Bienvenidos a este rincón donde compartir pequeñas historias.
Mostrando entradas con la etiqueta pasado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pasado. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de diciembre de 2011

LOS TRENES DE LOS DESEOS



La estación de Atocha era un hervidero, miles de personas entraban y salían de ella. Álvaro trataba de matar el tiempo de espera observando este ir y venir. Nada mejor que un andén para ver lo diversos que podemos llegar a ser. Por su lado pasaban desde jóvenes con aspecto descuidado portando mochilas y bolsas de viaje, embutidos en cómodos chándales o en sus vaqueros más viejos, despreocupados totalmente de su aspecto; hasta ejecutivos de cuidado vestuario, con sus trajes de marca y sus maletines de viaje; Álvaro observó que en ellos no desentonaba ni el más mínimo detalle, corbatas conjuntadas y zapatos relucientes acompañaban a aquellos —imaginó— fabricantes de ofertas, demandas y, sobre todo, de dinero.

También, como no, pasaban por su lado las típicas familias cargadas de maletas y, cuyo sufrido padre, buscaba desesperadamente un carro o un mozo que le ayudase a transportar todo su equipaje; mientras la madre pegaba algún capón al niño pequeño que intentaba soltarse de su mano.

- ¡Aquí no, Jonathan! Esto está lleno de gente y te puedes perder. La mujer seguía a sus dos hijos mayores, que intentaban no perder de vista a su padre entre aquel maremágnum de gente, tirando de la mano de aquel pequeño monstruo que no dejaba de berrear.

Álvaro contemplaba todo aquello sentado en una terraza del invernadero de la estación. Su expresión era divertida cuando contemplaba aquel tipo de escenas, aunque su rostro también dejase traslucir cierta impaciencia.

Aquel día era muy importante para él. Su gran amiga de la niñez, Luisa, regresaba tras su larga estancia en Zúrich.

Álvaro intentaba distraer su ya larga espera recordando el día que se conocieron. El joven recordaba la voz de su madre cuando le explicó que iban a tener una nueva vecina. Luisa, una niña de su misma edad, la sobrina de la mujer rara de los gatos que vivía en el chalet adosado junto al de sus padres.

No habían tenido mucho trato con aquella vecina; sólo sabían que era bióloga y nunca habían conocido a nadie de su familia, ni siquiera tenía amigos o, si los tenía, jamás los llevaba a su casa. De esta extraña mujer solterona y solitaria, lo único que sabían era que tenía dos grandes pasiones: su trabajo y sus gatos; tenía un montón de ellos en su casa y los trataba con un mimo casi maternal.


La pequeña se había quedado huérfana, sus padres habían fallecido en un accidente de avión hacía unas pocas semanas y el único pariente vivo de la niña era aquella mujer extravagante, la hermana de su madre, su tía, una persona a la que no había conocido antes.

La niña, desde ese momento pasó a ser la compañera de juegos de Álvaro, iban al mismo colegio y pasaban todo el tiempo que podían juntos, que era mucho. Luisa aprovechaba cualquier momento para escaparse a su casa; allí la afable y cariñosa madre del muchacho intentaba suplir las carencias afectivas de la pequeña que, dado el carácter huraño de su vecina, la buena mujer intuía que tenía. No es que su tía tratase mal a Luisa, no era eso, pero mostraba  tal pasotismo con ella; había sido tal el desapego con el resto de su familia, que la mujer no era capaz ahora, de la noche a la mañana, de cambiar sus afectos. Para ella era un motivo de alivio contar con alguien que siempre estaba dispuesta a recibir a su sobrina con todo el amor que ella era incapaz de darle.

Álvaro era un niño gordo y miope, debido a que el problema de visión era muy acusado, sus lentes eran gruesos, tan gruesos que fue imposible adaptar sus cristales a una montura más discreta que a aquel horroroso armazón de pasta. Todo esto había contribuido a que el niño fuera siempre el motivo de las mofas y burlas crueles de sus compañeros, pero desde que Luisa apareció en su vida, la pequeña siempre estaba ahí para defenderle de aquellas bromas hirientes del resto; valiente y firme, como una pequeña heroína dando la cara por él y acompañándole en su solitaria vida escolar. Esto llevó a Álvaro a sentir por la niña una especie de idolatría que rayaba la obsesión. Luisa se convirtió en su diosa particular. Nada ni nadie, ni siquiera él mismo, era suficientemente bueno para ella.

La infancia dio paso a la adolescencia y Álvaro sufrió como nadie aquella etapa. Sus hormonas juveniles, que empezaban a despertar a la vida, le jugaban malas pasadas cada vez que se acercaba a Luisa. Notaba la fuerza de aquellos sentimientos, tanto psíquicos como físicos, tan a flor de piel que le hacían sentirse avergonzado y dolorido, y lo más desgarrador era la plena consciencia de que jamás sería digno de aquella preciosa muchacha. Todas estas ideas que bullían en la cabeza del chico influyeron de forma decisiva en su alejamiento; él la huía  y ella  optó por apartarse discretamente de su lado.

En la universidad lograron recuperar, en parte, su antigua relación de compañerismo y camaradería, aunque esta no llegó a ser tan intensa como la que tuvieron de niños.

Y cuando Álvaro ya creía que todo iba a solucionarse, cuando sus reticencias de adolescente acomplejado iban a resquebrajarse de una vez por todas, ¡zas! Llegó el mazazo inesperado. Al cumplir veinticinco años, el tutor de Luisa la hizo entrega de la herencia de sus padres. Con aquel dinero la muchacha decidió viajar a Zúrich; era una oportunidad de oro para terminar sus estudios y realizar el master con el que llevaba tiempo soñando.

Pero aquello sólo fue el mal trago de cuatro largos años, ahora ya no importaba nada, aquella mañana Luisa volvía a casa. Álvaro había aprovechado ese tiempo para mejorar su aspecto, se había operado la miopía y ahora veía perfectamente sin aquellos horribles lentes de culo de vaso. Incluso se había atrevido a visitar a uno de los más prestigiosos dietistas de Madrid que le hizo un estudio minucioso; bajo el  consejo y dirección del especialista, Álvaro inició una dieta que consiguió, junto con su visita diaria al gimnasio, que su cuerpo fuera fuerte y musculoso sin un ápice de grasa. El patito feo, tras un gran sacrificio, se había convertido en un cisne. Un bello y esbelto cisne que sería capaz de despertar el amor de su diosa, ahora sí era digno de ella.

¡Dios! El reloj parecía estar inmóvil; cómo entendía ahora el significado de aquella canción que él odiaba y, sin embargo, siempre había sido la favorita de su madre. Evocó de nuevo la estrofa que había escuchado desde niño hasta la saciedad.

"Te quiero amor te quiero
aunque tu estés muy lejos de mi.
Mi vida está vacía
y no tiene alegría sin ti.

Y ahora que casi casi, cojo el tren
y corro, corro hacia ti.

Los trenes de los deseos
van al contrario de la realidad"


¡Al fin! El deseado din-don que anunciaba la megafonía sonó, y con él cesaron de golpe sus elucubraciones. El tren procedente de París haría su entrada en breves minutos. Álvaro pegó un brinco de la silla y buscó ansioso la mirada de la camarera que le había atendido; con marcado nerviosismo pagó su consumición, ese era el tren donde viajaba la mujer de su vida.

Álvaro corrió al andén número tres. Al llegar vio que una preciosa mujer bajaba del tren; era ella.

- ¡Luisa!

- ¿Álvaro? —preguntó dubitativa.

- Sí, soy yo. ¡Por fin has regresado!

- Álvaro... estás imponente, si no llego a saber que venías a buscarme no te hubiese reconocido.

Álvaro sonrió satisfecho, su duro sacrificio tenía recompensa. Incluso aquella mañana había elegido la ropa a conciencia, pantalón blanco y un niqui azul marino que resaltaba su cabello rubio y sus ojos azules.

Un hombre, con una barriga prominente y unas gafas de gruesos cristales bajaba tras ella.

— Frank, cariño, éste es Álvaro, mi gran amigo de quien tanto te he hablado. Álvaro te presento a Frank, mi marido, nos casamos hace cuatro meses.

La sonrisa de Álvaro se congeló en su rostro, el golpe había sido demasiado duro, tanto como si unos fríos puños de metal se hubiesen hundido en su estómago.

— Luisa, voy a buscar a alguien que nos ayude con el equipaje, Álvaro y tú adelantaros, tendréis muchas cosas que contaros. —El castellano de Frank era impecable aunque su fuerte acento alemán le delataba.

Luisa tomó del brazo a Álvaro mientras su marido se perdía entre la multitud camino del mostrador de información.

— ¿Sabes lo que consiguió enamorarme de Frank? Su inmenso parecido contigo, él me recordaba a ti constantemente, no sólo por su forma de ser, también por su físico. Fuiste mi amor platónico durante mi infancia y adolescencia, ¿sabes? Pero te empeñaste en alejarte de mí. Fue tan doloroso darme cuenta de que siempre me ibas a ver solamente como una hermana que por eso decidí poner kilómetros de distancia entre nosotros y viajar a otro país. Pero ahora soy feliz, siempre le agradeceré a la vida en general y a ti, mi queridísimo amigo, en particular el haberme hecho dar ese giro, ese cambio de rumbo que me hizo conocer a Frank, el hombre que admiro y quiero, quien me ha enseñado el verdadero significado de la palabra amor, ese sentimiento real y sólido que no tiene nada que ver con esos espejismos ilusorios de la adolescencia.

Álvaro apretó con fuerza el envoltorio que reposaba en el bolsillo de su pantalón hasta hacerse daño, esa cajita cuadrada donde había puesto todas sus ilusiones y que guardaba el anillo de compromiso que había comprado para ella y, que ahora, le recordaría para siempre lo amargo de su fracaso.


FIN

domingo, 11 de diciembre de 2011

RÁFAGAS DE TIEMPO






















Fui el viento que disipó tus palabras;
la luz que abrió tus desoladas miradas.
Fui la lágrima amarga que surcó tus mejillas;
la sombra gris que acechó tus pisadas.

Soy el fuego que quemará tu tristeza;
el agua que sofocará tu frustración.
Soy la tierra que cubrirá tu desesperanza;
el cielo que velará tu inspiración.

Seré el beso que no recibiste;
la caricia que jamás rozó tu piel.
Seré la esperanza que endulzará tu hiel;
el momento de gloria que nunca tuviste.

Fui tu pasado decepcionado;
soy tu presente emocionado y...
Seré tu futuro ilusionado.

FIN

domingo, 26 de junio de 2011

JUICIO DEL AGUA III - Berta


III

Berta

Rennes (Bretaña) 1229

Era una mañana a principios de verano. A pesar que aún no era mediodía, el calor plomizo se hacía sentir, un calor inusual para la época, y sobre todo para aquellas tierras situadas tan al norte. El conde y su escudero se encontraban en el patio ejercitando con la espada, y los goterones de sudor cubrían sus rostros.

El ruido de los caballos interrumpió su ejercicio; a los pocos minutos vieron aparecer por el portón la carroza de la condesa viuda de Rennes, que se detuvo a pocos metros de donde estaban ellos.

Erwan, sonriente y sudoroso, se acercó al carruaje de su madre, presto a ayudarla a bajar.

— Buenos días madre, no te vi esta mañana, saliste temprano -dijo Erwan ofreciéndola el brazo.

— Sí, hijo, tenía algo que hacer —contestó la mujer ya  fuera del coche— Sal Enora, te voy a presentar a mi hijo.

Una muchacha, casi una niña aún, porque como más tarde supo el conde la joven sólo tenía catorce años, bajó con rostro asustado del carruaje. Sus ropas eran humildes, pero la niña iba limpia y bien peinada, unas hermosas trenzas de color caoba adornaban su bonito rostro.

— Erwan, te presento a Enora, será mi nueva camarera.

— Pero madre, ¿no tienes bastante servicio? 

— Sí hijo, ya sé que tengo varias camareras a mi servicio, pero este caso es especial, esta jovencita se ha quedado huérfana hace poco. Su madre y ella vivían solas en el bosque, esta criatura no podía quedarse en esas circunstancias, y a mi aya la vendrá bien tener a alguien joven a su lado para adiestrarla en sus funciones. Ya sabes como es y lo poco que se fía del resto de las camareras.

Erwan sonrió, conocía de sobra lo rezongona que era Tekla, la vieja aya de su madre, con respecto a su señora todo le parecía poco.

— Esta bien madre, me parece bien. Esta jovencita necesita un hogar más apropiado que una mísera cabaña en medio del bosque. Sé bienvenida Enora.

El conde adoraba a su madre, había sido su ángel de la guarda durante la niñez, marcada por las pautas de un padre severo, arrogante y tirano, del que tantas veces le tuvo que socorrer. Con la muerte de su padre, en plena adolescencia, Berta se había convertido en su guía y cómplice. 

La vida seguía su curso apacible en el Castillo, Berta era feliz con su nueva camarera, una muchacha dispuesta, trabajadora, inteligente y cariñosa, a quien todos inmediatamente tomaron mucho cariño. Sobre todo Erwan, una ternura inexplicable le hacía sentir un cariño especial por aquella discreta muchacha. Seguramente, era el cariño con que veía que trataba a su madre, ese amor compartido por una mujer que siempre había sido un ángel para todo aquel que la rodeaba.

En la recta  final del otoño, Deneza, su joven esposa —con quien había contraído matrimonio la pasada primavera. Un matrimonio concertado por amor, no por intereses sociales. Berta jamás hubiese impuesto una boda así a su hijo— les comunicó que estaba embarazada. 

Llegó el invierno y con él, un frío espantoso, que se dejaba sentir a través de las piedras del castillo, las chimeneas siempre crepitando no daban abasto para  calentar esas salas. Berta comenzó a sentirse mal, el médico confirmó que era un enfriamiento sin mayor importancia, la condesa viuda era aún joven, le faltaban unos meses para cumplir cuarenta años, y además tenía una naturaleza fuerte.

Los días pasaron y Berta no mejoró, día a día iba perdiendo fuerzas, se iba apagando como una llama. Erwan pasaba muchas horas junto a ella intentando alargar el tiempo, ese tiempo que empezaba a dar marcha atrás, aunque él no podía o no quería verlo.

Una madrugada Berta le llamó a su presencia. 

— Hijo, noto que mi final está próximo y tengo algo importante que decirte.

— No, madre, verás como te pondrás mejor en cuanto empiece la primavera y mejore el tiempo. Dentro de unos días comenzará abril, tu mes favorito, recuerdo que de niño me decías que era el mes en el qie despertaba la vida…

— Phssss… —le interrumpió Berta— deja que hable y no me interrumpas hijo; lo que tengo que decirte es de vital importancia, no me gustaría morir sin que supieses la verdad.

“Hijo, hace años, cometí una falta muy grave. Me enamoré,  me enamoré como jamás pensé que podría amar a nadie en este mundo. Ya estaba casada, en realidad fue al poco tiempo de mi matrimonio con tu padre cuando supe lo que era el amor. Tu padre ya sabes como era, a parte de mucho mayor que yo, tenía mal carácter. Jamás me sentí amada por él. Yo era su tercera esposa, y en mí creo que siempre buscó el heredero que no le habían dado las anteriores. Yo era muy joven, me casé por imposición, no tuve escapatoria.

Pero al poco tiempo conocí a un hombre juicioso, amable y poco a poco nos fuimos enamorando, porque él también se enamoró de mí. Lo sé, aunque con el tiempo tuvimos que dejar nuestros encuentros amorosos.

Quedé embarazada, fue terrible, tu padre llevaba ausente varios meses, yo estaba aterrorizada, aquel niño era evidente que no podía ser de mi marido. Afortunadamente, mi vientre no abultaba mucho y podía disimularlo con los vestidos. Cuando se acercó la hora del parto, me marché del castillo, aduciendo que me retiraba una temporada a un convento para rezar por mi esposo ausente en la batalla. En realidad no me fui muy lejos, acompañada por la fiel Tekla y por Marven, llegamos al Bosque de los  Ciervos, y, allí, en la cabaña de la curandera que todos conocían como  “La Gacela”, dí a luz a una preciosa niña.”

— ¡Dios mío! Entonces… entonces, esa niña… esa niña.

— Sí hijo, esa niña es Enora. Tienes una hermana, una criatura inocente a quien tuve que abandonar en una cabaña a los cuidados de aquella curandera de la que muchos murmuraban.  Pero a pesar de las habladurías de la gente era una buena mujer que siempre ayudó a quien llamó a su puerta. No podía hacer otra cosa, tenía miedo de la reacción de tu padre. Siempre estuve de cierta forma cerca de ella. Marven acudía con frecuencia a la cabaña y me decía si la pequeña necesitaba algo. Cuando me enteré de que “La Gacela” había muerto, fui a buscarla para traerla aquí. Al principio te dije que había cometido una falta muy grave, quiero que entiendas, mi querido Erwan, que esa falta nunca fue tener esa niña, ese pequeño ángel, ni el amor que sentí por su padre. Lo que jamás pude perdonarme fue dejarla, abandonarla, aunque sabía que estaba en buenas manos.

— Y, ella, ¿lo sabe?

— Si, se lo confesé todo el día que la traje aquí. No quería abandonar la cabaña, tuve que me sincerarme con ella para hacerla cambiar de opinión. ¡Pobre criatura! Cuando le pedí perdón se echó a mis pies llorando, como si fuese ella la que había pecado. Fue ella la que me pidió que no dijese nada a nadie. Quería permanecer en un segundo plano, se había criado con sencillez, ahora sería absurdo que cambiase su forma de vida, y, sobre todo, que intentase convertirla en una dama. Aunque todos sabemos que una dama  nace, no se hace.

— ¡Dios mío!, tengo una hermana, ahora comprendo el porqué de mi cariño hacia ella. ¿Quién es su padre?, ¿vive aún?

— Sí, hijo aún vive, pero eso no puedo decírtelo, comprende que ese secreto no es sólo mío. Otra cosa es lo de Enora, eso sí debías saberlo, no puedo irme de este mundo sin que  sepas que tienes una hermana y sin rogarte que la protejas siempre.

La condesa dejó de hablar. 

— Madre, descansa, no conviene que te agotes. ¿Tomaste ya la medicina que te mandó el médico?

— Sí hijo. Deneza está pendiente, es ella misma la que se ocupa de mi medicación sin saltarse una hora. Le estoy tan agradecida, a pesar de lo avanzado de su estado esta pendiente de mí, en lo tocante al tratamiento no deja que sean ni Tekla ni Enora quienes me lo suministren. No has podido encontrar una esposa mejor, y lo que más feliz me hace es ver lo que os queréis. Eso me compensa de la tristeza que me produce no conocer a mi futuro nieto.

Esa misma madrugada, a las pocas horas de haber mantenido esta conversación, la condesa viuda de Rennes, dejó este mundo sumiendo en un hondo dolor a todos los que la habían conocido.


EPILOGO

Rennes (Bretaña) 1238

El anciano caminaba despacio por el sendero ayudado de su bastón. Su “pequeña ardilla”, como llamaba a Gwenn, se le había vuelto a escapar. Por suerte sabía donde encontrarla. Y efectivamente, ahí estaba, en el interior de la pequeña ermita. Un precioso paraje rodeado de hermosa vegetación, muy cercano al castillo, que se había convertido en la última morada de Berta. Fue su último deseo, ella no quería yacer por el resto de la eternidad en la suntuosa grandiosidad de una catedral. Su naturaleza sencilla y cálida la hizo alejarse siempre de todo lo frío y convencional.

— Te volviste a escapar pequeña traidora.

— Pero tú siempre sabes donde encontrarme ¿verdad Marven?, sabes que me gusta reunirme aquí, con mi abuela y mi tía. Me gusta venir y contarles mis cosas, es como si estuviese más cerca de ellas.

— Si, pequeña, siempre estarán contigo, incluso aunque no visites este lugar. Eres una niña afortunada, la mayoría sólo tienen un ángel de la guarda; tú, por el contrario, tienes dos.

— ¡Pobre papá!, ha tenido que sufrir mucho.

— Sí, pequeña, en poco tiempo perdió a las tres mujeres que más había amado en su vida.

— Pero mamá no está muerta.

— Ya lo sé pequeña, pero hay muchas formas de morir para el corazón de una persona, y lamentablemente no todas son físicas. Tu madre murió simbólicamente el mismo día que se ejecutó el juicio del agua.

— ¿Qué es eso del juicio del agua, Marven? 

— Es algo repulsivo pequeña, sólo pido a Dios que tú jamás tengas que presenciar algo tan horrible y tan vil.

El rostro del anciano mayordomo se tornó ceniciento. Gwenn, en quien se adivinaba una inteligencia superior a su edad, decidió callar y no hurgar más en esa herida. La pequeña cogió la mano del viejo sirviente y despacio salieron de la ermita. Ya en el umbral, el mayordomo posó sus arrugados dedos en sus resecos labios y depositó un beso que luego con un ligero soplido hizo volar  hacía las dos tumbas situadas al pie del altar, donde reposaban los  cuerpos de las  dos mujeres que  había amado con todas sus fuerzas: Berta, su gran amor, la única mujer de su vida, y Enora, el menor de los dos frutos con que había sido bendecida su furtiva relación.

FIN

jueves, 7 de abril de 2011

BRUMOSA REALIDAD


No era un fantasma quien surgió entre la niebla. No, lamentablemente los espectros no podían dejar huellas en el césped de mi jardín, ni llevaban linternas sordas para poder ver a través de la oscuridad.

Tampoco dejaban señales de palanquetas que intentaban forzar mi puerta y mis ventanas. En lo días pasados pude conciliar el sueño pensando que esas evidencias eran fruto de mi imaginación, pero esa noche un ruido sordo me despertó. Bajé las escaleras que me separaban de la planta baja, un… dos… tres… pasos titubeantes al ritmo del latido de mi corazón.

Esos ojos, gélidos como el hielo, fueron mi última visión. Los minutos que siguieron pese a la pérdida de lucidez fueron los más conscientes de toda mi vida. Lo que surgió entre la bruma era mi pasado, un pasado olvidado que había tomado forma humana y cuya mano justiciera había ejecutado su venganza.


FIN