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martes, 17 de febrero de 2015

LA VIDA EN UNA SOSPECHA


El viento soplaba con fuerza colándose por cada resquicio de los ventanales y las puertas del caserón.

Marion y Vincent McGinty estaban sentados en el sofá de terciopelo rojo del salón blanco, el más pequeño de los tres salones de la mansión, esperando a que el mayordomo les avisase para la cena. Permanecían sentados en los lados opuestos, callados, ausentes y prácticamente no se miraban a la cara. Vincent repasaba por enésima vez la sección económica del Times, mientras Marion hojeaba con desgana los dibujos de unos diseños de vestidos que le había enviado su modista. Los tres últimos años de su matrimonio les habían alejado años luz. Poco o nada tenía que ver su situación actual con los primeros momentos de su vida en común.

Marion Sullivan era una chica de clase alta, pero una mala administración del gestor de su padre sumió a la familia en la ruina. La muchacha tuvo que comenzar a ganar su propio sustento y comenzó a trabajar como institutriz o dama de compañía. Así fue como conoció a Vincent McGinty cuando llegó a la mansión para cuidar a su madre que había enviudado recientemente y ya era anciana.

Poco a poco la convivencia les fue uniendo y al fallecer su madre, Vincent se dio cuenta de que ya no podría vivir sin la presencia de Marion, pero sin trabajo no era adecuado mantenerla en casa, estaría mal visto, así que la pidió matrimonio y la boda se celebró en cuanto pasó el tiempo reglamentario de luto.

Todo había sido perfecto, era un matrimonio bien avenido. Vincent estaba junto a la mujer que amaba y lo cuidaba día a día, y Marion, aparte de estar junto al hombre del que se enamoró desde el primer momento, volvió a la clase social que le pertenecía. Pero nada es perfecto en la vida, y ellos también tenían una sombra que planeaba sobre sus cabezas, que hacía que su existencia no fuese todo lo ideal que merecían: Gilbert. Sí, Gilbert, el hijo pródigo, el hermano díscolo de Vincent, un hermano a quien no veía hacía muchos años y a quien Marion no había llegado a conocer.

Gilbert era el ingobernable de la familia; desde su infancia había dado quebraderos de cabeza a sus progenitores. Ni los duros castigos de su padre, ni su estancia en los internados más estrictos de Inglaterra y del extranjero, consiguieron dominar el carácter rebelde e indómito del joven. Su vida delictiva comenzó con estafas y timos de poca monta hasta que gradualmente fue escalando peldaños hasta convertirse en una de las cabezas más visibles del hampa londinense.

Gilbert, pese a su falta de presencia física en la mansión, no dejaba de ser el dolor de cabeza de su hermano, sobre todo cuando en la escena familiar comenzó a aparecer un policía de Scotland Yard, el inspector de homicidios Maddox.

El inspector se presentaba en la mansión de forma asidua para preguntar al matrimonio por los pasos de Gilbert: ¿Sabían algo de él?, ¿desde cuándo no aparecía por la casa?, ¿habían recibido alguna nota o carta de él?

Maddox llevaba el caso de la desaparición de dos jefecillos mafiosos del East End londinense. Ambos habían tenido tratos profesionales con Gilbert McGinty y la teoría del inspector era que probablemente los cadáveres de los mafiosos estarían hundidos en el fangoso fondo del río Támesis, pero que tarde o temprano los cuerpos aparecerían y que ahí Gilbert McGinty no tendría escapatoria. Esto ocurriría más pronto o más tarde. En cuanto pasase el invierno el río sería dragado y entonces aparecerían sin ninguna duda, haciendo que el cerco contra la oveja negra de los McGinty se estrechase hasta cerrarlo.

Lo cierto es que bien porque la monotonía comenzaba a hacer estragos en la vida conyugal; o por esos, cada vez más regulares, sobresaltos que les daba la policía y la presencia fantasmal de Gilbert en sus vidas, la pareja no atravesaba uno de sus mejores momentos.

Unos golpes suaves les sacaron de su ensimismamiento, la puerta se abrió y apareció Williams, el mayordomo, que les anunció que la cena estaba servida.

— ¡Vamos querida!

— Ves tú Vincent, creo que esta noche no voy a cenar porque tengo una jaqueca horrible. Será mejor que me retire a mi habitación.

— Marion, deberías tomar al menos un consomé caliente. Hoy ha sido un día muy frío.

— No, no me apetece tomar nada. Williams, por favor, diga a Gertrud que dentro de un rato me suba un vaso de leche tibia, eso sí me vendrá bien para conciliar el sueño.

Vincent abandonó el salón seguido por Williams.

Marion se levantó y se dirigió a la chimenea, cogió el atizador y comenzó a remover las cenizas. Las llamas comenzaron a chispear y sus pensamientos comenzaron a agolparse en su cabeza a la misma velocidad que el crepitar del fuego.

No, nada había sido igual desde aquel suceso. Un 28 de febrero de 1893 todo había cambiado para ella y los recuerdos volvían a visitarla el mismo día tres años más tarde. Desde entonces Marion no había sido la misma, el presagio y la duda estaban matando sus ilusiones poco a poco. Vivir bajo la presión de la sospecha era poco menos que morir en vida.

************

— Te lo pido por Dios, Vincent, ¡no vayas!

— No puedo negarme, Marion, es mi hermano y me necesita; debo acudir a su llamada.

— Pero querido, sabes que Gilbert es peligroso. Tú, al igual que yo, has escuchado las hipótesis de la policía. No puedo fiarme de él, Vincent. Me da miedo que tras tanto tiempo desaparecido y sin acordarse de ti, ahora te reclame. Ni siquiera apareció para el funeral de tu madre. ¡No vayas, te lo ruego!

— Marion debo ir, mi hermano no puede hacerme ningún daño. Tú no le conoces, es lógico que las palabras del inspector te asusten. No te olvides que a pesar de que nuestros caminos se separaron, hemos crecido juntos. También hemos pasado buenos momentos durante nuestra infancia. No, Gilbert no me hará ningún daño, por nuestras venas corre la misma sangre. Además, ahora está enfermo y me necesita. Sería un canalla si no acudiese a su llamada.

— Al menos avisa al inspector Maddox para que sepa que te vas a reunir con él.

— ¿Qué quieres que le detengan? ¿Quieres que sea yo su delator? No me podría perdonar ver a mi hermano ante un jurado y menos siendo declarado culpable. ¿Quieres que le vea colgando de una cuerda? ¡Estás loca, mujer!

— Pero no se sabe si él es culpable de los delitos de asesinato, las suposiciones de Scotland Yard no tienen por qué ser correctas. Si no encuentran pruebas y sobre todo los cadáveres, no le pueden condenar a pena de muerte. ¿De qué le pueden acusar, de estafa, timo, robo? Como mucho pasará unos años en la cárcel, nada que un buen abogado no pueda resolver, y tú tienes suficiente dinero y relaciones para que tu hermano tenga un trato favorable.

— No seas ingenua Marion. ¿Crees que la policía lanza hipótesis así a la ligera si no tienen algo bajo la manga? No, algo tienen, otra cosa es que lo digan. Tarde o temprano los cuerpos aparecerán y entonces, probablemente, no tendrá escapatoria. No, no puedo hacerle eso, seguramente lo que necesita es que lo lleve a un médico, o algo de dinero. Vivir al otro lado de la ley debe de tener sus momentos buenos y malos. Nunca seré un soplón de mi hermano, el día que Scotland Yard lo detenga tendré que aguantar lo que caiga y apechugar con lo que pase; pero no seré yo quien lo entregue, no podría vivir con ese peso en mi conciencia.

Marion vio salir a su marido con un nudo en la garganta. Desde que hacía dos días había sonado el aldabón de la puerta principal y un pilluelo callejero les había entregado una nota manuscrita de su cuñado, Marion no había conseguido conciliar el sueño. Un escalofrío, la caricia de una mano invisible y fría recorría su espalda mientras un presagio anudaba su garganta.

Al poco tiempo el carillón de la entrada dio once lentas campanadas. Marion dijo al servicio que se retirara y ella permaneció sentada en el salón blanco. El reloj siguió marcando las horas de forma lenta y acompasada, las doce… la una… las dos… Antes de que sonaran las tres campanadas de la madrugada la mujer sintió el llavín en la puerta y corrió al hall.

Allí, al pie de la escalera,  se encontraba su marido. Su aspecto era cansado y la capa estaba polvorienta.

— ¿Qué ha pasado Vincent? ¿Está todo bien? ¿Dónde está Gilbert, le has llevado a un médico?... —Las preguntas se agolpaban en la boca de Marion y salían con un nerviosismo y una rapidez poco propias de ella. Vincent la cortó en seco.

— No ha sido necesario consultar a un médico, tan solo sufría una gripe un poco más fuerte de lo normal. Mi hermano está bien, ahora, está bien. No te preocupes Marion, todo está como tiene que estar. Voy a dormir, estoy cansado y necesito un poco de reposo; no debías haberme esperado despierta.

— Eso no es importante, no tengo sueño y seguramente no pegaré ojo en lo que queda de noche. Al menos ya estás en casa y eso es lo fundamental.

— Pues si no vas a dormir avisa mañana temprano al mayordomo que no me llame a la hora habitual, quiero dormir hasta bien entrada la mañana.

Estas palabras pronunciadas en un tono tan seco llamaron la atención de Marion.

— ¿Te encuentras bien, cariño?

— Me encuentro perfectamente.

La voz volvió a salir seca y sin ninguna tonalidad. Vincent se volvió y miró directamente a los ojos de Marion. Algo en la mirada de su marido la aterró, el pelo era idéntico, las mismas facciones asomaban a su rostro, pero había algo diferente: la mirada. Esa no era la mirada del hombre con el que había compartido los últimos diez años de su vida, seis de ellos dentro del matrimonio.

A la mañana siguiente un titular del Times desgarró el corazón de Marion

ÚLTIMA HORA

“Esta madrugada ha sido encontrado un cadáver flotando en el Támesis, el cuerpo tenía tres puñaladas, dos en la espalda y una en el pecho. La policía ya ha identificado el cuerpo, se trata de Gilbert McGinty,  un conocido delincuente de los bajos fondos londinenses. Aunque este hombre pertenecía a una familia de clase alta, ya que era el hermano gemelo del conocido industrial Vincent McGinty, hacía años que había abandonado la casa familiar para dar rienda suelta a sus actividades delictivas. En los últimos meses el inspector Maddox de Scotland Yard sospechaba que McGinty estaba tras la muerte de dos mafiosos del East End. La polícia había cerrado el círculo en torno a este personaje y su detención iba a ser inminente. El equipo de investigación puede asegurar que la muerte se ha producido por un ajuste de cuentas entre jefes de los bajos fondos que actúan en los muelles del río”.

La voz de Vincent sonó a su espalda.

— Perdona Marion, sé que anoche fui un poco brusco contigo pero estaba agotado.

El hombre miró por encima del hombro de su esposa y leyó el titular.

— Ya ha pasado todo Marion, sabes muy bien que para que uno sobreviviese otro tenía que desaparecer. Mañana saldré muy temprano para la oficina y regresaré tarde, no me esperes en todo el día, tengo que ponerme al tanto de muchos asuntos de la empresa, ya sabes que últimamente he dejado los negocios un poco abandonados.


FIN