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domingo, 12 de febrero de 2012

LLAMADA EN LA PUERTA (Primera parte)


Toc, toc, toc, el ligero pero insistente repiqueteo en la puerta de la habitación de su hotel, taladró la cabeza del doctor Jeremy Eliot Cooper, — conocido como JEC entre sus mejores amigos, o como jodido, estúpido, cabrón, que era como le llamaban sus alumnos y subordinados, jugando igualmente con las iniciales de su nombre, pero en tono mucho menos cariñoso y distendido—  intentó abrir los ojos sin conseguirlo. El responsable de esa llamada intempestiva no lo pasaría muy bien. Lo que para Cooper eran deseos, para el resto de los mortales se convertían automáticamente en ordenes y más, cuando pagaba para recibir un esmerado servicio, entonces, el renombrado y adinerado científico, se convertía en una especie de Dios para aquellos que, de una manera u otra, trabajasen por y para él.

Eso era lo malo de tener que viajar y residir durante varios meses en distintos países que él —con su peculiar sentido social— consideraba sólo medio civilizados. El más lujoso de aquellos alojamientos, por muy refinado que fuese, no podía competir con los mejores hoteles europeos ni norteamericanos; y mucho menos con su lujosa mansión de Sussex, aquello era otro mundo aparte hecho a su medida; pero, lamentablemente, su trabajo le llevaba a visitar todo tipo de lugares. En aquella ocasión tampoco podía quejarse, ya que Egipto siempre había sido uno de sus destinos “menos malo”, y El Cairo la mejor ciudad de todo el continente africano para un sibarita como él.  Aunque, por mucho lujo que le rodease, el doctor Jeremy Eliot Cooper, era así; su intransigente carácter le hacía ver fallos donde no los había, incluso en el Four Seasons, uno de los mejores hoteles del mundo con un servicio de primera clase, con unas vistas privilegiadas del Nilo, e incluso, como en esta ocasión, con una panorámica insuperable de las pirámides y del desierto, Cooper no se sentía  satisfecho.

El hombre se removía en la cama intentando abrir los ojos y seguía sin lograrlo, y no es que fuese una hora intempestiva, ni mucho menos, a través de sus párpados cerrados adivinaba la claridad de pasado el mediodía. En la hora que se le ocurrió abrir las persianas del balcón de par en par la noche pasada, pero el espectáculo de aquella luna grande sobre el lejano desierto africano se le hizo irresistible. No, el doctor Cooper no era un romántico, nada más lejos de eso, no solía fijarse en la belleza de la naturaleza, no era un hombre de carácter contemplativo. Sólo recordaba esas cosas en las raras ocasiones en las que se sentía insatisfecho y enojado con el mundo; muy pocas veces, él era un ganador y casi siempre se salía con la suya, aunque eso sirviese de poco para mejorar su carácter violento. Aun así, no siempre ganaba, la noche anterior había sido prueba de ello. Ni la espantosa resaca que sufría había sido capaz de borrar la estrepitosa frustración de unas horas antes. Aquella hermosa putita de piel color ámbar, ojos negros enormes, culo respingón y larga y abundante melena rizada color trigo, se la había jugado bien. Aquella furcia de tres al cuarto —tras ayudarle a meterse entre pecho y espalda unos cuantos whiskies y terminar la fiesta con un par de botellas de Armand de Brignac Brut Gold— le había hecho hacerse ilusiones; se le había insinuado descaradamente, de tal manera que sus dedos menudos y suaves  rematados con uñas perfectamente cuidadas y afiladas, amparados por la poca luz del lugar y el parapeto que suponía la mesa estaban recorriendo las partes más íntimas de su cuerpo sin ningún pudor; aquella jodida mujer sabía hacer su trabajo muy bien y aquello le hizo presagiar una noche memorable. Esas manos ágiles y expertas recorrían su cuerpo como si fueran mariposas traviesas y saltarinas que tan pronto se posaban en su cuello, como se metían entre su pantalón con tal maestría y ligereza que la ropa no era ningún obstáculo para ellas.

Todo en esa mujer exhalaba sexualidad, su ropa de buena calidad, el tono de su voz, sus gestos naturales sin poses afectadas, el perfume embriagador pero suave, nada que ver con aquellos aromas fuertes que solían usar algunas mujeres y que, para su gusto extremadamente refinado, era sólo un toque vulgar. No cabía duda de que aquella puta tenía clase, esa no era de las que se iba con cualquier pelagatos. Esa noche podía ser gloriosa, convirtiéndose en un festival de sexo descontrolado, de esas que tanto le gustaban a Cooper, y que sólo podía gozar rara vez, únicamente cuando la furcia de turno daba la talla. Y aquella noche esta putita iba a estar a la altura, su intuición no solía fallarle nunca, y él no era un novato en estas lides; era un hombre de ciencia, pero no un ratón de biblioteca, más bien era un vividor; que si era famoso por sus trabajos e investigaciones, más lo era por su insaciable afición al sexo. Por su cama habían pasado mujeres de los cinco continentes: europeas, americanas, orientales, africanas; incluso entre sus amigos también solía presumir que se lo había montado con un par de chicas musulmanas; a pesar de que las dos eran niñas bien e hijas de padres  mundanos pero muy tradicionales  y respetuosos con su cultura.

Sí, en su larga trayectoria no le quedaba mucho que probar, mujer que le gustaba, mujer que quedaba atrapada en su telaraña, no le importaba ni la edad, ni su condición social, ni si estaban casadas o solteras. Se sabía un hombre atractivo, muy atractivo a pesar de haber cumplido los cincuenta hacía varios meses. En su familia los años siempre se habían llevado con dignidad; su padre, ya fallecido hacía años, a los setenta era aun un hombre atrayente y seductor que se conservaba de forma admirable y todavía rompía algún corazón entre las damas, lástima que el viejo fuera tan tradicional y tan típicamente gentleman. Además Cooper, narcisista por naturaleza, se cuidaba: ejercicio constante para mantener el cuerpo atlético, masajes, saunas, comidas ligeras; sin evitar para nada el uso de la cosmética para ayudar a su, ya de por sí, agradecida genética. Sabía que era un hombre deseado, ese tipo de deseo que enciende a las mujeres de cualquier edad, un regalo para las maduras, y un trofeo espectacular para las más jóvenes. Él era de esos hombres viriles a los que los años parecen revalorizar, y lo que no podía conseguir por sus atractivos, cosa muy difícil, lo obtenía a golpes de chequera, a la que tenía que recurrir en raras ocasiones, normalmente, sólo cuando requería los servicios de alguna profesional. Por lo general, hasta la presa más reacia caía en esa red que él tejía con primor, aunque una vez logrado su objetivo, el botín ya no sirviese para nada, simplemente para engordar el número de sus conquistas.

Pero aquella noche, todo había ido rodado, desde luego nunca se lo habían puesto tan fácil. Ni las múltiples rameras que había pagado en su vida, ponían esa voluntad y entrega; todas contribuían lo justo para ganarse su sueldo. No, esta era muy distinta, esta parecía desearle de verdad, no sólo por ejercer bien su profesión, lo notaba en esa avidez que su acompañante ponía en cada caricia, en la forma de utilizar su boca y sus manos cada vez que le rozaba la piel y le envolvía con su cálido aliento. Esa tía no era una puta vulgar, no, esta tenía mucho estilo —de lo mejorcito que había conocido en su vida, y eso que él siempre buscaba lo más selecto— pero ninguna tenía esa exquisitez precisa y estudiada; esta furcia, al igual que él,  también sabía apreciar lo bueno de la vida, sólo había que fijarse en la forma en que tomaba la coba y su gesto al beber aquel delicioso champagne que no estaba hecho para cualquier paladar.

Pero aquellos preliminares ya se estaban prolongando demasiado, Cooper pensó que ya era hora de pasar de la teoría a la práctica, o como diría el bueno de Hugh, su camarada de tantos años; mucho más directo y menos amante de las delicatesen: “Dejémonos de cortar el bacalao y vamos a comenzar a devorarlo”. Sin poder disimular los jadeos de placer que le proporcionaban las caricias de la mujer, le propuso que fueran a su hotel. Cooper aprovechaba y disfrutaba de todo lo que la vida le ofrecía. Siempre lo había hecho, aquel regalo inesperado no se le podía escapar de las manos.  

— Te pagaré lo que me pidas, suelo ser muy generoso cuando se cumplen mis caprichos.

— No mi amor, no tienes que pagarme nada en absoluto, yo nunca mezclo el placer con los negocios. Y estar contigo será un auténtico placer —contestó ella con un tono insinuante mientras acariciaba suavemente con la punta de la uña de su dedo índice la nuca del hombre, y pegaba sus labios al lóbulo de la oreja masculina.

Cooper no pudo evitar que un estremecimiento erizase su vello, la sensación fue tan fuerte que incluso sintió una especie de ligero pinchazo en la nuca, cuando la testosterona se le ponía al límite no era nada anormal que su cuerpo le regalase todo tipo de sensaciones nerviosas, aquella zorra sabía hacer su trabajo. Era hora de salir pitando de aquel tugurio mal iluminado y atestado de humo para dirigirse a la paz del hotel, antes de que la dosis de alcohol mezclado e ingerido empezase a hacer estragos.

— Pues vamos, ya estoy harto de este garito de mala muerte —dijo el hombre en tono desdeñoso menospreciando uno de los mejores locales de copas de la ciudad— mi hotel está a dos pasos, esto… aún no me has dicho como te llamas.

— Llámame Ámbar.

— Ja,ja,ja, perfecto, me gusta llamar a las putas por su nombre de guerra, total, el nombre real me importa una mierda. Me encantan las mujeres con ese aire felino y misterioso, ¡venga, no perdamos más tiempo!

— Espera cariño, dame cinco minutos, me retoco un poco el maquillaje y nos vamos.

Cooper observó los movimientos sugerentes y sinuosos de las caderas  de la mujer mientras se alejaba rumbo al aseo. Aquellas curvas generosamente exhibidas gracias al mini vestido de licra que no podía pegarse más a su cuerpo que su propia piel, le estaban volviendo loco.

Para su disgusto el tiempo iba pasando sin que la muchacha volviera a hacer aparición, ya era el tercer cigarrillo que había apurado en la espera, y se había tomado de un trago el champagne que le quedaba en la copa, sin saborear si quiera aquel preciado líquido. Tanta tardanza le estaba exasperando, para mojar su garganta seca le pidió al camarero el cuarto o quinto whisky de la noche, ya había perdido la cuenta; sabía que mezclar las bebidas no era aconsejable, pero total ya las había mezclado y, ¡qué coño! Él resistía bien el alcohol, incluso las resacas no pasaban de un dolor de cabeza, nada que no quitase una buena siesta, una ducha fría y un par de analgésicos. Lo único que importaba era que esa jodida furcia saliese ya del baño y marcharse ya a gozar de sus favores. Pensar en el revolcón que le esperaba le hizo ponerse de mejor humor, aunque seguía nervioso y alterado. ¡Joder! Pero, ¿qué narices hacía aquella fulana? Si el maquillaje en unos minutos estaría de más, tanto como su provocativo vestido.

Los minutos seguían pasando y Cooper no paraba de mirar el reloj de forma compulsiva. Un camarero solícito, pensando que necesitaba algo se acercó a la mesa.

— ¿Le pasa algo, señor? Le noto un tanto inquieto mirando continuamente el reloj. ¿Necesita algo? o ¿Espera a alguien?

— Por supuesto que espero a alguien, hay que ser muy gilipollas para pensar que estoy aquí sentado como un pasmarote por amor al arte, —contestó Cooper en un exabrupto cortante como queriendo pagar con el hombre el malestar que le estaba provocando la espera— espero a esa zorra que estaba conmigo y que se ha debido colar por la taza del wáter de su infecto lavabo.

El camarero no hizo ni un gesto, debía estar habituado a aquel tipo de clientes, millonarios que se creían el ombligo del mundo porque podían pagar todo. Con una profesionalidad a prueba de bomba y con una paciencia que hasta el mismo Job envidiaría, contestó de forma educada, aunque inconscientemente no pudo disimular una ligera sonrisa socarrona.

— Esa señorita a la que está usted esperando se marchó hace más de veinte minutos, señor.

Cooper pudo contener a duras penas la indignación, de buena gana hubiese golpeado a aquel camarero imbécil que mal disimulaba esa sonrisa de superioridad, como si le dijera sin palabras, ¡vaya imbécil de mierda que eres, te han engañado como a un pardillo novato! Pero no, era mejor pagar y salir de allí antes de que no pudiese contener la rabia y los excesos etílicos; por experiencia sabía que la policía egipcia no se andaba con chiquitas a la hora de detener a los borrachos agitadores extranjeros, ni con todo su dinero se libraría de pasar una noche en una de sus incómodas celdas, y él llevaba ya muchos años viviendo rodeado de exquisiteces y confort; su trabajo le había costado lograr todo aquello, su abultada herencia  familiar se lo había facilitado todo, pero el saberse especial, y el sentirse superior a los demás menospreciando al resto de los mortales, lo había conseguido a base de su esfuerzo profesional, él era el prestigioso doctor Jeremy Eliot Cooper, numerosos y acreditados premios nacionales e internacionales conformaban su palmarés; en su brillante currículum sólo faltaba el Nobel; y tenía asumido que cualquier día caería en sus manos, era sólo cuestión de paciencia, no le cabía duda, que el prestigioso premio terminaría en su poder; él era el mejor. Siempre lo había sido.

Llegó al hotel lleno de ira, excitado, mareado y con una tremenda jaqueca. ¡Ojalá aquella puta se volviese a cruzar en su camino! Iba a pagar muy cara su insolencia. Cooper abrió el ventanal de par en par para tratar de respirar la brisa nocturna de la noche cairota. Sentía mucho calor, un calor asfixiante, que no había sentido nunca, ni siquiera la primera vez que viajó a ese país en pleno verano. Tras unos minutos en la terraza contemplando la majestuosa luna decidió darse una ducha fría, aquello templaría sus nervios y le quitaría las ganas de aquella mujer; unas ganas que, al final, se tragarían el sumidero de la bañera. Por último y tras tomarse un par de pastillas de paracetamol cayó como un fardo en la cama y consiguió, a duras penas, sucumbir en un agitado  duermevela que poco a poco le fue sumiendo en un sueño profundo y pesado.




Continuará...