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domingo, 11 de diciembre de 2011

RÁFAGAS DE TIEMPO






















Fui el viento que disipó tus palabras;
la luz que abrió tus desoladas miradas.
Fui la lágrima amarga que surcó tus mejillas;
la sombra gris que acechó tus pisadas.

Soy el fuego que quemará tu tristeza;
el agua que sofocará tu frustración.
Soy la tierra que cubrirá tu desesperanza;
el cielo que velará tu inspiración.

Seré el beso que no recibiste;
la caricia que jamás rozó tu piel.
Seré la esperanza que endulzará tu hiel;
el momento de gloria que nunca tuviste.

Fui tu pasado decepcionado;
soy tu presente emocionado y...
Seré tu futuro ilusionado.

FIN

jueves, 1 de diciembre de 2011

BAMBOLA


Era una tarde como otra cualquiera, nada hacía presagiar que a partir de entonces mi vida cambiaría de forma radical. Como todos los días, mi grupo de amigos y yo nos encaminamos a la cafetería de la universidad. En nuestra media hora libre entre clases, siempre aprovechábamos para tomar un café.

Nos sentamos en la misma mesa y al mirar a mi alrededor tropecé con sus ojos sonrientes. Nunca le había visto por allí, pero su mirada atrevida me impactó de tal forma que al volver al aula no puede apartarle de mi mente.

Yo era una romántica empedernida y siempre supuse que cuando el amor llamase a mi puerta sería de otra forma; ingenua de mí, pensaba que algo extraordinario tendría que pasar para advertirme de que el amor de mi vida estaba presto a aparecer ante mis ojos. Esperaba algo parecido a un preludio triunfal, campanitas de plata sonando en mis oídos, mariposas en el estómago… no sé, algo que me alertase… Lo dicho, yo en aquella época era muy ilusa.

No hubo mariposas, ni cascabeles, ni luces brillantes en el cielo… Pero a los seis meses de conocernos ya teníamos planes de boda, y ante el asombro y reticencia de mis padres, lo que sí sonaron a los nueve meses de comprometernos fueron campanas de boda.

—Inés nena, piénsatelo un poco más. No quiero decir que no te cases… No hija, si a mí Miguel Ángel me parece un chico extraordinario, pero date tiempo. Hija, por lo menos termina tus estudios, y luego ya os pensáis lo de la boda.

— No mamá, nos queremos y eso es lo que importa, no vamos a esperar; lo tenemos muy hablado y meditado. El negocio de Miguel va viento en popa, será cuestión de unos meses; en cuanto nos estabilicemos un poco más y veamos la forma de pagar las mensualidades del crédito con comodidad, retomaré mis estudios; mamá, te lo prometo, será cuestión de un año como máximo.

— Bueno hija… me dejas más tranquila, aunque me da mucha pena que dejes tu carrera, eres una estudiante brillante; además no termino de entender el porqué de esas prisas, sois muy jóvenes; hoy en día no es como en mis tiempos, los chicos no se atan tan pronto, y hacen muy bien… Inés hija, las prisas no serán por otra causa ¿verdad?

Aún sonrío pensando que mamá, hasta que no pasaron varios meses después de la boda y comprobó que no había novedad, no se quedó tranquila. Jamás me lo dijo explícitamente pero sé que sospechó que las prisas se debían a un embarazo.

Pero no pude cumplir mi promesa. Suele pasar que el hombre propone y Dios dispone y eso me pasó a mí. Primero fueron unas dificultades económicas inesperadas… Luego las cosas se complicaron. Cuando llevábamos cuatro meses casados llegó mi primer embarazo. Miguel me convenció para quedarme en casa atendiendo al bebé. Él venía de una familia tradicional, donde el padre era el que salía a buscar el sustento para la familia, y la madre se quedaba en casa cuidando de los hijos. Hasta ese momento yo le ayudaba en la oficina llevando las cuentas y haciendo labores de secretaría. Pero me dijo que no era necesario, que nos iba tan bien que pensaba contratar a un contable y a una secretaria. Además, mis conocimientos eran escasos y la empresa ya necesitaba gente más profesional. Aquello fue un mazazo, creí intuir que mi marido no me creía válida para desempeñar unas funciones que, hasta el momento, creía realizar bien o al menos dignamente.

Aunque aquello me produjo una ligera incomodidad, decidí no llevarle la contraria, era razonable que al menos los primeros años, hasta que el niño entrase en el colegio, me quedase yo con él. No me costó trabajo adaptarme a la vida casera, mi hijo me llenaba plenamente; desde el primer momento de sentirle en mis brazos, aquel pedacito de carne viva y palpitante, me robó el corazón. Serían a lo sumo tres años de mi vida que entregaría con gusto por sacar adelante a mi pequeño.

Cuando Miguelín cumplió dos años, empecé a pensar de nuevo en volver a mis estudios, pero la tragedia se cebó conmigo.

Una mañana, cuando volvía del paseo por el parque con el niño, encontré esperando en mi puerta a una pareja de policías. Presentí que algo muy negro se cernía sobre mí. Mi rostro contemplando a aquellos pobres hombres de aspecto normal, pero que a mí se me aparecían como pájaros de mal agüero, debió de ser el reflejo del dolor, aún sin saber qué era lo que les llevaba a mi casa, simplemente percibía que su presencia no presagiaba nada bueno.

Ante mi nerviosismo los policías intentaron calmarme, y ya dentro de mi domicilio, me hicieron sentarme en el sofá y, con toda la delicadeza que pudieron, me dieron la cruel noticia. Mis padres que volvían precisamente aquel día de sus vacaciones, habían sufrido un accidente de coche. Los dos fallecieron de forma instantánea tras el choque frontal. Había sido rápido y fulminante, al menos, no habían sufrido, intentaron consolarme los dos funcionarios. Lo que no sabía entonces es que mi segundo hijo ya se gestaba dentro de mí.

Miguel se portó de maravilla, en todo momento estuvo a mi lado. Pero a partir de entonces las cosas no fueron bien.

El embarazo y el parto fueron normales y sin ninguna complicación, antes de que me diese cuenta tenía a mi segundo hijo en mis brazos. Sergio era tan parecido a su hermano mayor, que a pesar de los casi tres años de diferencia, parecían gemelos. Contemplar al bebé me hacía recordar tiempos mejores.

Pero por el contrario el tema laboral se complicó, la crisis comenzaba a fustigar el país y nosotros no fuimos la excepción. Nuestro negocio se resintió y no nos quedó otra que utilizar la herencia de mis padres —una cantidad nada despreciable— e incluso mal vendimos su casa para intentar sanear nuestras cuentas ampliando el capital; pero a pesar de nuestros esfuerzos todo terminó yéndose al garete. Nuestra empresa finalmente quebró, y con sus escombros también se mezclaron mis ilusiones de volver a estudiar y conseguirme un futuro en una profesión que me apasionaba, en definitiva hacerme una vida propia y no ser el reflejo de la de Miguel Ángel; aunque amaba profundamente a mi marido, comenzaba a extrañar cierta independencia.

— Cariño, date cuenta de que ahora te sería más difícil. Las cosas han cambiado mucho. Hace más de siete años que dejaste la facultad, los planes de estudios ya no son lo que eran, ahora estarías desfasada y rodeada de gente mucho más joven. Cielo, no quiero que tomes mis palabras a mal, pero dentro de nada vas a cumplir treinta años. Creo que lo mejor que puedes hacer es seguir en casa cuidando de los niños, ellos todavía te necesitan.

Sus palabras más que consolarme me llenaron la boca del sabor amargo de la hiel. Miguel venía a decirme que a mis treinta años ya era una persona incapacitada para algo más que fuese criar hijos y ocuparme de una casa.

Finalmente y para que las deudas no nos comiesen tuvimos que cerrar el negocio y vivir, de momento, con los pocos ahorros que conseguimos salvar. Miguel Ángel intentó buscar trabajo por todos los sitios, tirando de viejas amistades, conocidos… en fin, llamando a todas las puertas, pero todo fue inútil. Lo sé, me consta que lo intentó, pero las cosas casi nunca son como queremos que sean. Así que decidí ser yo quien probase suerte, de algo tenían que servir mi preparación aunque lo hubiese tenido que interrumpir. Navegando por internet encontré unas páginas de trabajo y vi algo interesante, no era lo mío pero la situación no estaba para elegir. Una empresa de cosméticos necesitaba una agente comercial. No tenía ni idea de cómo afrontar esa tarea, pero tenía que intentarlo… Y les convencí.

Se cambiaron las tornas, en un abrir y cerrar de ojos fui yo quien empezó a salir de casa y traer el sustento, como decía Miguel, y él ante la imposibilidad de encontrar nada, se quedó en casa con los niños. Aquello fue una inyección de energía y seguridad para mí, recuerdo que el día que recibí el primer cheque con mi salario estuve llorando un buen rato…  No era una inútil, servía para algo más que para cambiar dodottis y hacer papillas.

Los meses pasaban rápidos y un día me llamaron de dirección, me temí lo peor, mi contrato laboral estaba a punto de finalizar; seguramente prescindirían de mí pero, ante mi estupor, mis jefes me ofrecieron un ascenso y una subida de sueldo considerable, sólo había un obstáculo; me tendría que trasladar a otra ciudad.

En casa lo comenté con Miguel Ángel, me quedé perpleja ante su reacción. Mi marido, el típico macho educado en un ambiente totalmente conservador, estaba encantado de la vida. No podía dejar pasar aquella ocasión, pero claro, tendría que enviarle el grueso de mi sueldo, había dos niños que alimentar, colegios que pagar; total para mí sólo con una pequeña parte para sufragar mi manutención tendría bastante, además yo estaba más que habituada a hacer del papel de los billetes, chicle; era yo, y sólo yo quien había hecho verdaderas acrobacias financieras para que los, últimamente, menguados ingresos de nuestro negocio sirviesen para apechugar con los gastos de la casa; estaba tan acostumbrada a estirar pequeñas cantidades que podría vivir perfectamente con una suma pequeña. Él se ocuparía de la economía familiar a lo grande,  por supuesto él llevaría, como siempre había hecho, nuestras finanzas; por eso   era el experto. Yo sin embargo para tratar con los bancos y demás era una nulidad, con él al frente de “nuestro” flamante nuevo sueldo, nuestros ahorros se incrementarían de tal manera que, al cabo de no demasiado tiempo, nadaríamos en la abundancia. Con el timón en sus manos, el barco de nuestras vidas navegaría con viento favorable y a toda vela. De toda aquella charla, lo que más me asombró fue su reacción cuando le propuse vender nuestra casa, después de todo sería mucho más fácil realizar sus planes unificando gastos, evitando el mantenimiento de dos casas, por poco que yo me gastase tenía que comer todos los días y necesitaba una cama donde dormir.

— Cariño, no lo veo prudente, no es el momento; comprende mi vida, que si estuviésemos solos todo sería coser y cantar, pero tenemos que arrastrar a los niños y ellos están muy adaptados en su colegio, con sus compañeros. Incluso Miguelín ya tiene edad para tener sus primeros amiguitos, sacarles ahora de su ambiente, no sería conveniente. No, Inés, más adelante cuando comprendan mejor las necesidades de la familia, será más factible. Ahora sería arrancarles su estabilidad, podrían sufrir algún trauma y no nos lo perdonaríamos nunca. —Más de lo mismo, podían cambiar las situaciones, pero los argumentos de mi marido no variaban; estabilidad, estabilidad y más estabilidad.

De todas formas, en cierta manera, y por mucho que me fastidiase, tampoco podía quitarle su parte de razón. Era evidente que aquella situación no se podría prolongar demasiado y al final tendríamos que optar por la mudanza total, pero habría que dar tiempo al tiempo.

Al principio yo viajaba cada fin de semana para reunirme con mi familia; no me daba satisfacción plena, pero al menos podía mantener los lazos con ellos. El trabajo subía como la espuma y llegó el momento que incluso tuve que trabajar algunos fines de semana, muy bien pagados, pero a mí aquello no me compensaba; tendría que espaciar las visitas a mis hijos, y eso no me hacía ninguna gracia. De nuevo Miguel volvió a abrirme los ojos, aquello sería algo puntual, no iba a estar así toda la vida; de todas formas si esto se hacía habitual tendríamos que buscar otra solución y la más lógica sería que él y los niños se mudasen conmigo —eso era lo que yo deseaba—. No podía desaprovechar esa ocasión, aquello incrementaba nuestros ingresos y sería otro puntazo para nuestro bolsillo. Sería poco tiempo, en unos meses Miguel se ocuparía del traslado y por fin estaríamos todos juntos y mientras tanto, ¿para qué existía desde hacía más de un siglo el maravilloso invento llamado teléfono?

Y así lo hicimos, me fui esperanzada soñando con que en menos tiempo del que pensaba, en poco tiempo podría disfrutar plenamente de a mi familia.

Cada día buscaba un momento para hablar con mis hijos, no perder su contacto era vital para mí. Pasaba el tiempo y Miguel no se movía de Madrid, me daba excusas sensatas que yo no era capaz de rebatir. Así que seguía conformándome con las largas llamadas telefónicas, por lo menos escuchaban mi voz a diario. Pero llegó un momento que noté que mis llamadas ya no les ilusionaban como al principio, sus voces sonaban más frías y distantes y aprovechaban la menor ocasión para dejarme y pasar el teléfono a su padre. No le di demasiada importancia era normal, los niños son inquietos y preferían seguir jugando a estar quietos pegados a un auricular. Hasta que un día las palabras de mi hijo mayor me dejaron fría como un témpano de hielo, su voz viajó a través de los cables y llegó a mis oídos como un viento gélido que me traspasó el tímpano.

— ¿Qué tal estás mamá? Nosotros estamos bien… Sí… Papá nos cuida bien ¿Sabes que tenemos una señora en casa? Sí… Es amiga de papá, se porta muy bien con nosotros… Papá dice que pronto nos mudaremos… No, pero no a donde estás tú… Nos ha dicho que iremos a otro lugar muy lejos, es una isla muy bonita, papá dice que hay delfines y palmeras, que podremos nadar y hacer surfing… que siempre hace buen tiempo y que los colegios son mucho más divertidos que aquí… Hasta nos ha dicho que seguramente podremos encontrar un tesoro… Mamá, ¿es verdad que tú ya no nos quieres? Papá dice que ya ni quieres venir a vernos… Ah mamá… ¿Sabes que el otro día Sergio tuvo una pesadilla? Se despertó llorando, pero papá no se enteró… Decía que no podía recordar tu cara… No te enfades, es muy pequeño todavía y como la amiga de papá ha quitado todas tus fotos no puede recordarte… Mamá te hablo muy bajito para que papá no pueda oírme y no me riña, no quiere que te contemos que “la señora” vive con nosotros.

No pude resistir más aquello, con un sollozo ahogándome la garganta me despedí de mi querido pequeño y colgué. Tenía que encontrar una solución, en aquel momento estaba en un estado muy parecido al sonambulismo, no podía ser, aquello no podía ser verdad. Eso sería debido a la situación anómala que estábamos obligados a vivir, sin duda, el niño estaba alterado y confundía las cosas y sus temores le hacían fantasear. No Miguel Ángel no sería capaz de hacerme algo así. Pero por otro lado conocía a mí hijo y sabía que a pesar de ser aún demasiado pequeño era un niño sensato y muy maduro para su edad. Algo pasaba, de momento era consciente que mis hijos no estaban bien, a pesar de que Miguel, para no preocuparme, intentase ocultarme la realidad.

Con el alma rota, a la mañana siguiente pedí permiso a mis jefes y cogí el primer avión. Una duda comenzó a abrirse paso en mi cabeza a lo largo de la noche insomne, y me pinchaba como si fuese la punta de un objeto punzante. Antes que nada me pasaría por el banco, allí me llevé el primer golpe. Un atento director de sucursal me pasó a su despacho y, tras identificarme,  amablemente me confirmó que mi marido había liquidado hacía una semana la cuenta, sacando todo el dinero. Mi incredulidad llegó al límite cuando vi con mis propios ojos la cantidad que teníamos acumulada. Superaba con creces lo que yo tenía en mente, era imposible que hubiese tanto dinero. Era consciente de lo que le enviaba cada mes y sabía los gastos que teníamos, no podíamos haber acumulado esos ahorros. ¿Le habría salido algún trabajo? No, no era posible, me lo hubiese dicho.

Salí del banco como una autómata, por un lado me sentía desfallecer ante el engaño, ahora más que nunca creía fielmente las palabras de mi niño. Pero por el otro me sentía como una idiota, sentía rabia conmigo misma ante mi ingenuidad, o mi falta de previsión; jamás debería haber dejado todos los asuntos del negocio y el dinero sólo en sus manos; debía haberle exigido una cuenta conjunta y no ser tan despreocupada con esos asuntos. Fui tonta, inmediatamente me arrepentí del poder que le firmé para hacerse responsable de la herencia de mis padres. ¡La herencia de mis padres! ¡Era eso! Ese dinero con el que yo supuse que iba intentar reflotar el negocio y que, evidentemente, sólo había servido para engordar una cuenta corriente… Su cuenta corriente.

Estuve todo el día vagabundeando por la ciudad, mal comí en algún restaurante del centro, hice algunas compras, y cuando vi que ya era tarde, encaminé mis pasos hacia lo que había sido mi hogar.

En el transcurso de las horas logré contener mi rabia, me fui relajando poco a poco, era preciso que ahora procediese de forma medida y fría, tan fríamente como habían sido sus actuaciones. No, no podía dejarme llevar por un arrebato pasional que nos hundiese a mí y a mis hijos en la miseria. Debía hacer acopio de sangre fría y dejarme llevar por mi inteligencia, porque sí, yo era una mujer inteligente, como decía mi madre; una alumna brillante, y eso tendría que servir para algo. Aquellos años en los que simplemente fui un vegetal anulado por un tipo despreciable y embustero, tenían que pasar a mejor vida.

Metí la llave en la cerradura y abrí la puerta con sigilo. La casa estaba a oscuras, pero había pasado tanto tiempo entre aquellas paredes que me conocía cada rincón. Me descalcé y ande de puntillas para no hacer el menor ruido. La habitación de los niños estaba entre abierta, por la rendija escuché su respiración leve y acompasada, esa respiración que anuncia el sueño profundo. Tuve que hacer de tripas corazón para no abalanzarme hacia ellos y apretarles fuertemente contra mi pecho.


Despacio me encaminé hacia el dormitorio principal. La puerta también estaba entreabierta, pero a diferencia de la de los pequeños, de allí brotaba luz. A través del resquicio vi dos figuras sobre la cama, ambos estaban desnudos y fumaban un cigarrillo a medias, hablaban quedamente, pero en el silencio de la noche, su conversación me llegó con total nitidez.

— Ya está todo ultimado cariño. Tenemos el dinero en nuestro poder y los billetes de avión nos esperan en el mostrador de Iberia. ¿Tienes ya los equipajes preparados?

— Desde hace tres días está todo listo cielo, el más problemático ha sido el de Sergio, quería llevarse todos los juguetes, en especial el osito que le regaló su madre. Me ha costado un montón convencerle de que tendrá montañas de juguetes mucho más bonitos en su nueva casa.

— ¡Espléndido! Mañana pasaremos el día fuera, comeremos en algún lugar entrañable para despedirnos de Madrid, y por la tarde volaremos a nuestro destino. Lo que lamento es no poder ver la cara de bobalicona de la imbécil de mi mujercita cuando se dé cuenta de lo que ha pasado. Cuanto me gustaría contemplar su insípido rostro cuando llame y compruebe que le atiende una voz desconocida. Sólo seguí su consejo, teníamos que vender la casa para trasladarnos, lo que ella no podía sospechar era que la mudanza iba a ser a otro lugar. Ya pagué mi deuda soportando todos estos años a esa insulsa niña de papá. Si ella supiese que su herencia terminará en un paraíso fiscal y sufragando tus caprichos, amor… Bueno no me preocupa ya se enterará ja,ja,ja.

— No seas excesivamente cruel querido, con ser libres para vivir nuestro amor en un lugar paradisiaco a costa de ella ya tenemos bastante (jijijijijiji) —murmuró ella con una risita melosa.

No pude aguantar más, la ira prendió mi cuerpo como si de la mecha de un polvorín se tratase y penetré en el dormitorio. Los dos se quedaron petrificados al verme y yo no pude evitar dar un respingo cuando contemplé más de cerca el rostro de la mujer. Era ni más ni menos que la furcia pelirroja de bote, la que fuera la secretaria de mi marido. Con rabia contenida pero sin alzar la voz y mirando fijamente a mi esposo le increpé.

— Dejé que me robases mi vida, mis ilusiones, mis ganas de superarme. Me plegué a tus deseos y me dejé engañar, fui tu criada durante mucho tiempo, me negaste mi valía como profesional y como persona. Cuando te interesó me mandaste lejos a ganar el dinero que tú, con toda tu experiencia y tus méritos no pudiste conseguir, me robaste hasta el dinero de mis padres… He sido una muñeca en tus manos, pero jamás consentiré que me robes a mis hijos.

Llevada por el odio, pero conservando la sangre fría y el pulso firme saqué del enorme bolso —comprado exprofeso— una pistola con silenciador.

— Dime donde tienes todo el dinero que me has robado —dije mirándole fijamente a los ojos— Pero fue la voz aterrada de ella, la que me contestó.

— Un maletín… aquí… debajo de la cama… Llévatelo todo… llévate a los niños… Pero no nos hagas daño… yo no te he hecho ningún mal.

¡Maldita zorra! ¿Qué no me había hecho ningún mal? Me había engañado, había sido cómplice de robo y además pretendía llevarse a mis hijos.

Él no dijo nada, se limitó a mirarme a los ojos, sabía que lo haría, sabía que sería capaz de apretar el gatillo… La tonta… La bobalicona tenía una excelente puntería y él, lo recordaba.

A partir de ese momento todo se desarrolló con extraordinaria rapidez. Cogí el maletín, desperté a los niños —afortunadamente la putita había hecho las maletas de forma admirable, nada sobraba… nada faltaba; sólo había seleccionado lo imprescindible— así que ligeros de equipaje y sin mirar atrás salimos de allí aprovechando la oscuridad de las horas nocturnas.

El resto os lo podéis imaginar. Tuve mucho tiempo mientras esperaba la caída de la tarde para dejar mi confesión escrita. En la carta, explicaba que había cometido el asesinato de mi esposo y su amante, no fue difícil hacerme pasar por una persona desequilibrada por las circunstancias y la mentira de un indeseable. El papel quedó en mi cama cubriendo la desnudez de aquel par de traidores.

El segundo paso era vital, todo tenía que estar debidamente programado. Fingir un accidente en el que perdiésemos la vida mis hijos y yo no fue tan complicado, el coche aparecería sumergido en las profundidades de algún punto de la costa. No habría cuerpos, pero es muy difícil encontrar cadáveres en el fondo del mar.

Fleté un pequeño barco pesquero que nos dejó en otro lugar fuera de la frontera, no hay nada que el dinero no pueda comprar. Y de ahí, bajo falsa identidad y pagando todo en efectivo para no dejar rastro, volar al otro extremo del mundo.

Hoy vivo feliz junto a mis hijos en una isla paradisiaca, he retomado mi vida, ahora soy dueña de mis actos y de mi voluntad. Al principio los niños preguntaban por su padre; les conté que al final había decidido irse sólo con su amiga y que los dos estaban lejos, en otra isla tan bonita como la nuestra, jamás se acordaría de nosotros. Hace ya algún tiempo que la conciencia no me despierta a media noche, en algún momento decidí que ese dicho popular de: “Hacer por hacer no es pecado” es cierto. Después de todo eso era lo que él pretendía hacer conmigo, yo sólo utilicé su misma excusa y sus argumentos. Lo de asesinarle junto a su querida fue sólo un daño colateral, el muy cabronazo se olvidó de que yo podría haber sido una brillante criminóloga de la policía científica si él no hubiese cambiado mi destino.

FIN


jueves, 6 de octubre de 2011

DESPERTAR

cama

Aún no sé ni cuándo ni cómo regresó mi consciencia tras el letargo. Fue como el despertar de un sueño. Sólo sé que un día escuché voces a mi alrededor: “Las constantes vitales se están normalizando, parece mentira, después de veintisiete años”.

Lentamente abrí los ojos. Un corrillo de gente vestida de blanco riguroso me rodeaba. Esa no era ni mi casa, ni mi cama. ¿Qué hacía yo ahí? No me quisieron contar nada, no respondían a las preguntas. Un venerable anciano de larga barba blanca, y que debía ser el jefe de toda aquella tropa, me tranquilizó. Me dijo que aún era pronto, tenía que tener paciencia y esperar a recuperarme un poco más.

El paso de los días se me hizo lento y pesado, pero a medida que pasaba el tiempo me iba notando más fuerte. Todo fue transcurriendo a satisfacción del equipo de médicos —ahora ya tenía la consciencia suficiente para suponerlo sin preguntar—. Me encontraba en un hospital, aunque todavía no sabía las causas que me habían llevado allí.

Una mañana, una amable enfermera me ayudó a levantarme y me acompañó hasta el baño: “¡Vamos Pierre! Ya tienes fuerza suficiente para asearte tú mismo. Además hoy el doctor Dalmau, el jefe de neurólogos, te dará toda la información sobre tu caso”.

Alentado por esas palabras me apoyé en el brazo de la mujer y fui ilusionado hacía el baño. Al contemplarme en el espejo me alarmé. Yo no podía ser aquel tipo ajado con escaso pelo blanco que me miraba a través de la pulida superficie.

— No te alarmes Pierre —dijo la enfermera con voz cariñosa— tu aspecto es el normal. El efecto del paso de los años no perdona a nadie. Cuando llegaste aquí eras un joven vigoroso, atlético y con una buena melena color negra azabache. Llevas aquí mucho tiempo.

Esperé impaciente la llegada del médico. Al mediodía apareció, con su barba blanca y su aspecto de vejete bonachón.

— Buenos días Pierre, veo que el aseo te ha sentado muy bien. Creo que es cuestión de poco tiempo que estés ya con nosotros. Calculo que en un mes habrás acumulado la fuerza necesaria para reanudar tu vida de nuevo.

Realmente no sabemos cómo te llamas, aquí te bautizamos cómo Pierre, pero debes saber que no llevabas ningún tipo de documento. Sólo sabíamos que habías tenido un grave accidente de automóvil. La policía estuvo indagando pero todo fue en vano. Toda tu documentación se perdió en el accidente, y  nadie preguntó por ti, ni te reclamó. Llegaste en un estado muy delicado. El fuerte golpe en la cabeza te había producido un coágulo en el cerebro, en un lugar inoperable.

Por aquellos momentos yo estaba trabajando en ese tipo de cirugía y sabía que era cuestión de años que pudiese conseguir que ese tipo de operación fuera factible, así que te hemos mantenido todos estos años —veintisiete— en un coma inducido esperando ese logro. Y al fin llegó. La operación fue un éxito y ahora podrás llevar una vida completamente normal.

— Así que me utilizaron como conejillo de indias ¿no? —respondí.

— En cierta forma sí, tienes razón, hasta que no se realizase la primera intervención era imposible saber los pros y los contras, y si sería del todo viable. Era mejor hacerlo contigo que con otra persona que no hubiese perdido la consciencia. Al fin y al cabo tú habías perdido tu vida y todo contacto con la realidad desde hacía mucho tiempo. A los inversores les pareció bien y financiaron toda la operación y tu estancia aquí.

¿Inversores?, ¿financiar mi estancia y mi tratamiento?, ¿de qué me estaba hablando aquel tipo?

Lentamente iba recuperando mis recuerdos, efectivamente yo no tenía familia que me reclamase. Vivía sólo, mis padres habían muerto hacía años, y no tenía hermanos. Tampoco tenía mujer ni novia, al menos una novia formal. Todo en mí eran relaciones esporádicas, de momento no había querido comprometerme en nada serio. En cuanto a amigos, era un tipo bastante solitario, y mi trabajo como viajante de comercio, con media vida en la carretera, tampoco me permitía consolidar amistades duraderas. Y efectivamente no me llamaba Pierre, me llamaba Damien Candau.

— ¿Qué quiere decir con todo eso? Yo tengo mis derechos, y creo que uno de esos es la sanidad. No creo que nadie me haya financiado nada. Hasta donde recuerdo yo era un ciudadano ejemplar que siempre pagué mis impuestos. —repuse indignado.

— No te alteres, debes tranquilizarte. El mundo ha ido evolucionando, nada permanece siempre igual. Todo cambia y lo comprobarás por ti mismo.

Cómo dijo el médico, al cumplir un mes de nuestra conversación, me dieron el alta. Al fin iba a salir a la calle, a respirar el aire. Intentar buscar indicios de mi vida pasada. Volver a trabajar, a pesar de los años transcurridos, aún era joven, si mi memoria no me fallaba, no había cumplido aún los cincuenta.

Salí del hospital una mañana temprano. Me llevaron en coche hasta el centro ya que me comentaron que el hospital estaba bastante lejos. Una verja de hierro alta y maciza me devolvió al mundo. Tras un largo recorrido al fin pararon y descendí de aquel lujoso automóvil.

Un soplo de aire fétido me dio en la cara. El cielo estaba despejado pero una neblina espesa y gris cubría la atmósfera. Los edificios estaban destartalados y renegridos por aquel ambiente. En mi camino no me crucé con ningún parque ni zonas verdes. Las calles estaban llenas de fango, no sé distinguían las aceras de las carreteras.

No había coches, ni se distinguían farolas ni alumbrado de ningún tipo. Ese no era el recuerdo que tenía grabado en mi mente de lo que era una ciudad.

Todo parecía muerto, callado. No se veía trasiego, ni niños camino del colegio, ni amas de casa camino del mercado.

Permanecí todo el día dando vueltas. La sensación era muy extraña, era algo irreal, cómo si aún estuviese preso de un sueño —el sueño que nunca había tenido en mi largo período de coma—. No tenía reloj y no pude apreciar el paso de las horas, la niebla espesa y grisácea se iba haciendo más oscura, por lo que deduje que ya era de noche.

fábricaSeguía sin cruzarme con nadie, algún perro flaco y alguna sombra de otro tipo de animal mucho más desagradable, así me fui alejando y me vi en las afueras. Unos grandes edificios negros llamaron mi atención. Eran unas moles compactas, negras y feas. No tenían ningún tipo de vano, una gran puerta de hierro y unas grandes chimeneas en los tejados componían los únicos huecos al exterior.

El ruido estridente de una sirena me sobresaltó. El gran portón se abrió y lentamente fue saliendo una lenta marea humana: hombres, mujeres y niños se mezclaban en esas largas hileras. Había de todas las edades; desde niños que no aparentaban más de doce años; a ancianos que podrían traspasar y con mucho los setenta. Algunos no podían casi caminar y eran ayudados por otros compañeros. Pequeños y mayores, compartían caras tiznadas y semblantes tristes.

Me parecía que estaba viviendo una situación irreal, como si estuviera fuera de mi tiempo. Paré a uno de aquellos niños y me le llevé a parte.

— ¿Qué son estos edificios muchacho?

— Son fábricas señor —me contestó con voz cansina.

— Y tú, ¿qué haces ahí?, ¿qué edad tienes?

— Tengo doce años señor, y estoy trabajando igual que todos.

— ¿Y la escuela?, ¿cómo es que no estás en el colegio?, ¿en que están pensando tus padres para hacerte trabajar con esa edad? Esto es para denunciarlo. Ahora mismo hablaré con el responsable de esta fábrica. ¿No saben que es ilegal contratar menores? ¡Esto es increíble!

— Yo no sé nada señor, llevo trabajando aquí tres años. Mis padres y mis abuelos también. Todos tenemos que trabajar en casa, excepto mi hermana pequeña que tiene cinco años. Si no trabajamos no hay comida. Entramos con las primeras luces del sol y salimos ya de noche. No sé lo que es el colegio, nunca he ido, ni mis amigos tampoco. Mis padres y mis abuelos si recuerdan que ellos alguna vez fueron.

Me quedé anonadado, lo que me estaba contando aquella criatura no era creíble. Niños y ancianos trabajando. ¿Dónde había quedado el derecho al menor? El derecho universal a la enseñanza. ¿Dónde había quedado la jubilación de nuestros mayores? Y, sobre todo, ¿qué había pasado con los derechos humanos y la dignidad de las personas?

Entonces recordé cómo estaba la situación antes de mi accidente, gobiernos en crisis, deudas externas y capital congelado. Ricos haciéndose cada día más ricos y pobres sumidos cada día más y más en la miseria. Un pensamiento amargo llenó mi mente y entre dientes sólo pude murmurar una frase, que era más un juramento:

¡Hijos de puta, ya tenéis lo que queríais! ¡Ya habéis cambiado personas por esclavos!

FIN

domingo, 26 de junio de 2011

JUICIO DEL AGUA III - Berta


III

Berta

Rennes (Bretaña) 1229

Era una mañana a principios de verano. A pesar que aún no era mediodía, el calor plomizo se hacía sentir, un calor inusual para la época, y sobre todo para aquellas tierras situadas tan al norte. El conde y su escudero se encontraban en el patio ejercitando con la espada, y los goterones de sudor cubrían sus rostros.

El ruido de los caballos interrumpió su ejercicio; a los pocos minutos vieron aparecer por el portón la carroza de la condesa viuda de Rennes, que se detuvo a pocos metros de donde estaban ellos.

Erwan, sonriente y sudoroso, se acercó al carruaje de su madre, presto a ayudarla a bajar.

— Buenos días madre, no te vi esta mañana, saliste temprano -dijo Erwan ofreciéndola el brazo.

— Sí, hijo, tenía algo que hacer —contestó la mujer ya  fuera del coche— Sal Enora, te voy a presentar a mi hijo.

Una muchacha, casi una niña aún, porque como más tarde supo el conde la joven sólo tenía catorce años, bajó con rostro asustado del carruaje. Sus ropas eran humildes, pero la niña iba limpia y bien peinada, unas hermosas trenzas de color caoba adornaban su bonito rostro.

— Erwan, te presento a Enora, será mi nueva camarera.

— Pero madre, ¿no tienes bastante servicio? 

— Sí hijo, ya sé que tengo varias camareras a mi servicio, pero este caso es especial, esta jovencita se ha quedado huérfana hace poco. Su madre y ella vivían solas en el bosque, esta criatura no podía quedarse en esas circunstancias, y a mi aya la vendrá bien tener a alguien joven a su lado para adiestrarla en sus funciones. Ya sabes como es y lo poco que se fía del resto de las camareras.

Erwan sonrió, conocía de sobra lo rezongona que era Tekla, la vieja aya de su madre, con respecto a su señora todo le parecía poco.

— Esta bien madre, me parece bien. Esta jovencita necesita un hogar más apropiado que una mísera cabaña en medio del bosque. Sé bienvenida Enora.

El conde adoraba a su madre, había sido su ángel de la guarda durante la niñez, marcada por las pautas de un padre severo, arrogante y tirano, del que tantas veces le tuvo que socorrer. Con la muerte de su padre, en plena adolescencia, Berta se había convertido en su guía y cómplice. 

La vida seguía su curso apacible en el Castillo, Berta era feliz con su nueva camarera, una muchacha dispuesta, trabajadora, inteligente y cariñosa, a quien todos inmediatamente tomaron mucho cariño. Sobre todo Erwan, una ternura inexplicable le hacía sentir un cariño especial por aquella discreta muchacha. Seguramente, era el cariño con que veía que trataba a su madre, ese amor compartido por una mujer que siempre había sido un ángel para todo aquel que la rodeaba.

En la recta  final del otoño, Deneza, su joven esposa —con quien había contraído matrimonio la pasada primavera. Un matrimonio concertado por amor, no por intereses sociales. Berta jamás hubiese impuesto una boda así a su hijo— les comunicó que estaba embarazada. 

Llegó el invierno y con él, un frío espantoso, que se dejaba sentir a través de las piedras del castillo, las chimeneas siempre crepitando no daban abasto para  calentar esas salas. Berta comenzó a sentirse mal, el médico confirmó que era un enfriamiento sin mayor importancia, la condesa viuda era aún joven, le faltaban unos meses para cumplir cuarenta años, y además tenía una naturaleza fuerte.

Los días pasaron y Berta no mejoró, día a día iba perdiendo fuerzas, se iba apagando como una llama. Erwan pasaba muchas horas junto a ella intentando alargar el tiempo, ese tiempo que empezaba a dar marcha atrás, aunque él no podía o no quería verlo.

Una madrugada Berta le llamó a su presencia. 

— Hijo, noto que mi final está próximo y tengo algo importante que decirte.

— No, madre, verás como te pondrás mejor en cuanto empiece la primavera y mejore el tiempo. Dentro de unos días comenzará abril, tu mes favorito, recuerdo que de niño me decías que era el mes en el qie despertaba la vida…

— Phssss… —le interrumpió Berta— deja que hable y no me interrumpas hijo; lo que tengo que decirte es de vital importancia, no me gustaría morir sin que supieses la verdad.

“Hijo, hace años, cometí una falta muy grave. Me enamoré,  me enamoré como jamás pensé que podría amar a nadie en este mundo. Ya estaba casada, en realidad fue al poco tiempo de mi matrimonio con tu padre cuando supe lo que era el amor. Tu padre ya sabes como era, a parte de mucho mayor que yo, tenía mal carácter. Jamás me sentí amada por él. Yo era su tercera esposa, y en mí creo que siempre buscó el heredero que no le habían dado las anteriores. Yo era muy joven, me casé por imposición, no tuve escapatoria.

Pero al poco tiempo conocí a un hombre juicioso, amable y poco a poco nos fuimos enamorando, porque él también se enamoró de mí. Lo sé, aunque con el tiempo tuvimos que dejar nuestros encuentros amorosos.

Quedé embarazada, fue terrible, tu padre llevaba ausente varios meses, yo estaba aterrorizada, aquel niño era evidente que no podía ser de mi marido. Afortunadamente, mi vientre no abultaba mucho y podía disimularlo con los vestidos. Cuando se acercó la hora del parto, me marché del castillo, aduciendo que me retiraba una temporada a un convento para rezar por mi esposo ausente en la batalla. En realidad no me fui muy lejos, acompañada por la fiel Tekla y por Marven, llegamos al Bosque de los  Ciervos, y, allí, en la cabaña de la curandera que todos conocían como  “La Gacela”, dí a luz a una preciosa niña.”

— ¡Dios mío! Entonces… entonces, esa niña… esa niña.

— Sí hijo, esa niña es Enora. Tienes una hermana, una criatura inocente a quien tuve que abandonar en una cabaña a los cuidados de aquella curandera de la que muchos murmuraban.  Pero a pesar de las habladurías de la gente era una buena mujer que siempre ayudó a quien llamó a su puerta. No podía hacer otra cosa, tenía miedo de la reacción de tu padre. Siempre estuve de cierta forma cerca de ella. Marven acudía con frecuencia a la cabaña y me decía si la pequeña necesitaba algo. Cuando me enteré de que “La Gacela” había muerto, fui a buscarla para traerla aquí. Al principio te dije que había cometido una falta muy grave, quiero que entiendas, mi querido Erwan, que esa falta nunca fue tener esa niña, ese pequeño ángel, ni el amor que sentí por su padre. Lo que jamás pude perdonarme fue dejarla, abandonarla, aunque sabía que estaba en buenas manos.

— Y, ella, ¿lo sabe?

— Si, se lo confesé todo el día que la traje aquí. No quería abandonar la cabaña, tuve que me sincerarme con ella para hacerla cambiar de opinión. ¡Pobre criatura! Cuando le pedí perdón se echó a mis pies llorando, como si fuese ella la que había pecado. Fue ella la que me pidió que no dijese nada a nadie. Quería permanecer en un segundo plano, se había criado con sencillez, ahora sería absurdo que cambiase su forma de vida, y, sobre todo, que intentase convertirla en una dama. Aunque todos sabemos que una dama  nace, no se hace.

— ¡Dios mío!, tengo una hermana, ahora comprendo el porqué de mi cariño hacia ella. ¿Quién es su padre?, ¿vive aún?

— Sí, hijo aún vive, pero eso no puedo decírtelo, comprende que ese secreto no es sólo mío. Otra cosa es lo de Enora, eso sí debías saberlo, no puedo irme de este mundo sin que  sepas que tienes una hermana y sin rogarte que la protejas siempre.

La condesa dejó de hablar. 

— Madre, descansa, no conviene que te agotes. ¿Tomaste ya la medicina que te mandó el médico?

— Sí hijo. Deneza está pendiente, es ella misma la que se ocupa de mi medicación sin saltarse una hora. Le estoy tan agradecida, a pesar de lo avanzado de su estado esta pendiente de mí, en lo tocante al tratamiento no deja que sean ni Tekla ni Enora quienes me lo suministren. No has podido encontrar una esposa mejor, y lo que más feliz me hace es ver lo que os queréis. Eso me compensa de la tristeza que me produce no conocer a mi futuro nieto.

Esa misma madrugada, a las pocas horas de haber mantenido esta conversación, la condesa viuda de Rennes, dejó este mundo sumiendo en un hondo dolor a todos los que la habían conocido.


EPILOGO

Rennes (Bretaña) 1238

El anciano caminaba despacio por el sendero ayudado de su bastón. Su “pequeña ardilla”, como llamaba a Gwenn, se le había vuelto a escapar. Por suerte sabía donde encontrarla. Y efectivamente, ahí estaba, en el interior de la pequeña ermita. Un precioso paraje rodeado de hermosa vegetación, muy cercano al castillo, que se había convertido en la última morada de Berta. Fue su último deseo, ella no quería yacer por el resto de la eternidad en la suntuosa grandiosidad de una catedral. Su naturaleza sencilla y cálida la hizo alejarse siempre de todo lo frío y convencional.

— Te volviste a escapar pequeña traidora.

— Pero tú siempre sabes donde encontrarme ¿verdad Marven?, sabes que me gusta reunirme aquí, con mi abuela y mi tía. Me gusta venir y contarles mis cosas, es como si estuviese más cerca de ellas.

— Si, pequeña, siempre estarán contigo, incluso aunque no visites este lugar. Eres una niña afortunada, la mayoría sólo tienen un ángel de la guarda; tú, por el contrario, tienes dos.

— ¡Pobre papá!, ha tenido que sufrir mucho.

— Sí, pequeña, en poco tiempo perdió a las tres mujeres que más había amado en su vida.

— Pero mamá no está muerta.

— Ya lo sé pequeña, pero hay muchas formas de morir para el corazón de una persona, y lamentablemente no todas son físicas. Tu madre murió simbólicamente el mismo día que se ejecutó el juicio del agua.

— ¿Qué es eso del juicio del agua, Marven? 

— Es algo repulsivo pequeña, sólo pido a Dios que tú jamás tengas que presenciar algo tan horrible y tan vil.

El rostro del anciano mayordomo se tornó ceniciento. Gwenn, en quien se adivinaba una inteligencia superior a su edad, decidió callar y no hurgar más en esa herida. La pequeña cogió la mano del viejo sirviente y despacio salieron de la ermita. Ya en el umbral, el mayordomo posó sus arrugados dedos en sus resecos labios y depositó un beso que luego con un ligero soplido hizo volar  hacía las dos tumbas situadas al pie del altar, donde reposaban los  cuerpos de las  dos mujeres que  había amado con todas sus fuerzas: Berta, su gran amor, la única mujer de su vida, y Enora, el menor de los dos frutos con que había sido bendecida su furtiva relación.

FIN