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lunes, 9 de febrero de 2015

APRENDER A ODIAR

“¿Te encuentras bien, cariño? Los médicos dicen que ya estás fuera de peligro. He pasado unos días aterradores pensando que podría perderte”.

Los ojos de Carrie se abrieron lentamente, escuchaba una voz lejana, muy lejana. ¿Sería la de Gary, su marido? Consiguió fijar la vista y su mente comenzó a aclarar la imagen de la cara que la contemplaba. Sí, era Gary, su hasta entonces único amor, el hombre de su vida. A medida que Carrie volvía de su largo letargo su cabeza comenzaba a despejarse y los recuerdos asaltaban la parte más sensible de su cerebro. Sí, Gary había sido la persona que, después de sus padres, más había querido… hasta los momentos previos de su accidente.

***********

Cincuenta y tres días antes…

— ¡Gary! ¡Gary, cariño! Dime que llegarás a tiempo, mira qué hora es y todavía estás en la oficina. El avión sale en dos horas y aún tienes que terminar de preparar tu maleta, yo he metido algo pero no sé si querrás llevar algo más. Tengo tantas ganas de volver a ver a papá y a mamá. Imagino la alegría que les vamos a dar, lo pasaron tan mal cuando se enteraron de tu traslado y que íbamos a vivir tan lejos de ellos que vernos tan pronto les va a suponer una enorme sorpresa, aunque solo sea para pasar un mes con ellos.

— Termino un par de cosas por aquí y voy corriendo, te prometo que será como mucho una media hora, no te olvides de poner en la maleta la corbata granate, esa que me regaló tu madre para el cumpleaños, sabes que me gusta mucho.

Carrie colgó el teléfono y corrió a buscar la corbata que le había indicado su marido. Estaba radiante de felicidad, al fin, tras más de un año de ausencia en su ciudad, volvería a ver a sus seres queridos. Había dejado tanto allí: sus padres, sus amigos, la familia de Gary —con quien siempre se había llevado bien—. Iniciar una nueva vida tan lejos había sido sugerente y divertido. Una aventura digna de llevar a cabo sobre todo en compañía de la persona que amas. Pero también, a la larga, esa situación pasa una pequeña factura.

El teléfono sonó con una insistencia que a Carrie le asombró. ¿De verdad sonaba tan fuerte y de forma tan constante? La verdad es que no se había percatado de ello hasta entonces. Como buena creativa y sensitiva, Carrie, se empezó a figurar que el teléfono solo respondía al nerviosismo y la impaciencia del interlocutor.

— ¿Aló?

— ¡Hola Carrie, querida! ¿Está Gary por ahí?

¡Uf!, pensó Carrie, era Elinor, la jefa de Gary. ¿Qué querría ahora la pesada?

— No, Elinor, no ha llegado todavía, espero que no tarde mucho, en dos horas sale nuestro avión para Seattle. ¿Recuerdas que hoy nos vamos de vacaciones a ver a la familia?

— Pues lo siento nena, pero hoy va a ser que no. Estoy reunida en el Waldorf con unos señores muy importantes que han venido de Europa, pensaba que podía prescindir de él, pero es imposible, le necesito ahora mismo en la reunión. Hay mucho dinero en juego, Carrie. En ello nos va el futuro de la empresa, el mío y el vuestro.

— Pero…

— No hay peros que valgan, el viaje lo podéis hacer otro día, no hay problema. Ahora mismo voy a llamar a Gary y a decirle que se pase por aquí. Hasta otro día cielo, cuídate y no te preocupes, a partir de mañana tendrás a tu hombre para ti solita durante un mes y podrás disfrutar de la familia y de los amigos.

Carrie nunca había soportado a Elinor, era entrometida, pesada, exigente y además últimamente se las arreglaba estupendamente para estropear sus planes. Suspiró con resignación y metió la corbata granate en la maleta. Ahora tenía que llamar a la compañía aérea, convencerles de que la cancelación era por motivos más que justificados y no les cobrasen los billetes e intentar cerrar otro vuelo para el día siguiente.

Gary, como era de esperar, llegó muy tarde y Carrie no le esperó despierta. Aquellas reuniones especiales con vendedores, banqueros, responsables de otras sucursales, gestores de empresas afiliadas y competencia, eran cada día más frecuentes. Era lo malo de trabajar en una multinacional y, aunque el sueldo lo compensaba, Carrie comenzaba a echar de menos esos días donde Gary era más libre para dedicarla gran parte de su tiempo. A la mañana siguiente fue Gary quien se despertó primero.

— Cariño, voy a darme una ducha, ayer llegué rendido y no me apetecía. ¿Conseguiste cancelar el vuelo sin gastos?

— Si, conseguí convencerles de que el motivo era justificado, además hemos tenido suerte; he conseguido otro vuelo para hoy a las 17:30, estaba todo lleno pero habían tenido también dos cancelaciones de última hora.

— Estupendo, hoy iremos más tranquilos. ¡Adiós oficina por un mes! No me lo voy a creer. ¡Voy a la ducha!

Carrie se hizo un poco más la remolona y dio otra vuelta en la cama. El teléfono móvil de Gary comenzó a vibrar con desesperación. Tontamente le recordó la forma tan insistente de sonar el teléfono el día anterior.

Desemperezándose sacó los brazos de bajo las sábanas y cogió el teléfono de la mesilla de su marido y comprobó que estaba recibiendo un archivo de vídeo por WhatsApp. Era de Elinor, ¿les volvería a estropear de nuevo esa pesada sus vacaciones? Carrie no se pudo contener y llevada por la curiosidad abrió el archivo de vídeo. Lo que vieron sus ojos fue un choque tremendo que hizo que su cuerpo se convulsionase en un tremendo espasmo.

El vídeo contenía las imágenes de Elinor retozando en la cama con un hombre, al final, los dos finalizaban su danza amorosa mirando a la cámara. El hombre que estaba con Elinor era Gary, los dos sonreían con esa sonrisa boba que solo dan los momentos de satisfacción y felicidad plena. Ella, que llevaba cuatro años casada con él y conociéndole desde hacía seis, jamás había visto esa expresión en su rostro.

Bajo el vídeo había un mensaje de texto muy explícito: “Este es mi regalo de vacaciones, cariño, para que no me olvides en este largo mes. Espero tengas, en esa esperada visita familiar, cinco minutos y un rinconcito solo tuyo para recordar nuestras frúctiferas reuniones. Cuando te resulten cargantes y monótonas las maravillosas vacaciones con tu perfecta mujercita, ya sabes que te estaré esperando a solo unas horas de vuelo. Te quiero, amor. Sabes que siempre seré tuya.

Cuando Carrie dejó el móvil en su sitio algo se había roto dentro de ella. Solo dejó escapar dos lágrimas traicioneras. Se levantó, esperó pacientemente la salida de la ducha de Gary, se lavó, vistió y preparó como cualquier otro día, pero sin soltar una sola palabra. Ni las preguntas de Gary, ni, sobre todo, sus falsos arrumacos, la sacaron de ese letargo. A la hora señalada como un autómata se montó en el coche y se dirigió al aeropuerto. Subió al avión como si nada, lo mismo daba que la hubieran metido en una cámara de gas.

Y luego, a los pocos minutos de comenzar a deslizarse el avión sobre la pista, el fuerte impacto. El golpe definitivo. Otro avión, ya sea por error del piloto o de la torre, invadió la pista por la que ellos tenían que despegar. El choque fue brutal, heridos graves… heridos leves… gente inconsciente… ataques nerviosos… quejidos de dolor… de angustia… de miedo… Y Carrie lentamente se sumió en un sueño que parecía eterno.


***********

Ahora recordaba todo aquello con total nitidez, aunque la cabeza todavía le dolía fuertemente. Miró a su esposo sin ninguna expresión, él estaba bien, al parecer sus heridas, si es que las había llegado a tener, habían sido leves.

Un doctor se asomó a la puerta.

— ¡Vaya, nuestra paciente parece que ya ha querido volver a visitarnos! Nos tuvo muchos días preocupados. Tengo que decirle que todo va a salir bien, afortunadamente su vida ya no corre ningún peligro. Desde luego, esto es una tremenda alegría, aunque para el equipo médico ha tenido su punto de decepción, ya que los primeros días, aunque inconsciente, dábamos por hecho que no iba a quedar ninguna secuela del accidente.

Hoy no podemos decir lo mismo, las consecuencias serán algo más importantes de lo que imaginamos en nuestras primeras estimaciones. La espalda ha quedado algo lesionada y tendrá que tomar analgésicos y someterse a rehabilitaciones durante el resto de su vida, y las jaquecas serán frecuentes y también tendrán que ser tratadas, pero nada preocupante, un tratamiento como cualquier enfermo crónica y listo.

— Doctor, ¿y mi bebé?

El doctor agachó la cabeza.

— Al principio conseguimos sujetar el aborto, incluso hubo un momento en que creímos que podíamos salvarlo, pero hace un par de días, precisamente cuando comenzábamos a ver que la salida del coma era inminente, tuvimos que intervenir y no logramos salvarlo. Lo siento mucho. —El médico cogió y apretó con fuerza las manos de Carrie y salió de la habitación.

— ¿Por qué no me habías dicho nada del embarazo, Carrie?

— Era mi sorpresa, Gary, pensaba decirlo por la noche durante la cena, ya con toda la familia reunida. Estaba tan ilusionada. —Carrie rompió a llorar y Gary intentó abrazarla.

— ¡No me toques! ¡Ni se te ocurra tocarme o decirme ninguna palabra de consuelo! Y ahora, ¡vete! No te necesito. ¡Déjame sola!

La petición no sonó a ruego, fue una orden seca y dura. Los ojos de Carrie miraron a Gary con una expresión que este no reconoció.

Ya sola la muchacha dio rienda suelta a todas sus emociones. No, el médico no tenía razón, el accidente no había sido la causa de sus secuelas ni de la posterior pérdida de su hijo. Estaba segura que la causa era el odio que había acumulado en su cuerpo. Ese sentimiento, hasta entonces extraño, que había tomado posesión de ella, física y mentalmente.

Carrie no había sentido la necesidad de odiar nunca, había tenido una bonita familia, hija única de unos padres atentos que la dieron todo su cariño, buenos colegios, pocos pero buenos amigos que jamás la traicionaron e hicieron su vida más agradable y por supuesto el clímax de felicidad fue encontrar a Gary, el hombre bueno y cariñoso con el que siempre soñó.

Ahora ese mundo de princesa de cuento de hadas se había desvanecido como un castillo de naipes. Ahora sentía dentro de ella ese sentimiento de ira recorriendo sus venas y tomando posesión de sus entrañas y sus vísceras. No, ya no sería la misma, ahora la sed de venganza más cruel comenzaba a abrirse dentro de su mente. No sabía lo que tardaría en realizar su desquite, ni como lo haría, pero Gary iba a pagar muy caro el aprendizaje de aquella nueva y desconocida asignatura: aprender a odiar.

FIN

martes, 4 de diciembre de 2012

MANTIDAE


Frágil, patética y pequeña, esos son los calificativos con los que siempre me llamaron hasta el punto de que llegué a olvidarme de mi nombre.

Y es que puedo dar fe de que siempre fui así. Nací en una pequeña aldea, que no podía considerarse ni pueblo, no había ni siquiera un médico, ya que el ambulatorio más cercano estaba a sesenta y dos kilómetros. No fue un parto fácil, mi madre murió al darme a luz y yo me quedé sola en una familia formada únicamente por varones, mi padre y tres hermanos bastante mayores que yo —con el menor de todos me llevaba siete años—. Estuve a punto de morir gracias a que uno de los vecinos, al ver que no lloraba me llevó inmediatamente al médico más próximo. Eso marcó mi vida, mi niñez fue una niñez triste y enfermiza donde estuve a punto de morir en varias ocasiones, debido a eso mi desarrollo fue demasiado complejo, ya que era muy menuda, para que se hagan una idea, a mis dieciocho años abultaba como una niña de diez.

El sentirme tan pequeña no sólo era debido a mi deterioro físico, mi mente tampoco me acompañaba por lo que a la fragilidad de mi cuerpo se sumó la de mi alma, volviéndome una persona deprimida y patética sin fuerza para enfrentarse a nada ni a nadie. Siempre pensé que mis enfermedades eran una rebelión de mi organismo que presentía, ya desde el momento de mi nacimiento, la vida que me esperaba. En mis noches solitarias y aterradoras en las que esperaba con el miedo metido en el cuerpo la vuelta de mi padre y hermanos muchas veces maldije en silencio a aquel vecino de buena voluntad que no me dejó marcharme con mi madre.

Ni la enfermedad, ni mi debilidad hizo que mi querida familia tuviese compasión de mí. Desde los primeros años de mi adolescencia sólo recuerdo maltratos y abusos tanto físicos cómo psicológicos. Yo a todos los efectos era su mujer, en la cocina y en la cama. Lo que me producía asco, rechazo, lo que sabía por puro instinto —ya que nadie jamás se preocupó de explicarme las más elementales leyes religiosas o éticas— que estaba mal, a ellos les producía placer y satisfacción.

Mi vida era un infierno y muy complicada, un cúmulo de sensaciones no muy fáciles de explicar, de día me sentía medianamente bien, incluso protegida entre las cuatro paredes de mi casa. Procuraba disfrutar de mis momentos de soledad entretenida en las tareas del hogar. No obstante el temor siempre estaba presente, viviendo en permanente tensión pensando que en cualquier momento la puerta se abriría y daría paso al horror y la repulsa que me producía la vuelta al hogar de mis parientes, llevándome al límite de la arcada cuando pensaba en esas caídas de la tarde; en que si el cansancio o un día satisfactorio para ellos no me alejase de sus hediondos olores a vino rancio y el terrible sonido de sus risas maléficas que, penetraban como cuchillos en mis oídos, mientras me llamaban a su presencia.

—¿Dónde está la patética?

—Estará como siempre escondida en el último rincón tan frágil como siempre y a punto de romperse de miedo.

—Como es tan pequeña cabe en cualquier rincón, cualquier día se meterá en la ratonera.

Por supuesto que de cara al resto de la aldea nosotros éramos una familia normal. Nuestra casa estaba bastante alejada del centro de la población y de cara a la galería mi padre y mi hermanos eran lo mejor que tenía. Nadie tenía duda que me querían y me cuidaban, de hecho en los tramos de mis enfermedades era cierto que lo hacían, pero yo no tenía ninguna duda de que lo hacían por su propio interés, no les convenía que su criada y puta se les muriera.

El primero que me abandonó fue mi padre, una noche me despertaron unos ruidos, mi padre estaba vomitando, no podía hablar y su rostro estaba completamente morado. Asustada corrí a llamar a mis hermanos y le llevamos a un médico, nada más llegar a la consulta mi padre murió; la autopsia no pudo desvelar los motivos, el médico forense nos dijo que podía ser un virus estomacal que mermase sus defensas, mi padre tenía el organismo bastante deteriorado debido a la ingesta de alcohol.

Aquella no fue la primera desgracia, en los siguientes cuatro años fui perdiendo uno a uno a mis hermanos, el mayor se me fue por un accidente, cuando volvía de un viaje a la ciudad, donde había ido a arreglar unos papeles de la herencia de nuestro padre, los frenos fallaron o le dio un mareo y se le fue el volante; las circunstancias no quedaron muy claras, lo cierto es que el coche dio varias vueltas de campana en una carretera, ya de por sí, muy peligrosa, explotando e incendiándose de inmediato. El segundo tuvo un ataque al corazón, algo impensable en un hombre completamente sano. El pequeño murió de una gripe, su cabezonería se lo llevó, a pesar de la fiebre y de mis sugerencias, él continuaba saliendo a pasear cada mañana a las bestias pardas de sus perros.

Con veintiséis años me vi sola, y en cierta forma desamparada, cerré la casa que había sido mi cárcel y a la vez mi refugio y me marche a la ciudad. Desde entonces he vivido mucho, contra todo pronóstico he llegada a una edad bastante avanzada. Por mi vida pasaron muchos hombres, que por diversas circunstancias me dejaron más pronto que tarde. Ahora estoy completamente sola, pero vivo en un lugar muy bonito, tengo cuidadores que me quieren, médicos que me miman y compañeros y compañeras de mi misma edad a los que puedo llamar amigos.

Esto tiene que costar mucho dinero, y la verdad es que no llego a entender del todo porque o quien me trajo aquí. Curiosamente recuerdo a la perfección toda mi infancia y mi primera juventud, recuerdo que me casé y mi marido era muy rico —estaba sólo y me empleó como asistenta, ya tenía una edad y necesitaba alguien que le cuidase— yo lo hice tan bien que me convertí en su esposa. Pero el pobre no me duró ni quince días, fue mi última pareja. A partir de ahí cambió mi existencia, comenzando desde mi viudez estos lapsus míos de memoria, fue como si una nube penetrase en mi cabeza y comencé a vivir en un sueño o una pesadilla. Reconozco a la gente que me rodea, pero no consigo recordar mis actos.

Esta mañana, por ejemplo, al dar mi paseo mañanero por los jardines de esta lujosa mansión sé que he estado hablando con Enrique, un hombre de mi edad, muy amable y caballeroso. Lo sé porque hablamos a menudo e incluso por las tardes algunas veces, junto con dos de mis amigas, hemos jugado una partidita de parchís. Hoy su mirada era diferente, en sus ojos, hasta el momento, siempre atentos y bondadosos, me pareció reconocer las miradas de mi padre y hermanos. Al final, siempre me pasaba lo mismo, no llego a comprender porque razón todos los hombres que se han cruzado en mi camino de una forma u otra  me les han recordado.

Ayer fui con Loli una de las cuidadoras a un Centro Comercial y me he comprado un infernillo para hacerme mi propia comida, la que hacen aquí está buena, pero quiero mantenerme ocupada y a mi siempre me gustó mucho cocinar.

Esta noche he invitado a cenar a Enrique, no sé aún que voy a hacer, pero seguramente le prepararé ese plato especial que tanto les gustaba a ellos, ese plato que fue su perdición y mi libertad. Me gusta volver al pasado, revivir esas vivencias que ahora me son tan  difíciles de retener, me miro en el espejo y me veo mucho más débil que antes, soy una anciana huesuda y diminuta pero, paradójicamente, me siento mucho más fuerte. Es curioso ver como a pesar de que nadie daba un pimiento por mí cuando nací, me he superado. Lo que puede dar de sí una mujer frágil, patética y pequeña.

FIN

jueves, 19 de enero de 2012

ÁNGEL DE LA GUARDA (Final)


Toledo, abril 1928

Sor Elvira, la jovencísima monja encargada de la enfermería del colegio-casa cuna, paseaba abstraída por la amplia galería que rodeaba el patio central del edificio. Aquella mujer alta, de rostro hermoso y una figura envidiable, que el tosco y tieso hábito no conseguía ocultar del todo, llevaba días inquieta.

Ella, que no se había hecho religiosa por voluntad propia —ni tampoco era una mujer extremadamente devota— se había visto obligada a profesar como hija de caridad cuando su prometido la dejó plantada en el altar. Para su padre, hombre beato y severo, aquello fue una revelación. Eso simplemente podía significar que su hija estaba destinada a ser esposa de Cristo. Así, el orgulloso padre inició los trámites y entregó a su hija, junto con una dote considerable, al servicio del Señor. Elvira, incapaz de revelarse a la voluntad paterna y tras la crisis sufrida tras el abandono del hombre que amaba, ahora, a sus veintidós años, se veía recluida tras los muros de aquel lugar. Y a pesar de todo era feliz, daba gracias de que, al menos, no hubiese terminado en un convento de clausura. Ella había nacido para ser esposa y madre, y ya que esa vida le había sido negada, le quedaba el consuelo de volcar todo su amor maternal en aquellos niños, algunos alejados momentáneamente del cobijo de sus padres, y otros, la mayoría, abandonados en el torno nada más nacer. Elvira era la primera que salía disparada de donde estuviese cuando sonaba la campanilla de aquel artilugio, lo que significaba que, alguien, por los motivos que fuera; ella no era quien para juzgar, había dejado allí a otra inocente criatura recién nacida.

No era extraño que una serie de calamidades la tuviesen muy preocupada. El brote de sarampión, unido a una epidemia de difteria, estaba siendo muy virulento aquella primavera. La enfermería estaba colapsada de niños con edades comprendidas entre los seis meses y los ocho años, hasta el punto de que Sor Elvira había tenido que acondicionar otra de las grandes salas, lo que era el comedor, para ampliar las instalaciones sanitarias. Los dos médicos que acudían a diario —sin cobrar un duro— por pura vocación y generosidad contribuían de manera desinteresada con aquel establecimiento de beneficencia; las cuatro monjas que ayudaban a Sor Elvira y las tres trabajadoras externas, no daban abasto para atender a tanto niño enfermo.

Luego estaba Eugenia, una niña de seis años a quien tenía un cariño especial. Su madre, Romualda, tras pasar por el mal trago de perder a su marido, tuvo que enfrentarse a su familia tras la muerte de su padre y estos la dejaron en la calle con sus tres hijos pequeños. La pobre mujer tuvo que abandonar el pueblo donde nació y trasladarse a Toledo donde, tras dejar a sus hijos en aquella institución de caridad, se puso a trabajar de sol a sol.

La niña desde que había ingresado en el colegio, después que su hermana mayor, Josefa, había sido traslada al edificio de las mayores —situado unos metros más arriba en la misma calle— se había convertido en una pequeña madre en pequeño para su hermano menor, Donato, que sólo tenía cuatro años. Sor Elvira admiraba a esta niña y la forma de preocuparse por su hermano, veía como ella le lavaba la ropa en el pilón del lavabo y se la secaba cuando este se manchaba para evitar que las otras monjas o las cuidadoras le pegasen o castigasen. Incluso muchas veces presenció en el comedor que la niña, a escondidas, prescindía de su comida para dársela a su hermano, que siempre se quedaba con hambre.

Ahora verla postrada en la cama de la enfermería, aquejada de aquel maldito brote le daba una pena enorme. Lo único que alegraba a la monja era que tres niños, de los más pequeñines, y los que estaban más graves, se encontraban ya fuera de peligro, ¡alabado sea Dios! Al menos ninguno había fallecido y el resto parecía responder bien al tratamiento.

Sor Elvira atravesó las puertas de la enfermería y comenzó su labor; cambiando camas, repartiendo medicamentos, atendiendo a los doctores y jugando con los pequeños que estaban mejor.

Y a la mañana siguiente el shock, uno de los niños, precisamente uno de los que había mejorado, uno con los que el día anterior había estado jugando, había amanecido muerto sin causa aparente. Sor Elvira no daba crédito a aquello.

— Pero si Miguelito ayer estaba perfectamente, cuando me retiré a descansar le dejé bien, ni siquiera tenía fiebre —comentaba nerviosa con el médico del turno de mañana.

— Hermana, estas cosas ocurren, las enfermedades son así de engañosas, lo que parece una mejoría puede ser simplemente una tregua.

Y para alterar más el ánimo de la monja, el doctor tenía otra desagradable noticia, Eugenia había empeorado; al sarampión se había unido la difteria, si en cuarenta y ocho horas la enfermedad no remitía, las cosas no pintaban bien para aquella niña.

Y no cesaron, la pequeña empeoraba por minutos, la fiebre no bajaba de cuarenta y dos grados, la boca, garganta y ojos eran puras llagas y esto, unido a su natural inapetencia, hacía muy difícil que la niña se alimentase; la enfermedad y la debilidad eran buenas aliadas para terminar con una vida. Ellos no obstante harían todo lo humanamente posible por salvarla.

Días más tarde Sor Elvira descansaba en su cama, había estado setenta y dos horas seguidas sin apartarse un momento de la enfermería, sin descansar un minuto. Tras los ruegos de sus compañeras, al final, consiguieron convencerla de que se fuese a descansar aunque fuese un rato o ella también caería enferma y eso sería aún peor; si ocurría algo irían a avisarla inmediatamente, de eso podía estar segura.

No habrían pasado ni dos horas de su reposo cuando la monja notó que una mano nerviosa la zarandeaba, era Sor Estefanía:

— ¡Hermana!, ¡hermana! Siento despertarla, pero hemos sufrido otra desgracia, otro de los niños ha fallecido, lo mismo que le pasó a Miguel, y eso que su estado había mejorado notablemente. Estamos desoladas.

Sor Elvira se levantó de un brinco de la cama y se puso sus hábitos sobre el camisón, ¡no podía ser!, ¡no podía ser!

— ¿Han avisado a Don Hilario? Es el médico que vive más próximo.

— Sí, hermana, hemos mandado al jardinero. Además hay otra mala noticia, Eugenia ha empeorado, le ha subido más la fiebre. ¡Pobres criaturas!

Sor Elvira voló más que corrió hacia la enfermería. Don Hilario había llegado ya y estaba atendiendo a Eugenia.

El niño que había fallecido estaba en una cunita próxima a la cama de Eugenia, era Fernandito, un niño huérfano de tan sólo quince meses. Sor Elvira no pudo reprimir las lágrimas; el niño parecía un ángel dormido. Efectivamente como había dicho Sor Estefanía, estaba prácticamente restablecido y en pocos días habría salido de la enfermería.

El doctor se levantó de la cama de la enferma y se dirigió hacia la monja.

— En niños tan pequeños es normal que pasen estas cosas, sus defensas aún no están reforzadas y a pesar de la higiene… en fin hermana, siento mucho que estos niños se vean castigados de esta manera. Yo que llevo años dedicándome a esta profesión, aún me estremecen estas cosas. Tengo otra mala noticia, Eugenia está muy mal. Creo que ya no podremos hacer nada por ella, es cuestión de horas, quizá de algún día, pero su estado ya no es reversible. Sería mejor que informasen a su madre.

— Su madre viene todos los días a visitarla, la avisaremos inmediatamente —dijo la monja secándose los ojos.

Sor Elvira se acercó a la cama de la niña, su estado era realmente lamentable. Su hermoso pelo rojo casi había desaparecido de su cabeza debido a la fiebre, no podía abrir los ojos surcados por una inmensa llaga y su respiración era jadeante.

Horas más tarde dos mujeres velaban a la niña, Romualda, su madre, junto a ella, en la cabecera; Sor Elvira, sentada a los pies de la cama. Su estado no había sufrido ningún cambio.

Sor Elvira se levantó:

— Si los médicos han tirado la toalla, ¡yo no!, no Romualda, no voy a dejar morir a tu hija, no sin antes haber probado todos los medios posibles.

Al poco rato la monja apareció con una jofaina con un líquido de un color amarillento y con un trozo de algodón; fue lavando con mucho cuidado las llagas de los ojos de la niña.

— Es manzanilla, tiene un efecto relajante y además es anti-inflamatorio, luego prepararé más y me ayudarás a limpiarle las heridas de la boca y de la garganta. He traído toallas, haremos trozos más pequeños y las empaparemos en alcohol para aplicárselos en la frente, con mucho cuidado de que no le caiga en los ojos. Eso ayudará a que baje la fiebre.

— Lo que usted diga hermana, no pienso separarme del lado de mi hija, hasta que Dios me la devuelva o me la quite —Romualda estalló en lágrimas al pronunciar la última palabra.

— Y para alimentarla, daré orden a la cocina de que preparen todo el alimento líquido; con una goma y un pequeño embudo haremos que poco a poco vaya tragando la comida, para no quemarla y que las llagas no empeoren esperaremos lo necesario hasta que el alimento se enfríe, y templaremos lo que esté frío; es la única forma de no dañarle la garganta.

Mientras las dos mujeres se movían alrededor de la niña preparando todo lo necesario, Eugenia comenzó a removerse y a pronunciar unas palabras.

— Está delirando, es la fiebre —dijo la monja aproximándose a la cama— ¿Qué dice?

Las dos mujeres se acercaron más para escuchar los susurros de la niña.

— Micaela, Micaela… Fernando… Se había despertado y jugaba en la cuna… y ella se acercó… y le tapó la boca… y le apretaba fuerte la tripa… y luego no se movía…

Sor Elvira y Romualda se miraron sorprendidas, ¿qué quería decir con eso? No era posible.

— Sin duda son delirios Sor Elvira, conozco a Micaela, es amiga mía y es una buena mujer. No sería capaz de hacer algo así, no ella que perdió a sus dos hijos nada más nacer. Seguramente, mi hija con la confusión de la fiebre lo que vio fue como Micaela atendía al niño.

— Pero ella dice que le apretó la boca y la tripa… esa no es forma de atender a un bebé. De todas formas, tienes razón, Micaela es una mujer de toda confianza, muy cariñosa con los niños y, gracias a ella, que es la única que quiere quedarse por las noches; nosotras podemos descansar.

Los días transcurrían, abril iba lentamente dando paso a mayo. Sor Elvira estaba satisfecha, el brote iba remitiendo poco a poco, aún había casos pero parecía que no eran tan graves como los primeros, al menos los de difteria habían disminuido. Eugenia había mejorado notablemente, su constancia y paciencia habían dado su fruto, los médicos habían diagnosticado que al fin la enfermedad había hecho crisis y que la niña ya no corría ningún peligro.

Pero algo inquietaba aún la cabeza de la monja. Desde que escuchó los delirios de la niña, algo se había removido en su interior, a pesar de que el resto de sus compañeras quitasen hierro al asunto, nadie creía que algo así hubiese podido suceder. Todos conocían a aquella sufrida mujer que, en su soledad, se desvivía por los demás.

La obcecada monja no podría descansar completamente tranquila hasta no sacarse ese resquemor del cuerpo.

— Romualda, creo que no es necesario que te quedes esta noche. Estás agotada, Eugenia está bien, mira que tranquila duerme, y tú necesitas descansar, si enfermas, ¿quién sacará adelante a tus hijos? ¡Venga mujer! Hoy está todo muy tranquilo y los niños, ¡a Dios gracias!, están bien. Sor Estefanía, nosotras también nos retiraremos a descansar, seguro que Micaela se las puede apañar muy bien, es de toda confianza y si ve algo fuera de lo normal nos avisará, ¿verdad, Micaela?

— Sí, sí Sor Elvira, vayan a descansar y no se preocupen, yo me ocupo de todo, los niños están muy tranquilitos. Cualquier cosa ya les aviso. Romualda vete tranquila, cuidaremos bien de tu hija; que suerte has tenido. No sabe como la admiro Sor Elvira, es usted un ángel bajado del cielo.

— Gracias Micaela, sólo cumplo con mi obligación. Bueno ya está todo hablado. Venga Romualda, la hermana Estefanía y yo te acompañamos hasta la salida, después nosotras nos retiraremos a descansar.

Al salir, aprovechando un descuido de Micaela que se agachaba a atender a un pequeñín, Sor Elvira empujó a las dos mujeres tras los cortinones de la puerta.

— ¡Phssss! Silencio, no hagáis ruido, lo siento Romualda pero las palabras  de tu hija no me han dejado descansar desde entonces, tengo que comprobar si sus palabras fueron sólo eso, delirios febriles —les dijo Sor Elvira muy bajito y poniéndose un dedo en los labios en señal de silencio.

El reloj corría mientras las tres mujeres agazapadas esperaban tras las cortinas, Romualda y Sor Estefanía no osaban mover un solo dedo. Sor Elvira aguardaba en tensa espera, con los latidos de su corazón medio ahogando su garganta. Todo transcurría normalmente, Micaela sentada en un sofá junto a la luz de un candil tejía una labor de lana, aún sin confirmar en que terminaría aquel proyecto, con los pies reposando en un escabel permanecía atenta a su labor y a cualquier ruido proveniente de los niños.

Hasta que uno de los niños rebulló en su cuna y se despertó, se sentó y con los bracitos al aire parecía llamar la atención de la cuidadora.

— ¿Qué te pasa pequeñina? ¿Te has despertado y quieres jugar?

Micaela se levantó del sofá y se acercó a la cuna, donde una niñita de pocos meses la miraba con alegría. Acostó de nuevo a la niña y sin pensarlo dos veces con una mano tapó su boquita, mientras con la otra, le apretaba el vientrecillo.

Sor Elvira no pudo aguantar más y remangándose el largo hábito salió, como alma que lleva el diablo tras las cortinas, mientras las otras dos mujeres corrían en busca de ayuda.

— ¡Asesina! ¡Maldita asesina! Eugenia tenía razón, no eran sueños arrebatados a la fiebre. ¡Tú mataste a mis niños! ¡Mis pobres inocentes pequeñines! Pécora maldita, voy a terminar contigo, no mereces vivir.

La monja —hecha una furia— se abalanzó sobre la mujer y la arrojó al suelo, golpeándola a la vez que le tiraba de los cabellos.

Si no hubiese sido por la pronta llegada de la policía lo más probable es que Micaela hubiese terminado allí mismo sus días. A dos hombres forzudos les costó trabajo separar a ambas. Sor Elvira lloraba, lloraba de rabia, de dolor, de impotencia. En la boca de la cuidadora asomaba una sonrisa bobalicona, atontada.

— No merecían vivir, ni sus madres les querían, ellas mismas se deshicieron de ellos; venir al mundo para sufrir no tiene sentido —vociferaba la mujer mientras los agentes le ponían las esposas.

— Apártenla de mi vista, llévensela de aquí o no respondo de mis actos —murmuró Sor Elvira.

Cuando los agentes se la llevaban, al pasar junto a Romualda, la cuidadora exclamó:

— Si no hubiese sido por tu hija no me habrían pillado, la tenía que haber matado la primera, pero estaba tan malita la estúpida, que no creí que fuera a delatarme. Además, no podía permitirme el lujo de perder todo lo que me traías para que cuidase bien de tus hijos ja,ja,ja,ja.

Las carcajadas de la mujer fueron como bofetadas que golpearon a todos los presentes.

— Si no llego a verlo con mis propios ojos, jamás hubiese creído que hay personas así en el mundo, he visto mucho, mi propia familia me dejó de lado, pero nunca pude suponer que habría gente tan mala como para poder matar a criaturas inocentes. Y yo que la creí amiga, en el fondo me consuela saber que esa ignorancia junto a algunos detallitos que la traje salvaron a mi hija. Gracias Sor Elvira, no sé como pagarle todo lo que ha hecho por ella —dijo Romualda mientras miraba a su hija que no se había despertado pese al revuelo.

— Yo tampoco lo hubiese creído, si no hubiese sido por ella, algo me decía que esos delirios eran verdad, los niños no mienten; algo había visto esta criatura para decir lo que dijo. La mayor prueba de agradecimiento que puedes ofrecerme es que me hagas una promesa. Prométeme que siempre cuidarás de Eugenia, es una niña muy especial, mucho; una de esas personas que, al contrario de Micaela, nacen para favorecer y ayudar a los demás.

FIN

jueves, 22 de diciembre de 2011

LA SENDA DEL OSO



Las campanas de la torre de la iglesia repicaban de forma rápida e insistente. Todos los moradores de la pequeña aldea asturiana situada en un valle montañoso salieron de inmediato a la calle.

Aún no había amanecido y el cielo estaba cubierto de una espesa niebla, la humedad se calaba en las piedras de las casas, lo que hacía que estas rezumasen agua que se precipitaba al suelo lentamente resbalando por los muros en forma de gotas diminutas; a cualquier visitante extraño y ajeno al lugar, le hubiese dado la impresión de que los muros lloraban; pero aquellos aldeanos curtidos y acostumbrados a aquel clima sólo prestaban  atención al sonido de las campanas.

Algo había pasado, en aquellos tiempos lejanos, ese sonido metálico era la única forma que tenían de alertar a la población cuando ocurría algo extraordinario.

Los aldeanos hacían corrillos y murmuraban, mientras se dirigían a la iglesia, el lugar de reunión, allí les informarían de lo que había pasado.

En la puerta les aguardaba el cura que intentaba consolar a una mujer anciana y encorvada que lloraba amargamente junto a él. Todos la conocían, era Xica, la esposa de Mingo, el pastor.

Y es que según iba creciendo la aldea, los vecinos se fueron dedicando a otros quehaceres más productivos; muchos de dedicaban a la productiva agricultura, mientras otros habían buscado aumentar su medio de vida en el trabajo artesanal. Ahora cuidar de sus animales se les hacía demasiado trabajoso; así que pensaron que lo mejor sería juntar los rebaños y pagar a una persona para que se los cuidase. El alcalde cedió la cabaña de la colina y los terrenos para hacer los rediles, y los vecinos pagarían todos los meses diez monedas de cobre a quien se hiciese cargo del ganado.

Rápidamente Mingo y su mujer se prestaron voluntarios, la cabaña era amplia y cómoda y a ambos les gustaba la soledad, ya que no eran demasiado sociables. A eso tendrían que añadir que los pastos les quedarían mucho más cerca que viviendo en la aldea, los animales tendrían un buen lugar para su encierro y los vecinos estarían tranquilos y felices sin soportar los molestos mugidos y balidos, ni su mal olor; sobre todo del olor desagradable que despedían las ovejas. El pacto se cerró con éxito, y todos quedaron contentos.

Bien, es cierto que ahora era más fácil que algún animal muriese a causa del ataque de algún animal salvaje, en la soledad del campo era más fácil que los lobos se arriesgasen a hacer alguna incursión en el redil, sobre todo en invierno; también pasaba en la aldea, aunque allí era más difícil ya que el lobo huía por instinto de los grupos humanos, tenía que ser un invierno muy crudo para que se arriesgasen a bajar a la población. Pero tampoco esto les quitaba el sueño, los estragos no eran muy grandes, un día una vaca… días después un par de ovejas… o alguna cabra. Era pérdidas que se podían asumir fácilmente.

Pero aquel día cuando oyeron las campanas y vieron llorar a Xica de forma desconsolada, presintieron que algo grave había sucedido. Los murmullos cesaron y todas las miradas se concentraron en el párroco.

Con los hipidos de la mujer como música de fondo, el cura comenzó a explicarles los motivos de los tañidos a aquella hora temprana.

— Os tengo que comunicar una mala noticia, Xica me acaba de decir que esta madrugada todos los animales del rebaño han aparecido muertos.

— ¿Pero todos? ¿No ha quedado ni una cabeza? —preguntó asombrado el alcalde.

— Todos, no ha quedado vivo ni un solo animal del rebaño.

Aquello era muy grave, para una aldea de sus características era primordial contar con animales que les diesen carne, leche y lana; que ahora ellos se dedicasen a otras tareas no significaba que la ganadería continuase siendo uno de sus principales medios de subsistencia.

Se miraron unos a otros boquiabiertos y alelados.

— Eso no han sido los lobos —estalló una voz—. No, cierto que alguno puede bajar de forma esporádica y atacar al ganado, pero no de esa forma. Ahora tienen comida suficiente arriba no se expondrían a descender hasta el redil, estas bestias no matan por matar, sólo lo hacen para comer. Sería muy extraño que un par o tres lobos despistados hayan podido matar a un rebaño tan numeroso —comentó uno de los hombres más ancianos.

Extrañados y acusando todavía el golpe recibido, toda la aldea en pleno decidió subir hacia el hogar de los pastores y comprobar con sus propios ojos aquella tragedia. Allí se confirmaron sus sospechas, aquello no había sido obra de los lobos ni de ningún otro animal salvaje, de hecho, los animales no aparecían con mordeduras, ni desgarros en sus carnes, yertos en el suelo permanecían intactos, como si durmiesen apaciblemente.

— Esto ha sido obra de la xana —exclamó uno de los vecinos—. Ella lanzó un maleficio contra nuestro ganado, estoy seguro. Esa mujer nos odia.

— Si se le puede llamar mujer a esa especie de engendro del demonio, dicen que hecha mal de ojo a quien mira de frente, y hay quien afirma haberla escuchado hablar con los animales, dicen que ella conoce todos sus lenguajes, y que ellos la entienden —dijo un rapazuelo con un estremecimiento.

— Sí, es una bruja, si creo que hasta a mi marido le ha echado una maldición,  ¡mirad, mirad! En que estado se encuentra —dijo Xica abriendo la puerta de su vivienda y dejando paso a alguno de los curiosos.

Efectivamente, Mingo estaba en un estado lamentable, permanecía sentado en la mesa de madera, como alelado, los ojos miraban al frente sin expresión ninguna, como si estuviesen muertos, no reconocía nada ni a nadie, con las manos se sujetaba la cabeza como si está fuese a salir disparada de su cuello; su mujer aseguraba que no se había movido nada, que estaba en la misma posición que cuando le había dejado hacía un rato, el único movimiento de aquel cuerpo inmóvil era el subir y bajar de su pecho al ritmo de su respiración.

Algunas mujeres que, en estas tesituras, las hembras son mucho más lanzadas e incluso más violentas que los varones, alentaban a sus hombres para que fuesen todos a la choza de la xana; tenían que hacerle pagar caro aquella tropelía.

— ¡Qué sois, hombres o gallinas! Vergüenza debería daros estar aquí como atontados, hay que ir a buscar a la bruja y terminar con ella, ¿Cómo vamos a alimentar a nuestros hijos este invierno? —gritaban las más atrevidas, mientras las que callaban, murmuraban por lo bajo coreando a las que hacían estos comentarios.

— Un poco de calma vecinos —intentaba mediar el alcalde— no todo se ha perdido, las pieles se pueden utilizar, los animales están intactos, y la comida; y nadie sabe a ciencia cierta si esta mujer ha tenido la culpa, no nos aventuremos a buscar un chivo expiatorio antes de tiempo.

— ¡Ni loca! Jamás se me ocurriría vestir a mis hijos con la tela que diesen las pieles de estos animales, a saber que clase de sortilegios habrá hecho ese ser infernal —comentó una de las que más gritaba.

— Ha sido ella, estoy segura.

Una mujer menuda con la piel cetrina y arrugada, vestida con un sayón negro que la cubría desde el cuello hasta los pies y con la cabeza cubierta con una toca gris de la que salían algunos pobres mechones de pelo sucio y canoso, se abrió paso entre los presentes hasta que se situó frente al alcalde increpándole con una voz dura como el granito; sus ojos destilaban tal odio que el hombre no pudo evitar dar un par de pasos atrás. Era Patru, la mujer que había ejercido de partera durante toda su vida, la que había asistido todos los nacimientos de la aldea desde tiempos inmemoriales, la más anciana del lugar.

— ¿Es que ya no te acuerdas del odio que nos tiene? ¿No recuerdas que juró vengarse de nosotros cuando colgamos en medio de la plaza al ladrón de su marido? En el momento que aquel malnacido daba los últimos estertores y se balanceaba en la cuerda, antes de que ella abandonase la aldea para siempre. ¿No dijo que pagaríamos las consecuencias de aquel acto cobarde? ¿No nos acusó vilmente de culpar a un inocente?

— Tiene razón la Patru —gritó un hombre joven— yo era un niño aún, pero recuerdo aquella mañana como si fuese hoy mismo. Dicen que durante el   camino a su destierro se encontró al Diablo e hizo un pacto con él, y este le concedió poderes.

— Sí —gritó otra mujer— todo el mundo sabe que hace lo que quiere con esos potingues que prepara, lo mismo puede sanar que matar. ¡¡Es una xana!! Acabemos con ella antes de que ella termine con nosotros.

El alcalde no pudo hacer nada más, sabía que sus palabras caerían en saco roto, era tan imposible calmar a una turba violenta  con sed de venganza, como intentar parar la lluvia o sosegar los vientos. Pero decidió ir con ellos, era su deber y sería la única manera de intentar, aunque fuera a última hora, calmar la situación y evitar otra muerte injusta. Porque la memoria de la gente era frágil, muy frágil, todos tendían a recordar lo que querían recordar. Sí, el recordaba mejor que nadie el día que colgaron a Recaréu, el que hasta ese momento había sido el honrado herrero del pueblo, y también recordaba algo que ahora todos parecían haber olvidado. Algún tiempo después del linchamiento se había probado que aquel pobre desgraciado era inocente.

Armados con todo lo que pillaron a mano, piedras, palos, cuchillos, tijeras, hoces...  Marcharon decididos hasta la choza de la xana, una cabaña minúscula en la parte más profunda del bosque. Encontraron a la mujer arrodillada inmersa en el cuidado de su pequeño huertecillo.

Al ver a la turba sedienta de sangre se levantó, aunque su rostro estaba pálido y velado por la sombra del miedo, mantuvo la calma.

— ¿Qué queréis de mí? —preguntó con voz fuerte y segura.

— Venimos a que pagues tu culpa, bruja. Sabemos que has matado a nuestros animales y lo pagarás caro —gritó Patru.

— Yo no he hecho nada a vuestros animales, pero sé que no me creeréis, igual que no creísteis a mi marido cuando él juraba y perjuraba que era inocente. ¿Venís a matarme? Sí, lo veo en vuestras caras, veo esa sed de sangre en vuestros ojos. Veo ese rictus de locura que envenena los corazones y nubla la vista.

— Vamos a ver, intentemos calmarnos, esta mujer dice ser inocente y nadie sabe con exactitud si es culpable o no. Démosla una oportunidad de defenderse, no volvamos a cometer el mismo error. Patru me culpó hace un momento de no recordar ciertas cosas, y, sí, las recuerdo tan bien como ella, incluso diría que mejor; Recaréu era inocente ¿no pesaría en vuestras conciencias cometer el mismo error? —preguntó el alcalde.

Todos bajaron la cabeza, el hombre suspiró, parecía que por fin les había hecho entrar en razón, la laxitud de los brazos que portaban las armas parecía demostrar que el buen juicio comenzaba a salpicarles.

— ¡Yo digo que es culpable! ¿Os vais a dejar engañar por esta bruja y por el charlatán del alcalde? —la voz de Patru restalló de nuevo en el silencio con un resentimiento ponzoñoso.

— Es cierto, ha sido ella —coreó la pastora— ella mató a los animales, y además ha embrujado a mi marido ¿No le habéis visto en el estado en el que se encuentra? No habla, no se mueve, no reacciona. Esta bruja le ha lanzado un conjuro.

Los ánimos volvieron a caldear el ambiente con más virulencia que antes, el corro que rodeaba a la xana se iba cerrando a su alrededor. La mujer se preparó para recibir el primer golpe o la primera cuchillada.

Nadie se dio cuenta que tras la espesura de los árboles había surgido una sombra parda, esta se filtró por entre las filas de los aldeanos y no se hizo patente hasta que se plantó delante de la mujer acorralada. Todos se quedaron petrificados cuando la sombra se materializó convertida en la figura de un enorme oso pardo.

El terror se dibujó en todos los rostros, hasta los más aguerridos dieron varios pasos hacia atrás, ni siquiera se atrevieron a salir corriendo, temían que aquella bestia les atacase si hacían cualquier movimiento un poco brusco. Hacía muchos años que no se veían osos por la zona, la caza indiscriminada para obtener sus pieles había hecho que muchos fuesen exterminados y otros huyeran en busca de otras tierras menos amenazadoras para su especie.

La xana se situó junto a la enorme figura, estaba tranquila, tenía un don especial para los animales y sabía que no podía temer nada de aquel oso que había aparecido cuando más necesitaba ayuda. Entonces aprovechando el temor que despertaba la bestia, comenzó a hablar.

— Soy inocente y hay dos personas que lo saben —entonces su rostro se dirigió a la mujer del pastor, y mirándola fijamente a los ojos, siguió hablando—  Yo os avisé a tu marido y a ti hace días. Os dije que el lugar donde llevabais a pastar el ganado era peligroso. ¿No os advertí de que por allí había abundancia de hierbas venenosas? ¿No os sugerí que era mejor que fueseis al otro lado del monte, junto al enebral? Y vosotros, ¿qué hicisteis? Reíros de mí, mofaros de mi buena voluntad, llamarme bruja, y amenazarme con apalearme si seguía metiéndome en vuestros asuntos. Sabíais que conozco las plantas, pero vuestra ignorancia, vuestra intransigencia y sobre todo vuestra superchería os hizo rechazar mi consejo. Nadie concede crédito a una bruja, una xana que sólo sabe lanzar maleficios y desearos el mal. Bien, pues aquí tenéis el mal, y de la mano de la gente de vuestra confianza.

— ¿Es eso cierto? —rugió el alcalde mirando con dureza a Xica.

La mujer estalló en violentos sollozos.

— Sí, es cierto, ella nos alertó del peligro de esas hierbas, pero Mingo no le hizo caso, ¿quién se iba a fiar de las palabras de una bruja? ¿Lo hubieseis hecho vosotros?

Todos se miraron avergonzados, nadie puedo increpar a la mujer porque sabían que tenía razón, en la misma situación, todos habrían hecho lo mismo.

— ¿Os dais cuenta ahora de que el mal está en vosotros mismos? No hacen falta ni brujas, ni xanas, ni ningún ser etéreo para que los sortilegios se cumplan, porque el veneno está en vuestras ruines almas. Y tú Patru, ¿No has podido olvidar todavía tu rencor? ¿Aún me odias por lo que intentó hacerme tu miserable hijo? Jamás pudiste perdonar que Recaréu llegase a tiempo para librarme de la violación a la que me iba a someter el fruto de tus entrañas. Y mi marido pagó cara la victoria de aquel combate igualado. Tú y tu pérfida lengua le pusieron la soga en el cuello cuando lanzaste tus falsas acusaciones sobre él.

Poco a poco, el corrillo se fue deshaciendo, todos se fueron marchando pausadamente y en silencio, con las cabezas gachas, sabiendo que las últimas palabras de la xana eran verdad. Ellos mismos eran los causantes de sus desgracias. Patru se desvaneció al escuchar las palabras de la xana, dos de las mujeres tuvieron que sujetarla y muy despacio llevarla de regreso a su casa.

— Lo siento mujer… perdón Dela, hacía tantos años que no pronunciaba tu nombre que casi se me había olvidado —murmuró el alcalde— te pido disculpas en nombre de toda la aldea.

— Ve con Dios, eres un buen hombre, gracias por haber intentado poner cordura en esas duras y resentidas cabezas —contestó Dela.

En la puerta de la choza ya sólo quedaban dos figuras, la xana y el oso que permanecía a su lado. La mujer le acarició una zarpa.

— Gracias amigo, no sé de donde has salido, pero si no hubieses acudido a ayudarme mis días habrían terminado hoy.

Al mirar los ojos del animal la mujer dio un respingo. Dos hermosos ojos de color miel la contemplaban a través de la piel de la bestia, unos ojos que le eran tremendamente familiares.

— Recaréu ¿eres tú?

— Sí, Dela, soy yo, antes de morir juré que te cuidaría, que jamás dejaría que te pasase nada malo aunque tuviese que atravesar las barreras del otro mundo. Doy gracias porque, al menos, por unos momentos he vuelto a tenerte junto a mí, pero debo irme, el tiempo se acaba y tú ya no me necesitas.

— No te vayas, te he echado tanto de menos, quédate conmigo Recaréu, te amo, no hay día desde hace siete años que no llore tu ausencia.

— Lo sé, mi vida, pero no puede ser, debo irme, mi misión ya se ha cumplido.

— ¿Dónde irás?

— ¿Ves esa senda que se abre entre las montañas? Ese será mi camino.

— Pues si no te puedes quedar, llévame contigo, cada día es más duro vivir sin ti.

— No puedo, eso no depende de mí, tú aún tienes muchas cosas que hacer aquí. Lo sé, desde ahí arriba se ven muchas cosas. Dela, harás cosas muy buenas, así que tu presencia aquí todavía  es vital. Pero te prometo que cuando llegue el momento seré yo mismo quien venga a buscarte y juntos, atravesaremos esa hermosa senda, la senda del oso, ese camino secreto que sólo ellos conocen; el sendero por donde hace muchos años ellos también huyeron de la intransigencia y la maldad de los hombres.

FIN