Bienvenidos a este rincón donde compartir pequeñas historias.
Mostrando entradas con la etiqueta fama. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fama. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de noviembre de 2013

EL BULEVAR DE LOS SUEÑOS ROTOS

Caminaba despacio, se intuía que no lo hacía por cansancio o por disfrute de un relajante paseo. Su paso era vacilante, como si arrastrase un lastre muy pesado, aunque el peso que llevaba era muy liviano. Su único equipaje consistía en una pequeña bolsa de viaje y una guitarra vieja cuya madera había perdido su brillo por el uso.

La mirada fija y perdida en un punto infinito sin definir. Nada parecía interesar a esa muchacha de aspecto frágil y enfermizo, ni siquiera los hermosos árboles que flanqueaban la acera central de la avenida.

La soledad era total, aún era temprano para que los primeros transeúntes pisaran las anchas baldosas de su pavimento.

Hacía solamente dos años que había hecho el mismo camino pero a la inversa. Paso firme y mirada chispeante a través de unos ojos engrandados en su afán de no perderse ni un detalle de aquel lugar que, para ella, era desconocido.

Por fin su vida daba el giro definitivo que tanto deseaba. Se acababan sus actuaciones en la iglesia o en el centro social de su pueblo. Ahora sí, ahora iba a triunfar de una vez por todas. Se había presentado al casting de ese programa milagroso. Ese programa que iba a ser la novedad de la temporada y pretendía lanzar a la fama a un puñado de jóvenes talentos descocidos.

Las pruebas fueron muy duras, pero nunca perdió la esperanza. Su tesón tuvo la recompensa merecida. El intervalo de espera fue un tiempo perdido entre la angustia y la neurosis. La vuelta a su vida rutinaria había sido un desatino, había probado otras mieles, otros lugares y ya ese pequeño pueblucho se le hacía un lugar casi irrespirable. Pero a los dos meses recibió la carta salvadora, la carta que le abría las puertas a otro mundo, su mundo. Había pasado la primera selección, debía presentarse en la ciudad para iniciar las primeras grabaciones. El programa comenzaría a emitirse en otoño.

Todo fue sobre ruedas, fueron tres meses de locura, pero al final logró su objetivo. Sus aptitudes musicales y su físico fresco, nuevo y juvenil se metió a la audiencia en el bolsillo. Y ganó el concurso, el premio, grabar un primer disco con una de las mejores discográficas del panorama musical. La puerta de la cueva de los tesoros de Alí Babá se había abierto para ella y la boca de la vorágine que la engulló, también.

Lanzamiento. Programas promocionales de televisión. Gira multitudinaria por todo el país. La gente la vitoreaba. Los fans hacían colas interminables en los hoteles donde pasaba la noche. Las salas de conciertos, auditorios, teatros y cualquier lugar donde actuase llenaban el aforo y la gente pasaba horas y horas haciendo filas en las taquillas para comprar las entradas.

Cuando las luces se encendían y comenzaba el show se transformaba, la pequeña y tímida provinciana, se convertía en una diva con carita de ángel.  Había conseguido su sueño, ahora podía tocar las estrellas con la punta de los dedos.

La fama y el dinero fueron haciéndola olvidar su procedencia. La encantadora muchachita, ingenua, sencilla, tímida y humilde se volvió una niña caprichosa y mimada por todos los medios que, poco a poco, fue pidiendo más cosas: más caché, más extravagancias, más exigencias... Ya no le servía un cómodo camerino, ni un hotel de categoría media o alta. Ahora el camerino tenía que cumplir una serie de requisitos imprescindibles, color en las paredes, muebles determinados, luces especiales, etc. Y el hotel tenía que ser el mejor, el más lujoso que hubiera en la ciudad que visitaba. Hasta el punto de que si el lugar no cumplía con las exigencias solicitadas se negaba a actuar allí.

Tras el primer disco y su éxito arrollador, salió a la venta un segundo disco; que ¡oh cielos! No tuvo ni con mucho el éxito del primero. Algo lógico ya que en ese tiempo ya habían salido al mercado otros artistas que, al ser más novedosos, le robaron parte de su fama.

La discográfica se echó las manos a la cabeza, el desembolso había sido muy grande y comprobaban horrorizados que les iba a resultar imposible recuperar la mínima parte del dinero invertido.

La gira del verano estaba ya a la vuelta de la esquina y temían que fuese un rotundo fracaso, sobre todo, si los empresarios tenían que acceder a todas las pretensiones de la “diva”. Esa niña ególatra que, con una tozudez inquebrantable, se negaba a ver el estrepitoso fracaso en el que iba a despeñarse.

Todo se precipitó. Las ofertas no llegaban. Los fans la estaban olvidando; los que antes corrían, empujaban y hasta llegaban a los golpes por conseguir un autógrafo suyo, ahora perseguían al nuevo cantante de moda.

La discográfica le cerró las puertas. Se negaron a firmar un nuevo contrato y sus canciones, antes tan coreadas y aplaudidas, terminaron olvidadas en las estanterías de quienes antes ovacionaban cada una de sus notas.

El dinero se fue agotando y ahora dependía de alguna contratación de cuarta o quinta categoría en tugurios sin clase, donde los clientes acudían atraídos más por el olor al alcohol y los encantos de sus camareras, que por escucharla.

Ahora, en plena madrugada y en ese bulevar de los sueños rotos se veía sin ninguna salida. Hacía unos cuantos meses que no tenía nada de nada, hasta los garitos le habían dado con la puerta en las narices. Sus abrigos y sus joyas habían terminado mal vendidos en una tienda de empeño. Llevaba dos meses sin poder pagar a su casera y aquella tarde tuvo que abandonar la covacha que le daba cobijo.

Pero el final del bulevar no estaba vacío, allí, en medio de la plaza donde desembocaba, la esperaba la serena silueta de la estación de tren. Imperturbable, estática, con su grandes puertas de hierro y metal semejando  una boca que pronunciaba su nombre.

Entonces de sus ojos apagados saltó una pequeña chispa apenas perceptible. A su retina llegaron imágenes de una casita blanca con un pequeño huerto en la parte de atrás. El río de aguas cristalinas, con su puente de piedra; el escenario  donde tantos veranos había nadado y chapoteado con sus amigos. La vieja mecedora de la abuela que ahora utilizaba su madre.

Aspiró fuerte y a su nariz llegaron olores familiares. Olor a las castañas asadas del otoño. El aroma que desprende la madera del pino al quemarse en la chimenea en el invierno. La fragancia fresca a lavanda de la primavera. El tufillo de las barbacoas del verano.

Supo que todo no terminaba en aquel bulevar, que había otros cruces de camino, que no era tarde para elegir otro trayecto. El instinto la llevaba de vuelta a su hogar.

Mientras se acercaba a la taquilla rebuscó en el bolsillo de la chaqueta y contó el poco dinero que la quedaba. No tenía suficiente para el billete. En eso había terminado su desbocada carrera a la fama.


Se sentó en la escalera de la estación e instintivamente se abrazó a su guitarra, la única compañera de aventuras que le quedaba. Con dedos trémulos comenzó a rasguear sus cuerdas y poco a poco los movimientos se fueron haciendo más seguros. El sonido de la guitarra fue ocupando el vacío de la bóveda y comenzó a cantar. Primero con voz dulce y tímida, luego fue tomando fuerza hasta que se afianzó en cada nota.

Cuando terminó la canción vio que un grupo numeroso de gente se había parado a su lado. Era la primera vez en mucho tiempo que actuaba sin cobrar un penique. Ya ni recordaba cuando fue la última vez que había regalado su música. Y la gente a su vez, sin haber pagado entradas, ni discos, sin tener que apretar el mando de la televisión, le entregaba sus aplausos, sus sonrisas, su calor. Monedas y billetes fueron llenando sus manos y lloró. Lloró no por lo que había perdido sino por lo que había ganado. El camino del bulevar de los sueños rotos la llevaba de nuevo a su casa, no como un juguete roto con quien nadie quería ya jugar, sino como lo que era, una persona que tenía mucho que ofrecer.

FIN

jueves, 16 de junio de 2011

MUÑECA ROTA


Había dado permiso a toda la servidumbre, Carlota quería estar sola. Descalza y lentamente, casi, casi, flotando —sus pies parecían no tocar el suelo— ese suelo artesanal de madera maciza artísticamente elaborado en exclusiva para ella. Como casi todo, muebles, cortinajes, iluminación… que formaba parte de aquella mansión de lujo en Beverly Hills, había costado una fortuna.

Carlota se lo podía permitir, desde hacía muchos años, desde su más tierna infancia, había sido una máquina de hacer dinero.

La mujer recorría su casa como si la contemplase por primera vez, como si fuese una extraña que sólo estuviese de visita; como si durante años no hubiese formado parte de aquel decorado. Sus ojos desvaídos miraban sin ver, sin ser conscientes de lo que tenía a su alrededor, de todas las riquezas allí acumuladas.

El silencio era espeso, de ser algo consistente se podría cortar, sobrecogedor, irreal, incluso inhumano, sólo el vacío podía contener un silencio así. El ris-ras del roce de la bata de seda de Carlota con los peldaños de la escalera quitó cierta tensión a esa quietud demoledora.

Ya en su dormitorio, comprobó que su doncella le había dejado todo preparado, la inmensa bañera-jacuzzi llena y con abundante espuma tal y como le gustaba, la cubitera conteniendo una botella de champagne y su copa favorita, una copa de cristal finísimo de Bohemia, cuya base y borde eran de oro —aquella copa de la que se encaprichó en la recepción de aquel jeque árabe, que no tuvo ningún problema en regalársela; —aún sabiendo que con ello la lujosa y cara cristalería quedaría incompleta— Fue su pago a cambio de una noche de amor. Noche que hubiese valido, para él, la vajilla completa; para ella, tan sólo una noche más de náusea y soledad.

Desanudó lentamente la bata y esta se deslizó suavemente por su cuerpo. No quería mirar, pero no se pudo resistir, una especie de imán —o simplemente, el fulgor del brillo de los diamantes repujados en el fino marco de marfil del enorme espejo ovalado de cuerpo entero, ante el que tantas veces se había vestido para las interminables fiestas, o desnudado para sus supuestas noches de descanso o de placer—  lo que atrajo su mirada. Y lo que vio volvió a causarla horror y pena, mucha pena.

Aquel hermoso espejo solo era capaz de reflejar un cuerpo maltratado, un cuerpo que solo era un manojo de huesos, un cuerpo que era una vulgar caricatura de esos esqueletos que en las aulas servían para adoctrinar a los alumnos de ciencias naturales o de anatomía. Clavículas, costillas, fémures, rótulas… no solo se marcaban, parecían querer salirse de su piel. Una piel amarilla, ajada, que solo la millonada gastada en cremas de las mejores marcas podía disimular.

Vestida, y cubierta de costosos cosméticos, Carlota podía parecer lo que no era, una muchacha hasta hermosa. Pero cuando el algodón y la desnudez la visitaba cada noche, se daba cuenta de lo que era en realidad. Y Carlota no era nada, o al menos no era ni una sombra de lo que fue. 

La niña prodigio, la niña que tocó la luna… que poseyó el universo, se había convertido en un despojo humano, una muchacha en la plenitud de la juventud convertida en una vieja prematura y asqueada.

Una muñeca rota explotada por todo y por todos. Primero, sus padres que vieron, en su preciosa princesita, una forma fácil de ganar dinero. 

Luego, sus managers y empresarios, que iban viendo cómo peligrosamente la niña crecía, y con ese desarrollo natural se les acababa la gallina de los huevos de oro. No, necesitaban tiempo para asentar el éxito de la Carlota mujer y decidieron prolongar la niñez de una adolescente cuyas curvas ya ansiaban pronunciarse, y fueron contenidas por medicamentos para alterar las hormonas y dietas drásticas que terminaban en vómitos  cada vez que llevada por una ligera rebeldía infantil, o por el hambre acumulado, se las saltaba.

Nunca se sintió querida, ni siquiera los hombres a los que primero se entregó por amor, luego por despecho y ya últimamente por rutina, la habían amado. 

Pero de cara a la galería, Carlota Reynolds era la mujer más codiciada, más deseada y más envidiada del mundo. Saliendo de las fiestas más selectas, envuelta en sedas, pieles y las mejores clases de telas manipuladas por los mejores diseñadores de moda, aderezada por los más sutiles y glamorosos complementos y colgada del brazo del actor, director, empresario más famoso del momento —ésos que luego la usaban y la tiraban— era la figura destacada. 

Subida en la pasarela iluminada por numerosos focos, era la estrella rutilante.

Sola en la desnudez de su habitación era, sólo la princesa hecha jirones.

Había tomado la decisión, nadie la manipularía más, por una única vez iba a tomar el rumbo de su vida.

Un pie… el otro pie… despacio… muy despacio se sentó en la bañera que cubrió su deforme cuerpo hasta el cuello. Luego, tal y como pensaba un ligero dolor, nada más. Tomó la copa medio llena de ese líquido dorado que la había acompañado en tantas ocasiones, un sorbo… otro sorbo. Sintiendo la presión de las burbujas en su paladar, la luz de la luna blanca y redonda —la única luz de la estancia, que penetraba por el gran ventanal — en su retina, su melodía favorita en sus oídos; Carlota fue sintiendo cómo la embargaba esa paz interior que tanto necesitaba. 

“Ahora todo está perfecto”  —pensó. Quizá sólo le faltaba algo, la compañía de su preciosa caniche, Mikaela, seguramente el único ser que la había querido en la vida.

Lentamente, como el hilo rojo que brotaba de sus muñecas rotas, Carlota, se fue sumiendo en un dulce sueño, el sueño que la alejaba de aquella absurda pantomima que había sido su vida.

FIN

domingo, 1 de mayo de 2011

FAMA EN EL AIRE



Ahí estaba, impresionante, iba a ser su gran día. Horas y horas plantada en la cola de aquel casting. Pruebas y más pruebas, pero todo el sacrificio había valido la pena. Según los sondeos iba a ser la reina del espectáculo. Ahora, tenía los nervios a flor de piel, se había memorizado todo lo que tenía que decir. No podía salirse del guión.

De todas formas, le parecía que todo era un poco exagerado. En realidad, su padre no la maltrató nunca… bueno, quizá una vez, que con tan sólo doce años llegó a casa a la una de la madrugada y se encontró en cuestión de segundos, con los dedos de su padre marcados en el rostro. Claro, que ahí lo tuvo bien merecido. Sus padres habían estado horas y horas buscándola por todo el barrio invadidos por la angustia, incluso habían ido a la comisaría a denunciar su desaparición. Tal y como estaba el mundo, lo último que pensaron los temerosos progenitores, es que, la niña, junto con un par de compañeras de colegio, habían tomado por asalto el hall de uno de los hoteles más famosos de la ciudad para intentar conseguir las fotos y las firmas de sus ídolos, ese grupo de rock por el que las tres suspiraban día y noche.

Lo de su hermano tampoco era cierto. ¡Vamos! Un poco gamberro, pues sí, como todos los de su edad, contestaciones a los profesores, todas las asignaturas suspensas, constantes novillos. Pero de ahí, a haber pasado por distintos reformatorios por intento de robo de coches, pues había un abismo.

Y lo de su tío,  no tenía nombre, llamar al barucho que regentaba en el pueblo —donde lo más peligroso que podía pasar es que dos abueletes se pelearan por perder o ganar en sus partidas de cartas o dominó—  nido de prostitución y distribución de drogas y, acusar a ese santo varón, que en su vida había matado una mosca, de proxeneta, chulo de prostitutas  y capo de la droga  era pasarse cuarenta pueblos.

Mientras las maquilladoras terminaban de retocar su maquillaje, Nuria, daba vueltas y vueltas a su cabeza. Veía el gesto de contrariedad de su padre, los ojos llorosos de su madre, la cara de incredulidad de su hermano, las críticas de toda su familia en general; cuando les dijo que iba a presentarse al casting de uno de los reality shows de mayor proyección nacional. Si conseguía ganar aquella especie de concurso sería el trampolín de su vida, ya no necesitaría nada más, aquello sería el salto a la fama.

Ahora se sentía nerviosa, repasando mentalmente todas las mentiras que tendría que soltar, eso la  preocupaba, aunque las palabras del director sonaron bastante convincentes:

— No te preocupes por nada, ahora sólo debes preocuparte de enamorar a la cámara, las palabras se las lleva el viento. Piensa que si sales seleccionada las mentiras se tendrán que duplicar, esto no es nada. Nena, vivimos en la cultura del morbo y cuanto más morbosa sea tu vida mayor éxito tendrás. Si vas de niñita típica de clase media no te comerás una rosca.

— Pero mi familia quedará marcada para siempre, no sé si podré hacerles esa faena, me verá gente desconocida que odiará a mis padres, y lo que es peor gente conocida que comenzarán a sospechar y a dudar… —protestó débilmente Nuria. 

— Eso ni lo pienses, esto es cosa de dos días, en cuanto termine el programa si tienes suerte pasarás a ser famosa por otras cuestiones, nadie recordará ya a tus padres ni al resto de tu familia. El mundillo del Show Bussiness es así, donde dices digo, luego puedes decir Diego.

Los focos iluminaban el plató, Nuria sentada frente a la flamante presentadora esperaba ansiosa la primera pregunta: “venga se animaba así misma, es la primera pregunta, la que más te costará, luego todo será coser y cantar. Las palabras saldrán solas”.

—  Buenas noches Nuria, vamos a darte un poquito a conocer. Eres una chica de diecinueve años, has vivido toda tu vida en esta ciudad… pero según nuestro equipo de investigación has tenido una infancia dura, tu familia no es realmente lo que aparentan ser de cara a la galería ¿Es cierto que tu padre te maltrataba desde tu más tierna infancia?  —La elegante y sonriente presentadora, haciendo gala de sus muchas tablas no se había inmutado cuando soltó la pregunta.

Nuria sintió una arcada que le subía desde el estómago a la garganta. No, no era todo tan fácil una vez que estaba allí, ¿cómo era posible que aquella mujer le soltase a bocajarro aquella pregunta y más sabiendo que todo era una vulgar patraña, una mentira sujeta a un guión? Pero lo peor de todo es que aquel guión no se correspondía con una serie o una película de ficción, era la vida de su familia la que se vería empañada.

La voz de la muchacha salió clara y potente:

— ¡NO! Mi padre jamás me ha maltratado, mi madre es una mujer adorable que nunca ha tenido problemas de doble personalidad, mi hermano no es un ladrón de coches, y el resto de mi familia es lo que es, una simple familia trabajadora y completamente normal, como la de todos ustedes ¿o no? Lo mismo el problema es que sus familias si son realmente lo que quieren que los demás reflejemos aquí, hay que tener una mente muy retorcida y prestarse a hacer programas como estos.

El director se levantó de su silla y miró a Nuria con los ojos inyectados en sangre.

—  ¡CORTEEENNNN! —Inmediatamente los cámaras cortaron, y el equipo de producción se dispuso a buscar rápidamente algo para cubrir el tiempo de emisión. —Eres una puta loca, ¡¿cómo se te ha ocurrido decir eso en directo?! Has dictado tu sentencia, si pensabas triunfar en este mundillo olvídate, todos los platós quedarán cerrados para ti, estas cosas no se perdonan ni se olvidan.

Nuria salió del estudio con la cabeza muy alta, sabía que su posible futuro brillante — algo que no dejaba de ser sólo una posibilidad — se escapaba de sus manos. Aún así, se sentía contenta, era feliz, no sería famosa… pero acababa de comprobar que era íntegra y que no se dejaría comprar por un sueño que podría hacerse real o quedar en pura fantasía. No, jamás vendería ni traicionaría a quien siempre estuvo a su lado, quienes realmente merecían todo su cariño y respeto. Su boca sonreía de oreja a oreja mientras escuchaba la nerviosa y aguda voz del director dirigiéndose al resto de los que habían sido sus compañeros.

— Si alguno de vosotros piensa hacer lo mismo que esa puñetera demente ya puede ir levantado su culo de la silla; al primero que se le ocurra tener un solo fallo va a salir de aquí a toda leche. No voy a consentir que un puñado de niñatos indecisos y tarados arruinen mi carrera.

Nuria salió a la calle y el frescor de la noche la envolvió, aún seguía sonriendo, era feliz.

 FIN