se va dejando por ahí como quien va arrojando serpentinas o miguitas de pan. Es un concepto abstracto que no se puede tocar, sólo sentir, como todo lo inmaterial.

Todo lo contrario que los objetos materiales que utilizamos, palpamos y cuando no nos sirven los tiramos o los regalamos, tal y como esta filosofía moderna del consumismo nos ha enseñado, sin darnos cuenta, que con ellos también va impreso algo de nosotros mismos.

Yo, cómo tantos y tantos de mi generación, basé mi vida en estas premisas para mí eran normales y lógicas. Lo pasado, pasado está, y lo que ya no me sirve, a la papelera. 

Sin embargo, hace unos días mi teoría tan bien elaborada durante años se fue al traste cuando volví a pasear por el barrio que sirvió de escenario para la vida de varios de mis antepasados. Volví a ver la travesía donde vivieron mis bisabuelos y mis abuelos. Volví a pasear por la cercana calle donde nacieron y se criaron mis tíos y mi padre. Volví a ver su casa, la casa donde yo también pasé tantos ratos. Volví a evocar con total nitidez muchas cosas que creía olvidadas de mi más recóndita niñez, incluso pude recordar con claridad asombrosa algunas de las anécdotas que me contaron y que yo jamás viví, hasta el punto de que me pareció ver a mi abuelo pasear nervioso calle arriba, calle abajo, cada vez que iba a ser padre de nuevo. 

No pude reprimirme y me acerqué al portal, a pesar de los años transcurridos, era la misma puerta que tantos disgustos le costó a mi tío con el resto de la comunidad de vecinos; ahí estaba, con algunos arañazos más, pero igual de recia y sólida que el día que la instalaron. Al principio me sentí ridículo y fuera de lugar, pero esa sensación duró pocos minutos, casi de inmediato una voz interna me dijo   que aquel lugar en cierta forma me pertenecía  —si no en el sentido material de la palabra, sí en el sentimental— tanto como a sus actuales propietarios. Comprendí por qué durante muchos siglos las mismas casas eran habitadas por varias generaciones que, a la vez, heredaban los mismos objetos. Y finalmente entendí por qué el “desván de los trastos” —como le llamábamos los pequeños de la casa— fue siempre tan importante para mi abuela.

FIN

jueves, 2 de junio de 2011

EQUILIBRIO


“Volvemos al principio”.  Esa frase resonaba en los oídos de Theo. Zenón, su padre y líder de aquel poblado, la empleó para animar al grupo  a iniciar el viaje. Y surtió efecto, al poco tiempo todos se lanzaron a la aventura y partieron en formación ordenada, casi militar, para encontrar otro lugar donde podrían encontrar comida y asegurarse la supervivencia. Su tierra, la que les vio nacer, la que les había servido de hogar durante tantas generaciones, se agotaba debido a un aumento desmesurado de población.  

Caminaron durante muchas jornadas, bajo el sol más achicharrante, bajo la fuerte lluvia que calaba sus cuerpos; alimentándose de lo que buenamente iban encontrando a su paso —algunas veces, casi nada—. Ya nadie contaba los días que llevaban viajando. De repente, aquel pelotón de supervivientes interrumpió su  cansino e invariable desfile. Habían llegado al borde de un inmenso lago, rematado por un singular edificio. 

Theo se apartó de la hilera de compañeros, quería ver mejor aquel extraño lugar. No había visto una construcción de esas características anteriormente. Esos segundos de descanso le sirvieron para sentirse único, ya no era uno más de aquella masa de cuerpos en formación. Aquella lejanía le hizo comprobar con estupor lo que estaba sucediendo. Todos sus compañeros parecían atender a una llamada muda; nadie había dado una orden, pero sin mediar palabra, sin romper la formación  —cómo si de un antiguo rito ancestral se tratase— se fueron lanzando por el acantilado arrojándose de cabeza al agua. Algunos morían nada más caer, otros intentaban en vano nadar y salvarse —una misión imposible ya que era una extensión enorme y terminaban quedándose sin fuerzas—. El agua se fue llenando de cuerpos flotantes. En medio de su horror a Theo le llegó la fuerte voz de su padre: “Corre hijo, regresa a casa. Este sacrificio era necesario para preservar la vida, algún día lo entenderás”   — mientras decía estas palabras a su hijo, Zenón cerró los ojos y se lanzó al vacío siguiendo al resto de sus compañeros. 

Theo corrió, corrió como no lo había hecho antes. Le guiaba la fuerza de la desesperación, de la soledad, del miedo, de la impotencia. Corría rememorando la pesadilla que había contemplado. Corría como si sólo el agotamiento y la extenuación lograsen hacerle olvidar, a ratos, la experiencia sufrida. Corría, y a pesar de las palabras de su padre seguía sin entender nada. Aquello, ¿para qué? ¿para qué iniciaron aquel viaje en busca de la vida, si al final nada más que habían encontrado la muerte? 

Algunas veces, en los momentos de soledad más absoluta, le pesaba no haberse arrojado igual que todos. Podía haberlo hecho, ya no quedaba nadie que se lo hubiese impedido, pero una extraña fuerza le hizo aceptar la voluntad de su padre.

Cuando regresó a su hogar no podía creer lo que veían sus ojos. La tierra que abandonó siendo prácticamente un desierto, poco a poco se había transformado de nuevo en un valle rico y fértil, había recuperado sus recursos. 

A Theo aún le esperaba otra sorpresa mayor. Un ruido casi imperceptible le alertó. Allí, acurrucada y medio escondida entre unos matorrales estaba ella, Xenia, su compañera de juegos infantiles.  

— Theo, ¡eres tú! —exclamó Xenia alborozada, terminando de salir de su escondite. Sus palabras se atropellaban en su boca— Tu padre me convenció para que me quedase aquí, me prometió que regresarías. Yo insistí, rogué, le supliqué, no quería quedarme sola. Él se mantuvo firme, se negó a que os acompañase y me tranquilizó diciéndome que para uno sí habría alimento, me dijo que poco a poco todo se iría regenerando, y así ha sido. ¿Has visto que hermoso está nuestro valle de nuevo?

—  ¡Xenia!, ¡¿cómo es posible que en todo el viaje no me diese cuenta que no estabas con nosotros?! 

Theo no podía ocultar su alegría, la primera en tantos meses. Tampoco era extraño que no notase la ausencia de su amiga. Primero la euforia, la confianza, la ilusión por llegar a otro lugar y comenzar de nuevo. Luego el cansancio, la rutina, el caminar por caminar sin saber muy bien donde estaba la meta y si la alcanzarían algún día. Y ahora tenía que decírselo, tarde o temprano tenía que saber lo que había pasado. Tragó saliva y lo dijo de tirón, casi sin respirar.

— Xenia, algo en el viaje salió mal. Todos murieron, aún no he encontrado la explicación para ese fenómeno. Todos, actuando como un solo cuerpo y pensamiento se lanzaron al vacío y se ahogaron en una gran extensión de agua. Lo siento, en el último momento mi padre me alentó para regresar. Después él también se arrojó con el resto. Xenia, sólo quedamos tú y yo.

Los dos jóvenes se miraron. Una chispa de esperanza brotó del alma de Theo. Contemplando a Xenia y a ese valle que volvía a renacer, comenzó a comprender las últimas palabras de su padre. Su especie no se extinguiría. Xenia y él comenzarían de nuevo. Y en ese mismo momento, también fue consciente de que pasadas varias generaciones, cuando la supervivencia fuera imposible; alguien, otro Zenón, tendría que emprender otro viaje al sacrificio con el que preservarían el equilibrio de la vida. 


FIN

domingo, 8 de mayo de 2011

PANTERA NEGRA (Primera parte)

El silencio se podía cortar, a pesar de la afluencia de público que se apiñaba en aquel espacio reducido, todo estaba en calma. Una calma aparente y relativa. La tensión se podía respirar en el ambiente cerrado. Pero si el oído humano fuese capaz de detectar los pensamientos, aquella sala de juzgado hubiese parecido más bien una plaza de mercado en hora punta; ya que los allí congregados podrían permanecer con los labios sellados, pero sus mentes eran totalmente libres para divagar, meditar, preguntar, contestar… sobre esa duda que a todos les corroía por dentro.

No era de extrañar, aquel proceso había sido uno de los más largos y controvertidos de los últimos tiempos, y la presión mediática que habían soportado tanto el juez, como los abogados y los miembros del jurado, había sido aplastante. La implicada en aquel terrible suceso que había conmocionado los cimientos de la sociedad, pertenecía a una de las familias más reconocidas y de antiguo linaje del país. A pesar de eso, siempre se habían mantenido ajenos al mundillo del famoseo, apartándose de los escándalos que podrían haber suscitado la persecución de la prensa amarilla. Su vida había sido totalmente discreta, alejando así rumores, y  con ellos todos los peligros que conllevan la existencia opulenta de millonarios y poderosos. Por eso, cuando la rica heredera Cosette Lemoine fue detenida, y posteriormente acusada del asesinato de su padre, la noticia saltó a primera plana de todos los medios de comunicación, que a su vez, arrastraron a las masas.

Hacía días que el juicio había quedado visto para sentencia. El jurado había dado su veredicto. Sí, no había duda que la rea era culpable, pero había en todo aquello un gran atenuante, que junto con la posición de la acusada, tendría su peso en la sentencia. Una sentencia que no tardaría en pronunciarse. Ese era el motivo de aquel silencio, ese era el motivo de que nadie se permitiese el más mínimo murmullo. Todos concentraban su mirada en la pequeña puerta que daría paso al juez y con él su veredicto. Eran conscientes que ese paso ya no podría demorarse mucho.

Y efectivamente, la puerta no tardó en abrirse, el silencio se convirtió en un suspiro acompasado de varios pechos a la vez. La figura enjuta, alta y enfundada en su toga negra se hizo presente. Con paso firme, el juez Treville se dirigió a su estrado y una vez allí se sentó. Sus ojos pequeños, protegidos por unas enormes y espesas cejas grises, se clavaron —más que posarse— en el lugar que ocupaba Cosette Lemoine. Así permaneció unos minutos, que a todos les parecieron horas.


Al fin, su ronca voz surgió de su cavernosa garganta. La voz crónica, era secuela de una difteria padecida en su niñez… una voz que añadía más dramatismo si cabe a todas las sentencias que había dictado en su larga vida profesional.

— Póngase en pie la acusada —la pausa obligada que servía  más para dilatar la curiosidad de los presentes, que para dar tiempo a la acusada a levantarse de su asiento. Al fin y al cabo, el juez Treville era de los que opinaban que la sala de un juzgado era mucho más parecido a un escenario teatral de lo que muchos sospechaban. Todos eran actores que sabían representar a la perfección su papel, desde él mismo, hasta defensores, fiscales, jurados, acusados, incluso los meros espectadores, llegaban en muchos momentos a convertirse en los perfectos extras de aquel guión, con final real y no ficticio.

— Cosette Lemoine, ha sido usted juzgada y acusada de la muerte de su padre —siguió hablando pausadamente la voz cavernosa— No obstante, la justicia no puede acusarla en todo su rigor, debido a un atenuante que ningún tribunal puede pasar por alto, su estado de enajenación mental. Los psicólogos que han estudiado su caso durante todo este tiempo han sido claros, contundentes y unánimes. Su salud mental es extrema y de difícil curación, de hecho, ninguno de los profesionales consultados ha sabido dar de forma exacta con el origen de su mal, ya que no está encuadrado en ninguna de las enfermedades mentales conocidas, por lo que pasará el resto de su vida, en la clínica de uno de los más prestigiosos psicólogos del país. Toda una eminencia en tratar trastornos extraños como el suyo. Allí tendrá todos los cuidados necesarios, si no, para su completa cura, al menos para su mejoría.  Sé, porque me he leído minuciosamente todos los informes de los expertos, que me entiende perfectamente señorita Lemoine, ya que su estado no altera en ningún caso ni su inteligencia, ni la percepción de la realidad que la envuelve.

Cosette Lemoine, vestida también de negro riguroso, había permanecido aquel tiempo erguida junto a su abogado. Pasando ya desde hacía años la cuarentena, aún conservaba gran parte de su belleza. Morena, alta y esbelta, jamás había protagonizado ningún escándalo, a pesar de tener el tiempo y el dinero necesarios para ello. No se la habían conocido noviazgos, sus escasas salidas siempre eran en compañía de amistades antiguas y tan discretas como ella. Su vida la había dedicado siempre a su padre, precisamente la víctima del caso, el objeto de su crimen.

Maurice Lemoine, heredero de un inmensa fortuna y propietario de varias industrias farmacéuticas, había llegado a la respetable edad de 88 años, pero su salud no era envidiable ni mucho menos, llevaba muchos años atado a una silla de ruedas y hacía siete que había perdido la totalidad de su visión. Fanático de la lectura, su deterioro físico no había paliado su agudeza mental. Su hija le servía de ojos, la rutina de la casa terminaba cada noche en la biblioteca donde padre e hija se encerraban después de cenar, y Cosette le leía párrafos de alguno de sus libros favoritos, que luego ambos comentaban. 

En esa intimidad, es donde surgió la tragedia. Habían pasado ya dos largos años desde el triste suceso. Cosette, sin ninguna razón, había atacado a su padre, sus largos dedos rodearon el frágil y delgado cuello del anciano provocándole la muerte por estrangulamiento. Pero lo que había causado mayor estupefacción fue su posterior ensañamiento con el cadáver al que laceró cara y cuello con sus fuertes uñas.

Cuando a la mañana siguiente, los criados se percataron de que sus señores no habían dormido en sus camas y que la puerta de la biblioteca permanecía  cerrada con llave, supieron que algo extraño había ocurrido. El mayordomo abrió inmediatamente la puerta con la llave maestra y contemplaron la escena irreal, al principio con sorpresa, y más tarde, con horror no exento de un amago de náusea.

El anciano en su silla de ruedas sin vida, con el rostro y el cuello cubierto de arañazos profundos y sangre. La señorita tendida en el suelo y sin sentido.

La policía científica lo tuvo muy fácil desde el principio. Puerta cerrada, cristalera de acceso al jardín también cerrada e intacta, ningún cristal roto, o cerradura forzada que indicase la entrada de nadie ajeno a la casa. No objetos robados, no ensañamiento con mobiliario, ninguna huella dactilar que no fuese la de los dueños de la casa o los criados. Y la prueba más contundente, entre las uñas de la mujer había restos de piel del anciano. Todo estaba claro, Cosette Lemoine había cometido un parricidio horrible, llegando al ensañamiento contra un anciano que no podía defenderse.

En la práctica todo fue más difícil, Cosette, que en un principio se mostró llorosa, pero manteniendo en todo momento la serenidad, fue poco a poco derrumbándose en episodios de amnesia, desmayos con pérdidas de sentido, delirios… Una serie de anomalías para la que los médicos no tenían explicación. La señorita Lemoine era una mujer completamente sana físicamente, ninguna patología física podía corresponderse con aquellos síntomas. 

A petición de su abogado, fueron consultados competentes  psicólogos y psiquiatras. Sin embargo, el estado de Cosette empeoraba paulatinamente. Ahora sufría también pesadillas, y en algunos casos su comportamiento podía rozar la violencia, que ejercía contra ella misma. Las cuidadoras, vigilaban constantemente que no tuviese a su alcance instrumentos punzantes, cinturones, bufandas, chales y demás objetos con los que pudiera dañarse seriamente.

Sus sueños eran siempre los mismos, se despertaba a medianoche sudorosa, llorando y pidiendo a gritos que encontrasen y matasen a la pantera. En los momentos de tranquilidad y lucidez, cuando aprovechaban para interrogarla, ella insistía que a su padre le había matado una enorme pantera negra que   había penetrado en la habitación, lanzándose contra el inválido provocándole las heridas con sus garras. No sabía explicar como ni de donde había salido aquella bestia, pero ella la había visto con sus propios ojos, hasta que no pudo más y cayó al suelo sin sentido. Seguramente eso fue lo que la salvó, el permanecer totalmente inmóvil en el suelo. Cuando los policías comentaban que las heridas no habían sido la causa de la muerte, que su padre había sido estrangulado y que eso era imposible que lo hubiese hecho ningún animal, Cosette volvía a caer en el mutismo total, para volver a la misma cantinela al día siguiente, y al otro… y al otro.

Todos: investigadores, abogados, médicos y jurado estuvieron de acuerdo, Cosette Lemoine, en algún momento de su vida había perdido la razón y aquello la llevó a cometer aquel asesinato sin justificación posible.

Continuará...

jueves, 5 de mayo de 2011

LE PETIT CAPORAL


Ahora más que nunca su encogida figura se asemejaba a aquel pequeño corso, que un día ya bastante lejano, abandonó su isla junto a su hermano José, a instancias de su padre — un abogado perteneciente a la rancia aristocracia de Córcega — que quería que sus hijos se hiciesen nombre y posición en su nueva patria. El señor di Buonaparte recordaba que no hacía tantos años — sólo un año antes del nacimiento de su hijo Napoleone — su isla fue comprada a Génova por Francia.

El pequeño Napoleone, con tan sólo diez años, junto a su hermano José abandonó Ajaccio, la ciudad que le vio nacer; para aventurarse a una nueva vida. Eran conscientes que su padre les brindaba una oportunidad de oro, una salida hacía un horizonte que veían limitado en el no muy extenso perímetro de su isla.

La academia militar de Brienne-le-Château les dio la bienvenida. Allí los dos jóvenes comenzaron su andadura francesa. Napoleone, que siempre habló francés — pese a sus intensivas clases desde muy joven — con marcado acento italiano, rápidamente destacó en asignaturas como matemáticas y geografía, lo que le abrió las puertas de la Escuela Real,  convirtiéndose en poco tiempo en cabo de artillería, un cuerpo del que nunca renegó. Su hermano José, sin embargo, optó por otra salida, al poco tiempo conoció a la hija de un rico comerciante marsellés, Julia Clary, con quien contrajo matrimonio. José pasaría a ser un comerciante de clase alta, dejando a un lado su carrera militar, para la que no tenía vocación ni las mismas aptitudes que su hermano.

— ¡Mi pequeña Desirée! — suspiró Napoleone; jamás había dejado de recordar a la dulce hermana pequeña de su cuñada. Su primer amor… quizá su único amor. La última vez que la vio fue hacía unos años en Elba, su primer lugar de destierro. Sólo a ella rindió su espada.

Fue esa maldita revolución la que le hizo dar un giro a su vida. Partidario de los jacobinos, lo que le hizo tener que abandonar Córcega con toda su familia, y a pesar de encontrarse lejos y en campaña, el joven Buonaparte, que poco a poco se iba convirtiendo en Napoleón Bonaparte, fue evolucionando en vertiginosa locura como la etapa histórica que le toco vivir. El mundo en unos pocos meses se volvió loco. Guillotinas… muerte… devastación… caos. Y al final París, la cuidad soñada, la meta de todo aquel que quisiera hacerse un nombre. Y Josefina, una aún joven y hermosa criolla viuda de una aristócrata guillotinado durante la revolución. Aquella bellísima mujer también sufrió el castigo revolucionario, separada de sus dos hijos — pequeños aún — encerrada en una mazmorra, y que salvó su vida gracias a sus relaciones y amistades con varios políticos   republicanos.

Poco le importó al joven militar, que esta mujer fuese algunos años mayor que él. Como tampoco le importó que hubiese sido la amante de Barras, uno de sus superiores. Con ella, el “joven pueblerino”, como le conocían en los círculos selectos de la capital, conoció la locura en la cama y, lo más importante, la hermosa y exótica madame de Beauharnais le abrió las puertas de todos los salones de la nobleza, la alta burguesía y la clase política, que contemplaban con satisfacción, como todo volvía a su cauce y poco a poco resurgían sus aspiraciones tras el terror en el que habían vivido aquellos años violentos. Allí en poco tiempo fue pasando de teniente, a general y de general se convirtió en el Primer Cónsul de una institución nueva que acabó con esa débil herencia de la Revolución y la República que llamaron Directorio. Ese 18 de Brumario fue fundamental para Bonaparte, que se vio metido de lleno en la vorágine de la política.

Napoleone, sopesó los pros y los contras e hizo memoria selectiva, olvidando a Desirée. La ambición llamaba a su puerta.

A partir de entonces todo fue muy rápido:

— Demasiado rápido, creo que desde que contraje matrimonio con Josefina comenzaron a bambolearme fuertes tormentas atlánticas, internas y externas. Batallas, triunfos, viajes… Recorrí media Europa al frente de mis tropas. Llegué a Egipto, mis manos tocaron las piedras de aquellas imponentes construcciones, las pirámides, junto a su sombra comenzó mi sueño… o mi locura. Yo, un insignificante mortal, tenía que sobrepasar el listón, igual que aquellas tumbas milenarias, edificadas para la gloria de grandes reyes. Yo, Napoleone Buonaparte, tenía que llegar a ser grande. Tan inmortal en los anales de la Historia, como aquellos bloques de piedra que se alzaban en perfecta unión hacia el cielo. Y para eso necesitaba algo más que Francia. Quería una Europa unida, bajo un mismo poder y legislada por una misma Constitución.

Aquella fue, sin embargo, la mejor etapa de mi vida — seguía narrando el Emperador derrotado a su  fiel ayudante — Medio mundo me aclamaba como un gran general, el magnífico estratega, el único hombre capaz de guiar la maltrecha Francia por la senda del éxito que ese gran país merecía… otro medio me llamaba: Tirano Bonaparte, el Ogro de Ajaccio, Usurpador Universal. No puedo negar que este último insulto, incluso llegó a tener cierta gracia.

Entre vítores y maldiciones fui llegando a la cima, sin apenas darme cuenta. Hay quien dice que yo arranqué la corona de las manos de Pio VII en Notre Dame y me la ceñí yo mismo llevado por mi propia ambición,  probablemente sería verdad, ahora no podría afirmarlo, no lo sé, no lo recuerdo…  si hice algo así sin duda fue un impulso de locura transitoria. La idea del Imperio ni fue mía. El zorro de Fouché fue quien metió esa idea en mi cabeza, era la baza perfecta para dar mayor legalidad y sobre todo entidad, a una nación que ya se aventuraba como muy próspera, y por lo tanto, un Consulado como institución tenia poca importancia.

De lo único que soy consciente, es que aquel momento de gloria fue el inicio del declive. Ya nada fue igual. Josefina no podía tener hijos, pese a ser madre de dos criaturas: hembra y varón  — fruto de su primer matrimonio — Yo no lo supe hasta el último momento, cada encuentro amoroso era un lance apasionado, en cada visita a sus habitaciones me guiaba la misma ilusión: “hoy es el día Napoleone, hoy engendrarás tu primer hijo… tú heredero” . Ya ni siquiera buscaba el goce carnal, sólo buscaba eso, un legítimo sucesor. Pero los días, los meses y los años se sucedían y no había novedad. Hasta que un día. ante uno de mis brotes de agresiva violencia, entre sollozos y tendida a mis pies, Josefina me confesó que tras su último parto había tenido problemas quedando estéril, jamás tendría otro hijo.

Me sentí estafado, humillado y engañado. De nada sirvieron sus ruegos, de un plumazo olvidé todos los años de felicidad compartida, su ardor, su entrega en la cama, sus juegos eróticos que tanto me hicieron enloquecer. La repudié, si, ¿Qué podía hacer?, estaba en mi derecho, yo era el Emperador de Francia, y necesitaba un hijo que continuase mi dinastía.

Y entonces llegó María Luisa. Fría, desapasionada, tan diferente a mí como la noche y el día, tan joven, tan digna hija de sus padres. Siempre en su lugar, hizo muy bien su papel, para el que había sido preparada desde la infancia. No podemos olvidar que esta jovencita pertenecía a una de las casas reales más antiguas de Europa.

Aunque hubo muchas amantes, se puede decir que mi vida se centró en tres mujeres: Desirée fue juventud, ingenuidad, esperanza, pureza; Josefina,  madurez, pasión, éxito, ambición… María Luisa, sólo representó frialdad y ausencia, fue únicamente el recipiente donde se gestó el “Rey de Roma”, mi único hijo.

Todo fue una sucesión de tragedias. Campos de batalla que se convertían en hambrientos dragones que engullían a mis tropas. España luchaba y vibraba entre sangre. Rusia languidecía en su blancura espectral. Mis ejércitos agonizaban sepultados entre rojo y blanco.



Llegó la primera caída. Mi rendición a los malditos ingleses. El destierro en Elba. El reencuentro con mi querida Desirée. Mi espada en sus manos. Y al final, el intento de recuperación, tras saber que todavía tenía una parte del ejército a mi favor. Recuerdo cuando tras mi fuga, me reencontré en Grenoble con mi antiguo mariscal Michel Nay, aún soy capaz de pronunciar una por una las palabras que dirigí a su ejército: “Soldados del Quinto ustedes me reconocen si algún hombre quiere disparar sobre su Emperador, puede hacerlo ahora”. Un general no llora, un Emperador menos… pero el día en que aquel puñado de leales me gritaron. “¡Vive L‘empereur!”, el nudo que me oprimió la garganta, fue lo más parecido al sabor de las lágrimas que sentí en toda mi vida. 

Poco duró aquel alzamiento, cien días, unos pocos días donde creí… más bien soñé que aún todo era posible. Incluso redacté una nueva constitución, mucho más liberal, con derechos más justos para todos. El pueblo de Paris estuvo conmigo, sé que ellos no me abandonaron, fueron leales a su Emperador… No así, ese puñado de buitres políticos que me dieron la espalda. Aún así, sólo la humillación de Waterloo supuso el golpe final. La jaula más o menos dorada de Elba, se convirtió en esta de duro hierro. Donde no sólo mis odiados ingleses, sino también mis propios compatriotas me vigilan día y noche. Aún me tienen miedo mi leal Marchand, por eso nos han traído aquí,  a este pequeño trozo de tierra perdido en el Atlántico, lejos de mi patria, lejos de mi hogar; acompañado por un pequeño grupo de fieles donde intento recuperar mi memoria, para que tú, mi buen Louis Marchand, tomes buena nota y dejes constancia de parte de mi vida. Para que los que vengan detrás no piensen que fui un monstruo, quizá ellos, alguna vez intuyan la verdad: Yo, Napoleón Bonaparte fui un hombre con un sueño, ligado al desastre, la guerra y la sangre. Pero todo tenía un porque, una Europa fuerte y unida nos habría hecho más libres. Pero querido amigo, me temo que la idea no se correspondió con el momento adecuado.

Este dolor de estómago y de costado me mata lentamente. Los médicos dicen que es algo hepático, pero no me engañan… o a lo mejor son ellos los que quieren mentirse a sí mismos. Sin tener su arte sé más que ellos, ya que  estoy seguro que padezco la misma enfermedad que llevó a la tumba a mi padre, ese fatal cáncer de colon que no perdona vida humana. Aunque por otra parte mi querido Marchand… ¿No notas de un tiempo a esta parte que el sabor del agua, de los alimentos y sobre todo del vino son más amargos que de costumbre? No me hagas caso, esto son tonterías mías. Ese sabor amargo no puede ser otra cosa que el sabor de la derrota.

FIN



miércoles, 23 de marzo de 2011

DECISIONES



Lucia permanecía sentada en uno de los bancos de piedra que rodeaban el claustro del convento. Le gustaba aquel lugar de encalados arcos y frondoso jardín que la inundaban de luz y color. Los tímidos rayos de sol se posaban en su cuerpo agotado, pero su mente insistía en mantenerse activa devolviéndola sus recuerdos. Veía nítidamente la imagen de la ilusionada muchacha que, cincuenta años atrás, había traspasado aquellos muros que la separaban del mundo.

Ahora, al final del trayecto, se daba cuenta de su error. Durante toda su existencia sólo había sido una sombra que no dejaría huellas de su paso. Aún así, era afortunada. Ella, al menos, pudo equivocarse por sí misma, nadie la obligó a tomar su decisión. Era su vida, fue su ahora o nunca y ella eligió.


sábado, 19 de marzo de 2011

CUANDO MÁS TE NECESITO


Rogelio llegó a casa como cada tarde después de una jornada agotadora. Micaela, como siempre, le esperaba con las zapatillas en la mano. Sabía que su esposo antes que nada necesitaba relajar los pies, eran muchas horas seguidas soportando su peso corporal. Luego vendría la ducha y el ponerse su ropa cómoda de andar por casa… pero lo primero, era lo primero, sus zapatillas y unos minutos de relax comentando con ella los acontecimientos diarios.

Mientras Micaela trasteaba en la cocina partiendo unos taquitos de queso y sacando unas cervecitas frías, Rogelio sintió un dolor agudo que le subía por su brazo izquierdo hasta llegar al pecho donde sentía el mismo dolor, pero acompañado de una fuerte opresión que apenas le dejaba respirar.

Al verle en ese estado y sin poder hablar y con la respiración jadeante, Micaela se asustó y fue corriendo a la habitación de Luis, su hijo pequeño, que estaba allí estudiando. El muchacho no hizo caso, tranquilizó a su madre diciendo que seguramente sería un ataque de gases. Ella repetía incesantemente que no, que aquello parecía más serio, que lo mejor sería coger el coche y llevarlo al hospital, ella no sabía conducir, pero él sí, de hecho se había sacado el carnet hacía pocos meses.

Luis seguía tranquilo aduciendo que todo aquello no era nada, que seguro que en un rato se pasaba, sería fatiga o algo así. El no podía dejar de estudiar, en el examen del día siguiente se jugaba el curso.

La única opción que le quedaba a la pobre mujer era llamar a una ambulancia, pero los minutos pasaban y ésta no llegaba. Por fin sintió el ruido de una llave en la cerradura, era su hijo mayor, Pedro, que volvía del trabajo. Micaela no tuvo que explicar nada. El chico, cuando vio a su padre en aquel estado, rápidamente le tomó en sus brazos bajándole inmediatamente al coche, mientras su madre les seguía tratando de controlar su silencioso llanto. En pocos minutos llegaron a urgencias del hospital más cercano. Mientras, Rogelio, el protagonista, se había convertido en testigo mudo de toda la escena, sin poder pronunciar ni una palabra, plenamente consciente de la situación -en ningún momento perdió el sentido- sólo podía reflejar todo lo que sentía a través de su mirada.

- Siempre me sentí orgulloso de mis dos chicos, sin embargo tengo que reconocer que Pedro siempre ha sido especial. Ya desde pequeño era un niño responsable, siempre pendiente de su hermano menor y de nosotros. Cuando cumplió dieciséis años decidió dejar de estudiar, no porque no le gustase, ni porque quisiera hacer el vago. Él, decidió ponerse a trabajar para ayudar a la familia. Se sacrificó para que su hermano pudiese estudiar una costosa carrera, que sabía que sólo con mi sueldo no podríamos afrontar. Pero señores, aquel día que sufrí fue el infarto de miocardio, del que según los médicos me salvé por los pelos -si hubiésemos tardado unos minutos más no estaría ahora contando esta historia- Aquel día supe de veras lo que era el amor filial de la mano de mi hijo, un hijo que no llevaba ni una gota de mi sangre en su cuerpo, cuando conocí a su madre era una joven viuda con un niño de dos años a su cargo.

Los amigos del Hogar del Jubilado, donde Rogelio pasaba las mañanas jugando su partida de dominó o de cartas, le escuchaban atentamente. Una pequeña corriente de aire inundó el salón. La puerta se había abierto y un hombre joven llevando de la mano a una niña de no más de tres años penetró en la estancia.

- Buenos días señores, papá, mamá dice que la comida estará lista en breve, así que nos da tiempo a dar un pequeño paseo hasta casa.

- ¡Pedro, hijo! Habéis llegado muy pronto, no os esperaba hasta por lo menos las tres.

- La carretera estaba muy bien pese a ser fin de semana, así que no hemos tardado más de media hora. Luis acaba de llamar y ya le ha dicho a mamá que le será imposible venir.

- Ya me lo imaginaba hijo ¿Cuántos años hace que tu hermano no pasa un día del padre conmigo? Dos… tres… cuatro años.

- No lo sé papá, ni tú deberías tenerlo en cuenta ya sabes que Luis es un hombre muy ocupado, con un montón de trabajo y de agobios -musitó Pedro bajando los ojos, las excusas de su hermano, eran sólo eso, excusas, pero no quería disgustar más a su padre y siempre trataba de quitar hierro al asunto.

Un velo de tristeza cubrió los ojos de Rogelio, velo que se difuminó inmediatamente cuando sintió la pequeña mano de su nieta en la suya: “Menos mal que siempre os tengo a vosotros” -pensó. Y dirigiéndose a la pequeña con su más radiante sonrisa la dijo: “Vamos mi pequeña princesa que tu abuela y tu madre se pondrán de los nervios si tardamos y dejamos que se pase el arroz”.

FIN


N. de la A.: Dedicado con mucho cariño a todos los padres. ¡FELIZ DÍA DEL PADRE!