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domingo, 2 de octubre de 2011

CON LAS MANOS VACÍAS

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— Mares de olivos, océanos de olivares que se pierden en el horizonte...

Podría pasar horas enteras escuchando a este anciano, se llama Horacio y es mi amigo. Cada día somos fieles a nuestra cita, nos encontramos en el mismo banco, bajo el olivo centenario del parque. Me encanta escucharle, esa hora perdida entre el almuerzo y la vuelta al trabajo se me pasa rápidamente. Con su figura esbelta; su espalda recta, a pesar de sus muchos años y ese aspecto cuidado hasta el milímetro, Horacio tiene todo el aspecto un caballero con todas las letras, uno de esos caballeros de los que hablaba mi abuela… Traje impecable, flor en el ojal y modales exquisitos.

— Mi querida amiga, eso era este parque cuando yo tenía tu edad, un océano de olivos que no tenía fin. ¿Sabes que este viejo árbol bajo el que nos sentamos cada día tiene quinientos años de antigüedad? Afortunadamente ha sobrevivido al paso del progreso. Tuvieron el buen juicio de no talarlo al construir esa urbanización de chalets y dejarlo como un monumento vivo en el centro del parque.

— Es hermoso, es una tontería pero muchas veces tengo envidia de estos árboles que sobreviven siglos y siglos. Todo lo que han vivido, lo que han visto pasar a su alrededor. Me gustaría ser inmortal, ser como un viejo olivo o una vieja encina y sobrevivir en el tiempo.

— ¡Mi niña! —suspiró Horacio—. Lamentablemente nosotros no somos vegetales, nuestra vida es muy distinta. Los humanos jamás podríamos sobrevivir tanto, no es nuestra naturaleza. Fíjate en mí, tengo noventa y dos años, comparado con este árbol soy un jovenzuelo, y mi carga es ya muy pesada. Vivir tanto tiempo sería impensable, mi anhelo es ya irme y descansar.

— No diga eso Horacio, la vida es maravillosa.

— Si, pequeña, es maravillosa para vosotros los jóvenes que aún tenéis mucho que hacer aquí. Pero para un pobre viejo como yo la vida es una carga muy pesada. Ya no queda nada por hacer, las ilusiones se van apagando. Es muy triste sentir que prácticamente estás solo. Vas viendo partir con pena, dolor e impotencia a tus seres queridos. Primero se van los padres y eso es natural y en todo caso aceptable, es la vieja generación que tiene que dar paso a la joven. Pero cuando los años van pasando y vas dejando en el camino a tus congéneres, esposos, hermanos, amigos, la vida se va volviendo un pesado lastre cargado de tristeza.

Hoy tengo las manos vacías, no tengo nada que dar ni ofrecer, no puedo compartir vivencias con nadie que me entienda. El mundo gira a otro ritmo que no es el mío. Ya mi único deseo es partir con la esperanza de volver a reencontrarme con los que amé, volver a abrazar a mis padres, besar a mi esposa y jugar una partida de petanca con mis amigos.

Aquella conversación me estaba entristeciendo, no me gustaba hablar de esos temas, el tema de la muerte para mí era casi tabú.

— Pues a mí me gustaría ser inmortal —murmuré.

— No lo soportaríamos Margarita. Los humanos somos lo más parecido a los ríos. Nacemos vigorosos, ágiles, ligeros, con una fuerza arrolladora y descontrolada; nos creemos capaces de comernos el mundo. Con la madurez nos hacemos más robustos, seguimos siendo fuertes pero nuestro paso es más sosegado y prudente. Así hasta que llegamos viejos y agotados a nuestro destino, el mar o el océano que nos engulle. Mi único deseo es llegar tranquilo y sereno a ese océano.

Ha pasado un año desde esa conversación y no he vuelto a ver a Horacio. No ha llovido, el tiempo es agradable, ni frío ni calor. Hace algunos años que el otoño no muestra una cara tan amable. Es extraño que mi viejo amigo no acuda al parque. Siento el hueco frío del banco a mi lado y a pesar de la agradable temperatura noto un estremecimiento. Presiento que no volveré a ver a Horacio. Los ojos se me llenan de lágrimas, más que nunca soy consciente de las palabras del anciano. Empiezo a comprobar por mí misma lo que duele una pérdida y el hondo vacío, semejante a un pozo negro, que deja a nuestro alrededor.

Nunca he creído en un paraíso celestial, ni en un infierno donde purgar los pecados de nuestra vida. Si esto se acaba, ¡se acabó, señores! ¡Ya no hay más! Pero hoy echo la cabeza hacía atrás, cierro los ojos, dejo que los rayos del sol penetren a través de la piel de mi cara y elevo al cielo azul una despedida:“Hasta siempre Horacio, tus manos no se han ido vacías, en el tiempo que tuve el placer de conocerte siempre estuvieron llenas de cariño y sabiduría. Suerte con esa partida de petanca”.

FIN