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jueves, 12 de mayo de 2011

PANTERA NEGRA (Final)







“¡Qué fácil había sido!, aquellos ilusos se habían tragado todo con la mayor naturalidad, como el que va dando pequeños sorbos a su taza de té. 

Había sido muy lista, por fin mi inteligencia había servido de algo.  No podía seguir así, mi vida de niña rica  y complaciente hacia mucho tiempo que había dejado de serlo. No podía desaprovechar la última oportunidad que me ofrecía la vida.

Yo, Cosette Lemonie, la rica heredera, la privilegiada, veía pasar mi vida sin ningún aliciente. Volvía a verme a mis esplendorosos veinte años, en aquella reunión de amigos. Allí entre copas de champagne, lujo y glamour comenzó todo. El libro de mi vida que aún no se había abierto, comenzó a dejar a la vista sus hojas blancas para que en ellas fuese plasmando mis primeras ilusiones y donde, poco a poco, se fue fraguando la tragedia final.

Era un joven estudiante que terminaba sus estudios en la prestigiosa Sorbona. Alto, fuerte, pelo negro y suavemente ondulado. Aunque la atracción física fue impactante, yo era consciente de que había algo más. Me había sentido atraída por un físico espectacular, como le hubiese pasado a cualquier jovencita inexperta;  pero también me había enamorado de su persona, simpático, próximo, generoso y apasionado, esas características atractivas de los meridionales que les hacen tan cálidos como el clima que les ve nacer.

Fueron meses de incertidumbre, de mariposas en el estómago, de qué me pongo para atraerle. Mas nada cambió, el joven prometedor sólo tenía ojos para su profesión, amigos sí, tertulias, conciertos, teatros, cines, bailes… pero su corazón estaba ocupado.

La incertidumbre dio paso a la sospecha, a los celos y posteriormente a preguntas cómo: ¿No me encuentra lo suficientemente atractiva?, ¿las horas de salones de belleza, los modistos más caros, no sirven para que se fije en mí?; ¿habrá otra mujer en su vida, una novia desconocida, alguna prometida en su país natal?

Así pasaban los años, y ambos seguíamos solos. Él encumbrando una carrera prodigiosa… y yo, ¿Yo? Perdida noche tras noche en esas secuencias de luces y sombras, donde las sombras iban ganando terreno. No, era consciente que ese hombre… mi hombre, sólo tenía un amor. A mí únicamente me quedaba conformarme con las migajas de una amistad sincera, eso sí —pero que ahora lo sabía sin ninguna duda— no pasaría de ahí; éso y esperar, pensar, urdir y explotar lo que todos vitoreaban, él también, como  mi maravilloso intelecto.

Aproveché aquellos más de veinte años, me volví  más taciturna y solitaria. Dedicada a los libros y la documentación. Pasé horas encerrada en bibliotecas, no la mía, no quería que ciertos libros pasasen a formar parte de mi vida y fuesen posteriormente una prueba en mi contra. No, mis planes tenían que ser anónimos y mis armas no podían estar al alcance de cualquiera.

Y como todo en la vida, llegó el momento indicado, mi preparación ya estaba finiquitada, cerré los ojos y fui preparando la escena final.

Adoraba a mi padre, pero había llegado a unos límites que aquello que iba a hacer suponía más un acto de amor que otra cosa. Un hombre tan brillante como él, con su actividad mental al cien por cien, no merecía aquel final cruel encadenado a una silla de ruedas y condenado a la total oscuridad. No, él merecía algo más digno, un final rápido y a ser posible indoloro. 

Apretar su cuello fue fácil. Lo difícil vino luego, pero eso era parte del juego. Me dolió en el alma infringir esos profundos arañazos en su rostro, aunque era un consuelo saber que ya no le hacía daño, pues estaba muerto. Cada rasguño era un golpe en mi alma, hasta que no aguanté más. No, el desvanecimiento no era fingido, fue real; tan real como irreal era esa pantera negra que hacía pretender que veía en mis delirios falsos.

Había conseguido mi propósito, ahora sabía que el hombre que amaba y yo quedaríamos unidos por el resto de nuestras vidas. Él sólo vivía para su trabajo, para su afamada clínica y para las rarezas de sus pacientes.  Pues bien, si era eso lo que él más amaba, yo había pasado a ser también uno de sus objetos amados, otra de sus rarezas para cuidar y proteger.  

Allí, internada en su clínica, me sería mucho más fácil acaparar su interés, tenía la preparación necesaria para atarle a mi lado, para ser la fuente constante de sus desvelos. Aunque era consciente que igual que en el amor, en lo profesional, también se llegaba a rozar la rutina y la desesperanza y que alguna vez llegaría otro caso más raro que el mío que ocuparía todo su interés; no me importaba. Había sido capaz de dar el paso definitivo. Mi mente activa, calculadora, fría y tremendamente lógica, para quién había sido tan sencillo fingir una locura que no existía. Yo, que no había tenido ningún reparo en asesinar a mi propio padre por lograr el amor de mi vida,  no tendría ningún escrúpulo y me sería mucho más fácil encontrar otra alma doliente a quien liberar de su sufrimiento terrenal en aquella lujosa, selecta y competente clínica del doctor Bruno di Lucca, mi único e imperecedero amor. Daría todo con tal de convertirme en su  exclusivo objeto de deseo, por seguir manteniendo su total atención tal y cómo había ocurrido durante estos dos últimos años que había durado el proceso.  Lo que no consiguieron ni los trajes ni los perfumes de Dior durante tanto tiempo, lo habían conseguido las rejas de mi prisión". 

Mientras mantenía la mente ocupada regodeándose en su triunfo, una sonrisa lobuna asomó a través de sus blanquísimos dientes. Una sonrisa que no pasó desapercibida para el viejo y experimentado juez Treville, que, a pesar de haber visto de todo en su larga vida; no pudo evitar que un escalofrío recorriese su espina dorsal. Algo no funcionaba en ese caso, era consciente que algún pequeño indicio se les había escapado a los expertos. Siempre tuvo la sensación que aquel juicio era mucho más dramático, teatral e irreal que el resto de los que había presidido. La única diferencia es que aquí el papel principal —encarnado por aquella mujer que sonreía de aquella forma sanguinaria y cruel— había robado todo el protagonismo al resto de los actores secundarios. 

Recogiendo los papeles de su mesa se levantó y se marchó lentamente de la sala procurando evitar cruzar la mirada con la mujer a quien acababa de sentenciar y que, por unos momentos, se había transformado en aquella pantera negra que constantemente mencionaba en sus delirios de demente. Él había hecho lo único que podía hacer,  sopesar las pruebas, leer informes y en base a todos los datos, sentenciar. Lo demás podía ser una verdad encubierta o simples elucubraciones de una cabeza ya cansada. El carpetazo estaba dado y ya no había vuelta de hoja.

FIN

domingo, 8 de mayo de 2011

PANTERA NEGRA (Primera parte)

El silencio se podía cortar, a pesar de la afluencia de público que se apiñaba en aquel espacio reducido, todo estaba en calma. Una calma aparente y relativa. La tensión se podía respirar en el ambiente cerrado. Pero si el oído humano fuese capaz de detectar los pensamientos, aquella sala de juzgado hubiese parecido más bien una plaza de mercado en hora punta; ya que los allí congregados podrían permanecer con los labios sellados, pero sus mentes eran totalmente libres para divagar, meditar, preguntar, contestar… sobre esa duda que a todos les corroía por dentro.

No era de extrañar, aquel proceso había sido uno de los más largos y controvertidos de los últimos tiempos, y la presión mediática que habían soportado tanto el juez, como los abogados y los miembros del jurado, había sido aplastante. La implicada en aquel terrible suceso que había conmocionado los cimientos de la sociedad, pertenecía a una de las familias más reconocidas y de antiguo linaje del país. A pesar de eso, siempre se habían mantenido ajenos al mundillo del famoseo, apartándose de los escándalos que podrían haber suscitado la persecución de la prensa amarilla. Su vida había sido totalmente discreta, alejando así rumores, y  con ellos todos los peligros que conllevan la existencia opulenta de millonarios y poderosos. Por eso, cuando la rica heredera Cosette Lemoine fue detenida, y posteriormente acusada del asesinato de su padre, la noticia saltó a primera plana de todos los medios de comunicación, que a su vez, arrastraron a las masas.

Hacía días que el juicio había quedado visto para sentencia. El jurado había dado su veredicto. Sí, no había duda que la rea era culpable, pero había en todo aquello un gran atenuante, que junto con la posición de la acusada, tendría su peso en la sentencia. Una sentencia que no tardaría en pronunciarse. Ese era el motivo de aquel silencio, ese era el motivo de que nadie se permitiese el más mínimo murmullo. Todos concentraban su mirada en la pequeña puerta que daría paso al juez y con él su veredicto. Eran conscientes que ese paso ya no podría demorarse mucho.

Y efectivamente, la puerta no tardó en abrirse, el silencio se convirtió en un suspiro acompasado de varios pechos a la vez. La figura enjuta, alta y enfundada en su toga negra se hizo presente. Con paso firme, el juez Treville se dirigió a su estrado y una vez allí se sentó. Sus ojos pequeños, protegidos por unas enormes y espesas cejas grises, se clavaron —más que posarse— en el lugar que ocupaba Cosette Lemoine. Así permaneció unos minutos, que a todos les parecieron horas.


Al fin, su ronca voz surgió de su cavernosa garganta. La voz crónica, era secuela de una difteria padecida en su niñez… una voz que añadía más dramatismo si cabe a todas las sentencias que había dictado en su larga vida profesional.

— Póngase en pie la acusada —la pausa obligada que servía  más para dilatar la curiosidad de los presentes, que para dar tiempo a la acusada a levantarse de su asiento. Al fin y al cabo, el juez Treville era de los que opinaban que la sala de un juzgado era mucho más parecido a un escenario teatral de lo que muchos sospechaban. Todos eran actores que sabían representar a la perfección su papel, desde él mismo, hasta defensores, fiscales, jurados, acusados, incluso los meros espectadores, llegaban en muchos momentos a convertirse en los perfectos extras de aquel guión, con final real y no ficticio.

— Cosette Lemoine, ha sido usted juzgada y acusada de la muerte de su padre —siguió hablando pausadamente la voz cavernosa— No obstante, la justicia no puede acusarla en todo su rigor, debido a un atenuante que ningún tribunal puede pasar por alto, su estado de enajenación mental. Los psicólogos que han estudiado su caso durante todo este tiempo han sido claros, contundentes y unánimes. Su salud mental es extrema y de difícil curación, de hecho, ninguno de los profesionales consultados ha sabido dar de forma exacta con el origen de su mal, ya que no está encuadrado en ninguna de las enfermedades mentales conocidas, por lo que pasará el resto de su vida, en la clínica de uno de los más prestigiosos psicólogos del país. Toda una eminencia en tratar trastornos extraños como el suyo. Allí tendrá todos los cuidados necesarios, si no, para su completa cura, al menos para su mejoría.  Sé, porque me he leído minuciosamente todos los informes de los expertos, que me entiende perfectamente señorita Lemoine, ya que su estado no altera en ningún caso ni su inteligencia, ni la percepción de la realidad que la envuelve.

Cosette Lemoine, vestida también de negro riguroso, había permanecido aquel tiempo erguida junto a su abogado. Pasando ya desde hacía años la cuarentena, aún conservaba gran parte de su belleza. Morena, alta y esbelta, jamás había protagonizado ningún escándalo, a pesar de tener el tiempo y el dinero necesarios para ello. No se la habían conocido noviazgos, sus escasas salidas siempre eran en compañía de amistades antiguas y tan discretas como ella. Su vida la había dedicado siempre a su padre, precisamente la víctima del caso, el objeto de su crimen.

Maurice Lemoine, heredero de un inmensa fortuna y propietario de varias industrias farmacéuticas, había llegado a la respetable edad de 88 años, pero su salud no era envidiable ni mucho menos, llevaba muchos años atado a una silla de ruedas y hacía siete que había perdido la totalidad de su visión. Fanático de la lectura, su deterioro físico no había paliado su agudeza mental. Su hija le servía de ojos, la rutina de la casa terminaba cada noche en la biblioteca donde padre e hija se encerraban después de cenar, y Cosette le leía párrafos de alguno de sus libros favoritos, que luego ambos comentaban. 

En esa intimidad, es donde surgió la tragedia. Habían pasado ya dos largos años desde el triste suceso. Cosette, sin ninguna razón, había atacado a su padre, sus largos dedos rodearon el frágil y delgado cuello del anciano provocándole la muerte por estrangulamiento. Pero lo que había causado mayor estupefacción fue su posterior ensañamiento con el cadáver al que laceró cara y cuello con sus fuertes uñas.

Cuando a la mañana siguiente, los criados se percataron de que sus señores no habían dormido en sus camas y que la puerta de la biblioteca permanecía  cerrada con llave, supieron que algo extraño había ocurrido. El mayordomo abrió inmediatamente la puerta con la llave maestra y contemplaron la escena irreal, al principio con sorpresa, y más tarde, con horror no exento de un amago de náusea.

El anciano en su silla de ruedas sin vida, con el rostro y el cuello cubierto de arañazos profundos y sangre. La señorita tendida en el suelo y sin sentido.

La policía científica lo tuvo muy fácil desde el principio. Puerta cerrada, cristalera de acceso al jardín también cerrada e intacta, ningún cristal roto, o cerradura forzada que indicase la entrada de nadie ajeno a la casa. No objetos robados, no ensañamiento con mobiliario, ninguna huella dactilar que no fuese la de los dueños de la casa o los criados. Y la prueba más contundente, entre las uñas de la mujer había restos de piel del anciano. Todo estaba claro, Cosette Lemoine había cometido un parricidio horrible, llegando al ensañamiento contra un anciano que no podía defenderse.

En la práctica todo fue más difícil, Cosette, que en un principio se mostró llorosa, pero manteniendo en todo momento la serenidad, fue poco a poco derrumbándose en episodios de amnesia, desmayos con pérdidas de sentido, delirios… Una serie de anomalías para la que los médicos no tenían explicación. La señorita Lemoine era una mujer completamente sana físicamente, ninguna patología física podía corresponderse con aquellos síntomas. 

A petición de su abogado, fueron consultados competentes  psicólogos y psiquiatras. Sin embargo, el estado de Cosette empeoraba paulatinamente. Ahora sufría también pesadillas, y en algunos casos su comportamiento podía rozar la violencia, que ejercía contra ella misma. Las cuidadoras, vigilaban constantemente que no tuviese a su alcance instrumentos punzantes, cinturones, bufandas, chales y demás objetos con los que pudiera dañarse seriamente.

Sus sueños eran siempre los mismos, se despertaba a medianoche sudorosa, llorando y pidiendo a gritos que encontrasen y matasen a la pantera. En los momentos de tranquilidad y lucidez, cuando aprovechaban para interrogarla, ella insistía que a su padre le había matado una enorme pantera negra que   había penetrado en la habitación, lanzándose contra el inválido provocándole las heridas con sus garras. No sabía explicar como ni de donde había salido aquella bestia, pero ella la había visto con sus propios ojos, hasta que no pudo más y cayó al suelo sin sentido. Seguramente eso fue lo que la salvó, el permanecer totalmente inmóvil en el suelo. Cuando los policías comentaban que las heridas no habían sido la causa de la muerte, que su padre había sido estrangulado y que eso era imposible que lo hubiese hecho ningún animal, Cosette volvía a caer en el mutismo total, para volver a la misma cantinela al día siguiente, y al otro… y al otro.

Todos: investigadores, abogados, médicos y jurado estuvieron de acuerdo, Cosette Lemoine, en algún momento de su vida había perdido la razón y aquello la llevó a cometer aquel asesinato sin justificación posible.

Continuará...