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jueves, 2 de junio de 2011

EQUILIBRIO


“Volvemos al principio”.  Esa frase resonaba en los oídos de Theo. Zenón, su padre y líder de aquel poblado, la empleó para animar al grupo  a iniciar el viaje. Y surtió efecto, al poco tiempo todos se lanzaron a la aventura y partieron en formación ordenada, casi militar, para encontrar otro lugar donde podrían encontrar comida y asegurarse la supervivencia. Su tierra, la que les vio nacer, la que les había servido de hogar durante tantas generaciones, se agotaba debido a un aumento desmesurado de población.  

Caminaron durante muchas jornadas, bajo el sol más achicharrante, bajo la fuerte lluvia que calaba sus cuerpos; alimentándose de lo que buenamente iban encontrando a su paso —algunas veces, casi nada—. Ya nadie contaba los días que llevaban viajando. De repente, aquel pelotón de supervivientes interrumpió su  cansino e invariable desfile. Habían llegado al borde de un inmenso lago, rematado por un singular edificio. 

Theo se apartó de la hilera de compañeros, quería ver mejor aquel extraño lugar. No había visto una construcción de esas características anteriormente. Esos segundos de descanso le sirvieron para sentirse único, ya no era uno más de aquella masa de cuerpos en formación. Aquella lejanía le hizo comprobar con estupor lo que estaba sucediendo. Todos sus compañeros parecían atender a una llamada muda; nadie había dado una orden, pero sin mediar palabra, sin romper la formación  —cómo si de un antiguo rito ancestral se tratase— se fueron lanzando por el acantilado arrojándose de cabeza al agua. Algunos morían nada más caer, otros intentaban en vano nadar y salvarse —una misión imposible ya que era una extensión enorme y terminaban quedándose sin fuerzas—. El agua se fue llenando de cuerpos flotantes. En medio de su horror a Theo le llegó la fuerte voz de su padre: “Corre hijo, regresa a casa. Este sacrificio era necesario para preservar la vida, algún día lo entenderás”   — mientras decía estas palabras a su hijo, Zenón cerró los ojos y se lanzó al vacío siguiendo al resto de sus compañeros. 

Theo corrió, corrió como no lo había hecho antes. Le guiaba la fuerza de la desesperación, de la soledad, del miedo, de la impotencia. Corría rememorando la pesadilla que había contemplado. Corría como si sólo el agotamiento y la extenuación lograsen hacerle olvidar, a ratos, la experiencia sufrida. Corría, y a pesar de las palabras de su padre seguía sin entender nada. Aquello, ¿para qué? ¿para qué iniciaron aquel viaje en busca de la vida, si al final nada más que habían encontrado la muerte? 

Algunas veces, en los momentos de soledad más absoluta, le pesaba no haberse arrojado igual que todos. Podía haberlo hecho, ya no quedaba nadie que se lo hubiese impedido, pero una extraña fuerza le hizo aceptar la voluntad de su padre.

Cuando regresó a su hogar no podía creer lo que veían sus ojos. La tierra que abandonó siendo prácticamente un desierto, poco a poco se había transformado de nuevo en un valle rico y fértil, había recuperado sus recursos. 

A Theo aún le esperaba otra sorpresa mayor. Un ruido casi imperceptible le alertó. Allí, acurrucada y medio escondida entre unos matorrales estaba ella, Xenia, su compañera de juegos infantiles.  

— Theo, ¡eres tú! —exclamó Xenia alborozada, terminando de salir de su escondite. Sus palabras se atropellaban en su boca— Tu padre me convenció para que me quedase aquí, me prometió que regresarías. Yo insistí, rogué, le supliqué, no quería quedarme sola. Él se mantuvo firme, se negó a que os acompañase y me tranquilizó diciéndome que para uno sí habría alimento, me dijo que poco a poco todo se iría regenerando, y así ha sido. ¿Has visto que hermoso está nuestro valle de nuevo?

—  ¡Xenia!, ¡¿cómo es posible que en todo el viaje no me diese cuenta que no estabas con nosotros?! 

Theo no podía ocultar su alegría, la primera en tantos meses. Tampoco era extraño que no notase la ausencia de su amiga. Primero la euforia, la confianza, la ilusión por llegar a otro lugar y comenzar de nuevo. Luego el cansancio, la rutina, el caminar por caminar sin saber muy bien donde estaba la meta y si la alcanzarían algún día. Y ahora tenía que decírselo, tarde o temprano tenía que saber lo que había pasado. Tragó saliva y lo dijo de tirón, casi sin respirar.

— Xenia, algo en el viaje salió mal. Todos murieron, aún no he encontrado la explicación para ese fenómeno. Todos, actuando como un solo cuerpo y pensamiento se lanzaron al vacío y se ahogaron en una gran extensión de agua. Lo siento, en el último momento mi padre me alentó para regresar. Después él también se arrojó con el resto. Xenia, sólo quedamos tú y yo.

Los dos jóvenes se miraron. Una chispa de esperanza brotó del alma de Theo. Contemplando a Xenia y a ese valle que volvía a renacer, comenzó a comprender las últimas palabras de su padre. Su especie no se extinguiría. Xenia y él comenzarían de nuevo. Y en ese mismo momento, también fue consciente de que pasadas varias generaciones, cuando la supervivencia fuera imposible; alguien, otro Zenón, tendría que emprender otro viaje al sacrificio con el que preservarían el equilibrio de la vida. 


FIN