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domingo, 5 de febrero de 2012

JUSTICIA CON DOS... CAPONES

Las Ventas de Retamosa (Toledo) 1882

María se paseaba nerviosa por la casa, caminaba a grandes zancadas desde la cuadra al corral,  aquello no lo podía consentir de ninguna manera. Era cierto que su Práxedes era buen mozo, a decir de todas la mujeres, el más guapo de todo el pueblo y sus alrededores. De soltero ya era conocido en gran parte de la provincia por su fama de “putero” como decía Eusebio, el capataz de los viñedos. Todas las mozas del pueblo suspiraban por él.

Y , María sabía que su marido se había corrido grandes juergas entre los brazos de distintas fulanas de renombre de los mesones de Madrid. Falda que veía, refajo que se le cruzaba, era una alegría para su cuerpo. Hasta que ella, una pobre pastora que criaba cabras y ovejas en el monte, se había cruzado en su camino. Tanto fue el amor que despertó en él que no dudó, siendo uno de los más ricos del pueblo; hijo único de los propietarios de los viñedos más extensos y de la mejor bodega de los alrededores, en enfrentarse a sus padres y aun a riesgo de ser desheredado, se casó con ella. 

Pero tras los primeros momentos Práxedes había vuelto a las andadas. Cada quince días se escapaba de francachela  a Madrid con sus amigotes, a jugarse el dinero con las apuestas y a perderse en los brazos de aquellas mujerzuelas de taberna. Aquello traía a María de cabeza, solo imaginar a su marido en brazos de otras la ponía enferma. Ella que en aquellos años se había esforzado tanto. Aquella niña analfabeta había aprendido a leer, a escribir e incluso era una fiera con las cuentas. Ella que llevaba prácticamente  el trabajo de la hacienda, para que su señor marido se diese la vida padre, y no es que Práxedes no trabajase, lo hacía y muy bien, que como bodeguero no tenía precio, pero lo que ella arañaba por un lado, él lo derrochaba por otro.

Aún recordaba las palabras que pronunció Don Severiano, el cura, antes de la boda.

— María la mujer debe obediencia y respeto a su marido, recuerda que el Señor os creó a partir de la costilla de Adán.

¡Y una porra!, pensaba María, no era justo que ella  trabajase de sol a sol para sacar adelante a su familia, ya compuesta por un niño de dos años y otra criatura que venía en camino. Su marido era un manirroto y como eso siguiese así terminaría pronto con la hacienda. No, ella no iba a consentir eso un día más, su futuro estaba en juego. Además aquel día no contento con su escapada Práxedes se había llevado los dos mejores capones del corral, esos que María estaba criando con tanto mimo para celebrar la fiesta de su quinto aniversario de boda. Tenía que hacer algo, y el señor cura que diese misa en el púlpito que era lo que tenía que hacer, a ella la iban a venir con cuentos de la costilla del tal Adán o como se llamase.

— ¡Marcelina, Marcelina!, tráeme el manto de lana y dile a Pepillo que enganche todas las mulas al carro. Me voy a Madrid.

— Pero niña, es casi de noche y en tu estado ¡Virgen Santísima! ¿todas?

— Sí, todas ¡venga mujer que tengo prisa! Haz lo que te he dicho, no pasará nada. Para tu tranquilidad me llevo a Pepillo.

Marcelina torció el gesto, era evidente que aquello no la tranquilizaba mucho.

María aferraba con fuerza las riendas de las mulas, mirando al frente sin inmutarse por el recio y gélido viento. El carro sin carga y con seis mulas tirando de él parecía volar. Pepillo tenía que hacer equilibrios y agarrarse fuertemente a su asiento para no caer en cada tropiezo con baches o piedras, a la vez que rezaba de corrido  las dos frases del Padrenuestro que con tanto esfuerzo el cura había conseguido meterle en su dura mollera.

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Las risas y el vino corrían por aquel salón de uno de los mesones más concurrido y famoso de Madrid.

— Práxedes, esta noche me voy a divertir de lo lindo, creo que esta será mi última juerga, la Eufemia ya está que trina, el último día me estuvo esperando y me atizó con el rodillo de amasar.

— Vamos Felipe tú lo que eres es un calzonazos, tener miedo a tu mujer... bueno, ya sabemos que la Eufemia es la hembra más brava  de todo Valmojado pero el que llevas los pantalones eres tú. A las mujeres hay que dejarlas claro quien manda. Yo no tengo problemas, mi mujer es mansita como un corderito, y ¡ojito! que yo a mi María la quiero con locura. Pero ¿vamos a dejar que las mujeres nos quiten nuestros ratitos de juerga? ¡Bah, hombre, eso sería lo último! ¡Vamos señores que estos capones se están quedando fríos y están diciendo cómeme, los más hermosos de mi corral, empecemos a hacer los honores.

Una sombra se plantó delante de Práxedes. María estaba delante de él con los brazos en jarras, sus ojos echaban chispas y todo su cuerpo mostraba una actitud amenazante.

— Sí,  esos capones tienen muy buena pinta, pero esta noche te comes tú los capones por donde yo te diga.

Y ni corta ni perezosa agarró la fuente y volcó su contenido sobre la cabeza de su marido, con la cabeza muy alta se dirigió a la puerta, allí se volvió y dijo:

— ¡Ah! Marido, yo te espero en casa, pero estaré dormida como un cesto, imagino que llegarás tarde. Tú verás como te apañas para volver, el caballo me lo llevo yo. Vamos, Pepillo, como premio para volver a Ventas montarás el caballo del señor, pero chiquillo deja ya de temblar, que ahora iremos más despacio.

María salió del mesón seguida por un feliz Pepillo, que se prometía un regreso mucho menos ajetreado; montar el caballo del señor era algo con lo que no se atrevía a soñar.


— Pues si que te salió mansa la María, ahí con un par de… capones bien "plantaos" —comentó Felipe.


Todos los amigos juerguistas, rompieron a reír mientras un estupefacto Práxedes se limpiaba la cara por la que chorreaba la grasa de aquellos jugosos capones, que yacían inocentes sobre el sucio suelo de aquel mesón.

FIN