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jueves, 8 de diciembre de 2011

LA PRINCESA MÁS DESEADA




La reina suspiraba mientras paseaba inquieta por su recámara, arriba… abajo… abajo… arriba y vuelta a empezar; sólo interrumpía su frenético paseo para sacar su pañuelito de seda y blonda y enjugarse alguna lágrima rebelde. Sus damas mariposeaban agitadas a su alrededor. Era inquietante ver a su señora en ese estado, mes tras mes.

— ¿Una infusión de valeriana, majestad? —preguntaba una.

— Mejor vamos a darle el tónico que le recetó el doctor hace un par de años, eso calmará sus nervios y tiene un sabor delicioso. Vamos doña Elisenda, vos que sois la más joven y ágil, id presta a buscarlo —dijo la dama de más edad tratando de poner una nota de cordura entre el resto de las señoras que, cual aves espantadas por el disparo lejano de algún cazador, revoloteaban alrededor de su señora amenazando con igualar, e incluso superar, el estado de nerviosismo de la reina.

— Voy presurosa doña Petronila; el rey estará a punto de visitar a su esposa y no puede verla en este estado. ¡Señor, señor! Otro fracaso.

Cuando el monarca apareció en los aposentos de su esposa, la reina ya estaba más calmada, aunque aún persistían los suspiros y el pañuelito blanco seguía oprimido en sus manos.

— Otro desengaño mi señor esposo, otra vez me veo en la cruel tesitura de informaros de que aún no vais a ser padre. —El tono de la soberana era pausado; Leonor sabía que, una reina, debía ocultar sus sentimientos y conservar siempre la compostura y la dignidad de su cargo, los arrebatos estaban fuera de lugar. Desde su decimotercero cumpleaños, Leonor había sido educada para ello soportando, desde entonces, un férreo control protocolario. Hacía muchos años que la muchachita que corría libre por los bosques que circundaban el castillo de sus padres, había dejado de ser un gorrión silvestre para convertirse en una hermosa paloma que, en ninguna ocasión, dejaba traslucir sus sentimientos en público. Sólo sus damas eran mudos testigos de su parte más vulnerable.

Y no era de extrañar que la reina estallase en desesperación cada mes cuando comprobaba que el ansiado embarazo no se producía. Los años pasaban irremediablemente y el ansiado heredero no llegaba. El rey había mandado llamar a los mejores médicos del reino e incluso a los más afamados del extranjero, pero ninguno supo darles una solución; según las pruebas, ambos monarcas estaban sanos y no había ningún motivo físico que les impidiese la procreación.

Los monarcas cada día se sumían más en la aflicción y, lo peor, era que su pequeño reino también languidecía con ellos. Incluso llegó el momento en que la reina no pudo soportar ver niños a su alrededor; aquello le producía un dolor intenso en el alma, a la vez que la envidia más insana le corroía las entrañas.

No había padres en todo el reino, ya fuesen servidores del castillo, burgueses, artesanos o campesinos que no ocultasen, a la vista de la reina, sus pequeños. Esto, sobre todo, para los que vivían en el castillo y en sus alrededores más próximos, se convertía en una labor agotadora y estresante, ya que tenían que mantener a los niños en sus aposentos o en sus casas fuera de la vista de la soberana. Sabían que si alguno de sus pequeños se cruzaba con ella o eran escuchados haciendo el más mínimo ruido, el castigo real se cebaría con ellos. Algunas familias ya habían sido expulsadas de allí viéndose obligados a abandonar sus negocios y sus tierras por este motivo tan simple. Hacía muchos años que en el reino de Nomeolvides no se escuchaban juegos ni risas infantiles.

Era una paradoja que en un lugar tan hermoso como aquel, con tierras fértiles,  negocios prósperos y ausencia de guerras y otras catástrofes; tanto los monarcas, como sus súbditos fueran tan infelices.

Sobre todo las madres que veían como sus hermosos retoños se marchitaban  ante la falta de alegría y actividad. Todas, sin excepción de clases, cada mañana elevaban sus plegarias al cielo para que el esperado milagro llegase.

Una mañana fría y gris de diciembre, cuando ya la Navidad —curiosamente, la época más triste en Nomeolvides— comenzaba a aproximarse; un extraño viajero llamó a las puertas del castillo pidiendo audiencia con los soberanos. Decía que él tenía la solución a su problema.

Los reyes no se hicieron de rogar cuando sus servidores les contaron la buena nueva. El tipo era extravagante, era cierto, y tenía todas las pintas de ser un charlatán, pero tampoco perderían nada por escucharle, les animaban sus sirvientes ante aquel destello de esperanza.

Recibieron al viajero en el salón de audiencias y los monarcas no pudieron evitar dar un respingo cuando le tuvieron frente a ellos, las trazas no podían ser más pintorescas. El hombre parecía tener una edad indeterminada, llevaba el rostro rasurado, sus ojos despedían un potente fulgor, lo que hacía muy difícil mantener la vista en su cara y, por lo tanto, nadie era capaz de dar una descripción precisa de sus rasgos; pero lo más llamativo eran sus cabellos de un color oro poco visto y, sobre todo, su extravagante vestimenta que se componía de una larga túnica de seda y color amarillo dorado, tan brillante, que parecía que de su cuerpo emanaba luz.

Con una voz cálida y agradable, en tono pausado, el extraño les contó el motivo de su visita; su nombre era Taiyō y venía de un lejano país del este, dijo ser científico y astrónomo y, dado su conocimiento sobre astros y su posición en el firmamento, afirmaba tener la solución a su problema.

— Majestades, os prometo que en una semana pondré en vuestros brazos el heredero que lleváis tantos años deseando. Será una niña, pero haremos un pacto donde os pondré unos requisitos, no os asustéis, serán sólo dos sencillas condiciones muy fáciles de cumplir y que creo no os incomodarán. La primera será que me preparéis un alojamiento en el castillo, estaré aquí el tiempo que crea conveniente, creo que os seré muy necesario para contribuir a la educación de la princesa. La segunda, y más importante, es que recordéis que esta niña es un regalo pero no una posesión, no olvidéis que no os pertenece totalmente; no intentéis hacer de ella una copia de vuestra imagen porque no lo es, respetad siempre su forma de ser y, sobre todo, tratad de que sea feliz. Si no lo hacéis así tendréis que ateneros a las consecuencias.

Y Taiyō cumplió su palabra, a la semana exacta volvió a aparecer en el castillo con una preciosa niña recién nacida en los brazos. Los soberanos vieron colmada su felicidad, y el resto del reino respiró tranquilo. La alegría volvió al pequeño reino de Nomeolvides.

Los años fueron pasando y los reyes veían crecer a su niña con satisfacción. La pequeña Lucilla creció entre algodones, sus deseos eran órdenes para sus padres, que prestos le concedían sus menores deseos. Tenía que ser la criatura más feliz en toda la faz de la Tierra. Pero el amor desmedido trajo también el miedo, los soberanos temían perder a su hija y sólo veían peligros a su alrededor, así que la pequeña princesa crecía en un ambiente sobreprotegido, donde cualquier cosa que se saliese de lo habitual era considerado peligroso.

Lucilla tenía vigilancia las veinticuatro horas del día, incluso durante el sueño. Siempre bajo la atenta mirada de su madre y del resto de las damas. La niña no podía correr por los jardines, no podía acercarse a ningún animal, por supuesto los deportes  —incluida la equitación, aunque amaba a los caballos— le estaban vedados, en invierno no podía salir de sus habitaciones a riesgo de que una mala corriente no le hiciera enfermar y nada de jugar con otros niños.

— No, querida, no podría soportar que en uno de esos juegos te lastimases. Además, eres la princesa y futura heredera al trono, tu estatus está muy por encima al del resto de los mortales, sería un contrasentido que te mezclases con los hijos de burgueses y los artesanos; y ni que decir tiene que mucho menos con los de los sirvientes y campesinos —le explicaba su madre.

La niña crecía rodeada de cariño y mimos, pero careciendo de diversión y emociones. Los días pasaban lentos y la princesita se aburría entre los muros de piedra de su hogar. Sólo disfrutaba durante las clases que le impartía su amigo el astrónomo.

El hombre como había prometido, se había instalado en una de las habitaciones de la torre, si bien en un principio había sido una presencia molesta e incómoda para todos, ya que los supersticiosos comenzaron a correr la voz de que en realidad era un brujo poderoso, con el paso del tiempo se convirtió en una sombra ignorada; sólo la pequeña Lucilla le prestaba atención. Era la única persona de todo el castillo que entendía a ese ser extraño y en ocasiones huidizo.

A la niña le encantaba subir al torreón y le fascinaban los accesorios del astrónomo, sobre todo le encantaba observar el cielo con el enorme telescopio, que le acercaba una inmensidad oscura, pero plagada de luces luminosas.

— Aquel punto brillante es Orión, y ¿ves ese grupo de estrellas que parecen formar un carro? Esa es la Osa Mayor; y ese otro que imita la silueta de dos formas humanas unidas es Géminis. Mira ese punto luminoso y más grande es el planeta Venus… y lo más importante y quiero que esto lo recuerdes siempre pequeña; ese círculo grande que adquiere varios colores, que tan pronto es blanca como plateada, como toma un tono rojizo y aparece y desaparece en el firmamento es la Luna, cuando te invada la tristeza acude a ella, contempla su belleza y la serenidad volverá  —le comentaba Taiyõ.

Poco a poco la niña ampliaba sus conocimientos sobre el cosmos, el cielo se iba convirtiendo en su segundo hogar, llegando a sentir una extraña atracción por el firmamento y sus múltiples ocupantes. Hasta tal punto llegó su fascinación por estos temas, que la niña pasaba mucho más tiempo con él que con sus padres, de los que cada vez se alejaba más. Los monarcas, siempre atentos y vigilantes hacia las reacciones de su pequeña, sintieron temor. Aquel hombre estaba influyendo en su hija de forma negativa, no era posible que esa criatura se sintiese más atraída por el cielo que por todo lo que le rodeaba, así que sin ningún reparo, sin pararse a pensar que el astrónomo fue el artífice del mayor de sus deseos, le expulsaron del reino.

De nada sirvieron las lágrimas de Lucilla, era la primera vez que los soberanos le negaban un capricho a su hija; no, en aquella ocasión era justificado, no podían consentir de ninguna manera que aquel hombre les arrebatase el cariño de la niña. Lucilla era su hija, era su posesión y su más preciado tesoro.

Todos pensaron que con el tiempo la princesa se repondría de su disgusto, las lágrimas fueron cesando, y los reyes se fueron tranquilizando; sin ninguna duda expulsar al maldito científico, astrónomo o brujo; como decían muchos, había sido lo más acertado. Pero lo que pasaron por alto fue que los ojos de Lucilla no volvieron a brillar, y su rostro ya no mostraba la luz de quienes alimentan una ilusión.

La pequeña se fue volviendo taciturna y buscaba la soledad. Un día asfixiada por aquel ambiente enrarecido y cargante que le rodeaba consiguió escaparse. Su primera intención fue subir a la torre, quizá con un poco de suerte Taiyō no se hubiese llevado su telescopio y podría contemplar de nuevo el cielo de cerca. La niña se sentía cada día más unida a aquel mundo que sus padres le habían negado. Pero su sorpresa no tuvo límites cuando vio que la puerta de acceso al torreón estaba cegada por un muro de piedra.

La princesita salió corriendo de allí y sin ser vista, aprovechando la silenciosa noche, escapó del castillo. Cuando el dolor, debido a la carrera aprisionó su pecho y no pudo dar un paso más. Cuando su respiración jadeante por el esfuerzo y por el llanto le impidió seguir alejándose, Lucilla se dejó caer en el suelo. Poco a poco se fue calmando y vio que estaba sentada junto a una charca grande; y allí, justo en el centro del agua oscura vio el reflejo familiar de la Luna: “Cuando te invada la tristeza acude a ella, contempla su belleza y la serenidad volverá”. Recordando las palabras de Taiyō, la niña comenzó a animarse. Ciertamente la imagen de aquel astro, que aquella noche lucía más brillante que nunca, le dio paz e hizo que una leve sonrisa aflorase a sus labios mientras volvía a escuchar la voz del astrónomo.

— No tengas miedo Lucilla, salta, atrévete, no te pasará nada. Un pequeño paso y estarás junto a ella; ese ser que tanto añoras te está esperando, con los brazos abiertos, para darte la bienvenida a tu verdadero hogar. Vamos, pequeña, tu verdadera madre te espera ansiosa y yo estaré al otro lado para guiarte en tu camino.

La pequeña princesa cerró los ojos y saltó sin miedo en pos de la voz amiga.

Aquella misma noche, ambos soberanos se despertaron cubiertos de sudor en sus lechos de suaves y mullidos colchones de pluma de gansos. Los dos habían tenido la misma pesadilla, un iracundo Taiyō les increpaba en sueños.

— Habéis olvidado vuestra promesa y vuestro contrato, cuando puse ese pedazo de cielo en vuestras manos, os hice prometer que esa criatura que os regalaba tendría que ser la más feliz de todo el mundo. No supisteis cumplir vuestra promesa; confundisteis felicidad con posesiones materiales y, peor aún, optasteis por la peor forma de garantizar seguridad, disminuyendo su libertad. No recordasteis que esa niña no era vuestra, era el regalo; el regalo de unos soberanos celestiales a otros terrenales. Me apiadé y me compadecí  de vuestra desgracia y, sobre todo, de la de vuestros vasallos, que día tras día elevaban sus rostros colmados de inquietud, y muchas veces de lágrimas, suplicando que alguien obrase el milagro de daros hijos, ya que sólo así ellos podrían gozar de los suyos. Fui un ingenuo al confiar en vosotros, míseros y ruines mortales, y no hacer caso a mi esposa Tsuki cuando ella llorando me pedía que por favor no la robase a una de sus hijas. Jamás tendría que haber convertido en humana a una de mis pequeñas estrellas. Ciertamente la mezcla celeste y humana no da buen resultado. Pero por fin todo está solucionado, la pequeña Lucilla —que ahora adoptará su nombre verdadero, Hoshi— está donde siempre debió estar, junto a su madre y al resto de sus hermanas y hermanos. Y yo, como su padre que soy, para premiar todos sus sinsabores en la Tierra, la he dotado de un fulgor especial. A partir de ahora cuando miréis al cielo y veáis el lucero más brillante del firmamento rutilar en las alturas, pensad que es la pequeña Lucilla que os hace guiños desde su auténtico hogar.

A la mañana siguiente unos pastores que guardaban sus rebaños al pie de una colina se asombraron cuando, arriba, en la cima, vieron las figuras de un hombre extraño vestido con una túnica dorada que lanzaba destellos, le acompañaba, tomando su mano, una preciosa niña. El hombre dio un golpe en el suelo con su cayado y a continuación un rayo de sol se descolgó de las alturas sirviendo a ambos —padre e hija— de escalera para su ascensión al cielo. Lo que no pudieron ver los pastores fue la transformación de Lucilla, que de niña pasó a convertirse en una hermosa estrella que abrazaba a su madre, la Luna, mientras decía a su padre, el Sol.



— Papá, gracias por traerme de nuevo a casa.


FIN