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domingo, 28 de agosto de 2011

¡QUIERO SER SANTA!


Qué bien se vive en la Gloria, que bonito todo; tan blanco, tan limpio, siempre con dos o tres ángeles con alas deslumbrantes dispuestos a sacarte de apuros a la mínima… pero que aburrido ¡Señor!

Sí, estoy muerta de aburrimiento, uy ¿he dicho muerta? Mira que llevo siglos ya aquí arriba pero es que no se me va la forma de hablar de ahí abajo.

Así que he decidido escribir mis memorias para entretenerme. Nunca me gustó la hora de la siesta, pero es que aquí ya es soporífera del todo.

Nací en Madrigal de las Altas Torres una bonita mañana primaveral del mes de abril, o eso me dijeron, siempre he tenido dudas al respecto, nunca he llegado a saber si las cosas me las decían porque eran así o por no cabrearme. De mi infancia no puedo destacar nada, pero no fue muy buena que digamos, me pasaba el día cosiendo junto a mamá. Y esa es otra, porque mamá estaba algo tarada, la pobre; no para encerrarla como hizo mi hermanastro, que peligrosa no era, pero ya se sabe las cosas de palacio. Así que yo me crié con una loca y rodeada de aquellos frailes que iban a comerla el coco a mamá, aunque lo que consiguieron fue comérmelo a mí.

Menos mal que fui creciendo y espabilando, que no era nada tonta yo. A Enrique, mi hermanastro se la di bien con queso. Que pretendía casarme con un viejo baboso, ¡ni soñando! Yo ya tenía los ojitos puestos en mi galán. ¡Mi Fernando que guapo era! A mí me tenía sorbidito el seso, pero no fue fácil conquistarle tuve al mensajero reventado durante meses enviando misivas a mi príncipe azul; no me extraña que el pobre ahora esté de ayudante principal de San Cristobal, si ese, el patrón de los viajantes. Como digo papelitos de este tipo nos cruzamos durante bastante tiempo: Fernando que cuando ponemos fecha, mira que mi hermano me está dando la lata”. “Decídete de una vez que se me pasa el arroz”. Y él: Isabelita guapa ¿no te parece que somos demasiado jóvenes?, creo que nos lo tendríamos que pensar mejor, además la bula del Papa no llega y cometeríamos grave pecado”.

Fernando me salió un tanto indeciso, tanto que si no llego a tomar la iniciativa y falsificar una bula, o me caso con el viejo o me quedo para vestir santos, y  esa no era mi misión divina.

Por fin a escondidas y con miedo Fernando me dio el sí. Y ahí empezó lo bueno, vamos que yo tenía redaños suficientes para no necesitar a un hombre al lado, pero la época lo exigía, además yo quería ser reina y no consorte precisamente. Quería tener mi propio reino ¡porque yo lo valía! Y casada con el del reino vecino siempre tendría más opciones. Que no se me malinterprete, yo quería a mi Fernando, faltaría más, pero más quería a su ejército que me vendría de perlas para hacerme reinar sobre mi adorada Castilla.


No voy a negar que ejércitos aparte alguna ayudita me cayó del cielo, poniéndome alguna cosilla a mi favor. La primera que mi hermanastro se muriera, bueno como ya estaba algo enfermucho eso tampoco me preocupaba demasiado, que se moría a la de sí o sí, era ya algo sabido. Pero ¡ay! Mi pobrecito hermano Alfonso sería un obstáculo, que no duró mucho por cierto, el pobre nació ya bastante debilucho; no tenía catadura de rey ¡que lo vamos a hacer!

Bueno una vez muertos tanto mi hermanastro como mi hermano ya tenía el campo libre. Pero no… salió la pendejo de la Beltraneja reclamando sus derechos. ¡Dejar mi corona a una bastarda! Porque dijese, lo que dijese era bastarda, vamos que mi hermano era impotente y cornudo lo sabía hasta el último lacayo del castillo. Y ella que no, que era legítima y con ella unos cuantos correveidiles que le bailaban las enaguas. Con lo fácil que es ahora con el ADN ese dichoso saber la verdad. Claro que por otra parte mejor no haber tenido esos inventos entonces, que lo mismo la niña si era legítima y me hubiese hundido el negocio a pesar de contar con él ejercito de mi flamante marido. En fin que la Beltraneja me duró dos rounds y al final conseguí ceñirme la corona ¡como estaba mandado! Y ella a un convento que a falta de reino bien está una abadía, aunque luego la muy pilingui se las apañó para largarse y casarse con uno de sus tíos portugueses. No la sirvió de nada ¡portugueses a mí!


Uno de mis primeros disgustos con Fernando fue de lo más tonto, recuerdo que un día que andábamos tonteando en nuestros aposentos me dijo: "Isa amorcito que digo yo que así entre nos me podrías llamar Ferran, es que me recuerda tanto mi tierra y mi gente". Ahí yo me reboté tenía reciente mi visita a su reino, que ya era el mío, y aún recordaba la forma de hablar de esa gente. ¡Mira que hablan raro! Es que no les pillaba ni media. Yo jamás he podido soportar no entender lo que me dicen, vamos que al pan, pan y al vino, vino y dejarse de tonterías, que seguro que menos bonita me llamaban de todo, que no, que no ya sabía yo por sus caras cejijuntas que no les caí nada bien. Aquella discusión me dio una idea y le dije: “Te llamaré Fer y punto pelota., y que quede entre nos, que a mi estás chuminadas de dar nombrecitos cariñosos me repatea ya lo sabes. Y a partir de ahora todos a hablar en castellano puro y duro, porque es lo que yo hablo y entiendo, y  lo más importante porque me sale del refajo ¡que caray! Yo soy malísima para las lenguas y si no pregunta a la pobre Beatriz Galindo el trabajo que la ha costado hacerme aprender cuatro latinajos, y a eso acepte para poder tener vía directa con Nuestro Señor, que si no de que.

Y luego los embarazos y una desilusión tras otra, una niña… otra niña… ¡joder! Con el trabajo que cuesta casarlas y más si como yo, madre amante y justa donde las haya quería un buen partido para ellas y para mi España querida. Al final conseguí parir un varón, Juan. Pero fue a la par de trabajoso, baldío. El pobre me nació ya bastante pochito y el remate fue casarle, mira que le busqué a la mayor mojigata de Europa, la Margarita de Austria, pero la muy mosquita muerta salió bastante dispuesta al himeneo y el pobre que estaba inocente y por lo malucha de su salud no lo había catado, al probarlo le gustó tanto que ¡ale! Le dio al fornicio con tal ardor que el pobre sólo me aguanto dos o tres asaltos. Eso sí me dejó un nieto póstumo, que tampoco sirvió de mucho, otro que también se me murió en un suspiro. Los varones de mi familia no es que hayan tenido mucha suerte.

Bueno a las niñas las fui casando. Exceptuando mi Isabel y mi María a las que no las fue mal. ¡Mi pobre Isabelita que murió de parto! Menos mal que mi María fue mujer recia y parió nada menos que diez hijos. Los matrimonios de las otras dos no fueron muy afortunados en cuanto a amores, pero yo siempre he sido muy práctica. Y no es que no me doliese ver a mi pobre Catalina ahí recluida en una torre llorando noche y día por ese Enrique, putero y además hereje. Que se puede ser hereje, no lo discuto, pero que la herejía venga por tema puterío, ya le valía. Nada que al tío no le servía con quitarse el ardor del cuerpo con cualquier pelandusca, es que se tenía que casar con ellas y claro a fundar otra religión porque a él le salió de la mismísima corona. Ya tuvo castigo bastante, él, tan bello y perfecto se terminó convirtiendo en un viejo, gordo, gotoso y amargado. Menos mal que María, mi nieta, se ocupó de vengar a su madre y les dio caña a esos ingleses, lástima que duró tan poco. Luego llegó la hija de la zorra de la Bolena y a fastidiarlo todo de nuevo. Si, esa misma a esa que la dieron mi nombre, ¡manda narices! La calva, a la que llamaban la Reina Virgen. Es que a ver quién tenía huevos para desvirgar aquello. Ya lo intentó mi bisnieto Felipe, pero que va, en cuanto vio la foto de su prometida salió huyendo, casi que le traía más cuenta enfrentarse al turco que a aquel engendro. Y anda que luego no fue la señora rencorosa ni nada, a mi pobre Felipillo se la tuvo jurada toda la vida, que si un pirata por aquí, un corsario por allá, enviados por ese engendro que Dios y el diablo confundan. ¡Ya hay que tener mala leche!

Mi Juana, de la que se comentó que se volvió loca de amor. Nada de nada eso fue un comadreo tonto que sacaron por ahí, la pobre ya me vino algo loca de nacimiento. Ya comentaba con Fernando: “Uy esta niña hace cosas muy raras Fer”. Bueno si la gente cree que enloqueció por amor, allá ellos, eso quizá la empeoró pero nada más. Volverse loca por ese Felipe que todos llamaban “El Hermoso” pero que era feo de cojones, no lo creo, ni lo creeré. Mi niña podía estar loca pero no era tonta. Ella prefirió hacerse la sueca y no apechugar con todas las preocupaciones que arrastraba su madre y bien que hizo, para eso Dios la concedió un hijo.

Mi Carlitos, un nieto me que llenó de orgullo y de babas, todo hay que decirlo; que por eso tuve a mis costureras cosiéndome baberos —no para el niño, para mí— que criatura tan perfecta, siempre defendiendo el catolicismo. Ni más ni menos que el muchacho se me hizo Emperador, un Imperio que no veía el sol. Mi chico, siempre al pié del cañón, dando lo suyo y lo del vecino, ora a los protestantes… ora al turco.

Y qué decir de mi bisnieto, su hijo, mi Felipe, que salvo el desliz de “La Calva” un error juvenil, sin duda. En parte le entiendo si es que ser rey de Inglaterra tenía su aquel. Fue digno hijo de su padre, tan serio, tan cabal… siempre en su sitio. Lástima que con lo de la descendencia no tuviese suerte. La Valois, la francesita a la que adoraba, sólo sabía parir niñas, y a la segunda se dio por vencida y se murió. Si es que ya no quedan mujeres como las de mis tiempos. Y al final tuvo que casarse con su sobrina Marianilla y menos mal que se la ocurrió tener un hijo varón.

Pero a mí, quien realmente me robó el corazón fue “El Bastardito” si Juanillo el de Austria, tan valiente, tan buen mozo. Que tardes más amenas y divertidas me hizo pasar. No veía la hora de subir a Nube-Himalaya, la más alta y desde donde se ven mejores vistas para aplaudir como loca al muchachito. Y ya lo de Lepanto fue el colmo de la alegría, zapapumba… por aquí… cañonazo por allá… Sólo puedo comparar aquellos momentos a cuando nos sentamos Fernando y yo a ver un partido Barça-Madrid, lógicamente Fernando está con el Barça, y yo castellana de pro, con el Madrid “manque pierda” y claro nos picamos de tal forma que al final terminamos casi, casi batiéndonos a espada. Y eso que tengo que confesar que el chico este… Guardiola, creo que se llama, me cae bastante bien. En mis tiempos hubiese sido un magnífico estratega como que si Gonzalo Fernández de Córdoba se hubiese dormido en los laureles le hubiese quitado el título de Gran Capitán.

Ahí se acabaron las alegrías de mi linaje, porque ¡válgame Dios! El resto de mi descendencia vaya panda, el resto de los Felipes a cada cual peor. Y que decir del último, del Carlitos el Hechizado, ¡ni hechizado ni leches! Que a mí jamás me la dio. Eso de que cada vez que tuviese que acostarse con su mujer empezase a lloriquear: ¡Que estoy muy malito! ¡Que me han hechizado! Cuentos a mí, siempre tuve la sospecha que a este niño le gustaron más las calzas que las sayas. O es cierto lo que dicen las comadres de los pueblos que los hijos entre primos salen tontos. O bien es una venganza del “Jefe” de cuando le tomé el pelo con lo de la falsificación de la bula de mi matrimonio.

Qué tiempos aquellos, que bien me lo pasaba con mi Torquemada, cuando venía a contarme chismes. Que si hemos pillado a fulanito —aún después de haberse bautizado— realizar ceremonias judías. Que si menganita es bruja y la hemos tenido que dar un hervor. Le echo de menos y por más que le he pedido a San Judas Tadeo, el patrón de los imposibles, que haga algo por traérmele al cielo me dice que no, que ese fraile no pisa El Cielo si no es por encima de su cadáver, que ahí calentito en el infierno está muy bien tomando de su propia medicina. Mira que es cabezota el Judas este, y eso que no es maño. Eso sí me hace mucha gracia cuando dice lo del cadáver, me dan unas ganas de decirle: “Judas machote, pues tú de cadáver ya poco que yo creo que a ti no te quedan ni las cenizas”.

Tengo que desmentir una cosa también, sé que ha habido muchas lenguas viperinas por ahí que llegaron a decir que estaba liada con Colón, que eso de dar mis joyas a un desconocido no venía a cuento. ¡A ver! ¡Que no! ¡Como yo, toda una reina, me iba a enamorar del primer pordiosero que llamase a mi puerta! La realidad es que a mí me pilló en una época bastante cabreada. Yo ya tenía mis dudas, los amiguitos judíos de mi marido —jamás me la pegó, yo ya sabía que tenía buen rollito con ellos— le prestaban los dineros con sólo abrir su boquita de piñón. Sin embargo a mí me escatimaban y me pedían unos intereses que casi me dejaron en pelota picada. Por eso decidí expulsarles, a mi realmente que creyesen lo que creyesen me traía al fresco. Pero eso de la usura y más a mí ¡ni de coña!  Con una reina no se juega. Además de eso, mi señor marido se gastaba el oro en batallar ahí en Nápoles, por un trocito de tierra de “na”.

Y entonces llegó el Colón este, con esa cara de pena y de no haber roto un plato. Me prometió hacerme reina de otro mundo y claro a mí se me subió la corona a la cabeza, y pensé a ver quién ganaba más, si Fernando o yo. Así que me dio un aire y allí mismo le saqué el cofre con mis joyas. Eso sí, advertido quedó, ya le dije: “Ahí tienes mis joyas, pero ojo con no devolverme con creces su valor que te vuelvo eunuco de un solo tajo”.  Yo no sé si sería la amenaza, o que en el fondo era tan ambicioso como yo, pero el hombre cumplió.

Definitivamente 1492 fue mi año, conquistaron Las Américas para mi solita, y al final conseguí echar definitivamente a los moros. Que no es que los chicos me molestasen, que no; sólo que no encajaban en mis planes. Yo quería hacer una España, grande y libre: o sea, a mi imagen y semejanza, vamos para mí. A santo de qué tenía que compartirla con esos que vinieron aquí sin que nadie les llamase, invitados los justos. Si en el fondo Boabdil me dio hasta “penica” -psss lo siento, es que tantos años con un maño es lo que tiene que a una se le pega acento- Como lloraba el pobre cuando se marchó, y ahí su madre con la cantinela de: “Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”. Ya hay que tener mala baba, pobre chaval. Ya sé que a mí las malas lenguas me llaman arpía, pero anda que la sarracena se quedaba atrás ¡vaya pedazo de bruja la Aixa!


No, no me puedo quejar de mi vida terrenal. Hice siempre lo que me salió de la punta del mantón. Tuve un marido complaciente que siempre se plegó a mis deseos. Porque aquí en confianza, eso del “Tanto monta, monta tanto”, en realidad la que montaba era yo, a caballo se entiende. A Fernando se le daba mejor montar otro tipo de yeguas, ¡qué hombre, por Dios! Si me tenía media España llenita de bastardos, y porque no le dejé irse a Las Américas que si no, a saber la que hubiese liado con esos calores tropicales.

¡Vamos! que la que estaba siempre en todos los fregados era yo, que al maño le tenía que estar dando constantemente codazos y empujones para que echase “pa delante”. Pero pobre ya me lloró cuando morí; poco, todo hay que decirlo, tengo la sospecha que le dejé bastante a gusto. Es que hasta en eso le tuve que tomar la delantera, aunque tampoco por mucho tiempo, que al poco ya le tenía por las nubes llamándome: “Isabelica, que ya estoy aquí. Mira moza, que me volví a casar, pero nada… ni te inmutes que ya me pilló viejo y chocho”. Ya ves el pobre poniéndome excusas hasta en los mismísimos Cielos. Bastantes cuernos tuve viva, como para que me importasen ya después de muerta.

Pues ¡EA! Ya he terminado, y ahora ¿qué hago con tanto papel? Se lo voy a dar a Santa Cecilia, por eso de que es patrona de las artes, lo mismo en un descuido se lo deja en la mesa a algún productor de Hollywood y hacen una película de mi vida. Alguna han hecho ya, pero los guiones no me terminan de convencer, si es que lo que no haga una misma. Tampoco me gustaban las actrices, a mí lo que me molaría es que me interpretase Angelina Jolie, y de Fernando tengo en mente a Brad Pitt, ya sé que es rubio, pero le dan un tinte en el pelo y solucionado. Con lo que saben ahora de afeites y esas cosas. Ahí las mujeres quitándose y poniéndose tetas más veces de las que yo me cambié de camisa. También quiero efectos especiales que de esos los de la Warner y Cía saben lo suyo, quiero lucir en mis manos una espada laser de esas como la de Luke Skywalker. Que listicos nos salieron en las nuevas tierras, si ya le decía yo a Colón: “Tira “pa” el norte Colón, tira “pa arriba” que esos tienen pinta de comerse el mundo”. Pero él nada, ni caso, claro estaba mejor haciendo el vago y retozando en las playas caribeñas.

Ya habrán abierto Nube-Dioggggg, voy a ver si pillo a Santa Rita, la de “lo que no se da no se quita” me tiene que retirar la promesa, porque tengo que quitar un regalo de forma urgente. El otro día la panoli de la Valoise me vino con el cuento: “venga yaya, dame un trozo de tu camisa, de esa que jamás te quitaste en vida. Me haría mucha ilusión hacerme un relicario, te admiro tanto abuelita”. ¡Ni abuelita ni porras! La muy pendón lo que quería era vendérselo por 100 sanmateos —esa es la moneda oficial de aquí, teniendo a Mateo que fue recaudador, para que buscar nombres estúpidos a los dineros— a la insoportable de la María Antonieta. Y ya aprovecho para hacer otra aclaración, tengo fama de gorrina y de no que no me gustaba el lavoteo. Otra mentira sin sentido, yo era muy limpia que conste, lo que pasa es que no me lavaba por motivos de salud. ¡Que me digan ahora esas valientes que se pasan el día entre jabones, si hubiesen sido capaces de lavarse con el agua gélida del pozo! ¡Es que ahora con agua calentita todo es muy fácil, joder! Yo debía cumplir con mi alto destino y no era cuestión de morir de pulmonía antes de tiempo.

Que no se me olvide que después de arreglar lo de la Valois tengo que ir a Nube-Las Vegas, es que ahora encuentras allí a San Pedro más fácilmente que en la puerta, así nos entra lo que nos entra, sí está más pendiente de los órdagos que de las llaves. Pero me debe un favor y se lo voy a cobrar que ya es hora. A ver si intercede con el “Jefe“, con eso de que es su mano derecha, y El Señor a su vez se comunica por línea directa con el Embajador de ahí abajo. Mira que son pijoteros ahora los del Trono de San Pedro que sólo hacen caso si es el Jefe “in person” quien les llama. Ya estoy muy cansada de ser “La Católica” quiero ser santa ya, ¡hombre! que aquí solo los santos tienen permiso para pasearse por la Tierra cuando les viene en gana, y yo quiero bajar ahí que me tienen todo patas arriba. Hace falta una mano firme que ponga todo en su sitio ¡contra! Aquí se vive bien pero es todo tan aburrido. ¡Vamos que el día que me canonicen nadie me va a parar!

FIN