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domingo, 8 de enero de 2012

HISTORIA DE UNA TRAICIÓN


Audax se despertó sobresaltado. Entre la espesa niebla que le rodeaba no era capaz de distinguir donde se encontraba. Ni tan siquiera era consciente de si estaba en el interior de su choza o a la intemperie. No distinguía si aquel despertar era real o parte de su sueño. Se frotó los ojos para intentar recuperar la nitidez pero el vacío que le rodeaba era abrumador.

Se puso en pie con dificultad y giró lentamente sobre si mismo, se sentía extraño. Todo era quietud pero esa calma resultaba anormal; no notaba ni una presencia, no advertía más compañía a su alrededor, el silencio era total; el vacío más absoluto le rodeaba. Por eso cuando sintió que a su espalda una mano se posaba en su hombro su cuerpo se crispó. Gotas de sudor frío comenzaron a perlar su arrugada frente.

— ¡Hola!— pronunció una voz quebrada y profunda como si surgiese de una caverna.

Audax se volvió despacio, sonaba distinta,  pero podía reconocer esa voz.

¡Viriato! ¡Tú! ¡Pero tú!... —balbuceó de forma temblorosa.

— Sí, yo, tu antiguo amigo y jefe. No tiembles viejo camarada. No voy a hacerte nada, ya no puedo, soy un fantasma ¿recuerdas? Sí, claro que lo recuerdas. Tú mismo contribuiste a mi muerte, tú y mis otros dos amigos y hombres de confianza.

Audax bajó la mirada y contempló aquella especie de nube densa y gris que le cubría las sandalias.

— No me recuerdes aquello Viriato, toda mi vida he estado lamentado aquella acción. Aún no soy consciente de que nos empujó a clavarte ese maldito cuchillo. Aquellos romanos te temían, eras un peligro para ellos. Sabían que Iberia jamás sería enteramente suya mientras tú empuñases una espada contra ellos. Fueron convincentes, yo no sé que metieron en nuestras embotadas cabezas, que especie de veneno mezclaron con las bebidas para hacernos ir contra ti.

— No culpes a los romanos de aquello, ellos tenían que defenderse de un enemigo y obraron por su conveniencia, les era difícil en un “cara a cara” y compraron a mis hombres más cercanos. Os prometieron dinero, ¿y que más? ¿Gloria?, ¿fama? Os metieron en la cabeza lo que más envilece al hombre: la envidia. Creísteis que sin mí todo sería mejor, que vosotros podríais ocupar mi lugar y no fue así. Los romanos os pagaron con la misma moneda. Traición con traición se paga. Pero tú eres el menos indicado para juzgarlos, no es peor el que compra sino el que se deja comprar.

— Tienes razón Viriato, pero te juro que yo no era consciente de nada, actué como un triste pelele sin alma, sin ideas propias, como si fuese presa de un encantamiento. Sólo fui consciente de lo que hicimos cuando regresamos al campamento romano. Cuando vi sus caras socarronas, sus risas burlonas, los codazos entre los legionarios. Cuando contemplé la satisfacción en los rostros de sus generales y cuando nos dieron el trato que merecíamos y nos echaron de su campamento peor que si hubiéramos sido perros sarnosos. Ahí comenzó mi triste vida llena de lamentaciones.

— Tarde, Audax, muy tarde. Ya nada tenía remedio, ya habíais dejado a una mujer sin esposo y a unos hijos sin padre que tuvieron que huir, callar y negar quien era su progenitor para que los romanos no les tratasen de forma cruel. Dejasteis a unos hombres perdidos sin el líder que podía haber dirigido el único ejército capaz de vencer a la todopoderosa Roma. Una tierra propia a merced de los invasores. Así premiasteis las innumerables veces que os salvé la vida.

Yo sabía que no era inmortal, que cualquier día pagaría mi osadía, que la muerte tarde o temprano tendría que llegar, algo normal en los guerreros; una lanza que te atraviesa, una flecha que se cruza... Pero vosotros me negasteis hasta eso, para mí no hubo una muerte con honor, me reservasteis la peor muerte que puede tener un soldado. La puñalada por la espalda en pleno sueño. Y aquella noche fue la primera vez que sentí miedo en mi vida, pero no por la negra y fría fosa que me aguardaba, sino porque vi lo bajo que puede caer el ser humano. Probé el sabor amargo de la infidelidad, jamás esperé morir de esa manera traicionado por quien me era más próximo.

Audax miraba ahora fijamente a Viriato y era consciente que la misma mueca de dolor que asomaba al rostro de su jefe se reflejaba en el suyo.

— Ahora Audax, viejo amigo, ya estamos en paz. ¿Sabes por qué? ¿No te has preguntado por que un triste humano ha sentido la mano de un fantasma en su hombro? Porque ahora estás tan muerto como yo. Ya somos los dos iguales, dos almas perdidas en la inmensidad del espacio. Entre nosotros ya simplemente queda una tenue diferencia visible sólo para las mentes terrenales. Yo seré un héroe digno de alabanza. Tú, si alguien te recuerda, serás uno de los míseros traidores que se dejó comprar por unas monedas que luego ni recibió. Pero no te apures. Aquí esas sutilezas ya no sirven de nada, dejemos a los simples mortales con sus historias y nosotros vaguemos por el infinito.

Audax abrió los ojos con terror al darse cuenta de que Viriato no mentía. Realmente era un alma perdida en el espesor de la Eternidad.

FIN