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jueves, 29 de septiembre de 2011

RUMA

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Ruma no sabía como había llegado a esa situación. La mala fortuna, los hados siniestros, el cúmulo de desgracias que habían llenado su vida en pocos años, eran las nefastas consecuencias de que ahora, se encontrase en esa situación. Ella, una niña bien de una familia acomodada de bodegueros; que ejercía además de hija menor, y por lo tanto,  era la más mimada. Veía como en poco tiempo su vida se había roto en mil pedazos.

La muchacha no sólo era el ojito derecho de su padre, era la criatura perfecta de todo aquel pueblo que sabía arrimarse al dinero y al poder. Nunca le faltaron pretendientes, ni amistades, ni halagos que henchían su vanidad.

Siempre hizo lo que quiso. Siempre tenía las palabras perfectas para convencer a todo el mundo. No le costó trabajo de convencer a su padre para que la enviase a la capital con unos parientes, para que pudiese estar más cerca de su novio, que hacía el servicio militar en la guardia real. El único capricho que le negaron en la vida fue el de poder cultivar su linda voz. Su padre fue tajante y rotundo, imponiéndose a sus dos cuñadas que intercedieron por ella, incluso ofreciéndose a pagar sus estudios con uno de los músicos de más renombre de la época. Unas señoras cincuentonas, de buena posición y totalmente virtuosas no veían ningún reparo en que su sobrina se convirtiese en una diva del bel canto. Eso no tenía nada que ver  con ser una cupletista, pero al buen hombre no le hicieron entran en razones: “antes prefiero verla muerta que en un escenario, por muy diva de la ópera que pueda ser”.

Pero Ruma a pesar de todo era feliz. La vida le sonreía y en cuanto Víctor terminase el servicio militar comenzarían los preparativos de la boda. Nada les impedía unirse. Se conocían desde niños y los dos jóvenes pertenecían a la élite de la sociedad del pueblo.  Tenían dinero, tierras y todo un brillante porvenir delante de sus ojos.

Los primeros años de matrimonio fueron todo lo felices que cabía esperar en una pareja enamorada. Una buena casa, unas propiedades fructíferas y dos hijos que bendecían la unión. Pero la fatalidad, la hermana envidiosa y amargada de la felicidad, un día llamó a la puerta. Una enfermedad inesperada, unos meses de angustia, y Víctor murió, dejando a su mujer desconsolada, dos niños pequeños y otro al que aún le faltaban dos meses para nacer.

En aquellos momentos Ruma se vio sola, dejada de la mano de su familia política; sin ánimo ni fuerzas para dirigir a los hombres que trabajaban en sus tierras, rodeada de gente que se acercaba a ella con el propósito de ayudar, pero que tan sólo iban a sacar poco a poco lo que era de ella y de sus hijos, de la manera más cobarde y aprovechando sus momentos de dolor, desesperación y shock traumático. Con la excusa de proteger sus intereses los que se llamaban sus amigos se lucraban de las posesiones de aquella niña frágil y caprichosa que aún no se había visto obligada a crecer, porque aún no sólo había conocido el lado bueno de la vida.

Llegado el momento todo fueron encogimiento de hombros y palabras huecas de esperanza vana. Al final su único recurso fue acudir a su anciano padre, que les dio cobijo. Allí pasó los siguientes dos años de su vida, bajo su protección. Pero todo se había vuelto contra ella, su padre también murió dejando su escasa hacienda —todas su fortuna se habían ido diluyendo tras la muerte de su esposa, dilapidada en las juergas y el juego— a nombre de su hijo varón.

Ruma volvió a verse sola, presionada por un hermano que no podía o no quería hacerse cargo de ella, con sus  tres hijos.

Con lágrimas en los ojos y tras visitar las tumbas de su padre y su esposo para darles el último adiós, Ruma partió.

En una noche oscura y solitaria tomó sus pocas pertenencias y cogió a sus hijos de la mano, dejando atrás lo más querido y lo más odiado de lo que había sido su existencia hasta el momento.

Dos amores perdidos, su padre y su esposo. Y por otro lado parientes, amigos y vecinos; que con disimulo e hipocresía la vieron partir escondidos tras las cortinas de sus casas sin mostrar un ápice de compasión por una mujer muy joven, de sólo veintinueve otoños, que tenía que dejar todo lo que había sido suyo para sacar adelante a sus hijos en otro lugar.

Apretó los labios para ahogar un sollozo. Subió al carro y se sentó junto a sus hijos que la miraban con sus rostros inocentes sin comprender nada, eran demasiado pequeños. Ruma, bajito, muy bajito, con sus labios pegados a sus oídos comenzó a cantarles una hermosa canción, a la que seguiría otra, y otra; tratando de alejar así el miedo de los pequeños y el suyo propio, ante el incierto y negro futuro  que, como la boca de un lobo, se cernía sobre ellos.

FIN

jueves, 16 de junio de 2011

MUÑECA ROTA


Había dado permiso a toda la servidumbre, Carlota quería estar sola. Descalza y lentamente, casi, casi, flotando —sus pies parecían no tocar el suelo— ese suelo artesanal de madera maciza artísticamente elaborado en exclusiva para ella. Como casi todo, muebles, cortinajes, iluminación… que formaba parte de aquella mansión de lujo en Beverly Hills, había costado una fortuna.

Carlota se lo podía permitir, desde hacía muchos años, desde su más tierna infancia, había sido una máquina de hacer dinero.

La mujer recorría su casa como si la contemplase por primera vez, como si fuese una extraña que sólo estuviese de visita; como si durante años no hubiese formado parte de aquel decorado. Sus ojos desvaídos miraban sin ver, sin ser conscientes de lo que tenía a su alrededor, de todas las riquezas allí acumuladas.

El silencio era espeso, de ser algo consistente se podría cortar, sobrecogedor, irreal, incluso inhumano, sólo el vacío podía contener un silencio así. El ris-ras del roce de la bata de seda de Carlota con los peldaños de la escalera quitó cierta tensión a esa quietud demoledora.

Ya en su dormitorio, comprobó que su doncella le había dejado todo preparado, la inmensa bañera-jacuzzi llena y con abundante espuma tal y como le gustaba, la cubitera conteniendo una botella de champagne y su copa favorita, una copa de cristal finísimo de Bohemia, cuya base y borde eran de oro —aquella copa de la que se encaprichó en la recepción de aquel jeque árabe, que no tuvo ningún problema en regalársela; —aún sabiendo que con ello la lujosa y cara cristalería quedaría incompleta— Fue su pago a cambio de una noche de amor. Noche que hubiese valido, para él, la vajilla completa; para ella, tan sólo una noche más de náusea y soledad.

Desanudó lentamente la bata y esta se deslizó suavemente por su cuerpo. No quería mirar, pero no se pudo resistir, una especie de imán —o simplemente, el fulgor del brillo de los diamantes repujados en el fino marco de marfil del enorme espejo ovalado de cuerpo entero, ante el que tantas veces se había vestido para las interminables fiestas, o desnudado para sus supuestas noches de descanso o de placer—  lo que atrajo su mirada. Y lo que vio volvió a causarla horror y pena, mucha pena.

Aquel hermoso espejo solo era capaz de reflejar un cuerpo maltratado, un cuerpo que solo era un manojo de huesos, un cuerpo que era una vulgar caricatura de esos esqueletos que en las aulas servían para adoctrinar a los alumnos de ciencias naturales o de anatomía. Clavículas, costillas, fémures, rótulas… no solo se marcaban, parecían querer salirse de su piel. Una piel amarilla, ajada, que solo la millonada gastada en cremas de las mejores marcas podía disimular.

Vestida, y cubierta de costosos cosméticos, Carlota podía parecer lo que no era, una muchacha hasta hermosa. Pero cuando el algodón y la desnudez la visitaba cada noche, se daba cuenta de lo que era en realidad. Y Carlota no era nada, o al menos no era ni una sombra de lo que fue. 

La niña prodigio, la niña que tocó la luna… que poseyó el universo, se había convertido en un despojo humano, una muchacha en la plenitud de la juventud convertida en una vieja prematura y asqueada.

Una muñeca rota explotada por todo y por todos. Primero, sus padres que vieron, en su preciosa princesita, una forma fácil de ganar dinero. 

Luego, sus managers y empresarios, que iban viendo cómo peligrosamente la niña crecía, y con ese desarrollo natural se les acababa la gallina de los huevos de oro. No, necesitaban tiempo para asentar el éxito de la Carlota mujer y decidieron prolongar la niñez de una adolescente cuyas curvas ya ansiaban pronunciarse, y fueron contenidas por medicamentos para alterar las hormonas y dietas drásticas que terminaban en vómitos  cada vez que llevada por una ligera rebeldía infantil, o por el hambre acumulado, se las saltaba.

Nunca se sintió querida, ni siquiera los hombres a los que primero se entregó por amor, luego por despecho y ya últimamente por rutina, la habían amado. 

Pero de cara a la galería, Carlota Reynolds era la mujer más codiciada, más deseada y más envidiada del mundo. Saliendo de las fiestas más selectas, envuelta en sedas, pieles y las mejores clases de telas manipuladas por los mejores diseñadores de moda, aderezada por los más sutiles y glamorosos complementos y colgada del brazo del actor, director, empresario más famoso del momento —ésos que luego la usaban y la tiraban— era la figura destacada. 

Subida en la pasarela iluminada por numerosos focos, era la estrella rutilante.

Sola en la desnudez de su habitación era, sólo la princesa hecha jirones.

Había tomado la decisión, nadie la manipularía más, por una única vez iba a tomar el rumbo de su vida.

Un pie… el otro pie… despacio… muy despacio se sentó en la bañera que cubrió su deforme cuerpo hasta el cuello. Luego, tal y como pensaba un ligero dolor, nada más. Tomó la copa medio llena de ese líquido dorado que la había acompañado en tantas ocasiones, un sorbo… otro sorbo. Sintiendo la presión de las burbujas en su paladar, la luz de la luna blanca y redonda —la única luz de la estancia, que penetraba por el gran ventanal — en su retina, su melodía favorita en sus oídos; Carlota fue sintiendo cómo la embargaba esa paz interior que tanto necesitaba. 

“Ahora todo está perfecto”  —pensó. Quizá sólo le faltaba algo, la compañía de su preciosa caniche, Mikaela, seguramente el único ser que la había querido en la vida.

Lentamente, como el hilo rojo que brotaba de sus muñecas rotas, Carlota, se fue sumiendo en un dulce sueño, el sueño que la alejaba de aquella absurda pantomima que había sido su vida.

FIN

jueves, 14 de abril de 2011

MAULLIDO EN EL TEJADO



Calla de una vez perro majadero,
Molestas mis finos oídos con tu impertinente guau.
Y tú ¿quien eres? para protestar gato puñetero,
que inundas cada rincón con tu insolente miau.

Yo soy fino y elegante; tú, un muñeco dependiente,
zanquilargo, patoso, dócil, alborotador y baboso.
Te pasas toda la vida buscando un dueño cariñoso,
sin más misión en la vida que ser humilde sirviente.

Yo soy honrado y trabajador; tú, figura pretenciosa,
Vano, cruel, traicionero, tirano y arisco.
Calculando fríamente cuando dar el primer mordisco,
mientras paseas altivo tu belleza jactanciosa.

Tú no tienes ambición, sólo sirves para correr y agradar a la gente,
crees que todos te quieren, pero cuando estés viejo todos te darán de lado.
Yo no necesito a nadie que me alimente, soy del todo independiente,
seré feliz y dichoso cuando compruebe que nadie me dejará abandonado.

Eres un gato malo y envidioso, mis amos jamás me dejarán tirado,
soy leal y cumplidor, defiendo jugándome la vida su mansión.
soy juguete de los niños, y con total alegría cumplo con mi misión,
tú arañas y huyes ante el menor acercamiento mostrando desagrado.

Pasaron los años, el pobre perro envejeció y para nada ya servía.
Sus amos, olvidando toda su labor y sus años trabajados,
le dejaron olvidado en las afueras de una lejana serranía.
Esa noche sólo se escuchó el maullido de un gato sobre los tejados.

 



FIN