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jueves, 1 de marzo de 2012

HOGAR, DULCE HOGAR


Robert Fellow acababa de tomar posesión de su nuevo despacho, hacía días que le habían dado la grata noticia de su ascenso; aquel chaval que entró hacía una década a trabajar en uno de los más prestigiosos bufetes de la City, el primer año como ayudante sin cobrar un duro, mientras terminaba la carrera de derecho en Cambridge; había pasado tras siete años de empleado en Berckeley, Morris & Whitman a ser el socio más joven de la empresa. Su trabajo le avalaba, durante todo ese tiempo Robert, a quienes sus compañeros por su edad llamaban cariñosamente Bob, no había perdido ni un solo caso. Y no sólo era cuestión de su preparación académica, Robert Fellow sabía convencer, tenía ese don de palabra que subyugaba tanto a jurados como a jueces.

A Bob aún le temblaban las piernas recordando su visita hacía sólo seis días al lujoso despacho situado en la última planta del edificio, que pertenecía a Francis Whitman, el único socio fundador vivo de la empresa.

Ahora, tras los días de asentamiento y mudanza por fin podía instalarse y arrellanarse en el cómodo sillón ergonómico de piel de vaca. Una apenas perceptible vibración en el bolsillo izquierdo de su americana le despertó de su feliz letargo; era el móvil, Bob había adquirido la costumbre de dejarlo mudo en la oficina, por no molestar al resto de los compañeros con quienes antes compartía sala.

— Hola querido, ¿estás liado? Sólo te interrumpo unos minutos de nada. —La alegre y cantarina voz de Helen, su esposa, sonó nítida en sus oídos traspasando la barrera del espacio; para un hombre dedicado a las letras puras, aún era un misterio el funcionamiento de aquellos cacharros inalámbricos.

— No, cariño, no me interrumpes, estoy aún tomando posesión de mi nuevo despacho.

— No es nada, sólo quería recordarte que a las siete de la tarde tenemos la cita con el agente inmobiliario, esta mañana se me olvidó decírtelo.

— ¡Ah, sí! Gracias cielo, ya sabes lo desastre que soy para estas cosas, ahora mismo le digo a Dorothy que lo apunte en mi agenda y que me lo recuerde una hora antes, si no, soy capaz de salir a mi hora habitual y llegar tarde.

— De acuerdo Bob, te espero allí, yo antes pasaré por casa de mi madre para dejar a los niños. Hasta luego cariño, que tengas una feliz jornada.

— Hasta luego cielo, un beso. —La pareja intercambió un sonoro “muack” a través de las ondas telefónicas.

Bob comenzó a recordar los planes que tenían, por fin con su recién estrenado sueldo podrían cumplir el sueño de su vida y comprarse una casa en condiciones; una casa con un hermoso jardín a las afueras de Londres, y dejar aquel pequeño piso, que si ya al nacer la pequeña Nathalie se les había quedado pequeño, tras el nacimiento de los gemelos era una pequeña jaula que les estaba oprimiendo.

Su esposa se había ocupado de contactar con varias agencias y al final habían visto en el catálogo una casa preciosa que les había gustado; aquella tarde irían a verla “in situ”. Como decía Helen con su carácter práctico habitual: «nunca te puedes fiar de lo que ves en una fotografía».

Dorothy, la sexagenaria secretaria de Bob, con su puntualidad británica le avisó a la hora convenida.

Bob salió disparado de la oficina, afortunadamente aquel había sido un día tranquilo; el caso que llevaba ahora entre manos era muy sencillo, nada que no pudiese resolver en un par de semanas.

Al llegar al sitio convenido, Helen y un bajito y orondo señor con bigote le esperaban sentados en el jardín. Era un espléndido día de principios de junio y la tarde era muy agradable. La primera impresión no pudo ser mejor, un enorme jardín donde los niños podrían corretear a gusto, junto a un par de pastores escoceses, sus animales favoritos y a los que había tenido que renunciar debido a las pequeñas dimensiones de su casa actual. Un barrio tranquilo; el hogar soñado.

La construcción era una casita victoriana, no excesivamente grande pero que les vendría de lujo ya que los niños tendrían cada uno su propia habitación e incluso les sobraban dos más para invitados. Además estaba en excelente estado, dada su antigüedad, tendrían que cambiar los suelos, pintar las paredes, arreglar la cocina y los cuatro cuartos de baño; pero la escalera y el pasamanos estaban en un buenísimo estado; la casa se veía sólida y no había manchas ni marcas de humedad. Nada que su cuñado Patrick, dueño de una empresa de construcción, no les pudiese arreglar en tiempo récord y a precio de familia.

La verborrea de aquel comercial le estaba poniendo dolor de cabeza, así que aprovechando que Helen prestaba atención al pequeño vendedor y, confiando en su buen hacer y su sentido común, decidió dejarlo todo en sus manos, y él aprovechó para salir al jardín a respirar la brisa de última hora de la tarde. Esta vez, y más detenidamente se recreó en aquel hermoso jardín. Los muebles del porche eran antiguos, en forja de hierro, pero le gustaron; no se desprendería de ellos, eran una excelente labor de las que ya no se veía, otro trabajito para el bueno de Patrick, seguro que con una capa de antioxidante y pintura quedarían como nuevos. De pronto su vista se posó en el portón de la entrada; le llamó la atención un magnífico lilo que daba sombra, pero su sorpresa fue mayor cuando vio junto al árbol a una desconocida. Bob cordial y ejerciendo de buen anfitrión se dirigió a ella, no estaba de más comenzar la relación social con los vecinos.

— Buenas tardes señorita, parece que estamos disfrutando de un tiempo muy agradable para la época del año. ¿Vive usted en el barrio?

La mujer le miró, era una joven que no pasaría de la treintena, y de una belleza poco vista y muy poco anglosajona. Delgada,  de cuerpo proporcionado y muy alta, casi le sobrepasaba, y eso que Bob pasaba del metro ochenta. Pero lo que más le impresionó fue su rostro, un rostro fino del que su cutis pálido era el marco perfecto  para unos rasgos delicados y preciosas facciones, nariz de perfil griego, labios gruesos y bien dibujados, y sobre todo unos ojos almendrados y de un color verde profundo, todo ello resaltado por una cabellera lustrosa, media melena de color negro azabache de rizos grandes y bien definidos.

La mujer dejó de contemplar el árbol y pareció salir de un trance, dándose cuenta por primera vez de la compañía del hombre.

— Perdón, buenas tardes, no le había escuchado —contestó con un tono de voz suave.

— Perdóneme usted a mí, lo siento, que he entrado con muy malas formas y ni me he presentado, me llamo Robert Fellow y seguramente si mi mujer y ese parlanchín con quien le he dejado hace unos minutos llegan a un acuerdo, es más que probable que seamos sus nuevos vecinos. Porque usted vive por aquí o, ¿me equivoco?

— No, no, efectivamente yo vivo aquí, es un lugar hermoso, ¿verdad?

— Sí, sí lo es, es un barrio tranquilo, para los que siempre hemos vivido en ciudad esto es el cielo. A mis hijos les encantará, tengo tres, la pequeña Nathalie que tiene cinco años, y los gemelos que tienen tres años y medio. Son tres diablillos, pero son encantadores, ya les conocerá. Usted, ¿tiene hijos?, señorita…

— Perdón, Lizzy, me llamo Lizzy Henderson. No, no tengo hijos; soy viuda. ¿No le parece que este árbol es una belleza? —preguntó la desconocida cambiando bruscamente de conversación.

— Sí, sí, es cierto, es muy hermoso —contestó Bob perplejo.

— Siempre me gustó este lilo, es lo más bonito de la casa. Si quiere un consejo ahora que está a tiempo, no la compre.

— ¿Cómo?

— Esta casa está mejor así, sin dueños, hágame caso, la conozco desde hace años.

Bob de repente se sintió incómodo, ¿trataría aquella mujer de disuadirle pensando comprar ella la casa? La verdad es que el precio era inmejorable. Lizzy parecía haberse olvidado de él y seguía prestando atención al árbol.

— Bueno señorita Henderson, espero verla por aquí cuando nos mudemos. Voy a ver como van las negociaciones je,je,je. Encantando de conocerla.

Pero la mujer ni le tendió la mano ni pareció escucharle; seguía contemplando el lilo de forma insistente.

************

En tan sólo tres meses la familia Fellow, por fin pudo instalarse en su nueva casa, todo había quedado perfecto. Las cosas seguían su curso con normalidad, los niños crecían cada día, Helen era feliz en su nueva casa y Bob seguía subiendo como la espuma en su trabajo.

Aquello era lo más parecido al dulce hogar que siempre soñaron ambos. Pero algo había cambiado en el ánimo de Bob, algo le estaba pasando y no sabía explicar el qué. Mientras en la oficina se mostraba afable como siempre, en casa una extraña agitación le envolvía.

— Cariño, hoy Nathalie ha leído sus primeras líneas, me ha comentado su profesora que es una niña muy inteligente y que si sigue así pronto leerá normalmente, va más adelantada que el resto de su clase, ¿te lo puedes creer? Por cierto cielo, mañana te iré a buscar a la oficina, tenemos que comprar a los niños los disfraces para la fiesta del colegio, recuerda que es el próximo sábado.

— Como quieras, pero no sé, mañana tengo mucho trabajo, lo mismo me tengo que quedar hasta tarde, mejor ves tú sola a comprar y luego pasas a recogerme. ¡Joder, Helen!, ¿no puedes hacer que esos mocosos se callen un poco?, tengo un terrible dolor de cabeza; voy un rato al jardín a fumar un pitillo, a ver si se me pasa.

— Pero, Bob, cariño, ¿no sería mejor que te tomases un analgésico? Ya hace bastante fresco para salir al jardín…

— ¡Coño, pues me abrigo! Es el rato que tengo para respirar un poco de aire. Además, ya sabes que fue lo primero que dijiste cuando tuvimos a los niños, nada de fumar dentro de la casa.

— Bob, cielo, ¿qué te pasa? Jamás te había oído hablar así, recuerda que en eso estuvimos completamente de acuerdo, a los niños no les conviene respirar el humo del tabaco —contestó Helen confusa ante la reacción de su marido.

— ¡Déjame en paz! —dijo saliendo y dando un portazo.

¿Qué coño le estaba ocurriendo? Él no era así. Ahora, en la tranquilidad de la soledad del jardín, Bob se lamentaba de la conversación previa. Algo le estaba pasando, no era posible que se portase así, llevaba ya más de un mes en el que notaba que su carácter se estaba agriando a pasos agigantados. ¡Bah! No iba a dar mas vueltas, sería el maldito estrés. Sin querer sus ojos se posaron en el lilo; otra cosa absurda, sabía que lo del tabaco era una vil excusa, estaba convencido desde hacía tiempo que más bien sus salidas al jardín eran con el único propósito de volver a ver a la vecina desconocida. Esa mujer le había dejado impresionado y soñaba con encontrársela de nuevo. Pero hacía más de seis meses que estaban viviendo allí y nunca, a ninguna hora del día, ni siquiera los domingos, la había vuelto a ver, Lizzy había desaparecido, o bien era una mentirosa que no había vivido nunca allí y lo que pretendía era comprar aquella casa. Sabía que era absurdo lo que le estaba sucediendo, pero no podía controlarse, no podía dejar de salir cada tarde, más o menos a la hora en que la vio por primera vez.

Y los días seguían pasando, también los meses, pero el estrés seguía haciendo presa en Bob; el estrés y aquella insana obsesión por volver a ver a Lizzy Henderson.

— Cariño, estoy un poco cansada, voy a terminar de recoger la cocina y me voy a acostar pronto; parecía que esta mañana Bobby estaba mejor, pero por la tarde le ha vuelto a subir la fiebre, esta noche seguro que también tengo que estar en vela, ahora que está tranquilo voy a aprovechar a ver si puedo dormir un par de horas. Mañana sin falta le vuelvo a llevar al médico, me parece que las medicinas que le mandó no son muy efectivas. Pero tú termina de cenar tranquilo, cielo, ya mañana Doris recogerá tu plato y los cubiertos.

— No sé para que pagamos una asistenta si te empeñas en hacerlo tú todo. Casi sería mejor que nos ahorrásemos ese dinero —respondió Bob con sequedad.

— ¡No digas bobadas, tonto! —dijo Helen cariñosa.— Sabes que Doris me es de gran ayuda, pero no me gusta dejar los cacharros sin recoger, además sin trabajar se me haría el día muy pesado si no hago algo, y más cuando los niños ya están durmiendo. Por cierto, mañana que no se me olvide llamar al servicio técnico del lavavajillas, bueno, todo dependerá de como esté Bobby, total no pasa nada por tener que fregar a mano unos días más…

La incansable voz de Helen seguía golpeando sus sienes como un martillo toc,toc,toc, lento, insistente, mientras la mujer le daba la espalda y estaba de cara al fregadero, recogiendo platos, vasos, secando y colocando, seguía con su incansable soniquete. ¿Qué leche le importaba a él si se estropeaba el lavavajillas, o si Bobby seguía con fiebre? Eso eran cosas de críos, seguro que en un par de días ya volvería a estar el muy cabroncete en plena forma haciendo de las suyas junto a su hermano, molestando a los perros.

Un impulso le hizo asir el cuchillo con más fuerza de la habitual, era un vulgar cuchillo para cortar carne, pequeño pero con una punta aguda y muy bien afilada; era la manía de Helen, siempre decía que los cuchillos había que tenerlos fuera del alcance de los niños, pero bien punzantes, ya que siempre era más probable cortarse con un cuchillo mal afilado que con uno con la hoja bien pulida. Serían unos segundos, dos pasos le separaban de su parlanchina esposa, sólo había que elegir el lugar certero y clavarlo, hincarlo con saña y aquella voz insistente se callaría de una vez por todas dándole un minuto de paz.

El llanto desgarrado desde la habitación de arriba les hizo dar un vuelco a ambos, era Bobby, seguramente la fiebre había vuelto a subirle. Helen soltó de inmediato la sartén que secaba en esos momentos y salió corriendo despedida escaleras arriba para ver al niño. Bob como si de un sueño se tratase, dio un brinco en la silla y el cuchillo se escapó de sus manos.

¡Dios mío! Pero, ¡¿qué iba a hacer?! Pensaba clavar el cuchillo a su esposa, a Helen, la mujer que, junto con su madre, era la más importante de su vida. La muchacha de quien se enamoró perdidamente desde el primer día, cuando siendo ambos aún tiernos adolescentes, —se cruzaron por los pasillos del instituto— la madre de sus hijos. Bob se agarró la cabeza con las dos manos y comenzó a llorar, no se podía reconocer; no podía reconocer al hombre que había sido tan sólo unos meses atrás. Tenía que averiguar que diablos le estaba pasando. Si era preciso y, aún a pesar de su desconfianza hacia los psicólogos, visitaría a alguno.

A la mañana siguiente, ya en su despacho, abrió el navegador, nada como San Google, solían decir allí en la oficina, no había problema que no se solucionase con un par de clicks. Su primera intención era informarse sobre profesionales cualificados de la psicología, pero un impulso repentino le hizo teclear la dirección y el nombre de su casa: “Villa Lilac”, 112 Carnival Street, Enfield. Lo que encontró le dejó perplejo, sabía que la casa era antigua, lo que no sabía era que tuviese varias historias. La casa había sido edificada en 1912 por un hombre de negocios llamado Richard Henderson y abandonada en extrañas circunstancias cuarenta y cuatro años más tarde. Posteriormente había sido habitada en 1973 y en 1981; habían pasado algunos hechos trágicos pero la página no le daba más información. Bob llamó a su secretaria.

— Dorothy, usted que es tan diligente seguro que podría ayudarme, ¿dónde podría encontrar el pasado de una casa?

— ¿Cómo dice Mr. Fellow?

— Perdón, creo que no me he explicado bien, al parecer en mi casa ocurrieron hechos extraños hace algunos años, pero la página consultada no dice nada más, ¿cómo podría informarme más concienzudamente?

— A ver, déjeme que piense. ¡Ah, claro! Que tonta, con la edad voy perdiendo facultades, si es que ya estoy a un paso de la jubilación. —dijo la secretaria con deje abatido— Acuda a una hemeroteca; allí, en perfecto orden están archivadas las noticias y seguramente encontrará lo que busca, si es cierto que los hechos tuvieron cierta repercusión, saldrían en la prensa. Ahora, con los sistemas digitales es mucho más fácil de conseguir información, la del Times no queda lejos, usted teclea las fechas y la sección que quiera y le saldrá un listado de las publicaciones.

— Gracias Dorothy, es usted un cielo, no vuelva a pensar en su jubilación, ¿me ha oído?

Al abandonar el bufete, Bob se dirigió a la hemeroteca, su secretaria tenía razón, estaba muy cerca de allí. En breves momentos consultando la sección de sucesos de los años que le interesaban se hizo con la información. Empezó por las fechas más recientes. Su sorpresa no tuvo límites, los dos sucesos habían sido publicados en el periódico, y por lo visto fueron unos casos bastante sonados. En las dos ocasiones se produjo la muerte de dos mujeres a manos de sus respectivos esposos. Ninguno había sido denunciado por maltratos previamente; junto a las noticias aparecían los artículos con las declaraciones de las familias, amigos y vecinos. Realmente aquellos hombres habían sido hasta entonces maridos y padres modelos; todos coincidían en que sus personalidades habían sufrido un cambio tras la mudanza a aquella casa.

Pero lo que le dejó más turbado fue cuando comprobó la fecha de 1946; la fecha en la cual la casa había sido abandonada por sus primeros dueños. Primero le llamó la atención una noticia de ecos de sociedad, la boda de la señorita Elizabeth Henderson con el señor Alistair Bloom, un acaudalado caballero ex militar y mucho mayor que la joven. Al parecer la señorita Henderson había perdido a su padre un par de años antes y su situación económica en plena posguerra era insostenible. La muchacha accedió a  casarse con aquel hombre maduro para salvar su casa y sobre todo para poder vivir. Elizabeth tuvo que  dejar al hombre que amaba, un antiguo novio a quien la guerra aparte de dejar alguna pequeña secuela física, había dejado también en la miseria. Pero el amor es traicionero y Elizabeth no pudo olvidar a su enamorado, y siguió viéndose a escondidas con él. Una noche en la que los dos amantes se confiaron pensando que el marido se había marchado de viaje, este apareció. De un tiro certero, no en vano había prestado muchos años servicio como coronel del regimiento de infantería de su Graciosa Majestad en La India, Mr Alistair Bloom mató de un certero tiro en la cabeza al amante, luego; sin ninguna compasión arrastró a la aterrorizada Elizabeth hacía el lilo donde la asfixió con sus propias manos, bajo su lugar favorito, aquel árbol bajo el que le gustaba cobijarse y ahogar sus penas: «Morirás en tu lugar favorito, maldita zorra», gritaba un furioso Alistair al borde de la locura.

Junto a la noticia aparecía la foto de la joven el día de su boda; a pesar de su antigüedad, Bob pudo reconocer ,tras la triste sonrisa sepia, las facciones de Lizzy Henderson, su extraña vecina.

Bob pidió que le sacasen la impresión de las tres noticias, pagó lo que le pidieron y se fue camino a su hogar, dulce hogar; un hogar que por el bien de su familia debían abandonar de inmediato.

Helen aquella noche lloró, lloró de pena, de miedo, de impotencia cuando leyó las historias de aquellas pobres mujeres; pero no pudo evitar que un escalofrío recorriese su espalda cuando Bob le contó la conversación mantenida con Lizzy Henderson el día que fueron a ver la casa y, sobre todo, cuando con total sinceridad, le relató lo que había estado a punto de hacer la noche pasada.

— No te preocupes cariño, —dijo una Helen con los ojos rojos por el llanto, pero con mirada resuelta y decidida— seguiremos estando juntos para lo bueno y para lo malo. Sabía que algo te estaba ocurriendo y no sé por qué sospechaba que tenía que ver con esta casa. Así que he estado moviéndome durante todo este tiempo, ya sé que no están las cosas para andar comprando y de mudanza de nuevo, me he hartado de ver precios y todo está por las nubes; pero la suerte parece que nos va a acompañar. Un precioso dúplex nos está esperando en el West End, es de un amigo de mi hermano que quiere mudarse a un precioso Cottage, y lo mejor es que es una casa de nueva construcción, sólo la ha habitado el amigo de Patrick y nos la deja a un precio inmejorable. En cuanto a esta casa —Helen paseó la mirada por las paredes del espacioso salón— no me gustaría venderla, no, no sería justo, como te dijo Lizzy está mejor vacía, honremos su memoria dejándola abandonada, al fin y al cabo quizá haya sido ella la que guió mis pasos para encontrar otro lugar donde vivir, un hogar donde las sombras de viejos fantasmas no perturben nuestros sueños.

Bob se levantó de un salto del sofá y cogió en volandas a su esposa dándola un largo y apasionado beso en los labios.

— ¡Te quiero Helen!


FIN

miércoles, 29 de febrero de 2012

ESPECIAL SAN VALENTÍN 2012

Ya os comenté hace días que tuve el gusto de participar en el "Especial San Valentín" que anunció una compañera de Facebook, JJ Campagnuolo; bien pues ahora que ya se ha finiquitado y se han colgado todos los textos del especial podéis entrar y descargaros toda la recopilación, donde encontraréis el mío y los otros ochos maravillosos textos que colaboraron en esta bonita iniciativa, espero que os guste. Pinchando en la foto entraréis en el blog "Desde mi caldero" y allí podréis descargar todos los textos. Muchas gracias y ¡Feliz miércoles!


sábado, 25 de febrero de 2012

ANIVERSARIO DEL PAPIRO

Hola amigos, exactamente hoy hace un año que comenzó tímidamente este rincón de historias; un año en el que empecé esta andadura en solitario, con mucho miedo pero, también, con mucha ilusión. Y así fueron pasando los días y este pequeño proyecto, producto de una noche insomne en la que no podía hacer otra cosa nada más que toquetear el ordenador, si no quería enfrentarme a la ira de los vecinos; ha crecido, despacio, sin prisa pero sin pausa; y todo gracias a vosotros, a los que entráis y leéis, a quienes se atreven a comentar, a los que comparten en sus redes sociales, a los que no dicen nada pero están ahí entre bambalinas. 

Para celebrar este día  he preparado un especial, una selección de seis relatos, los más leídos por vosotros, los que han recibido más visitas durante estos 365 días, uno de cada género. La presentación es en formato ISSUU, un libro virtual, donde podéis ir leyendo los relatos pasando páginas como si de un libro real se tratase. Espero que os guste. ¡MUCHAS GRACIAS A TODOS POR HACER DE ESTE SUEÑO ALGO MÁS REAL!

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Y clickeando AQUÍ accederéis a la página desde donde podréis descargar el contenido, para los que prefiráis leerlo más cómodamente desde vuestros ebooks. 


jueves, 23 de febrero de 2012

SERÉ








Seré la doncella que espera a su amado,
o el héroe que despierta sus anhelos.
Seré la niña atrapada en sus sueños,
o el trovador que vende diversión al soldado.

Seré el bufón del que se mofe la corte,
o el gentil caballero que rescate a su dama.
Seré la princesa encerrada en su torre,
o la bruja que le dé a comer la manzana.

Seré el hombre gris que persigue una utopía,
o el joven alocado que se ríe de la vida.
Seré el bandido que acechará tu espalda,
o su inseparable sombra, el astuto policía.

Seré el muerto vilmente asesinado,
o el criminal que acecha tras tus migrañas.
Seré la luna, el sol, el agua, el tornado,
o un riachuelo perdido entre montañas.

Ahora soy humo difuminado en el viento,
la tímida semilla de un futuro nacimiento.

Una idea quebradiza que pasea por tu mente, y
que luchará por hacerse un hueco entre la gente.


FIN

NOTA: La foto que acompaña este poema me la ha cedido mi amiga Susi-Pop, muchas gracias por esta hermosa imagen. Besos.

domingo, 19 de febrero de 2012

OJOS EN EL CIELO


Desperté de pronto de aquel sopor extraño, intenté levantarme y no pude. Mover un solo dedo suponía un esfuerzo agotador y doloroso. Sentía las sensaciones, el olor fétido que me rodeaba, el sabor acre en mi boca; pero no podía ver nada.

Estaba oscuro. Ni el más mínimo foco de luz me rodeaba, el resto de mis sentidos ante la falta de visión estaban alerta, eso me hizo sentir con total nitidez el sonido de unos pasos que parecían acercarse a mí.

Una voz cortante como un arma de doble filo me increpó: “Déjalo, por mucho que muevas la cabeza e intentes levantarte, no podrás ver nada. ¡Ven aquí Isabella, querida! Da las gracias a este señor tan amable y generoso que te ha regalado sus ojos, esos ojos que él se llevó al cielo y como aquel día tenía tanta prisa no pudo devolverte”.  Me sentí desfallecer, ¿había donado, qué? Noté el roce de unos labios gélidos y el vapor caliente de su aliento junto a mi oreja. La voz metálica volvió a reprenderme, esta vez, en un tono mucho más quedo: ¡¿Qué creías cabrón, qué ibas a salir indemne de lo que le hiciste a mi hijita?!

Entonces recordé aquel suceso de hacía varios meses; el coche, las prisas, la carretera, la niña corriendo tras una pelota, la mujer llorando y gritando lastimosamente tras ella. Mi miedo... mi posterior y rápida huida ante la tragedia.

El grito desgarrado que salió de mi garganta cuando comprendí lo que había pasado, apagó una vocecita infantil que me decía: “¡Gracias señor!”


FIN

jueves, 16 de febrero de 2012

LLAMADA EN LA PUERTA (Final)


Toc-toc-toc, de nuevo el repiqueteo en la puerta. Cooper intentó levantarse y lo más que consiguió fue sentarse en la cama, un ligero mareo le hizo apoyar la espalda contra el cabecero de la cama. Apenas podía abrir los ojos, los párpados le pesaban como si sus pestañas cargasen toneladas de tierra sobre ellas y las sienes le latían de forma incontrolada. Decididamente tenía que comenzar a pensar en ser más moderado con los excesos; los años —a pesar de su aspecto juvenil y lozano— no pasaban en balde y las resacas no eran igual que cuando tenía veinte años, aun así, no recordaba que ninguna de sus últimas resacas hubiesen sido así, no recordaba haber tenido nunca unos efectos tan devastadores como aquellos.

— Servicio de habitaciones —sintió como un eco lejano una voz femenina. —Señor, ¿podría pasar a arreglar su habitación? En recepción me han dicho que aún estaba usted aquí, pero ya son las dos de la tarde y mi turno termina en media hora.

— ¡Pase de una vez y deje de golpear la puerta! —intentó gritar Cooper. ¡Qué coño le pasaba! No reconocía ni su propia voz.

La puerta se abrió y dio paso a la camarera de turno, Cooper, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano, pudo abrir más los ojos y contempló sin mucho entusiasmo a la mujer que tenía delante. Era joven, sí, pero nada espectacular; una de tantas, el pelo muy tirante recogido en un moño bajo y aquellos horribles uniformes de fregonas, no hacían a las camareras de ese hotel nada atractivas. Jeremy trató de levantarse pero las piernas no le respondían.

— ¿Se encuentra bien, señor? —dijo la mujer solícita.

— No es nada, en unos minutos estaré bien, nada que no arregle una buena ducha —dijo el hombre, pero su cuerpo no obedecía a sus deseos y tuvo que volver a recostarse en la cama.

— Pues perdone que le diga pero tiene un aspecto lamentable, está excesivamente rojo, como si tuviera fiebre y, además, su cara está completamente hinchada.

Cooper se asustó ante las palabras de la mujer; si aquello era cierto, esos síntomas no tenían nada que ver con los efectos de la noche pasada.

— ¿Cómo dice? ¿Qué tengo el rostro hinchado?

— Sí, tienes una apariencia horrible cariño —dijo la mujer modulando la voz hasta lograr un tono aterciopelado y que a Cooper le recordó una voz conocida y escuchada no hacía mucho tiempo.

— No le consiento que se tome esas confianzas, ¿desde cuando una empleada habla así a los clientes? ¿Quién le ha dado permiso para tratarme de esa manera?

— No, no, no, cielo, no te alteres, que en tu estado no es aconsejable; anoche estabas mucho más cariñoso, de hecho, tenías intención de revolcarte conmigo  en esta misma cama.

— ¿Ámbar? —preguntó Cooper en un susurro ahogado. El hombre estaba confundido, aunque su visión no era la ideal, nada en el aspecto de esa mujer envuelta en aquel tosco uniforme le hacía adivinar que se encontraba ante el bellezón de la noche anterior.

— Sí, amor, la misma que viste y calza, ¿no me reconoces?

— Imposible, no, no, esto debe ser efecto del malestar. Tú no puedes ser la puta de anoche, no tienes… —Jeremy se frotó los ojos lentamente, tenía los brazos laxos, y casi no obedecían a los impulsos de su mente, aquel simple gesto le agotó, no obstante consiguió aclarar un poco su vista. Casi se quedó sin respiración. Sí, era ella, era difícil reconocerla con ese peinado, esa ropa y sin maquillar, pero no le cabía duda, era la zorra que le dejó plantado.

— Chssss, sé lo que vas a decirme, sé que no te vas a ahorrar ningún improperio y que querrías llamarme de todo menos bonita, pero si me permites un consejo, no lo hagas, ya me imagino yo todo lo que está pasando por tu cabeza en este momento, mejor emplea el tiempo en escucharme, jodido, estúpido, cabrón. ¿Te suenan esos apelativos tan cariñosos? Sí, veo por tu gesto que sabes de qué hablo. ¿Cuántos expedientes negativos han costado esos apelativos a tus alumnos cuando el señor profesor pillaba a alguno murmurarlos entre dientes ante alguna de sus bravuconadas de experto?

La mujer se acercó a la cama y puso su cara a pocos centímetros de las del hombre y continuó hablando.

— Sé que tienes problemas de visión ahora que estoy tan cerca de ti y a plena luz del día ¿Me reconoces? ¿Sabes quién soy?

— No sé de que me hablas, eres Ámbar, la jodida furcia que conocí anoche.

— Frío, frío, querido. Estás muy desmemoriado, retrocede algunos años más. Me acercaré un poco más ¿Me recuerdas ahora? —La proximidad era tal que Cooper sentía el cálido aliento de la mujer en su boca. — Veo que tu memoria es frágil querido profesor, ¿te dice algo el nombre de Melissa Parker?

Cooper dio un respingo. No podía ser, aquella mujer no podía ser Melissa, la flacucha, la “tetas planas” —como solía llamarla en plan de mofa cuando la muchacha volvía la espalda—. No, la hermosa puta que había conocido horas antes no podía ser aquella jovencita cuyos ojos bizqueaban en un molesto tic cada vez que se ponía nerviosa.

— Ja,ja,ja, veo que te has sorprendido. Sí, soy yo, Melissa, tu alumna más brillante, la chica superdotada, la única capaz de entender tus farragosas clases. Esa que no dudaste en nombrar tu ayudante al terminar la carrera. Sí, ¿recuerdas? para ayudarme con la tesis y favorecer mi doctorado; eso me prometiste, y yo te creí.

Cooper intentó replicar pero sentía la lengua seca, muy seca, y notaba como está se iba apretando a las paredes de su cavidad bucal, no era capaz de pronunciar una palabra. Su corazón le golpeaba el pecho y a cada latido notaba un dolor agudo en sus costillas, el sudor recorría su cuerpo dejando un rastro ardiente en su piel.

— Te creí sí, y no sabía que cuando fui confiada y feliz a tu despacho a mostrarte mi descubrimiento estaba cavando mi propia fosa. Iba tan contenta con la fórmula que tanto me había costado crear, sí, mi fórmula. Tras mucho tiempo investigando había conseguido dar con las proporciones adecuadas para elaborar la vacuna que llevabas tanto tiempo intentando crear. Estabas bastante cerca y yo lo sabía, los ingredientes eran los que tú decías; el error estaba en las medidas. Estaba feliz, después de tanto trabajo los animales habían sobrevivido, aquel día volaba por los pasillos más que corría camino a tu despacho, ¡al fin!, entre los dos terminaríamos con la terrible lacra del Ébola, esa terrible y mortal enfermedad que hacía estragos en el Tercer Mundo.  

Cooper intentó tragar saliva pero su boca estaba tan seca que sus glándulas salivales no segregaban ningún fluido. Melissa continuó hablando.

— No podías dejar que una advenediza, una simple ayudante que no había terminado ni su doctorado tuviese el mismo protagonismo que tú. Siempre has sido un maldito egoísta doctor Cooper, no podías compartir éxito con una pobre muchacha novata e inexperta. ¡Qué varapalo para tu ego! —Continuó hablando la mujer destilando odio tras sus palabras—. Me diste unos días de vacaciones para que descansase por mi excelente trabajo, dijiste, y no pudiste evitar ser tú y sólo tú quien, sólo en el laboratorio, elaborase las primeras vacunas que, tras pasar los controles pertinentes, volarían rumbo a un poblado perdido en la sabana, la población que se habían prestado para experimentar con sus pobres y afectadas vidas.

Melissa tomó aire profundamente para continuar hablando.

— Pero te equivocaste, no interpretaste bien mi fórmula y volviste a fallar en la composición, ni si quiera te molestaste en comprobar si los virus estaban suficientemente debilitados, te corría prisa ganar premios y honores. En lugar de una vacuna creaste un veneno, un veneno infalible y sin antídoto posible. Por tu culpa un cargamento de medicinas adulteradas llegó a un lugar perdido en el África central y mató a centenares de personas inocentes y confiadas se prestaron voluntarias para tu experimento, creyendo que así se podrían librar del terrible mal. Sí, doctor Cooper, eres muy macho para menospreciar a aquellos que crees inferiores a ti, pero no fuiste lo suficientemente hombre para reconocer tu error; era mejor culpar a la estudiante, a la novata, a la jovencita que sólo actuaba de ayudante, de becaria sin sueldo. A la chica que te idolatraba, que te defendía cuando el resto de sus compañeros le querían advertir de lo jodido, lo estúpido y lo cabrón que eras.

El doctor hizo un gesto de profundo dolor mientras intentaba reprimir una arcada.

— Pero yo, ingenua, no me di cuenta de que todo lo que decían sobre ti era verdad, hasta que me vi entre rejas acusada de negligencia y de desobediencia a mi jefe directo. Había sido yo quien, incumpliendo tus órdenes, adulteré la vacuna. Y tú, ¿qué hiciste? Lloriquear en el juicio, hacerte el inocente, incluso te permitiste el lujo de abogar por mí, de decir que había sido una simple error debido a mi inexperiencia, que nada había sido premeditado por mi parte, sólo una locura de una jovencita con ansías de trepar en la vida.

— Es..o te li..bró de algu…nos años de cár…cel. —logró articular Cooper, era muy difícil en sus condiciones mover la lengua hinchada y a la vez intentar reprimir el vómito que subía por su garganta.

— Y con eso hiciste la buena obra del día, ¿verdad cabronazo? A pesar de tu bonita defensa nadie me libró de seis años de prisión. ¿Sabes lo qué supone para una chica llena de ilusiones y entregada a su trabajo verse privada de su libertad siendo inocente? ¿Sabes lo que significa para alguien que vive para su trabajo verse despojada del mismo, sabiendo, que nunca más podrá volver a realizar lo que tanto soñó? ¿Sabes lo fue para mí comprobar de forma tan brutal que la vida en muchas ocasiones es injusta? No te puedes imaginar lo que es verte alejada de tu familia y amigos para terminar rodeada de putas, drogadictas, ladronas y asesinas. No verdad, no te lo imaginas, a ti nunca te importó nada ni nadie, sólo importabas tú, tú y tus sueños de grandeza. Me hundiste la vida hijo de puta.

Cooper intentó hablar de nuevo, pero ya sólo salieron de su garganta unos gemidos ininteligibles. La mujer continuó hablando por él, sin prestar atención a la agonía del hombre.

— Solo puedo agradecerte una cosa, me diste la oportunidad de darme cuenta de que en la vida hasta la más vil asesina podía ser mejor persona que tú, maldita escoria. Bien te aprovechaste luego de mi trabajo, al final conseguiste elaborar bien la fórmula, entonces sí, el brillante epidemiólogo especialista en enfermedades tropicales, el doctor Jeremy Eliot Cooper, había logrado una de sus metas en la vida, en pocos meses el célebre doctor había conseguido, de una vez por todas, crear la vacuna que salvaría tantas vidas y lograría erradicar esa maldita enfermedad. —¡PLAS, PLAS, PLAS! Melissa batió palmas—. Le felicito doctor Cooper, a partir de ahí su fama subió como la espuma y su dinero, también. Desde entonces ha pasado mucho tiempo, la friolera de ocho años; ocho años de triunfos para usted pero que han sido miserables para mí. Aunque no me quejo, no, no sería justo; al menos he sobrevivido y he aprendido muchas cosas.

Melissa se acercó lentamente al teléfono que comunicaba las habitaciones con la recepción del hotel.

— ¿Recepción? Por favor llamen a una ambulancia inmediatamente. Sí, sí, estoy en la habitación 516… Sí, sí, ya pero el cliente no contestaba y he abierto con la llave maestra. ¡Por favor, que vengan inmediatamente! El señor se encuentra en un estado lamentable, está completamente hinchado y no puede ni hablar, yo creo que está muy grave… ¡Por favor dense prisa!, este hombre necesita ir inmediatamente a un hospital! —explicó Melissa al recepcionista dando a su voz la inflexión perfecta en la que se  mezclaba el miedo, la angustia y la urgencia, dando una prueba de sus consumadas dotes de actriz.

Colgó y miró a Cooper, este a su vez la miraba y sus hinchados ojos mostraban el terror en estado más puro.

— Ya está doctor Cooper, te quedan unas pocas horas de vida, máximo unas setenta y dos —dijo mirando su reloj y volviendo a tutear a su antiguo profesor y jefe—. ¿Recuerdas? Eso era lo que lo máximo que vivían esas pobres gentes tras inocularles tu “maravilloso remedio”. Anoche no te diste cuenta de que una de mis caricias fue especialmente punzante, justo en tu nuca. Ja, ja, ja, no, cómo te ibas a dar cuenta si sólo pensabas en revolcarte como un puerco conmigo. Sí, querido doctor Cooper, yo he guardado una de esas ampollitas mágicas tuyas como oro en paño durante todos estos años y, ahora, el veneno ya está recorriendo hasta el último rincón de tu cuerpo. ¿Notas los efectos, cabrón? ¿Notas como tu cuerpo se va paralizando?, ya casi no puedes moverte, a duras penas puedes abrir los ojos y tu lengua parece que va a estallar dentro de tu boca.

— No te sal…drás con la tu..ya, te co…ge…rán y es…ta vez te pu…dri…rás en la cár..cel —consiguió contestar el doctor.

— ¿A quién van a detener querido JEC? ¿A Ámbar, una prostituta que no existe? ¿A Sarah Jefferson, una camarera de hotel a quien hoy mismo se le termina el contrato de trabajo? No, no, querido, ella ha sido quien, muy asustada, ha dado la voz de alarma cuando te ha encontrado en este lamentable estado. No, nadie sabe desde cuando llevo en esta habitación, no soy tan tonta, antes ya me había asegurado que todas las habitaciones contiguas estuviesen vacías; soy yo quien las limpia.

— Me ha…rán la autop…sia… —murmuró apenas sin fuerzas Cooper.

— ¿Y? ¿Qué crees que van a encontrar en esos análisis? Unos cuantos virus mutados del Ébola mezclados con algún tipo de veneno, ¿una droga quizá combinada en el magnífico champagne de anoche? Vamos doctor, todo el mundo sabe de tus excesos. Sin embargo yo, esta vez, siendo culpable me libraré; bonita paradoja, ¿verdad querido? Pero a ti tu fantástica vacuna no logrará salvarte, no podría contra ese primer veneno que elaboraste; mal, muy mal querido doctor Cooper. ¿Quién iba a relacionarte conmigo? Melissa Parker murió hace años entre las cuatro paredes de una inmunda prisión, una cárcel que me enseñó muchas más cosas de las que tú me enseñaste jamás.  


Toc-toc-toc, los golpes en la puerta hicieron callar a Melissa, enseguida recompuso su ademán y en sus rasgos apareció un gesto miedo e impotencia.  Se dirigió presurosa hacia la puerta y se echó a un lado para dejar penetrar en el interior de la habitación al equipo médico. El estado de nervios de la camarera se reflejaba en un tic nervioso que hacía bizquear sus ojos. Tras un rápido examen pusieron al doctor en una camilla y rápidamente le sacaron de la habitación.

Al verse sola, una sonrisa afloró a los labios de la joven: “Te lo dije doctor Cooper, nunca mezclo los negocios con el placer”.




FIN