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miércoles, 12 de febrero de 2014

UNA ACAMPADA PARA LA CRISIS

Tal y como lo ven, sí señores, así terminó mi pequeño escarceo con la política. Me llamo Joaquín y sí, fui político; para más inri, concejal de urbanismo de mi pueblo. Todo empezó una mañana tranquila cuando regresé de la capital de mi Comunidad Autónoma con mis flamantes títulos de diplomado en económicas y licenciado en ciencias políticas. A Evaristo, el alcalde y amigo íntimo de la familia (ya se sabe que en los pueblos suele pasar que se conoce todo el mundo y además más de la mitad son familia), en cuanto me vio aparecer se le hicieron los ojos chiribitas, necesitaba alguien con preparación para ser su brazo derecho. Y ahí me vi metido en esa gran laguna de aguas profundas que llamamos política.

Los primeros problemas no tardaron en llegar, el primer buitre trajeado con cara de especulador inmobiliario llegó a nuestro tranquilo pueblo, y allí empezó la pelea y mi ruina, me negué con todas mis fuerzas a las pretensiones de aquel depredador vestido de Armani, pero no sirvió de nada. A Evaristo se le llenó el escaso cerebro que tenía de billetes de euros de todos los colores. Aquello terminó con mi carrera municipal y, descubrí, que política e idealismo están reñidos.

Así que tal como regresé, con mi maleta y mis títulos bajo el brazo, me marché con una pequeña diferencia. Si mi regreso fue en loores del triunfo, mi marcha fue entre los abucheos del resto de mis convecinos que me llamaban aguafiestas y oportunista. ¿Dónde había quedado aquello de que era una joven promesa y que me iba a comer el mundo? En fin, de una localidad de unos cinco mil habitantes solo dos siguieron pensando lo mismo a mi marcha. Obvio, mis sufridos padres.

Tiré por la calle de en medio y me decidí por la capital del reino, allí tendría más posibilidades, y así, fui engullido por ese tremendo monstruo de cuerpos sin identidad que iban y venían en una vorágine de locura y aceleración. Al poco tiempo me di cuenta que la capital ya no era la panacea con la que cualquier chico de pueblo soñaba, vaya que ya no te servía venir con el hatillo con los chorizos y jamones que te preparaba mamá y por arte de birlibirloque y como tanto les gustaba alardear en las películas de los sesenta del recurrente, pero siempre genial, Paco Martínez Soria, y alguien te abría las puertas a un futuro brillante o, en el peor de los casos, cómodo. El vini, vidi, venci, se había quedado tan obsoleto como el propio Julio Cesar.

Tras dos meses tirando de los ahorrillos al final pude encontrar un trabajo de comercial, je,je,je. A buena cosa le llaman ser comercial, vamos que mi trabajo se limitaba a repartir publicidad por los buzones, algo muy cansado para las suelas de los zapatos y muy poco rentable para el bolsillo. Y ¿vivir?, ¿dónde podría encontrar algo habitable con el poco dinero que me dejaba limpio mis constantes visitas al zapatero para reponer las suelas. La solución me la dio un camarada publicista y tan comercial desgraciado como yo: «Chaval, ni te lo pienses, lo ideal es un camping;  ahora es lo que funciona para los que, como nosotros, vivimos por debajo del sueldo mínimo. Por poco dinero puedes alquilar una cabaña, eso es lo mejor para tu economía, es como vivir en un chalet adosado, pero mucho más barato».

Y así terminé con mis huesos maltrechos, más que nada, de humillación, en un solar a las afueras de Madrid. Eso sí, en los alrededores no nos faltan árboles que nos dan sombra en verano, no muchos, pero suficientes y tenemos unas bonitas vistas de la sierra madrileña, algo es algo. La piscina en verano parece más bien una bañera, por la cantidad de gente allí acumulada, pero, al menos, puedo mojarme los pies doloridos de tanto paseo diario.

No me quejo, no se vive tan mal, al fin y al cabo las estrecheces de cabañas, caravanas y tiendas de campañas hacen que estemos más unidos. Como en todos los sitios hay de todo, gente mejor y peor, pero lo bueno es que aquí nadie te mira por encima del hombro, ni te insulta, como me pasó a mí en mi querido pueblo. En realidad, nos hemos convertido en una familia porque casi todos, salvando algún caso aparte, hemos conocido tiempos mejores pero sabemos que todo es efímero y que al igual que crees llegar a la meta de tus sueños, un día cierras los ojos y de repente te ves que no es que hayas bajado un escalón, es que has caído en picado al siguiente rellano. Y eso que es una gran putada, no lo voy a negar, te enseña que vivir significa estar siempre inmerso en una ola de altos y bajos, que hoy estemos arriba no significa que mañana podamos desplomarnos.

Me he dado cuenta que esa sociedad estable que consiguieron mis abuelos y mis padres, ya no existe. Esa vida cómoda y lineal pasó a la historia como pasaron las cruzadas, la Revolución Francesa o las guerras mundiales. Ahora nos toca adaptarnos a las circunstancias y no que las circunstancias se adapten a nuestras necesidades. Hoy sé donde estoy y no me arrepiento ni me avergüenzo, yo lo he elegido, podía haber seguido con la trampa e incluso haber llegado a alcalde y estar viviendo en una hermosa casa unifamiliar con todas las comodidades del mundo. He renunciado a todo eso por mi libertad, por mi coherencia, porque valoro más estar en paz conmigo mismo que cualquier triunfo social que no venga del trabajo, el esfuerzo y la honradez.

Que soy un tonto, seguramente, pero soy un tonto feliz. Hoy estoy aquí, mañana, mañana ni lo sé ni me importa. De lo único que estoy convencido es que ya dado este paso, haré lo que quiera hacer, mejor o peor, pero sin presiones, sin engaños, sin aprovecharme de nada ni de nadie y sobre todo sin engañar, sin prometer nada que no pueda (o lo que es peor) no quiera cumplir. Soy Joaquín Ridruejo Martínez: estudiante brillante, político fracasado, comercial mal pagado y explotado, pero ciudadano con libertad para dirigir mi vida y mis acciones y, sobre todo, campista convencido.

FIN

domingo, 18 de marzo de 2012

EL ÚLTIMO ROMÁNTICO


Mariano nunca pensó que le iba a tocar, ¿a él?, ¡imposible! Llevaba trabajando más de diez años en la empresa, un negocio grande, solvente y con un montón de empleados. Esa señora no osaría tocar aquellos sagrados muros, ese pilar de la economía, de las finanzas y, ante todo, aquel icono del buen funcionamiento del país. Estaba convencido de que si caía su empresa todo se iría a la mierda.

Aun así los rumores se propagaban como la pólvora entre los más de quinientos  empleados que componían la plantilla, solamente de su centro de trabajo: «Guerrero, el Jefe de Personal, está llamando a algunos a su despacho, creo que están empezando a repartir las nuevas condiciones laborales y dicen que van a ser tremendas». Paparruchas, pensaba Mariano: «estos incautos se están dejando apabullar por los sindicatos. No, la compañía va viento en popa, la prueba está en que sigue teniendo beneficios, no tantos como otros años; pero seguimos subiendo y ganando dinero». Él lo sabía bien, no en vano era uno de los muchos contables que llevaban las cuentas de aquel emporio.

— Mariano, acude ipso-facto al despacho del Sr. Guerrero, quiere hablar contigo inmediatamente —escuchó la voz de Noelia, la secretaria del Jefe de Personal.

— ¿Sabes para qué quiere hablar conmigo? —Preguntó Mariano lleno de curiosidad— Estoy escuchando rumores entre los compañeros, dicen que es para pactar las nuevas condiciones laborales.

— Pues algo de eso hay, Mariano, no te puedo decir gran cosa, pero sí que es verdad que el jefe se está reuniendo con todos los trabajadores. Estoy viendo muchas caras largas desfilar por aquí, imagino que la crisis está llamando a nuestra puerta. Venga Mariano, dejémonos de charlas que tampoco puedo contarte nada. No sé mucho más, todo esto viene de las altas instancias, directamente de la oficina principal y no pasa por mis manos, pero se cuece algo y, me da la impresión, que no es nada bueno.

— ¿Tanto como para despedir? —insistió Mariano.

— ¡Ay Mariano, ya te he dicho que no lo sé! Lo mejor es que vengas inmediatamente y te enteres, ¡hombre!, tengo la impresión de que al ser llamados uno por uno la cosa va a ser personalizada, de nada te serviría saber lo que le ha pasado a fulanito o a menganito, lo mismo a ti eso no te afecta.

Mariano, por fin, a caballo entre la duda y el miedo colgó el auricular y voló más que corrió al despacho de la tercera planta.

— Me han dicho que quería verme Don Gonzalo.

— Efectivamente Mariano, pasa y siéntate. Ya sabes que estamos atravesando un período difícil, así que la empresa ha decidido hacer unos ajustes.

— ¿Eso significa que habrá despidos?

— Lamentablemente sí, y esos despidos los tendrán que cubrir los que se queden en la empresa y eso llevará a ampliar horarios de trabajo y a ajustar las jornadas, incluso pasando por encima del convenio. Pero alégrate, Mariano, no pongas esa cara de estreñido, que tú sigues con nosotros, eres fundamental para la empresa y no podemos prescindir de tus servicios.

 Mariano respiró, por unos instantes su corazón había dejado de latir.

— Eso sí, tendrás que realizar un pequeño esfuerzo, la jornada ahora será de nueve horas, y con la nueva libertad de horarios, tendrás que venir algunos domingos, no todos, por supuesto.

— Pero la conciliación laboral, los derechos a tener tiempo libre y estar con la familia. Yo vivo muy lejos y ampliar mi horario dos horas más me supondrá estar fuera de casa doce o trece horas. ¿Cuándo podré ver a mi familia y disfrutar de mis hijos?

— Pero que me estás contando Marianito, ¿conciliación laboral, horario para la familia? Cuentos chinos, lo fundamental hoy en día es tener trabajo hombre, lo demás está fuera de lugar, así que no me jodas, ni me vengas con pamplinas. En fin esté será tu nuevo cuadrante, te lo lees y si estás conforme lo firmas y me devuelves la copia firmada.

— ¿Hay alguna posibilidad de rebatir este cuadrante? —preguntó lánguidamente Mariano.

— No, no la hay —contestó el jefe en tono ácido y cortante—. La situación es esta y ahora tenemos todas las de la ley para hacerlo, cada empresa tiene libertad de adaptar las normas que crea convenientes para salvar la situación de crisis que vivimos. Estas son lentejas, si las quieres las comes, y si no las dejas.

— De acuerdo Sr. Guerrero, en unos minutos me lo leo y le pasaré la copia firmada.

— No hace falta que vuelvas al despacho, se lo puedes dejar a Noelia y ella ya se encargará de archivarla. ¡Ah! Mariano, se me olvidaba decirte que a partir del mes que viene las nóminas se van a ver mermadas en un 5%, la situación es mala, muy mala y todos nos tenemos que apretar el cinturón para intentar salir de esta mierda.

A Mariano se le quedaron muchas cosas dentro, como el decir a aquel lechuguino engreído que la empresa podía aguantar perfectamente sin recortes de personal o de sueldos. Y que seguramente, si jefecillos como él, en lugar de subirse el sueldo un 10% y cobrar esas cantidades exorbitantes se redujesen ellos ese famoso 5%, ya sería la “releche”, pero no pudo más que agachar la cabeza, suspirar tristemente y pensar en el disgusto que se llevaría Adela, su mujer, cuando llegase a casa con la noticia, mientras las últimas palabras de Don Gonzalo Guerrero rebotaban en sus oídos: «Y recuerda Mariano, lo más importante hoy en día es trabajar y trabajar para salir de este pozo de porquería, eres afortunado de tener un puesto de trabajo, no lo olvides».


FIN

jueves, 8 de marzo de 2012

LA CHICA DEL 4º B


Ernesto llegaba a su casa a las tres de la tarde, puntual como siempre, tras su dura jornada laboral. Bonita manera de llamar a esas siete horas que pasaba en un trabajo de mierda, con un sueldo de mierda, que sólo le proporcionaba seiscientos míseros euros al mes para vivir. El joven, a sus treinta y cuatro años recién cumplidos, se había convertido en esa nueva generación de lo que su madre llamaba con cariño “hijos pródigos”. Sí, esos hijos que tras haber vivido un tiempo en la bonanza, abandonaban la casa de sus padres para tener su propia casa, su vida, su pareja, lo que siempre se ha llamado formar una familia.

Pero a Ernesto de poco le sirvió su carrera de arquitectura, ni los años que había trabajado —muy bien por cierto— en aquella selecta empresa de diseños arquitectónicos; nada de lo anterior lo libró de caer en el pozo sin fondo de la situación actual. Las cosas iban mal, la crisis hacía mella en todos los sectores y de golpe y porrazo se vio sumido en la vorágine de los nuevos tiempos, es decir, a ser uno más de los que engrosaban las filas del INEM, en busca de un subsidio que, por supuesto, no le daba para afrontar la hipoteca de su ático en pleno centro de la ciudad. Una cosa llevó a la otra y Ernesto, como si de un mal sueño se tratase, se vio de repente fuera de su enorme cama de medidas especiales para volver a ocupar su vieja cama de adolescente de uno noventa. Eso también lo llevó a cambiar el abrazo nocturno de Conchi, su prometida, por el de Miko, su primer osito de peluche, ese trozo de tela ajado que su santa madre, doña Encarnación, se empeñaba en mantener como adorno sobre el edredón de su hijo.


De su edificio moderno, una torre de treinta pisos, situado en una de las amplias avenidas principales de su barrio residencial;  y un mogollón de vecinos repartido en rellanos de cinco puertas cada uno, tan aséptico, tan cuidado, pero donde a pesar de vivir como en un gran panal, nadie conocía a nadie; ahora había vuelto a las calles estrechas de su niñez; al edificio donde se crío, un pequeño inmueble, de esas construcciones de finales del siglo XIX, con dos puertas en cada rellano, cuatro pisos y un patio interior. Ocho familias, ocho vecinos que con el paso del tiempo habían sido como una prolongación de la suya propia. Ernesto volvió a pararse en el rellano para hablar con la señora Juanita, la del primero, o con el señor Aniceto, el hombre que tenía un puestecillo de zapatero remendón en su misma calle, y que hacía años que vivía tranquilamente de su jubilación. Todos estaban ahí, todos menos doña Luisa, la pobre mujer, aquejada ya desde hacía años por el Parkinson, apenas podía valerse ya, así que sus hijos habían decido llevarla a un centro donde estuviese bien atendida: «Una pena hijo, una pena, una mujer siempre tan activa. Bueno, la verdad es que los hijos han hecho lo mejor, por lo menos estará atendida, aquí ya sólo era un peligro para si misma. Ahora son malos tiempos para vender, así que han decidido alquilar el piso hasta que las cosas cambien, y les está costando mucho trabajo, en fin, a ver que nos viene. Hemos estado siempre tan acostumbrados a vivir los mismos aquí, ya nos conocemos de toda la vida y ahora con este mundo tan agitado en el que no te puedes fiar de nadie». Le contó su madre.

Por eso, cuando aquella tarde de vuelta del trabajo vio un camión de mudanza frente a su portal, Ernesto en el fondo se alegró. Por fin alguien se mudaba. ¡Ojalá fuese alguien próximo a su edad!, no tenía nada en contra de sus vecinos de toda la vida, incluso les tenía mucho cariño, todos sin excepción habían sido como unos padres para él. Pero cuando se trasladaron a vivir allí, su madre era una joven viuda, el resto de los vecinos eran bastante más mayores y por ende sus hijos también, con lo cual Ernesto siempre se sintió como ese hermano pequeño que llega tarde al reparto, al que todos miman, sí, pero también vigilan. Además, sus nuevos vecinos serían los más cercanos, el piso libre era el 4º B, es decir, justo el que estaba enfrente del suyo, y a parte de los tres balcones que daban a la calle, tenían otras tres ventanas y un balcón en el patio interior por el que podían ver a sus vecinos casi de continuo.

Subió los escalones de dos en dos, y allí, en el rellano y hablando con los  hombres de la mudanza, la vio por primera vez. Almudena sería su nueva vecina, una chica de su edad que vivía sola.

Desde aquel día Ernesto empezó a hacerse el encontradizo, le gustaba aquella chica, discreta y algo tímida. No es que fuese un bellezón, pero tenía algo; a Ernesto, acostumbrado a las poses, a la moda de vestir, a los maquillajes y peinados a la última de todas las mujeres que habían pasado por su vida, desde sus excompañeras de trabajo hasta su exnovia; el estilo sencillo de aquella mujer le sorbió el seso. Almudena nunca iba maquillada, su forma de vestir era sencilla, se limitaba a vaqueros, camisetas y playeros, y su melena siempre suelta al viento. En aquellos meses Ernesto sólo la vio un día más arreglada de lo normal, un traje de chaqueta sobrio pero elegante, y el pelo recogido en un moño alto, con un ligero maquillaje que casi ni se notaba: «La verdad es que estoy incomodísima, no me gusta nada maquillarme, lo odio, sólo lo hago por obligación, pero bueno, ¿que diría mi hermana si me presento a la comunión de su única hija en vaqueros y playeros?». Le dijo ella con una tímida sonrisa cuando Ernesto se le cruzó en la escalera y soltó un prolongado silbido de admiración.

Almudena trabajaba en el turno de noche de una empresa de telefonía como operadora; así que su horario era siempre invariable, salía de casa alrededor de las siete de la tarde y volvía a las siete de la mañana, dormía hasta la una o las dos y luego se ocupaba de arreglar su casa, prepararse la comida para el día siguiente, ir a la compra, etc. Nunca llevaba amistades a su casa, ni en ese tiempo vieron nunca a esa hermana, cuya niña, había hecho la comunión.

— Hijo, estoy contentísima con esta chica, yo que tenía miedo pensando en quien nos podía venir, pero fueron temores infundados, es una joya esta muchacha; siempre tan discreta, tan educada tan… hijo mío, ¿te gusta, verdad?

— ¡Mamá, por favor! Es sólo una vecina, casi ni nos conocemos, lo poco que coincidimos en el rellano o en las escaleras.

— Sí, sí, y por eso no te veo que estás pendiente de las ventanas contemplando lo que hace, pero si te estás comportando igual que cuando eras un crío y te pillaba espiando tras las cortinas a la hija de doña Luisa, y eso que era mucho más mayor que tú. Hijo, no me tomes por tonta, las madres sabemos mucho más de lo que nos decís, para eso os hemos parido, sólo nos podéis mentir cuando nosotras queremos dejarnos engañar.

— ¡Bueno sí, me gusta bastante! Pero tampoco quiero hacerme muchas ilusiones, todavía me acuerdo de Conchi y quiero darme un poco de tiempo. Pero tengo que reconocer que Almudena es tan diferente.

— Pues no esperes demasiado hijo, estas chicas son escasas hoy en día. Tú espera y verás como llega otro listo y se la lleva. Por mucho que alardeéis los hombres de hoy en día que os gustan más liberales y menos… ¿cómo decís vosotros?, ¿estrechas? Te digo yo que a este pedazo de joya cualquier espabilado te la quita como hagas el tonto. Hijo, no sé como puedes seguir acordándote de esa arpía que en cuanto te vio en la estacada te dejó tirado. Nunca me gustó esa chica para ti, pero claro, las madres tenemos que oír, ver, callar y sufrir en silencio.

— Bueno mamá, cambiemos de tema, no me gusta hablar de Conchi —dijo Ernesto cortante— lo pasado, pasado está. Tienes razón, creo que podría intentar invitarla un día a salir, no sé al cine, o a tomar una copa. Lo malo es su turno de trabajo, la pobre me dijo que incluso trabaja sus días libres para ganar más dinero, la verdad es que con esta porquería de sueldos que nos dan no se puede vivir.

— Pues la invitas un domingo a comer y luego la acompañas al trabajo. ¡Hijo por Dios, tan listos que sois y hay que deciros todo! —Ernesto sonrió, le gustaba su madre en plan Celestina-casamentera.

Al domingo siguiente fueron a comer a las afueras, a un quiosco restaurante junto al lago. El día era precioso y a través de la cristalera del salón se veía una maravillosa panorámica de la ciudad. Tras una estupenda comida, estuvieron paseando, charlando y riendo. Almudena era una chica divertida y se notaba que tenía estudios o, al menos, clase. Cuando llegaba la hora de incorporarse al  trabajo Ernesto se prestó  amablemente a  llevarla.

— No, mejor pasamos antes por casa y recojo mi coche, no me gusta dar tres cuartos al pregonero en el trabajo, ya sabes lo cotillas que pueden ser las compañeras, además necesitaré el coche para luego cuando salga.

— Por eso no te preocupes mujer, mañana voy yo a recogerte, tengo el día libre, me lo debían de las vacaciones.

— No, no, prefiero ir yo por mis medios, Ernesto. No te preocupes —dijo la joven azorada.
El muchacho no volvió a insistir pero aquella negativa le asombró. Volvieron a casa y ella tomó su coche. Un impuso irresistible hizo que Ernesto cogiera el suyo y la siguiera, no quería espiarla, no era eso, pero aún no había encajado bien aquella negativa.

A medida que se alejaban de la ciudad, Ernesto se iba asombrando más, habían pasado ya muchos polígonos industriales y en ninguno se habían parado pero, ¿dónde trabajaba aquella mujer? De pronto vio que el pequeño Smart de Almudena se metía por un desvío de una carretera secundaria, y a unos pocos metros, en un descampado, paró junto a un edificio de dos plantas iluminado por fuertes luces intermitentes de neón.

Almudena salió del auto y entró en el peculiar edificio. Ernesto optó por esperar un poco y aparcó junto a donde había aparcado ella. Había bastantes coches allí, pero el espacio era amplio y aún quedaban muchos lugares libres.

El joven penetró en la estancia mientras un sudor frío le mojaba la frente, aquello no le gustaba y no era tan lerdo como para no sospechar lo que era. El interior le dio la razón, ese lugar era un tugurio medio en tinieblas. Sólo había dos lugares más alumbrados; la barra del bar y una especie de escenario, aunque las luces no eran directas. En el resto del salón había mesas y sillas mal repartidas y peor iluminadas. En el escenario unas barras como las que usan los bomberos esperaban el comienzo del espectáculo. Ernesto se acercó a la barra y pidió una cerveza.

Una música sensual y envolvente comenzó a sonar y tras unas cortinas aparecieron cinco chicas, al ritmo de la música se fueron quitando la poca ropa que llevaban hasta que sólo se quedaron con un mini tanga de lentejuelas doradas que cubría lo más imprescindible, mientras las mujeres, como contorsionistas sin huesos adoptaban las posturas más difíciles agarradas a esas barras. Aquellos movimientos, como no podía ser de otra forma, excitaron sobre manera a aquella panda de clientes salidos y babosos, que sin miramientos saltaron de sus sillas, abandonaron la barra y se lanzaron, cual fieras rabiosas al escenario, manoseando a las chicas e introduciendo billetes en sus diminutos tangas.

Ernesto llevado por una inercia extraña se aproximó también al escenario, sorteando y empujando a varios individuos de aquella jauría hambrienta de carne humana. Al final, consiguió ponerse muy cerca a sólo dos filas. Allí comprobó lo que más o menos ya intuía. En el escenario y a pesar de los kilos de maquillaje que cubría su rostro, reconoció en una de aquellas stripper a Almudena.

Ella ni se dio cuenta, agarrada a su correspondiente barra se dejaba manosear como sus otras cuatro compañeras. Ernesto retrocedió, el estómago le escocía, no sabía si había sido producto del asco, la pena o el desengaño. Sus pies que parecían pesar quintales le llevaron a una de las mesas más alejadas del salón, y allí en la oscuridad rumió uno de los momentos más amargos de su vida.

Un hombre gordo y con aspecto sucio se acercó.

— Veo que eres nuevo aquí, no querrás perderte lo mejor, ¿verdad? Esto es sólo el entremés, el plato fuerte viene luego. Arriba hay habitaciones, ¿sabes? Mira, te hago este favor por ser novato, uno tiene que cuidar a sus futuros clientes, si me dices ahora cual de las chicas te gusta más, te la reservo para el primer turno.

Ernesto miró al hombre con repugnancia, pero se repuso inmediatamente.

— Me gusta la segunda de la izquierda, la del pelo castaño, la más bajita. ¿Cuánto me costará?

— Uhmmm veo que tienes buen gusto ja,ja,ja. Sí, “La Telefonista” les gusta a todos. No sé que le ven, deben ser esos aires de mosquita muerta. Aquí le pusimos ese mote porque siempre viene sin maquillar de casa y no veas que pintas tiene de estar todo el día cogiendo teléfonos je,je,je… Pero si ni bebe ni fuma.

— Al grano, dime lo que me costará, a mí las intimidades de tus chicas no me interesa lo más mínimo —cortó bruscamente Ernesto.

— Cien euros la hora.

— Ya puede ser buena —sopló el joven.

— Mis chicas son las mejores, yo les trato bien, les doy independencia a mí con que me cumplan aquí, luego cada una que viva su vida como quiera. ¡Ah! Y jamás les he tocado un pelo de la ropa ¿eh? No como otros colegas que las apalean como quieren. Y encima, nene, otro aliciente; todas son producto nacional.

Ernesto haciendo oídos sordos le tendió al hombre dos billetes de cincuenta euros. El gordo a su vez le dio una llave cuyo llavero era una chapa dorada medio roñosa con el número cinco grabado en ella.

— El espectáculo terminará en quince minutos, si quieres puedes ir subiendo y poniéndote cómodo, en cuanto termine, te mando a “La Telefonista”.

Ernesto entró en la habitación, un habitáculo muy parecido a las habitaciones de los moteles de carretera, él había conocido alguno, no por esto, sino por sus antiguos y numerosos viajes de empresa. Al menos, ese tugurio tenía un baño individual. El chirrido de la puerta al abrirse le sacó de sus meditaciones.

Una Almudena desconocida, cubierta por la escasa ropa con la que salió al escenario por primera vez y con la cara cubierta de pegotes de maquillaje le miró sorprendida.

— ¡Ernesto! ¿Qué haces aquí?

— Comprobar por mí mismo lo que eres. Cómo puedes engañar así, cómo puedes reírte de las personas que han llegado a tenerte cariño, mi madre, los vecinos, yo mismo. Yo que pensaba en ti como la luz que volvería a iluminar mi vida y rasgar de una vez por todas esta cortina negra que me rodea desde hace tiempo. —Ernesto quería ser duro, punzante, mordaz, pero no lograba conseguirlo, a pesar de todo, aquella mujer seguía inspirándole ternura.

— Yo no quise esto Ernesto, te lo juro, no quise vivir esta vida. Yo era una mujer como otra cualquiera, con sueños normales, pero un día ves lo más oscuro de la vida, ¿sabes lo que es verte sola, sin trabajo, sin nada? A mí me echaron de mi trabajo hace años, se me terminó el paro y me vi en la calle. Ni siquiera me quedó la satisfacción de poder ser una “hija pródiga” como tú, yo no tenía una madre o un padre que me acogiesen en su casa y me diesen cobijo y un plato de comida.

Ernesto intentó tragar el nudo que se le había formado en la garganta, mientras Almudena seguía hablando.

— Ves que se te cierra una puerta, y otra, y otra. Que primero te cortan la luz, luego el agua, y después por si no ha sido bastante con eso te embargan porque debes más de mil euros de comunidad. Y un día abres los ojos y ves que el único techo que tienes es el arco de un puente y la única pared que te cobija es la nada. Intenté buscar trabajo de lo que fuera, pero todo el mundo está mal, te cierran las puertas, ni siquiera pude encontrar nada para limpiar, y lo poco que encontré no me llegaba para vivir.

La mujer respiró hondo para ahogar las lágrimas que pugnaban por salir.

— ¿Crees que esto es agradable?, ¿crees que me gusta vivir así? Pero llega un punto en que tienes que elegir, es vivir, o morir. Sí, soy puta, ¿y qué? No hago mal a nadie, ¿tenía acaso que haberme dejado morir en un rincón oscuro de una calle?

— ¿Y tu hermana? —murmuró quedamente Ernesto.

— ¿Qué hermana? Yo no tengo ninguna hermana, toda mi vida está vacía y es tan falsa como esa Almudena que te forjaste en tu imaginación. No, a la comunión que fui fue a la de la hija de “La Patri”, una de mis compañeras.

— Yo te quiero, Almudena, deja esto ahora mismo, ya nos apañaremos. Yo soy un hombre liberal, a mí estas cosas no me importan, me importas tú y sólo tú. Sé como eres, durante estos meses te he estado viendo día a día, eres una buena persona y sé que te gustará más vivir una vida tranquila conmigo antes que continuar aquí —Ernesto no podía creer lo que estaba escuchando, se oía a sí mismo y no se reconocía. Era un hombre liberal y moderno, ¿pero tanto?

Almudena le miró profundamente, y sus ojos se entristecieron al ver la expresión de Ernesto.

— No, Ernesto, ni tú mismo te puedes creer lo que estás diciendo, tus palabras están diciendo una cosa y tus ojos otra. Mira, las mujeres que nos dedicamos a esto tenemos un sexto sentido, somos, si quieres, un poco psicólogas y sé que esto no funcionaría, no. Duraría un tiempo, un mes, dos meses; quizá y siendo generosos un año, pero algún día cuando se pasase la ilusión de los primeros momentos, esta imagen volvería a ti. Volverías a ver este antro, me volverías a ver rodeada de miradas lascivas y lo que es peor, echarías la cuenta de todos los hombres que han pasado por mi cama. No, Ernesto, sabes que eso no lo soportarías, y al final “La Telefonista” ocuparía el lugar de Almudena en tu corazón y eso nos haría un daño irreparable.

Ernesto bajó la mirada, sabía que en el fondo la mujer tenía razón.

— Por lo menos dime si realmente te llamas Almudena.

— Sí, Almudena es mi verdadero nombre, aunque nadie de aquí lo sepa.

Ernesto salió de la estancia dejando sola a Almudena que no pudo reprimir ya sus lágrimas. En el pasillo se encontró con el dueño de aquel garito.

— Ummm ¿No has cumplido ni la hora? ¿No te ha gustado la chica o es que eres de los rápidos? Pues aquí no devolvemos el dinero.

— ¡Váyase al diablo! Y por supuesto, métase ese dinero por el culo y que le aproveche —contestó Ernesto airado y de un fuerte empujón apartó al hombre del estrecho pasillo y salió corriendo de ese oscuro antro que, triste contradicción, había iluminado su conocimiento.

Almudena siguió siendo la misma chica discreta y formal del edificio, ningún vecino podría haberse creído que aquella mujer sencilla, educada y poco provocativa se transformaba de noche en algo muy distinto. Desde aquel día Ernesto y ella se evitaron, él dejó de espiar tras sus ventanas y ella procuraba salir cuando sabía que él no estaba en casa.

— Hijo, ¿qué ha pasado con Almudena? Desde que la invitaste a comer no habéis vuelto a quedar, y ya no te veo tan pendiente de ella.

— No pasa nada mamá, no encajamos, eso es todo. Pero no me arrepiento de haber seguido tu consejo, estas cosas hay que afrontarlas para bien o para mal y es mejor darse cuenta a tiempo, pero no te apures mamá, eso de quedar fue una buena idea.

— Bueno, bueno, hijo, cuando tú lo dices verdad será; aunque yo sigo pensando que es la chica perfecta para ti.

Así fueron pasando los días y a los dos meses de la fatídica cita, un camión de mudanza llegó a la Calle del Pez nº 5. En pocas horas todos los enseres de Almudena quedaron almacenados en aquel camión y ella se marchó con su pequeño Smart negro y plata tras ellos. Poco a poco el resto de los vecinos se fueron olvidando de Almudena, aquella simpática, educada y algo estrecha vecina del 4º B. Todos, menos Ernesto, que a partir de ese día volvió a contemplar y a espiar las ventanas del piso de enfrente, buscando entre la oscuridad la imagen cercana de Almudena.


FIN

jueves, 1 de diciembre de 2011

BAMBOLA


Era una tarde como otra cualquiera, nada hacía presagiar que a partir de entonces mi vida cambiaría de forma radical. Como todos los días, mi grupo de amigos y yo nos encaminamos a la cafetería de la universidad. En nuestra media hora libre entre clases, siempre aprovechábamos para tomar un café.

Nos sentamos en la misma mesa y al mirar a mi alrededor tropecé con sus ojos sonrientes. Nunca le había visto por allí, pero su mirada atrevida me impactó de tal forma que al volver al aula no puede apartarle de mi mente.

Yo era una romántica empedernida y siempre supuse que cuando el amor llamase a mi puerta sería de otra forma; ingenua de mí, pensaba que algo extraordinario tendría que pasar para advertirme de que el amor de mi vida estaba presto a aparecer ante mis ojos. Esperaba algo parecido a un preludio triunfal, campanitas de plata sonando en mis oídos, mariposas en el estómago… no sé, algo que me alertase… Lo dicho, yo en aquella época era muy ilusa.

No hubo mariposas, ni cascabeles, ni luces brillantes en el cielo… Pero a los seis meses de conocernos ya teníamos planes de boda, y ante el asombro y reticencia de mis padres, lo que sí sonaron a los nueve meses de comprometernos fueron campanas de boda.

—Inés nena, piénsatelo un poco más. No quiero decir que no te cases… No hija, si a mí Miguel Ángel me parece un chico extraordinario, pero date tiempo. Hija, por lo menos termina tus estudios, y luego ya os pensáis lo de la boda.

— No mamá, nos queremos y eso es lo que importa, no vamos a esperar; lo tenemos muy hablado y meditado. El negocio de Miguel va viento en popa, será cuestión de unos meses; en cuanto nos estabilicemos un poco más y veamos la forma de pagar las mensualidades del crédito con comodidad, retomaré mis estudios; mamá, te lo prometo, será cuestión de un año como máximo.

— Bueno hija… me dejas más tranquila, aunque me da mucha pena que dejes tu carrera, eres una estudiante brillante; además no termino de entender el porqué de esas prisas, sois muy jóvenes; hoy en día no es como en mis tiempos, los chicos no se atan tan pronto, y hacen muy bien… Inés hija, las prisas no serán por otra causa ¿verdad?

Aún sonrío pensando que mamá, hasta que no pasaron varios meses después de la boda y comprobó que no había novedad, no se quedó tranquila. Jamás me lo dijo explícitamente pero sé que sospechó que las prisas se debían a un embarazo.

Pero no pude cumplir mi promesa. Suele pasar que el hombre propone y Dios dispone y eso me pasó a mí. Primero fueron unas dificultades económicas inesperadas… Luego las cosas se complicaron. Cuando llevábamos cuatro meses casados llegó mi primer embarazo. Miguel me convenció para quedarme en casa atendiendo al bebé. Él venía de una familia tradicional, donde el padre era el que salía a buscar el sustento para la familia, y la madre se quedaba en casa cuidando de los hijos. Hasta ese momento yo le ayudaba en la oficina llevando las cuentas y haciendo labores de secretaría. Pero me dijo que no era necesario, que nos iba tan bien que pensaba contratar a un contable y a una secretaria. Además, mis conocimientos eran escasos y la empresa ya necesitaba gente más profesional. Aquello fue un mazazo, creí intuir que mi marido no me creía válida para desempeñar unas funciones que, hasta el momento, creía realizar bien o al menos dignamente.

Aunque aquello me produjo una ligera incomodidad, decidí no llevarle la contraria, era razonable que al menos los primeros años, hasta que el niño entrase en el colegio, me quedase yo con él. No me costó trabajo adaptarme a la vida casera, mi hijo me llenaba plenamente; desde el primer momento de sentirle en mis brazos, aquel pedacito de carne viva y palpitante, me robó el corazón. Serían a lo sumo tres años de mi vida que entregaría con gusto por sacar adelante a mi pequeño.

Cuando Miguelín cumplió dos años, empecé a pensar de nuevo en volver a mis estudios, pero la tragedia se cebó conmigo.

Una mañana, cuando volvía del paseo por el parque con el niño, encontré esperando en mi puerta a una pareja de policías. Presentí que algo muy negro se cernía sobre mí. Mi rostro contemplando a aquellos pobres hombres de aspecto normal, pero que a mí se me aparecían como pájaros de mal agüero, debió de ser el reflejo del dolor, aún sin saber qué era lo que les llevaba a mi casa, simplemente percibía que su presencia no presagiaba nada bueno.

Ante mi nerviosismo los policías intentaron calmarme, y ya dentro de mi domicilio, me hicieron sentarme en el sofá y, con toda la delicadeza que pudieron, me dieron la cruel noticia. Mis padres que volvían precisamente aquel día de sus vacaciones, habían sufrido un accidente de coche. Los dos fallecieron de forma instantánea tras el choque frontal. Había sido rápido y fulminante, al menos, no habían sufrido, intentaron consolarme los dos funcionarios. Lo que no sabía entonces es que mi segundo hijo ya se gestaba dentro de mí.

Miguel se portó de maravilla, en todo momento estuvo a mi lado. Pero a partir de entonces las cosas no fueron bien.

El embarazo y el parto fueron normales y sin ninguna complicación, antes de que me diese cuenta tenía a mi segundo hijo en mis brazos. Sergio era tan parecido a su hermano mayor, que a pesar de los casi tres años de diferencia, parecían gemelos. Contemplar al bebé me hacía recordar tiempos mejores.

Pero por el contrario el tema laboral se complicó, la crisis comenzaba a fustigar el país y nosotros no fuimos la excepción. Nuestro negocio se resintió y no nos quedó otra que utilizar la herencia de mis padres —una cantidad nada despreciable— e incluso mal vendimos su casa para intentar sanear nuestras cuentas ampliando el capital; pero a pesar de nuestros esfuerzos todo terminó yéndose al garete. Nuestra empresa finalmente quebró, y con sus escombros también se mezclaron mis ilusiones de volver a estudiar y conseguirme un futuro en una profesión que me apasionaba, en definitiva hacerme una vida propia y no ser el reflejo de la de Miguel Ángel; aunque amaba profundamente a mi marido, comenzaba a extrañar cierta independencia.

— Cariño, date cuenta de que ahora te sería más difícil. Las cosas han cambiado mucho. Hace más de siete años que dejaste la facultad, los planes de estudios ya no son lo que eran, ahora estarías desfasada y rodeada de gente mucho más joven. Cielo, no quiero que tomes mis palabras a mal, pero dentro de nada vas a cumplir treinta años. Creo que lo mejor que puedes hacer es seguir en casa cuidando de los niños, ellos todavía te necesitan.

Sus palabras más que consolarme me llenaron la boca del sabor amargo de la hiel. Miguel venía a decirme que a mis treinta años ya era una persona incapacitada para algo más que fuese criar hijos y ocuparme de una casa.

Finalmente y para que las deudas no nos comiesen tuvimos que cerrar el negocio y vivir, de momento, con los pocos ahorros que conseguimos salvar. Miguel Ángel intentó buscar trabajo por todos los sitios, tirando de viejas amistades, conocidos… en fin, llamando a todas las puertas, pero todo fue inútil. Lo sé, me consta que lo intentó, pero las cosas casi nunca son como queremos que sean. Así que decidí ser yo quien probase suerte, de algo tenían que servir mi preparación aunque lo hubiese tenido que interrumpir. Navegando por internet encontré unas páginas de trabajo y vi algo interesante, no era lo mío pero la situación no estaba para elegir. Una empresa de cosméticos necesitaba una agente comercial. No tenía ni idea de cómo afrontar esa tarea, pero tenía que intentarlo… Y les convencí.

Se cambiaron las tornas, en un abrir y cerrar de ojos fui yo quien empezó a salir de casa y traer el sustento, como decía Miguel, y él ante la imposibilidad de encontrar nada, se quedó en casa con los niños. Aquello fue una inyección de energía y seguridad para mí, recuerdo que el día que recibí el primer cheque con mi salario estuve llorando un buen rato…  No era una inútil, servía para algo más que para cambiar dodottis y hacer papillas.

Los meses pasaban rápidos y un día me llamaron de dirección, me temí lo peor, mi contrato laboral estaba a punto de finalizar; seguramente prescindirían de mí pero, ante mi estupor, mis jefes me ofrecieron un ascenso y una subida de sueldo considerable, sólo había un obstáculo; me tendría que trasladar a otra ciudad.

En casa lo comenté con Miguel Ángel, me quedé perpleja ante su reacción. Mi marido, el típico macho educado en un ambiente totalmente conservador, estaba encantado de la vida. No podía dejar pasar aquella ocasión, pero claro, tendría que enviarle el grueso de mi sueldo, había dos niños que alimentar, colegios que pagar; total para mí sólo con una pequeña parte para sufragar mi manutención tendría bastante, además yo estaba más que habituada a hacer del papel de los billetes, chicle; era yo, y sólo yo quien había hecho verdaderas acrobacias financieras para que los, últimamente, menguados ingresos de nuestro negocio sirviesen para apechugar con los gastos de la casa; estaba tan acostumbrada a estirar pequeñas cantidades que podría vivir perfectamente con una suma pequeña. Él se ocuparía de la economía familiar a lo grande,  por supuesto él llevaría, como siempre había hecho, nuestras finanzas; por eso   era el experto. Yo sin embargo para tratar con los bancos y demás era una nulidad, con él al frente de “nuestro” flamante nuevo sueldo, nuestros ahorros se incrementarían de tal manera que, al cabo de no demasiado tiempo, nadaríamos en la abundancia. Con el timón en sus manos, el barco de nuestras vidas navegaría con viento favorable y a toda vela. De toda aquella charla, lo que más me asombró fue su reacción cuando le propuse vender nuestra casa, después de todo sería mucho más fácil realizar sus planes unificando gastos, evitando el mantenimiento de dos casas, por poco que yo me gastase tenía que comer todos los días y necesitaba una cama donde dormir.

— Cariño, no lo veo prudente, no es el momento; comprende mi vida, que si estuviésemos solos todo sería coser y cantar, pero tenemos que arrastrar a los niños y ellos están muy adaptados en su colegio, con sus compañeros. Incluso Miguelín ya tiene edad para tener sus primeros amiguitos, sacarles ahora de su ambiente, no sería conveniente. No, Inés, más adelante cuando comprendan mejor las necesidades de la familia, será más factible. Ahora sería arrancarles su estabilidad, podrían sufrir algún trauma y no nos lo perdonaríamos nunca. —Más de lo mismo, podían cambiar las situaciones, pero los argumentos de mi marido no variaban; estabilidad, estabilidad y más estabilidad.

De todas formas, en cierta manera, y por mucho que me fastidiase, tampoco podía quitarle su parte de razón. Era evidente que aquella situación no se podría prolongar demasiado y al final tendríamos que optar por la mudanza total, pero habría que dar tiempo al tiempo.

Al principio yo viajaba cada fin de semana para reunirme con mi familia; no me daba satisfacción plena, pero al menos podía mantener los lazos con ellos. El trabajo subía como la espuma y llegó el momento que incluso tuve que trabajar algunos fines de semana, muy bien pagados, pero a mí aquello no me compensaba; tendría que espaciar las visitas a mis hijos, y eso no me hacía ninguna gracia. De nuevo Miguel volvió a abrirme los ojos, aquello sería algo puntual, no iba a estar así toda la vida; de todas formas si esto se hacía habitual tendríamos que buscar otra solución y la más lógica sería que él y los niños se mudasen conmigo —eso era lo que yo deseaba—. No podía desaprovechar esa ocasión, aquello incrementaba nuestros ingresos y sería otro puntazo para nuestro bolsillo. Sería poco tiempo, en unos meses Miguel se ocuparía del traslado y por fin estaríamos todos juntos y mientras tanto, ¿para qué existía desde hacía más de un siglo el maravilloso invento llamado teléfono?

Y así lo hicimos, me fui esperanzada soñando con que en menos tiempo del que pensaba, en poco tiempo podría disfrutar plenamente de a mi familia.

Cada día buscaba un momento para hablar con mis hijos, no perder su contacto era vital para mí. Pasaba el tiempo y Miguel no se movía de Madrid, me daba excusas sensatas que yo no era capaz de rebatir. Así que seguía conformándome con las largas llamadas telefónicas, por lo menos escuchaban mi voz a diario. Pero llegó un momento que noté que mis llamadas ya no les ilusionaban como al principio, sus voces sonaban más frías y distantes y aprovechaban la menor ocasión para dejarme y pasar el teléfono a su padre. No le di demasiada importancia era normal, los niños son inquietos y preferían seguir jugando a estar quietos pegados a un auricular. Hasta que un día las palabras de mi hijo mayor me dejaron fría como un témpano de hielo, su voz viajó a través de los cables y llegó a mis oídos como un viento gélido que me traspasó el tímpano.

— ¿Qué tal estás mamá? Nosotros estamos bien… Sí… Papá nos cuida bien ¿Sabes que tenemos una señora en casa? Sí… Es amiga de papá, se porta muy bien con nosotros… Papá dice que pronto nos mudaremos… No, pero no a donde estás tú… Nos ha dicho que iremos a otro lugar muy lejos, es una isla muy bonita, papá dice que hay delfines y palmeras, que podremos nadar y hacer surfing… que siempre hace buen tiempo y que los colegios son mucho más divertidos que aquí… Hasta nos ha dicho que seguramente podremos encontrar un tesoro… Mamá, ¿es verdad que tú ya no nos quieres? Papá dice que ya ni quieres venir a vernos… Ah mamá… ¿Sabes que el otro día Sergio tuvo una pesadilla? Se despertó llorando, pero papá no se enteró… Decía que no podía recordar tu cara… No te enfades, es muy pequeño todavía y como la amiga de papá ha quitado todas tus fotos no puede recordarte… Mamá te hablo muy bajito para que papá no pueda oírme y no me riña, no quiere que te contemos que “la señora” vive con nosotros.

No pude resistir más aquello, con un sollozo ahogándome la garganta me despedí de mi querido pequeño y colgué. Tenía que encontrar una solución, en aquel momento estaba en un estado muy parecido al sonambulismo, no podía ser, aquello no podía ser verdad. Eso sería debido a la situación anómala que estábamos obligados a vivir, sin duda, el niño estaba alterado y confundía las cosas y sus temores le hacían fantasear. No Miguel Ángel no sería capaz de hacerme algo así. Pero por otro lado conocía a mí hijo y sabía que a pesar de ser aún demasiado pequeño era un niño sensato y muy maduro para su edad. Algo pasaba, de momento era consciente que mis hijos no estaban bien, a pesar de que Miguel, para no preocuparme, intentase ocultarme la realidad.

Con el alma rota, a la mañana siguiente pedí permiso a mis jefes y cogí el primer avión. Una duda comenzó a abrirse paso en mi cabeza a lo largo de la noche insomne, y me pinchaba como si fuese la punta de un objeto punzante. Antes que nada me pasaría por el banco, allí me llevé el primer golpe. Un atento director de sucursal me pasó a su despacho y, tras identificarme,  amablemente me confirmó que mi marido había liquidado hacía una semana la cuenta, sacando todo el dinero. Mi incredulidad llegó al límite cuando vi con mis propios ojos la cantidad que teníamos acumulada. Superaba con creces lo que yo tenía en mente, era imposible que hubiese tanto dinero. Era consciente de lo que le enviaba cada mes y sabía los gastos que teníamos, no podíamos haber acumulado esos ahorros. ¿Le habría salido algún trabajo? No, no era posible, me lo hubiese dicho.

Salí del banco como una autómata, por un lado me sentía desfallecer ante el engaño, ahora más que nunca creía fielmente las palabras de mi niño. Pero por el otro me sentía como una idiota, sentía rabia conmigo misma ante mi ingenuidad, o mi falta de previsión; jamás debería haber dejado todos los asuntos del negocio y el dinero sólo en sus manos; debía haberle exigido una cuenta conjunta y no ser tan despreocupada con esos asuntos. Fui tonta, inmediatamente me arrepentí del poder que le firmé para hacerse responsable de la herencia de mis padres. ¡La herencia de mis padres! ¡Era eso! Ese dinero con el que yo supuse que iba intentar reflotar el negocio y que, evidentemente, sólo había servido para engordar una cuenta corriente… Su cuenta corriente.

Estuve todo el día vagabundeando por la ciudad, mal comí en algún restaurante del centro, hice algunas compras, y cuando vi que ya era tarde, encaminé mis pasos hacia lo que había sido mi hogar.

En el transcurso de las horas logré contener mi rabia, me fui relajando poco a poco, era preciso que ahora procediese de forma medida y fría, tan fríamente como habían sido sus actuaciones. No, no podía dejarme llevar por un arrebato pasional que nos hundiese a mí y a mis hijos en la miseria. Debía hacer acopio de sangre fría y dejarme llevar por mi inteligencia, porque sí, yo era una mujer inteligente, como decía mi madre; una alumna brillante, y eso tendría que servir para algo. Aquellos años en los que simplemente fui un vegetal anulado por un tipo despreciable y embustero, tenían que pasar a mejor vida.

Metí la llave en la cerradura y abrí la puerta con sigilo. La casa estaba a oscuras, pero había pasado tanto tiempo entre aquellas paredes que me conocía cada rincón. Me descalcé y ande de puntillas para no hacer el menor ruido. La habitación de los niños estaba entre abierta, por la rendija escuché su respiración leve y acompasada, esa respiración que anuncia el sueño profundo. Tuve que hacer de tripas corazón para no abalanzarme hacia ellos y apretarles fuertemente contra mi pecho.


Despacio me encaminé hacia el dormitorio principal. La puerta también estaba entreabierta, pero a diferencia de la de los pequeños, de allí brotaba luz. A través del resquicio vi dos figuras sobre la cama, ambos estaban desnudos y fumaban un cigarrillo a medias, hablaban quedamente, pero en el silencio de la noche, su conversación me llegó con total nitidez.

— Ya está todo ultimado cariño. Tenemos el dinero en nuestro poder y los billetes de avión nos esperan en el mostrador de Iberia. ¿Tienes ya los equipajes preparados?

— Desde hace tres días está todo listo cielo, el más problemático ha sido el de Sergio, quería llevarse todos los juguetes, en especial el osito que le regaló su madre. Me ha costado un montón convencerle de que tendrá montañas de juguetes mucho más bonitos en su nueva casa.

— ¡Espléndido! Mañana pasaremos el día fuera, comeremos en algún lugar entrañable para despedirnos de Madrid, y por la tarde volaremos a nuestro destino. Lo que lamento es no poder ver la cara de bobalicona de la imbécil de mi mujercita cuando se dé cuenta de lo que ha pasado. Cuanto me gustaría contemplar su insípido rostro cuando llame y compruebe que le atiende una voz desconocida. Sólo seguí su consejo, teníamos que vender la casa para trasladarnos, lo que ella no podía sospechar era que la mudanza iba a ser a otro lugar. Ya pagué mi deuda soportando todos estos años a esa insulsa niña de papá. Si ella supiese que su herencia terminará en un paraíso fiscal y sufragando tus caprichos, amor… Bueno no me preocupa ya se enterará ja,ja,ja.

— No seas excesivamente cruel querido, con ser libres para vivir nuestro amor en un lugar paradisiaco a costa de ella ya tenemos bastante (jijijijijiji) —murmuró ella con una risita melosa.

No pude aguantar más, la ira prendió mi cuerpo como si de la mecha de un polvorín se tratase y penetré en el dormitorio. Los dos se quedaron petrificados al verme y yo no pude evitar dar un respingo cuando contemplé más de cerca el rostro de la mujer. Era ni más ni menos que la furcia pelirroja de bote, la que fuera la secretaria de mi marido. Con rabia contenida pero sin alzar la voz y mirando fijamente a mi esposo le increpé.

— Dejé que me robases mi vida, mis ilusiones, mis ganas de superarme. Me plegué a tus deseos y me dejé engañar, fui tu criada durante mucho tiempo, me negaste mi valía como profesional y como persona. Cuando te interesó me mandaste lejos a ganar el dinero que tú, con toda tu experiencia y tus méritos no pudiste conseguir, me robaste hasta el dinero de mis padres… He sido una muñeca en tus manos, pero jamás consentiré que me robes a mis hijos.

Llevada por el odio, pero conservando la sangre fría y el pulso firme saqué del enorme bolso —comprado exprofeso— una pistola con silenciador.

— Dime donde tienes todo el dinero que me has robado —dije mirándole fijamente a los ojos— Pero fue la voz aterrada de ella, la que me contestó.

— Un maletín… aquí… debajo de la cama… Llévatelo todo… llévate a los niños… Pero no nos hagas daño… yo no te he hecho ningún mal.

¡Maldita zorra! ¿Qué no me había hecho ningún mal? Me había engañado, había sido cómplice de robo y además pretendía llevarse a mis hijos.

Él no dijo nada, se limitó a mirarme a los ojos, sabía que lo haría, sabía que sería capaz de apretar el gatillo… La tonta… La bobalicona tenía una excelente puntería y él, lo recordaba.

A partir de ese momento todo se desarrolló con extraordinaria rapidez. Cogí el maletín, desperté a los niños —afortunadamente la putita había hecho las maletas de forma admirable, nada sobraba… nada faltaba; sólo había seleccionado lo imprescindible— así que ligeros de equipaje y sin mirar atrás salimos de allí aprovechando la oscuridad de las horas nocturnas.

El resto os lo podéis imaginar. Tuve mucho tiempo mientras esperaba la caída de la tarde para dejar mi confesión escrita. En la carta, explicaba que había cometido el asesinato de mi esposo y su amante, no fue difícil hacerme pasar por una persona desequilibrada por las circunstancias y la mentira de un indeseable. El papel quedó en mi cama cubriendo la desnudez de aquel par de traidores.

El segundo paso era vital, todo tenía que estar debidamente programado. Fingir un accidente en el que perdiésemos la vida mis hijos y yo no fue tan complicado, el coche aparecería sumergido en las profundidades de algún punto de la costa. No habría cuerpos, pero es muy difícil encontrar cadáveres en el fondo del mar.

Fleté un pequeño barco pesquero que nos dejó en otro lugar fuera de la frontera, no hay nada que el dinero no pueda comprar. Y de ahí, bajo falsa identidad y pagando todo en efectivo para no dejar rastro, volar al otro extremo del mundo.

Hoy vivo feliz junto a mis hijos en una isla paradisiaca, he retomado mi vida, ahora soy dueña de mis actos y de mi voluntad. Al principio los niños preguntaban por su padre; les conté que al final había decidido irse sólo con su amiga y que los dos estaban lejos, en otra isla tan bonita como la nuestra, jamás se acordaría de nosotros. Hace ya algún tiempo que la conciencia no me despierta a media noche, en algún momento decidí que ese dicho popular de: “Hacer por hacer no es pecado” es cierto. Después de todo eso era lo que él pretendía hacer conmigo, yo sólo utilicé su misma excusa y sus argumentos. Lo de asesinarle junto a su querida fue sólo un daño colateral, el muy cabronazo se olvidó de que yo podría haber sido una brillante criminóloga de la policía científica si él no hubiese cambiado mi destino.

FIN