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domingo, 23 de octubre de 2011

LA CALZADA



El atardecer caía suavemente sobre el camino. Desde el Puente del Descalzo, el hombre se secaba el sudor de la frente con un sucio lienzo y contemplaba con recelo la cuesta que le esperaba. El color naranja que iban adquiriendo las piedras de la calzada le daba mala espina. Si no conseguía arreglar pronto el eje del carro, la oscuridad le alcanzaría antes de llegar al Puerto de La Fonfría, donde sabía que había un destacamento militar itinerante por aquellas fechas.

Su amo, un comerciante de vinos de Titulcia(1), se informó debidamente antes de preparar el viaje. Aquel negociante avispado había descubierto las ventajas de expandir su negocio hacia el norte. Segovia era una buena ciudad para comerciar. No era el mejor de los caminos, cierto, ya que era un largo y tortuoso sendero que cruzaba las montañas, pero aun así era el camino más recto para conectar con el norte. “El divino Vespasiano había tenido una idea magnífica”, repetía sin cesar el vinicultor. Aunque Petrus no dejase de pensar, en los momentos previos a su viaje, que el divino emperador podía haberse dedicado más a los asuntos líricos —como algunos de sus antecesores— que a temas prácticos.

Y es que aquel pobre esclavo no era valiente, ni tan siquiera animoso. Más bien era un pobre hombre,  pusilánime de alma y canijo de cuerpo, que siempre había viajado acompañado y bajo las órdenes de su compañero, que no amigo, Albanus — un individuo más bruto que fuerte y más fanfarrón que valiente— que le amargaba los viajes auto complaciéndose en lanzarle continuas puyas y bromas mal intencionadas. Pero al menos era una compañía, desagradable sin duda, pero hacía sombra. A Petrus casi le dolía más la soledad que el pensar que tendría que quedarse a pasar la noche en medio de un camino, si no quería arriesgarse a que alguna de las bestias que tiraban del carro se rompiese una pata debido a la falta de luz.

El futuro inmediato que le aguardaba no podía ser más inquietante. Temblaba pensando en lo que las siguientes horas le podían deparar. Se imaginaba asaltado por bandidos —que los había, y muchos por aquellos caminos de los dioses y del César— o atacado por una manada de lobos u otras alimañas de las que pululaban durante la oscuridad por esos parajes. Aunque puestos a elegir casi prefería a las alimañas, quizá si no las pillaba excesivamente hambrientas le perdonarían la vida, cosa que de los de su misma especie, no podía asegurar.

En medio de aquellos negros pensamientos llegaron a sus oídos unos sonidos que entonaban algo parecido a una melodía, extraña, pero sonaba a música. Reconoció silbidos humanos, esos ruidos no los producía ningún pájaro. Al volverse a mirar se quedó con la boca abierta. Un ser de lo más extravagante se acercaba por el camino. Lo primero que llamó la atención del esclavo fue la rara indumentaria del sujeto. Una extraña tela de un color que no sabría definir, porque más bien eran varios colores en uno, cubría sus extremidades inferiores desde el talle, pero lo más curioso era que esta prenda se ceñía de forma suelta a cada una de sus piernas de forma independiente. Si la vestimenta de cintura para abajo era extraña, lo que cubría el torso de aquel hombre era digno de echarse a temblar. Una tela negra y ajustada rodeaba el pecho y lo peor de todo era la especie de dibujo que aparecía en ella. ¡Por Júpiter! Que ni el mismísimo Cancerbero en los infiernos sería más terrorífico. ¿Qué significarían aquellas letras? Petrus había aprovechado las enseñanzas de Vincentius, el viejo liberto del amo y había aprendido a leer, pero aquellas palabras no le decían nada ¿Qué sería aquello de Iron Maiden?

Eso no podía ser nada bueno. Petrus rebuscó entre los pellejos de vino y sacó la fusta para arrear a las mulas, y llevado sin duda más por el miedo que por el sentido común, se adelantó varios pasos increpando y amagando al extraño paseante.

— Sí osas acercarte un paso más a mi carro, a mis acémilas o a mí te dejo el cuerpo baldado hasta las próximas lupercales, criatura de Herulus(2).

—Tranqui colega, pasa contigo tío… yo no sé nada de los problemas que tengas con ese tal Herulus.

— ¿Se puede saber de dónde sales tú con esas raras vestimentas?

— ¡Joer, tronco! Se ve que no te has mirado al espejo, colega estás… estás como diría yo… total con esas faditas. ¡Coño macho! Y cómo mola este carro, te aseguro que no he visto nada así en mi vida. ¡Oye tío! Aquí entre nos ¿están rodando alguna película de romanos por aquí? O estás en la residencia esa politécnica que hay más abajo y estáis preparando una fiesta de disfraces ja,ja,ja, ¡Tío es que me recuerdas mucho a los tipos que salían en Gladiator!

— No te entiendo ser extraño salido de la nada. Espero que no seas un espíritu venido del inframundo para llevarme con él.

— Tú estás mal tron, pero que muy mal. Mira tío yo no sé qué coño es lo que tomas, pero yo lo he dejado ¿eh? Que menudo susto chungo les di a mis viejos hace unos meses cuando me pillaron con la mercancía. 

Petrus miraba a aquel joven de inaudito atuendo y extraño lenguaje con los ojos muy abiertos.

— A ver chico que yo no he tomado nada, ¡por Júpiter! Te puedo decir que en todo el camino desde Titulcia, ni siquiera he bebido ni un trago del vino de mi amo.

— ¡Joder! ¿Tu amo? 

— Sí, soy uno de los esclavos de Abundius Aurelius Bonifacio, vinatero de Titulcia. Tengo que llevar este cargamento de vino a Segovia y he tenido un accidente inesperado. Uno de los ejes se ha roto y ahora se me hará de noche en este inhóspito paraje lleno de bandidos, lobos y demás alimañas.

— ¡¿Que dices de bandidos y lobos y demás bichos raros?! Pero hombre si por aquí lo más que puedes encontrarte es algún perro vagabundo o alguna vaca o toro mansos. Aunque ya te digo tío, que un bicho de esos por muy dócil que sea acojona, son muchos kilos de bicharraco juntos. Eres raro de narices pero me has caído bien, creo que podré ayudarte.

— Toda ayuda será bienvenida amable transeúnte.

— Ja,ja,ja, lo dicho eres un tipo simpático aunque no sé si habrás salido de algún manicomio. Mira te voy a subir hasta el alto de la Fuenfría en mi camioneta, bueno más bien en la camioneta de mi jefe. Hoy se ha tomado el día libre y me ha dejado solo, así que puedo usarla a mi antojo. De todas formas tengo que subir para terminar de hacer el recorrido y recoger la basura. Paralelo a este camino tan heavy hay uno asfaltado por donde los vehículos acreditados, forestales, servicios de limpieza y demás, podemos ascender a la cumbre. Este camino hace algunos años que lo cerraron al paso de turismos.

— ¡Por Neptuno que no te entiendo camarada! Pero me vendría bien que me dejases allí. Según mi amo por estas fechas hay un destacamento de centuriones acampados en la zona. Ellos aparte de tener alguna pieza para reparar el eje, siempre están dispuesto a dar cobijo a los viajeros y comerciantes pacíficos durante la noche. Dime como lo haremos amable… ¿tronco, se decía?

— Tío estás peor de lo que imaginé, mira como este tramo está bastante llano, voy a traer la furgoneta, es lo bastante grande para que este par de mulas —bastante canijas por cierto— quepan, atamos el carro con una cadena a la “burra”, tú te subes al lado del copiloto y ¡ale! Vamos para arriba.

— ¿Pretendes cargar a una pobre burra con las dos mulas, el carro y encima nosotros? ¡Pobre animal! ¡Eso es inaudito y luego llamo bruto a Albanus cuando golpea a los pobres animales!

— ¡Anda, anda! Espera y calla… esto no sé cómo te llamas…

— Petrus es mi nombre.

— No, sí al final terminaré creyendo que eres un romano de verdad.

— Sí, a mucha honra soy un romano de la Hispania, nacido y criado en Titulcia y pronto dejaré de ser un esclavo para convertirme en un liberto. En cuanto consiga unos cuantos sestercios más le pagaré a mi amo mi libertad y montaré mi propio negocio de guarnicionero. Se me da muy bien trabajar con el cuero, de hecho, trabajando en esto y vendiendo mis productos es cómo consigo el dinero. Abundius no es mal amo y no nos prohíbe dedicarnos a otras cosas, mientras cumplamos con nuestros cometidos.

El joven se quedó mirando al extraño sujeto con la boca abierta, empezaba a sospechar que aquello no era ninguna broma.

— Bueno, espérame aquí, en un momento estaré contigo.

— ¡Por todos los dioses! ¡¿Esto qué es?!

— Esta es la burra colega, ¿a qué es guapa? Ya me gustaría a mí tener un trasto así, pero imposible, no puedo sangrar ya más a mis viejos. Con lo de la fianza ya les dejé bastante exprimidos y aun así, tengo que trabajar unos meses en esto por la cara, para terminar de pagar con servicios sociales mi libertad.

— Entonces, ¿eres un esclavo como yo?

— No exactamente, tío ¡puf! hace mucho tiempo que no hay esclavos, mira por el camino te cuento mi historia.

— Yo a ese artefacto que parece salido de la mismísima fragua de Vulcano no subo ni aunque me persiguiesen las arpías.

— Pues tú veras tronco, o esto o te quedas aquí a pasar la noche. ¡Venga tío que te prometo que no pisaré el acelerador!

— Bueno, bien pensado mejor voy contigo.

— Pues como te iba diciendo, hace un año me metí en un buen lío. Me junté con unos colegas y estuvimos trapicheando con droga, ya sabes tron, todas esas porquerías para ver sentirse bien y todo eso. Pero te juro que yo jamás fumé nada y menos me chuté. No, sólo que necesitaba algunas pelas y… bueno la carne es débil. Me pillaron y me metieron una semana en el trullo, cuando salió el juicio pues era o pagar la fianza o me tiraba una temporadita en chirona. En fin, que mis viejos hicieron lo que pudieron pero no lograron conseguir todo el dinero. Menos mal que como era mi primer delito y tal, el juez dijo que el resto lo pagase con trabajos sociales, y aquí estoy recogiendo la basura que dejan los domingueros en la sierra. Pero no me quejo.

— ¿Qué es eso de viejos?

— Son mis padres, es que yo les llamo así, en plan cariñoso y tal, de buen rollito.

— ¡Ah! Entiendo es cómo lo de la burra, je,je,je. Tengo que reconocer que mis descendientes y paisanos habláis un poco raro. Por cierto está calzada me gusta, está completamente lisa y es muy cómoda. Si lo llego a saber subo por aquí seguro que no se me hubiera roto el eje. ¿Cómo llamáis a esto?

— Esto es asfalto, y no te alegres demasiado que un poco más arriba hay unos cuantos baches, claro que no es lo mismo que esa puñetera calzada de piedras puntiagudas, ahí no hay neumáticos que resistan.

— ¡Pues me gusta esto del asfalto y también tu burra, co..lega! Por cierto, ¿Qué es esa cosa tan horrorosa que llevas en tu ropaje superior?  Y, ¿qué significan esas extrañas palabras?

— ¡Ah! Es uno de los logotipos de mi grupo favorito, Iron Maiden, ¿quieres escucharles? Es rock del bueno —y diciendo eso apretó uno de los botones de salpicadero y empezó a sonar una música estridente.

— ¡Por Mercurio apaga ese ruido infernal! No me gusta ¡Por las vírgenes vestales! que me quedaré sordo si no vuelves a hacer ese conjuro y se callan esas voces maléficas. Me gusta mucho más la burra.

— Ya te digo tío ¡es total! Bueno pues ya estamos llegando, subir a motor no tiene color ¿verdad? No hemos tardado veinte minuto, y eso yendo lo más despacio posible, no quería asustarte tronco je,je,je.

— Sí, mira ahí delante está el campamento.

— ¡Jo, tío pues no lo veo! Yo sólo veo unos pedruscos enormes. Ya me gustaría poder conocer a un puñado de soldados romanos de verdad, que yo sólo los he visto en película. Bueno Petrus, creo que aquí nos tenemos que despedir. Espero que pronto consigas tu libertad, amigo.




— Gracias, yo también te deseo todo lo mejor joven salvador. Procura no meterte en más líos. Yo nací esclavo, tú que has nacido libre, no pierdas tu libertad por dar un mal paso.

— Te prometo no volver a meterme en problemas, gracias Petrus.

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Adela entró en la habitación de su hijo, como cada noche se había vuelto a dormir con la luz encendida, los exámenes estaban próximos y se quedaba estudiando hasta muy tarde.

La mujer se agachó y cogió el libro de texto del suelo. Estaba abierto por el tema del Imperio Romano. Con una sonrisa retiró un mechón rebelde de la frente del muchacho y apagando la luz de la mesilla volvió a su dormitorio.

— Esteban, estoy tan feliz de que al final Rafa haya retomado sus estudios y haya dejado a esa panda de indeseables.

— Sí, yo también estoy contento, desde que estuvo desempeñando esa tarea en La Fuenfría parece otro. Nunca agradeceré lo suficiente la decisión de ese juez. Por fin nuestro hijo se empieza a tomar la vida en serio.

— Se debe de haber echado algún amigo nuevo, le pasa como cuando era pequeño que hablaba en sueños ¿lo recuerdas? Sólo espero que ese tal Petrus sea un buen chico.

FIN

(1) Titulcia, antigua población romana. El relato no se refiere a la Titulcia que conocemos actualmente. La localidad citada en el relato se corresponde con la ciudad romana y que ahora se localiza en el pueblo de Carranque en Toledo. Una localidad conocida por su parque arqueológico que contiene una cantidad importante de restos romanos.

(2) Herulus o Erelus, Dios romano de la oscuridad.