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domingo, 5 de junio de 2011

EL DÍA QUE LAS ESTRELLAS FUERON OCULTADAS


Teón, el afamado astrólogo de Alejandría, caminaba entre las primeras filas de la comitiva  que salía del emblemático edificio que acogía a los, cada vez, más escasos baluartes de una civilización que se extinguía. Rodeado de sus colegas: científicos, médicos, filósofos, músicos, literatos… Todos componían la flor y nata de la sociedad culta de aquella ciudad que, como su faro legendario, había sido la luz que atraía a todo aquel que quisiera adquirir conocimiento y sabiduría. El lema de aquel templo era: “El saber te hará libre”.

Los últimos acontecimientos no sorprendieron al astrólogo que llevaba tiempo barruntando algo así. Era consciente de que los turbios vientos que acompañaban a esa nueva religión, iban ganando terreno. Lentamente al principio, pero de unos años acá; lo que era una pequeña secta de gente perseguida —Teón recordaba las historias que había leído sobre el martirio de aquellos primeros cristianos— había pasado a ser una religión fuerte, importante y que día a día iba adquiriendo más poder; no sólo eclesiástico, también poder civil. Pocos eran ya los gobernadores y prefectos romanos que se atrevían a plantar cara a los patriarcas cristianos. Incluso los últimos emperadores les rendían pleitesía siguiendo el legado heredado de Constantino —con la diferencia de que este accedió a bautizarse cuando fue consciente de que le llegaba su última hora— sin embargo, ahora era común que los emperadores se bautizaran mucho antes.

Primero, fue la prohibición del teatro por considerarlo —en vez de un sano esparcimiento  que contribuía en unas ocasiones al simple divertimento, y en otras a la divulgación de la cultura—  la puerta directa al pecado y la ignominia, y una clara ofensa a su Dios. 

Luego, fueron asaltos a templos, mofa a los dioses paganos, prohibiciones de ciertas prácticas médicas o de otras ramas de la ciencia, salvajes ataques a prostitutas e incluso a algunas mujeres que vestían inadecuadamente —según sus consideraciones—- Incluso se permitieron el lujo de prohibir y vetar algunos libros antiguos que consideraban peligros, con el menoscabo que eso suponía para la Biblioteca de Alejandría; una de las más famosas de su tiempo por la cantidad de tesoros allí acumulados.

Aquellos parabolanos, conocidos también como frailes negros —el ala más fanática del cristianismo— se iban saliendo con la suya ayudados por la mirada a otro lado de dirigentes que se lavaban las manos, y la pasividad del resto de la población.

Pero el suceso acaecido hacía menos de veinticuatro horas, fue el desencadenante. Un grupo de parabolanos habían asaltado el templo de Baco, arrasándolo sin miramiento, vejando, humillando e incluso maltratando físicamente a sus ocupantes. Aquello llevó a una fuerte reyerta, un sector de la población, hartos de aguantar los abusos, se enfrentaron a aquellos furibundos frailes. El resultado: muchos heridos que fueron trasladados al Serapeo.


El Serapeo, el templo del saber alejandrino. El hospital donde eran atendidas todo tipo de enfermedades. La Universidad donde los mejores profesores formaban a las nuevas generaciones de estudiantes. El lugar que estaban desalojando en aquellos momentos tras resistir unas horas el asedio de los soldados del prefecto y los frailes de Teófilo.

Todos en silencio… todos siguiendo a su director, el anciano Pausanias —que abría el cortejo y a  penas podía contener las lágrimas — Al lado de Teón, caminaban sus mejores amigos: Diógenes, Anaxágoras, Aristarco, Filotas, Harmonio, Hiparco… Todos habían compartido muchas horas de trabajo y sanos debates en aquel lugar emblemático para ellos. Y junto a él, prendida de su brazo, el ser a quien más quería en este mundo; su hija Hipatia, una muchacha que con tan sólo dieciocho años, acaba de convertirse hacía poco en la profesora más joven del templo. 

Teón la contemplaba con orgullo, hermosa de cuerpo y alma —una de las mentes más privilegiadas de Alejandría, brillante matemática y notable filósofa— caminaba erguida, con la cabeza muy alta, aunque con un rictus en su bello rostro de amargura y tristeza.

Tras ellos y cerrando la comitiva, iban los heridos, los médicos que les atendían y las mujeres y niños que al ver el tumulto acudieron a pedir cobijo.

No les quedó más remedio que ceder, sin una guardia que les protegiese —ellos eran hombres de letras y ciencias. Médicos que salvaban vidas, músicos, poetas, filósofos, gente pacífica. No estaban preparados para luchar— Rodeados de soldados y espoleados por las artimañas de Teófilo, no les quedó más remedio que abandonar todo lo que habían querido. Sólo pudieron arañar unas pocas horas de tregua, y ni siquiera apelando al estado de algunos de los heridos en la pelea callejera, propiciada por aquellos que ahora les echaban de lo que había sido sus dominios, consiguieron ablandar al prefecto.

Lentamente fueron pasando a través del pasillo abierto por los soldados. Y entre los espectadores había de todo: abucheos, gente que intentaba lanzarles objetos y les amenazaban verbalmente. Otros, que no podían ocultar el dolor y la pena por la injusticia que aquellos fanáticos estaban infringiendo a un puñado de hombres que sólo habían hecho el bien, en muchos casos sin tener en cuenta ni creencias religiosas, ni estatus sociales.

Pero si pensaban que habían pasado por la peor experiencia que personas dedicadas al conocimiento y la razón podían vivir, aún les quedaba otra dura prueba.  

El saqueo fue inmediato a su salida del templo. Durante un par de días desde la terraza de su casa, Teón y su hija Hipatia veían con estupor cómo no paraban de salir carretas cargadas de preciosos libros camino del Estadio.


Aquella noche comenzó el espectáculo, primero se vio el resplandor de las llamas iluminar los alrededores del lugar. Después fue una nube blanquecina intensa la que subió al cielo. Padre e hija contemplaban entre la niebla ocasionada por las frías lágrimas que salían en cascadas de sus ojos aquel cielo apagado, ese cielo mortecino, donde el brillo de las estrellas fue ocultado por el humo.

Ambos sabían, que igual que la luz estelar, su sueño de un mundo mejor, más justo, más libre, donde tener ideas distintas no fuese un delito, también se había apagado.

FIN