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jueves, 22 de diciembre de 2011

LA SENDA DEL OSO



Las campanas de la torre de la iglesia repicaban de forma rápida e insistente. Todos los moradores de la pequeña aldea asturiana situada en un valle montañoso salieron de inmediato a la calle.

Aún no había amanecido y el cielo estaba cubierto de una espesa niebla, la humedad se calaba en las piedras de las casas, lo que hacía que estas rezumasen agua que se precipitaba al suelo lentamente resbalando por los muros en forma de gotas diminutas; a cualquier visitante extraño y ajeno al lugar, le hubiese dado la impresión de que los muros lloraban; pero aquellos aldeanos curtidos y acostumbrados a aquel clima sólo prestaban  atención al sonido de las campanas.

Algo había pasado, en aquellos tiempos lejanos, ese sonido metálico era la única forma que tenían de alertar a la población cuando ocurría algo extraordinario.

Los aldeanos hacían corrillos y murmuraban, mientras se dirigían a la iglesia, el lugar de reunión, allí les informarían de lo que había pasado.

En la puerta les aguardaba el cura que intentaba consolar a una mujer anciana y encorvada que lloraba amargamente junto a él. Todos la conocían, era Xica, la esposa de Mingo, el pastor.

Y es que según iba creciendo la aldea, los vecinos se fueron dedicando a otros quehaceres más productivos; muchos de dedicaban a la productiva agricultura, mientras otros habían buscado aumentar su medio de vida en el trabajo artesanal. Ahora cuidar de sus animales se les hacía demasiado trabajoso; así que pensaron que lo mejor sería juntar los rebaños y pagar a una persona para que se los cuidase. El alcalde cedió la cabaña de la colina y los terrenos para hacer los rediles, y los vecinos pagarían todos los meses diez monedas de cobre a quien se hiciese cargo del ganado.

Rápidamente Mingo y su mujer se prestaron voluntarios, la cabaña era amplia y cómoda y a ambos les gustaba la soledad, ya que no eran demasiado sociables. A eso tendrían que añadir que los pastos les quedarían mucho más cerca que viviendo en la aldea, los animales tendrían un buen lugar para su encierro y los vecinos estarían tranquilos y felices sin soportar los molestos mugidos y balidos, ni su mal olor; sobre todo del olor desagradable que despedían las ovejas. El pacto se cerró con éxito, y todos quedaron contentos.

Bien, es cierto que ahora era más fácil que algún animal muriese a causa del ataque de algún animal salvaje, en la soledad del campo era más fácil que los lobos se arriesgasen a hacer alguna incursión en el redil, sobre todo en invierno; también pasaba en la aldea, aunque allí era más difícil ya que el lobo huía por instinto de los grupos humanos, tenía que ser un invierno muy crudo para que se arriesgasen a bajar a la población. Pero tampoco esto les quitaba el sueño, los estragos no eran muy grandes, un día una vaca… días después un par de ovejas… o alguna cabra. Era pérdidas que se podían asumir fácilmente.

Pero aquel día cuando oyeron las campanas y vieron llorar a Xica de forma desconsolada, presintieron que algo grave había sucedido. Los murmullos cesaron y todas las miradas se concentraron en el párroco.

Con los hipidos de la mujer como música de fondo, el cura comenzó a explicarles los motivos de los tañidos a aquella hora temprana.

— Os tengo que comunicar una mala noticia, Xica me acaba de decir que esta madrugada todos los animales del rebaño han aparecido muertos.

— ¿Pero todos? ¿No ha quedado ni una cabeza? —preguntó asombrado el alcalde.

— Todos, no ha quedado vivo ni un solo animal del rebaño.

Aquello era muy grave, para una aldea de sus características era primordial contar con animales que les diesen carne, leche y lana; que ahora ellos se dedicasen a otras tareas no significaba que la ganadería continuase siendo uno de sus principales medios de subsistencia.

Se miraron unos a otros boquiabiertos y alelados.

— Eso no han sido los lobos —estalló una voz—. No, cierto que alguno puede bajar de forma esporádica y atacar al ganado, pero no de esa forma. Ahora tienen comida suficiente arriba no se expondrían a descender hasta el redil, estas bestias no matan por matar, sólo lo hacen para comer. Sería muy extraño que un par o tres lobos despistados hayan podido matar a un rebaño tan numeroso —comentó uno de los hombres más ancianos.

Extrañados y acusando todavía el golpe recibido, toda la aldea en pleno decidió subir hacia el hogar de los pastores y comprobar con sus propios ojos aquella tragedia. Allí se confirmaron sus sospechas, aquello no había sido obra de los lobos ni de ningún otro animal salvaje, de hecho, los animales no aparecían con mordeduras, ni desgarros en sus carnes, yertos en el suelo permanecían intactos, como si durmiesen apaciblemente.

— Esto ha sido obra de la xana —exclamó uno de los vecinos—. Ella lanzó un maleficio contra nuestro ganado, estoy seguro. Esa mujer nos odia.

— Si se le puede llamar mujer a esa especie de engendro del demonio, dicen que hecha mal de ojo a quien mira de frente, y hay quien afirma haberla escuchado hablar con los animales, dicen que ella conoce todos sus lenguajes, y que ellos la entienden —dijo un rapazuelo con un estremecimiento.

— Sí, es una bruja, si creo que hasta a mi marido le ha echado una maldición,  ¡mirad, mirad! En que estado se encuentra —dijo Xica abriendo la puerta de su vivienda y dejando paso a alguno de los curiosos.

Efectivamente, Mingo estaba en un estado lamentable, permanecía sentado en la mesa de madera, como alelado, los ojos miraban al frente sin expresión ninguna, como si estuviesen muertos, no reconocía nada ni a nadie, con las manos se sujetaba la cabeza como si está fuese a salir disparada de su cuello; su mujer aseguraba que no se había movido nada, que estaba en la misma posición que cuando le había dejado hacía un rato, el único movimiento de aquel cuerpo inmóvil era el subir y bajar de su pecho al ritmo de su respiración.

Algunas mujeres que, en estas tesituras, las hembras son mucho más lanzadas e incluso más violentas que los varones, alentaban a sus hombres para que fuesen todos a la choza de la xana; tenían que hacerle pagar caro aquella tropelía.

— ¡Qué sois, hombres o gallinas! Vergüenza debería daros estar aquí como atontados, hay que ir a buscar a la bruja y terminar con ella, ¿Cómo vamos a alimentar a nuestros hijos este invierno? —gritaban las más atrevidas, mientras las que callaban, murmuraban por lo bajo coreando a las que hacían estos comentarios.

— Un poco de calma vecinos —intentaba mediar el alcalde— no todo se ha perdido, las pieles se pueden utilizar, los animales están intactos, y la comida; y nadie sabe a ciencia cierta si esta mujer ha tenido la culpa, no nos aventuremos a buscar un chivo expiatorio antes de tiempo.

— ¡Ni loca! Jamás se me ocurriría vestir a mis hijos con la tela que diesen las pieles de estos animales, a saber que clase de sortilegios habrá hecho ese ser infernal —comentó una de las que más gritaba.

— Ha sido ella, estoy segura.

Una mujer menuda con la piel cetrina y arrugada, vestida con un sayón negro que la cubría desde el cuello hasta los pies y con la cabeza cubierta con una toca gris de la que salían algunos pobres mechones de pelo sucio y canoso, se abrió paso entre los presentes hasta que se situó frente al alcalde increpándole con una voz dura como el granito; sus ojos destilaban tal odio que el hombre no pudo evitar dar un par de pasos atrás. Era Patru, la mujer que había ejercido de partera durante toda su vida, la que había asistido todos los nacimientos de la aldea desde tiempos inmemoriales, la más anciana del lugar.

— ¿Es que ya no te acuerdas del odio que nos tiene? ¿No recuerdas que juró vengarse de nosotros cuando colgamos en medio de la plaza al ladrón de su marido? En el momento que aquel malnacido daba los últimos estertores y se balanceaba en la cuerda, antes de que ella abandonase la aldea para siempre. ¿No dijo que pagaríamos las consecuencias de aquel acto cobarde? ¿No nos acusó vilmente de culpar a un inocente?

— Tiene razón la Patru —gritó un hombre joven— yo era un niño aún, pero recuerdo aquella mañana como si fuese hoy mismo. Dicen que durante el   camino a su destierro se encontró al Diablo e hizo un pacto con él, y este le concedió poderes.

— Sí —gritó otra mujer— todo el mundo sabe que hace lo que quiere con esos potingues que prepara, lo mismo puede sanar que matar. ¡¡Es una xana!! Acabemos con ella antes de que ella termine con nosotros.

El alcalde no pudo hacer nada más, sabía que sus palabras caerían en saco roto, era tan imposible calmar a una turba violenta  con sed de venganza, como intentar parar la lluvia o sosegar los vientos. Pero decidió ir con ellos, era su deber y sería la única manera de intentar, aunque fuera a última hora, calmar la situación y evitar otra muerte injusta. Porque la memoria de la gente era frágil, muy frágil, todos tendían a recordar lo que querían recordar. Sí, el recordaba mejor que nadie el día que colgaron a Recaréu, el que hasta ese momento había sido el honrado herrero del pueblo, y también recordaba algo que ahora todos parecían haber olvidado. Algún tiempo después del linchamiento se había probado que aquel pobre desgraciado era inocente.

Armados con todo lo que pillaron a mano, piedras, palos, cuchillos, tijeras, hoces...  Marcharon decididos hasta la choza de la xana, una cabaña minúscula en la parte más profunda del bosque. Encontraron a la mujer arrodillada inmersa en el cuidado de su pequeño huertecillo.

Al ver a la turba sedienta de sangre se levantó, aunque su rostro estaba pálido y velado por la sombra del miedo, mantuvo la calma.

— ¿Qué queréis de mí? —preguntó con voz fuerte y segura.

— Venimos a que pagues tu culpa, bruja. Sabemos que has matado a nuestros animales y lo pagarás caro —gritó Patru.

— Yo no he hecho nada a vuestros animales, pero sé que no me creeréis, igual que no creísteis a mi marido cuando él juraba y perjuraba que era inocente. ¿Venís a matarme? Sí, lo veo en vuestras caras, veo esa sed de sangre en vuestros ojos. Veo ese rictus de locura que envenena los corazones y nubla la vista.

— Vamos a ver, intentemos calmarnos, esta mujer dice ser inocente y nadie sabe con exactitud si es culpable o no. Démosla una oportunidad de defenderse, no volvamos a cometer el mismo error. Patru me culpó hace un momento de no recordar ciertas cosas, y, sí, las recuerdo tan bien como ella, incluso diría que mejor; Recaréu era inocente ¿no pesaría en vuestras conciencias cometer el mismo error? —preguntó el alcalde.

Todos bajaron la cabeza, el hombre suspiró, parecía que por fin les había hecho entrar en razón, la laxitud de los brazos que portaban las armas parecía demostrar que el buen juicio comenzaba a salpicarles.

— ¡Yo digo que es culpable! ¿Os vais a dejar engañar por esta bruja y por el charlatán del alcalde? —la voz de Patru restalló de nuevo en el silencio con un resentimiento ponzoñoso.

— Es cierto, ha sido ella —coreó la pastora— ella mató a los animales, y además ha embrujado a mi marido ¿No le habéis visto en el estado en el que se encuentra? No habla, no se mueve, no reacciona. Esta bruja le ha lanzado un conjuro.

Los ánimos volvieron a caldear el ambiente con más virulencia que antes, el corro que rodeaba a la xana se iba cerrando a su alrededor. La mujer se preparó para recibir el primer golpe o la primera cuchillada.

Nadie se dio cuenta que tras la espesura de los árboles había surgido una sombra parda, esta se filtró por entre las filas de los aldeanos y no se hizo patente hasta que se plantó delante de la mujer acorralada. Todos se quedaron petrificados cuando la sombra se materializó convertida en la figura de un enorme oso pardo.

El terror se dibujó en todos los rostros, hasta los más aguerridos dieron varios pasos hacia atrás, ni siquiera se atrevieron a salir corriendo, temían que aquella bestia les atacase si hacían cualquier movimiento un poco brusco. Hacía muchos años que no se veían osos por la zona, la caza indiscriminada para obtener sus pieles había hecho que muchos fuesen exterminados y otros huyeran en busca de otras tierras menos amenazadoras para su especie.

La xana se situó junto a la enorme figura, estaba tranquila, tenía un don especial para los animales y sabía que no podía temer nada de aquel oso que había aparecido cuando más necesitaba ayuda. Entonces aprovechando el temor que despertaba la bestia, comenzó a hablar.

— Soy inocente y hay dos personas que lo saben —entonces su rostro se dirigió a la mujer del pastor, y mirándola fijamente a los ojos, siguió hablando—  Yo os avisé a tu marido y a ti hace días. Os dije que el lugar donde llevabais a pastar el ganado era peligroso. ¿No os advertí de que por allí había abundancia de hierbas venenosas? ¿No os sugerí que era mejor que fueseis al otro lado del monte, junto al enebral? Y vosotros, ¿qué hicisteis? Reíros de mí, mofaros de mi buena voluntad, llamarme bruja, y amenazarme con apalearme si seguía metiéndome en vuestros asuntos. Sabíais que conozco las plantas, pero vuestra ignorancia, vuestra intransigencia y sobre todo vuestra superchería os hizo rechazar mi consejo. Nadie concede crédito a una bruja, una xana que sólo sabe lanzar maleficios y desearos el mal. Bien, pues aquí tenéis el mal, y de la mano de la gente de vuestra confianza.

— ¿Es eso cierto? —rugió el alcalde mirando con dureza a Xica.

La mujer estalló en violentos sollozos.

— Sí, es cierto, ella nos alertó del peligro de esas hierbas, pero Mingo no le hizo caso, ¿quién se iba a fiar de las palabras de una bruja? ¿Lo hubieseis hecho vosotros?

Todos se miraron avergonzados, nadie puedo increpar a la mujer porque sabían que tenía razón, en la misma situación, todos habrían hecho lo mismo.

— ¿Os dais cuenta ahora de que el mal está en vosotros mismos? No hacen falta ni brujas, ni xanas, ni ningún ser etéreo para que los sortilegios se cumplan, porque el veneno está en vuestras ruines almas. Y tú Patru, ¿No has podido olvidar todavía tu rencor? ¿Aún me odias por lo que intentó hacerme tu miserable hijo? Jamás pudiste perdonar que Recaréu llegase a tiempo para librarme de la violación a la que me iba a someter el fruto de tus entrañas. Y mi marido pagó cara la victoria de aquel combate igualado. Tú y tu pérfida lengua le pusieron la soga en el cuello cuando lanzaste tus falsas acusaciones sobre él.

Poco a poco, el corrillo se fue deshaciendo, todos se fueron marchando pausadamente y en silencio, con las cabezas gachas, sabiendo que las últimas palabras de la xana eran verdad. Ellos mismos eran los causantes de sus desgracias. Patru se desvaneció al escuchar las palabras de la xana, dos de las mujeres tuvieron que sujetarla y muy despacio llevarla de regreso a su casa.

— Lo siento mujer… perdón Dela, hacía tantos años que no pronunciaba tu nombre que casi se me había olvidado —murmuró el alcalde— te pido disculpas en nombre de toda la aldea.

— Ve con Dios, eres un buen hombre, gracias por haber intentado poner cordura en esas duras y resentidas cabezas —contestó Dela.

En la puerta de la choza ya sólo quedaban dos figuras, la xana y el oso que permanecía a su lado. La mujer le acarició una zarpa.

— Gracias amigo, no sé de donde has salido, pero si no hubieses acudido a ayudarme mis días habrían terminado hoy.

Al mirar los ojos del animal la mujer dio un respingo. Dos hermosos ojos de color miel la contemplaban a través de la piel de la bestia, unos ojos que le eran tremendamente familiares.

— Recaréu ¿eres tú?

— Sí, Dela, soy yo, antes de morir juré que te cuidaría, que jamás dejaría que te pasase nada malo aunque tuviese que atravesar las barreras del otro mundo. Doy gracias porque, al menos, por unos momentos he vuelto a tenerte junto a mí, pero debo irme, el tiempo se acaba y tú ya no me necesitas.

— No te vayas, te he echado tanto de menos, quédate conmigo Recaréu, te amo, no hay día desde hace siete años que no llore tu ausencia.

— Lo sé, mi vida, pero no puede ser, debo irme, mi misión ya se ha cumplido.

— ¿Dónde irás?

— ¿Ves esa senda que se abre entre las montañas? Ese será mi camino.

— Pues si no te puedes quedar, llévame contigo, cada día es más duro vivir sin ti.

— No puedo, eso no depende de mí, tú aún tienes muchas cosas que hacer aquí. Lo sé, desde ahí arriba se ven muchas cosas. Dela, harás cosas muy buenas, así que tu presencia aquí todavía  es vital. Pero te prometo que cuando llegue el momento seré yo mismo quien venga a buscarte y juntos, atravesaremos esa hermosa senda, la senda del oso, ese camino secreto que sólo ellos conocen; el sendero por donde hace muchos años ellos también huyeron de la intransigencia y la maldad de los hombres.

FIN

domingo, 22 de mayo de 2011

EL ARROYO DE LA DEGOLLADA (Final)


La cara jovial y regordeta de la dueña de la pensión se animó con una sonrisa, sus enormes ojos —asombrosamente sin ninguna arrugas a pesar de su edad — adquirieron un brillo especial.

— ¿Conoce el lugar? —pregunté interesada.

— Por supuesto que lo conozco, si hubieseis preguntado a alguien más joven seguramente no tendrían ni idea; como mucho les sonaría de algo pero no sabrían deciros con exactitud donde está. Lo que me sorprende jovencitos, es que vosotros hayáis dado a la primera con el sitio y además sin buscarlo, tengo que reconocer que no es de los lugares más conocidos de aquí, y tampoco figura en muchas guías de turismo.

— Pero entonces, en algún momento, ese arroyo fue muy conocido ¿por algo en especial? —comenté esperanzada.

— Bueno, es lógico que hace unos años fuese bastante popular, ese arroyuelo servía de lavadero cuando no había aún agua corriente en las casas. Muchas mujeres cuando había demasiadas colas en los pilones de la ciudad, se bajaban allí a lavar. Y no os creáis que de eso hace muchos siglos, yo misma, siendo una niña, en muchas ocasiones acompañaba a mi madre a hacer la colada. 

— Si, un lugar muy siniestro, ahora comprendo tu desazón Vane, es que ir a lavar al río ahora sería trágico para nosotros —dijo sarcasticamente Carlos, sin dejar de mirarme. Yo me puse roja como un tomate, y más que a la timidez, el rubor se debió a la rabia contenida al ver mi orgullo pisoteado. Quería a Carlos con toda mi alma. Llevábamos juntos desde que comenzamos  el instituto, pero algunas ocasiones —como esta sin ir más lejos — cuando su espíritu práctico salía a la luz con toda su cruel ironía no lo soportaba.

— Te equivocas, era divertido, íbamos en grupo, nos llevábamos la comida y pasábamos allí el día, entre conversaciones y risas, unas contaban sus penas, otras sus alegrías… pero la mayoría se arrancaba con chirigotas, bromas y las más osadas nos cantaban tonadillas de sus pueblos natales —contestó seria doña Adoración. Me dio la impresión que aquella salida de Carlos le hizo tan poca gracia como a mí.

— Sí, a mi me han contado anécdotas de este tipo. Desde luego los trabajos eran mucho más pesados, ahora con pulsar un botón ya nos quitamos el problema. Pero lo que hemos ganado en comodidad lo hemos perdido en relaciones humanas. Ese tipo de tareas hacía más fácil establecer vínculos con los vecinos —dije un tanto desganada, aunque estuviese dolida con Carlos, tenía que reconocer que llevaba su parte de razón, que un grupo de mujeres se reuniese a lavar y de cierta manera aprovechasen la ocasión para entretenerse un poco de aquella fatigosa faena, no era nada trágico. No entendía mi reacción, ¿sería la tensión nerviosa de los preparativos de la boda  que afloraban ahora tras el relajo una vez pasado el evento?,  empezaba a sentir que había hecho el ridículo más espantoso.

— No, jovencitos, no os creáis que ese lugar por servir a una tarea tan humilde está exento de su historia. En ciudades tan antiguas como esta, es raro que cada rincón, caserón, callejuela… no tenga su propia leyenda. El Arroyo de la Degollada la tiene, bueno, es un lugar tan especial que no tiene una sola, tiene varias. ¿Queréis que os cuente alguna? —preguntó doña Adoración sonriéndome.

— Si, por favor —supliqué. No me importó en absoluto que Carlos me mirase con cara de pocos amigos. Si yo podía aguantar sus puyas, era justo que él también aguantase la historia que nos iba a contar nuestra amable anfitriona.

— Sobre este lugar circulan muchos relatos, quizá el más conocido sea el de una muchacha mora que se enamoró de un capitán del ejército de Alfonso VI en plena reconquista. Los dos jóvenes, a lomos del caballo del oficial huyeron de la ciudad, a la altura de ese arroyo les dieron caza sus perseguidores. Mientras el bravo capitán se batía con los dos moros, que creían que se llevaba a la muchacha por la fuerza, ella se puso por delante, para evitar que le matase. Uno de los sarracenos no pudo evitar el lance de su espada y se la clavó en plena garganta degollándola ahí mismo. Su enamorado logró matar a los dos moros y abatido por el dolor tomó los hábitos, sólo salía de su cenobio —con permiso de su superior— cada tarde para acudir a rezar al lugar donde habían matado a su amada. Pero yo os voy a contar otra historia, la que me contó mi padre hace muchos años:


“Casilda y Alarico eran dos muchachos pertenecientes a dos de las familias más nobles de la ciudad. Sus respectivos padres pactaron su matrimonio a los pocos meses de nacer la muchacha, tan sólo un año más tarde que Alarico.

Los esponsales se celebraron al cumplir Casilda quince años, la ceremonia fue recordada durante mucho tiempo, ambas casas derrocharon sus monedas de oro  para que no faltase nada  en aquel maravilloso día. Pero aquellas bodas fueron recordadas —más que por su opulencia—  por la felicidad de los jóvenes. Ambos habían unido sus vidas con pleno convencimiento. Eran casi unos niños, tenían toda la vida por delante, los dos eran guapos y atractivos: ella, rubia, de ojos azules como el mar, dulces y puros. Él moreno, ojos negros como los zafiros,  firmes y decididos. Incluso el cielo había conspirado para que además, entre ellos, brotase un amor inmenso.

Así, Casilda abandonó la casa de sus padres, para ocupar la de su esposo. La acompañaban: su buena dote y dos de sus criados más fieles: Brígida, su aya; y Gumersindo un niño de tan sólo siete años —el pequeño de recién nacido había sido abandonado por su madre en el portón de la casona de los padres de Casilda, y ambos se habían encariñado, hasta tal punto que en él Casilda veía al hermano que nunca tuvo—  La muchacha era feliz sabiendo que dos de las personas a las que más amaba en el mundo, a excepción de sus padres, estarían con ella.

De forma tranquila fue pasando el tiempo. Ya habían transcurrido cinco años desde su matrimonio. Dos sucesos enturbiaron la felicidad de Casilda: la muerte de su querido padre y su imposibilidad de tener un hijo. Lo primero no tenía remedio, pero para lo segundo había esperanza. Aún eran muy jóvenes, estaban sanos y se amaban con locura, los hijos llegarían, sólo había que esperar con paciencia.

Alarico, sin embargo, llevaba un tiempo desasosegado, quería a su esposa más que nunca, su amor había ido creciendo a medida que pasaban los días.  Por ello no era ajeno a cualquier alteración —por mínima que fuese— que alterase a Casilda. Hacía unos meses que la notaba más nerviosa  y excitada de lo normal, con cambios de humor bruscos. La muchacha pasaba algunos días sumida en algo parecido a la languidez y la apatía. Estos estados de ánimo pasaban como un soplo, Casilda se recuperaba con facilidad y seguía siendo la persona alegre y vital que había conocido. Al principio Alarico achacó esos escasos momentos de decaimiento al fallecimiento de su padre y a ese embarazo deseado que no fraguaba.

Comenzó a preocuparse seriamente cuando se dio cuenta de que Gumersindo traía y llevaba mensajes a Casilda, mensajes que luego no comentaba con él. Y lo que terminó de alarmarle, fueron las salidas misteriosas de su esposa, siempre iba acompañada por el muchacho y por Brígida, pero cuando la preguntaba, Casilda evitaba el tema y lo zanjaba con evasivas, al igual que la fiel Brígida. Ya había desistido de interrogar a Gumersindo, el chico era escurridizo como un pez.

Alarico tenía un primo, Sisenando. Este era de su misma edad y se habían criado juntos, ambos compartieron juegos y travesuras desde la más tierna infandia. Lo que en Alarico era nobleza y sincero amor filial; en Sisenando era egoísmo y envidia. Siempre había codiciado todo lo que poseía su primo y, como no, en esos celosos sentimientos también entraba Casilda, de quien estaba enamorado secretamente.

El primo, poco a poco, y abusando de la nobleza y la confianza de Alarico, fue envenenándolo contra su esposa.

Un día que Casilda se encontraba cosiendo en la sala, apareció su esposo, este la propuso salir un rato de cabalgada, sabía que la muchacha disfrutaba cuando ambos salían a montar a caballo.  Gumersindo se dispuso a seguirles, siempre les acompañaba en sus paseos por si surgía algún inconveniente. Alarico fue tajante, ese día saldrían solos.

Al chiquillo le extrañó, y dado que era tarde y ya estaba anocheciendo, a pesar de la prohibición cogió su mula, y a hurtadillas decidió seguir a sus señores medio agazapado entre los árboles del camino.

Cuando llegaron a la orilla del arroyo, la pareja descabalgó. Gumersindo se mantuvo en la distancia. De pronto, los gritos de Casilda le sobresaltaron. Lo que vio le dejó paralizado. Alarico había arrancado la parte de arriba del vestido de Casilda y comenzó a golpear su espalda con la fusta del caballo. A cada latigazo, los gritos de la mujer se mezclaban con los bramidos del hombre mientras la llamaba: perdida, ramera, puta, mujerzuela y la conminaba a que le dijese el nombre de su amante.

Casilda gritaba y lloraba negando su infidelidad, esto parecía enojar más a su marido, que redoblaba el castigo sin piedad

Gumersindo aterrado y temeroso de la suerte de su señora, montó en su mula y escapó raudo a buscar ayuda.

Volvió acompañado de Teudis, un anciano de aspecto venerable y larga barba blanca. Los dos azuzaban a sus bestias llevados por la prisa y la angustia. Al llegar escucharon los sollozos desgarrados de Alarico.

Aunque se sentían sobrecogidos, se tranquilizaron un tanto, al contemplar la escena. Alarico, sujetaba con sus fuertes brazos el cuerpo  de Casilda, la estaba acunando como si se tratase de un niño y la pedía perdón. Un rayo de esperanza inundó las almas del anciano y del muchacho. 

La muchacha permanecía callada e interte, totalmente flácida en los brazos de su esposo. Teudis, ya junto a la pareja, comprobó con una tristeza desoladora que Casilda estaba muerta, un tajo en la garganta provocado por la espada de Alarico había terminado con su sufrimiento. A pesar de que habían espoleado a sus animales casi con crueldad.

— ¿Qué has hecho desgraciado? —gritó el anciano.

— ¡Me engañaba!, ¡tenía un amante!  Yo la quería, era toda mi vida pero me traicionó —respondió Alarico en un lamento.

— ¡¿Como es posible que hayas pensado eso de este ángel del cielo, de esta criatura pura e inocente?! No Alarico, no sé quien te habrá metido esa idea en la cabeza, ni sé como has sido capaz de dudar de ella. Casilda no tenía un amante, esta pobre muchacha vivía con el alma dividida. Os conozco desde que nacisteis. Ambos fuisteis criados en el arrianismo.  Pero tú familia y tú decidisteis bautizaros y ser partícipes de esa  rama de la fe cristiana, ese catolicismo que impulsó ese tal Pablo de Tarso. Esa doctrina que discrepa de la nuestra tratando de imponer su dogma, su Trinidad y esa forma de ver la divinidad de Jesucristo de forma diferente a nosotros. No te voy a juzgar por ello Alarico, cada uno tiene derecho a creer lo que quiera. Pero ¡Dios mío!, este crimen innecesario… —con la voz rota por el dolor el anciano continuó— Como toda buena esposa Casilda se bautizó contigo, aunque ella no estaba muy convencida de ese nuevo credo.

Los peores sinsabores de Casilda surgieron al morir su padre, en su lecho de muerte rogó a su hija que no abandonase sus creencias, que aunque estuviese bautizada no diese la espalda a sus hermanos de doctrina. Desde entonces esa pobre criatura se debatió entre sus dos preciados amores y sus dos deberes ineludibles, como esposa y como hija. A tus espaldas, si —a pesar de mis consejos, ya que yo la pedía que te contase la verdad—  la pobre niña no se atrevía ni a contradecirte, ni a desobedecerte, ni mucho menos a disgustarte, venía cada semana a nuestras reuniones. Ese era su pecado, no creo que hubiese tardado mucho en confiarse a ti, te amaba tanto que no podía vivir con el peso de esa mentira en su alma.

Alarico comenzó a temblar, su rostro anegado en lágrimas se descompuso, y de su boca brotó un grito desgarrador: ¡CASILDAAAA!

A Gumersindo y a Teudis les costó mucho trabajo arrancar de los brazos de su esposo a la muchacha. Pasado un rato y ya más sereno, consintió en entregar su cuerpo a los cuidados del venerable anciano, el máximo representante del arrianismo en la ciudad.

— Teudis, te ruego que le des sepultura con los suyos, la he arrancado la vida,  pero no puedo robarla ni su alma, ni su fe."

Carlos y yo permanecíamos callados, él estaba visiblemente interesado y concentrado en la leyenda. Ni en el cine viendo alguna buena película le había visto tan atento.

— ¿Qué fue de Alarico?, imagino que pagaría su culpa y se pudriría en una mazmorra de por vida, o que alguien le cortase su cabezota llena de serrín —comentó mi chico. Yo estaba sorprendida. Carlos no era nada temperamental, él era el científico y yo la humanista.

— Carlos, esta historia debe estar encuadrada en torno al siglo V  o VI como mucho, si no estaba erradicado el arrianismo ni aún era considerado una herejía no puede ser posterior —comenté.

— Sí, efectivamente Vanesa. En aquella época esa religión aún era mayoritaria, aunque el catolicismo iba ganando muchos adeptos día a día. Entonces  las mujeres no tenían ningún tipo de independencia. Si hasta relativamente poco tiempo en muchos países no tenía ni derecho al voto. Imagínate querido Carlos durante aquellos años oscuros de la Alta Edad Media, entonces la mujer era sólo una propiedad más del hombre, sujeta en todo momento a la autoridad de los padres o los esposos. No, nadie hubiese castigado a Alarico y más cuando el silencio de Casilda dio pie a sospechas. No se sabe a ciencia cierta que fue de él. La historia real y comprobable termina con la muerte de Casilda y la entrega de su cuerpo a Teudis. 

De Sisenando —el malvado primo causante de la tragedía— se sabe que huyó, en parte arrastrado por su remordimiento, pero sobre todo por el miedo de encontrarse cara a cara con su primo, temiendo su reacción. Se sumó a las huestes que marchaban hacía el Levante, para proteger nuestras costas de los ejércitos musulmanes que ya iban haciendo intentos de conquistar nuestro territorio. En una de esas reyertas cayó prisionero de los sarracenos, muriendo en prisión, debido a los malos tratos a que fue sometido.

Caminantes, pastores y alguna que otra lavandera que pasaban por el lugar después del atardecer, corrieron la voz que al anochecer una sombra recorría el arroyo. Y algunos afirman que en ocasiones, el murmullo del riachuelo repite como un eco el grito de Alarico al conocer la verdad que le ocultaba Casilda.

— Ahí ya entramos en el terreno de la leyenda y la superchería —dijo Carlos.

— Yo misma escuché esa voz, siendo ya una muchacha, y te puedo asegurar que el nombre de Casilda sonaba claro. Desde muy jovencita fui una persona racional, no me dejaba llevar fácilmente por emociones arrebatadas. No dije nada hasta llegar a casa. Mi madre era una mujer práctica, con pocos conocimientos, su vida se limitó a sacar adelante su casa y a sus seis hijos, ella jamás me hubiese creído. Se lo conté a mi padre, él se había criado en un orfanato y allí  le dieron la formación suficiente para llegar a ser ayudante del archivero de la catedral. Eso le hizo estar siempre entre libros, documentos y legajos antiguos. Gracias a él conocí muchas leyendas e historias, no sólo de esta ciudad sino de muchas más —finalizó doña Adoración.

Al día siguiente, Carlos me regaló una hermosa orquídea, con ella firmamos la reconciliación, era su forma de decirme que no volvería a dudar de mí. Gracias a aquel relato, sus ojos se habían abierto a otra realidad que se salía de su forma lógica y calculada de ver la vida. Le pedí que volviésemos a hacer la excursión que interrumpimos, a la mañana siguiente nos marchábamos de allí, teníamos que seguir nuestra ruta, nuestra próxima parada sería Granada.

Caminábamos enlazados, pegados el uno junto al otro. Al llegar al inicio del sendero quise ver el arroyo de nuevo. Cuando llegamos lancé al agua la orquídea, era mi pequeño homenaje a aquella mujer a quien robaron su vida injustamente. Tampoco pude dejar de apiadarme de su asesino, la rueda del destino es así de cruel.

Finalmente conseguimos llegar al lugar previsto y tomar la hermosa foto panorámica de la ciudad que nos había hechizado, y había sido el punto de partida de nuestra luna de miel.




FIN